Alberto Masa y otro sinfín de repugnantes muertos

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Hubo un tiempo donde no podía dormir
el marco era un pueblo de Castilla
donde al único bar sólo asistían los difuntos.
Recuerdo al limerente Alberto Masa allí sentado
con una bañera de White Horse
y abierto sobre su mesa
un periódico del siglo XVIII.
Le recuerdo, a veces, pedir otra ronda
para él y para el resto de difuntos
que, en aquel entonces, llenaban la barra.
Apenas las consumiciones llegaban a las 300 pesetas.
Y reían como sólo los muertos saben hacerlo
y bebían y mezclaban los licores con babas.
También había mujeres,
a veces esos esqueletos se besaban
cubiertos por el finito manto de la tarde.
No sé los demás, yo no podía darme al sueño.
Sobre las cuatro de la madrugada
me llevaba tabaco al viejo cementerio
y hablaba con todos ellos.
Es mentira eso de que los muertos se queden aquí
por recuerdo de sus vidas.
Ninguno recordaba nada de lo que fue su vida
y a todos les gustaba ir al bar de mañana
a reiniciarse un poco entre los hábitos de los demás.
Podría decir, a todo esto, que Alberto Masa
fue siempre un muerto ejemplar
repleto de bondad y asco natural
hacia todo aquello que representase
las pisadas recientes de algún vivo.

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