Actualidad en el campus

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Podría haber sido uno de ellos,
esos chicos y chicas que juegan al frisbee
en los campus más floridos
de las universidades británicas.
Me veo de uniforme a la salida del laboratorio
ha sido un duro experimento
en el que han muerto dos ratas y un erizo
Edna se acerca a mí
(he coincidido con ella de vez en cuando
en los pasillos,
no es lo más popular del mundo
pero se dice que Wilson estaba tras ella
y que, en el baile del año pasado,
ella le dio plantón
para irse con el tontolaba de Ramíres).
Me pregunta qué leo.
Mi timidez me resulta apabullante
me desborda y noto que mis palabras
salen de mi boca rozando los temblorosos labios.
Yo ya leí los cuatro dramas fundamentales, dice ella,
ahora me va más la cosa Oriente.
Edna me dice entonces que me baje los pantalones
para ver cómo la tengo.
Mi pavor crece. Me digo que sí, que lo haré.
Ella ríe.
Dice que sólo estaba poniendo a prueba mi sentido del humor.
No tengo amigos, le confieso,
antes de decirle que estoy por comprarme un perro.
Le digo que esta mañana
me ha cagado un pájaro.
A ella le parece lo suficientemente divertido
como para decirme que está de relaciones
en ese sitio del que tanto se habla,
que si quiero ir esta noche,
que estará ella y quizá también vayan Cloe y José.
Noto que mi pensamiento no funciona
y le digo que me encantará.
Entonces procede a informarme de que me ha visto jugar al paddle
y de que opina que no lo hago nada mal.
Le pregunto si puedo abrazarle y sonríe.
Me agacho ante ella y le digo: Oh, Edna.
Entonces, sí, sucede. Lo hicimos allí mismo
mientras un montón de compañeros
nos grababan por el móvil.
Cuando terminó conmigo, se levantó airosa
dijo que era el peor polvo de su vida.
Yo no podía abrir los ojos,
oía las risas de mis compañeros,
los futuros dueños de las grandes empresas multinacionales.
Mi cara de felicidad era recogida por las cámaras
y empezaba a llover.
Siempre soñando esas mierdas.

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