Primera intentona de establecer un mapa personal literario

Son muchos, al mismo tiempo cada vez más y cada vez menos. De niño soñaba con Fray Perico, esa especie de monje bueno, calvorota, de narices coloradas y gordo como un trullo que llevaba sandías en una portada de color naranja montado encima de su burro que también era bueno, bueno y pacífico, juguetón, que es lo que no es un burro, y hablador pobre de las encinas más débiles. También leía esos libros rojos de Elige tu propia aventura. Me gustaban los dibujos de las portadas. Y muchos tebeos.

Luego de la niñez los héroes bebían whisky de baratillo, como Bukowski (más de bourbon que de irish), que trabajaba aquí y allá en un perpetuo olor de chimenea y máquina. Los sábados apostaba a los caballos y a veces se tiraba a alguna, su padre no lo quería ni ver y su madre tampoco. No sabía hacer poesía y pasó como el poeta elemental de Norteamérica. Tenía coco y unas cuantas letras. Su cosa era esparcirlas como si fueran balas a lo largo de la página. Tampoco es que yo le dé mucho a eso del follar, pero lo mismo le he dado más que el Bukowski. Las novelas de Bukowski obsesionaron mi pubertad adolescente, introdujeron un miligramo de orujo en mis discursos preuniversitarios y tuve, de vez en vez, el afán casi apasionado de vomitar coherencia cuando dormía con alguna chica (pocas veces) en alguna pensión, fumaba mis primeros cigarros, casi todos preñados de una tendencia eminentemente noctámbula, y emulaba la ceguera en el bailoteo del insoportable Mike Jagger con el afán de conquistar el mito olvidado de la MTV.

En los días iba a la facultad, la tarde de octubre era un sol enfermo durante la travesía de autobús donde leía al tiempo que caía la noche, qué sé yo, novelas de Hermann Hesse o Heinrich Böll que alternaba con Paul Auster o cuentos de Roald Dahl, miradas líricas sobre sí de Henry Miller, un verdadero follador y renovador de la prosa en obras como Trópico de cáncer (el de Capricornio me fue flojo), notario de las aventuras del siempre joven Rimbaud en El tiempo de los asesinos y vecino ejemplar de los amaneceres en Big Sur o Las naranjas de El Bosco (bien sabe el sol que hay más lirismo en una naranja que en esa magdalena que quedó dibujada proustiana por los siglos de los siglos en un amén de niñez y de silencio, de melancolía y de fe -por mucho que también fuera en su pérdida-).

La luz sobre la sombra, del Bataille de Lo imposible al Artaud de El ombligo de los limbos había unas ocho de la mañana tirados como un pijama sobre la parte inferior del camastro, antes de regresar a la feria de la vanidad que era la facultad de bellas artes, donde fracasé rotundamente en Estética y le dije a la buena maestra, que me insistía en cómo luchar por un aprobado en una cuarta convocatoria, que lo dejase y suspendiese de una puta vez por todas. No volví a la facultad salvo a ver a alguna novia, dos o tres niñas entregadas al albor agridulce del sexo con cualquiera que se las pusiera por delante. Vi cine, sí, pero seguí leyendo. Me veía portador de la ironía de Molloy, de la serenata maestra de José Donoso en El obsceno pájaro de la noche, así como hijo nefasto del Paradiso de Lezama y sumiso de la lectura de Armonía Somers (Sólo los elefantes encuentran mandrágora -el resto no llamaba mi atención-). Los papeles salvajes de Marosa di Giorgio me pasaban como un Dubuffet como excusa, al igual que El hombre aproximativo de Tristan Tzara y todo lo que vino después. La escritura automática que llevaron a una consecuencia aún más terrible: los beatniks, que no eran Genet en la cárcel reescribiendo, de memoria, Santa María de las Flores (muy bien traducido, suponemos, por María Teresa Gallego). Genet en Marruecos era Fassbinder siendo enculado por una paloma. Me gustaba Genet. Me gusta Genet. Asesino fuegos alrededor del agua en una sola imagen del poeta del XX.

En el último párrafo me he ido por peteneras, creo. Cuesta establecer una cartografía de lecturas cuando siempre, a un tiempo, son muchas y son pocas. Cogiendo de aquí y allá no sabiendo a cuál de los órdenes cronológicos (el de la historia personal, el de la historia de la memoria reciente o el de la historia de la historia) atender (por otro lado dijo Blanchot que escribir es entregarse a la fascinación de la ausencia de tiempo) para contarse en su través, procurando no equivocarse mucho, sí un poco, claro, pero contando siempre algo, no dando bandadas hasta perderse en un autorretrato con mucho de entre Marinetti y algo cubista. Cubista al extremo, a la manera del más delirante Juan Gris y, siempre, resultando simple como un Joan Miró, conceptual, a veces preciosista y a veces nulo, dueño de un patio singular donde existe el jeroglífico a descifrar de una infancia de patios de colegio donde se aprendía a jugar a los cromos, a las chapas y al bulling.

Mi primera teta de novicia sagrada la veo en Holden Caulfield resumiéndole sus aventuras a una especie de psicólogo, un viaje a la vez interno / externo de una existencia a la que uno se asoma en la juventud a fin de abrirse a la ruptura de ciertas normas y prejuicios asimilados, la conciencia de que uno es uno y poco más. Un viaje en cuerpo y pensamiento por vaya usted a saber dónde. La vida ¿De qué otra cosa ha de tratar la escritura?. ¿Y la lectura? ¿No es acaso un yo doblegado, como el cuello de un cisne, al ejercicio del agua, del sueño, de la profundidad ausente una vez uno, debido a que quiere vivir y nada más, se mantiene a flote, en una superficie de noticias de televisión y periódico del día, de trabajo de repartidor de espárragos y vino, de mercados y, a veces, no seré yo (al menos aún), bocas hambrientas de niños al cargo de uno? Leer la vida de la manera más vasta que se pueda, en eso consiste escribir. ¿Vivir? Eso es cosa ya de rumiar un palulú más seco que el eructo de un condenado al ahogamiento.

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