Revoloteando sobre “Las Confesiones”, de Alberto Masa. Por José Zurriaga

Leyendo “Confesiones de un hombre raquítico”, de Alberto Masa, releo y miro y remiro la última coma de la penúltima página y salto de verso en verso no escrito, implícito, a la yugular bajo la cabeza que me atenaza.

¿Cuántos diarios de un hombre que, fundamentalmente, bebe té y fuma y teme que le caiga el cielo sobre la cabeza (el techo de la cocina), habré leído ya?

Todos los que mi caletre infunde a destiempo, desde la hora del almuerzo hasta la sórdida hora de la cena, en la mente de aquel otro que es Masa (y no soy yo).

La hora en que supe que Masa se acercaba, rondaba mis lecturas, emprendí veloz huída hacia la nada y así sea que me constituye, conforma y ase a la pared como un gancho que sujeta un paño de cocina.

“Confesiones de un hombre raquítico” es la zambra y zarabanda de un carnaval sin música ni concierto, pero no deja de ser un llamado urgente y apremio al carnaval de los animales que sin duda somos.

La anuencia para perderse entre sus páginas, navegar río arriba y río abajo de sus letras, es la forma que tiene su autor de invitarnos a la juerga fría y con dolor de cabeza ex ante que en ellas imprime.

Como una monodia, un canto firme de algunos monjes de algún monasterio benedictino, las Confesiones de Masa nos avisan y nos amonestan ante las vidas que, incautamente, pretendemos emprender o continuar.

Porque sólo hay salvación fuera de la norma, quizá también en la anomia, pero sin duda en la atrición que conduce directamente al cielo raso de la cocina de su protagonista.

Ese locus amoenus que, paradójicamente, confunde y perturba las sensaciones táctiles y visuales del lector es al tiempo punto de fuga y punto de colisión en donde nos encontramos inermes ante la vivisección que Masa está practicando con fruición.

La chica del otro, podría quizá haberse titulado en un alarde de mal gusto y espantosa sencillez, esta novela que nos ocupa. Porque la chica del protagonista es ante todo el otro del otro.

En un reflejo doble que nos devuelve, a una cara abofeteada (la nuestra), el drama perdido en las nubes teñidas de vino rosado. Un drama que no tiene lugar porque el microondas se ha puesto en funcionamiento y demanda cual monstruo horrendo su ingesta habitual.

Es una novela tecnológica y plagada de indicadores del siglo XXI. Pero eso no es lo que la convierte en una novela feliz, al modo de una pesadilla feliz, sino su continuo trasvase de intenciones y el reincidente trabajo de remembranzas apretadas a tornillo.

En suma, buena y determinante lectura para disfrutar de la no vida en pareja en ambiente anti gastronómico y de fecunda dulzura, a pesar suyo.

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