El ángel negro (Inconcreta desdicha -extracto-)

(Últimamente tengo demasiados huecos para escribir. El nuevo proyecto trata de unos cuentos en los que procuro no descuidar una posible cartografía de mi alma, lo que quiere decir: la relación que la verdad tiene con mi pasado y, sobre todo, el reencuentro con mi “verdadera” manera de vivir la realidad, también la de una enfermedad que, socialmente, me ha destruido).

  • Durante mis años de universitario dediqué gran parte de mi formación a subrayar las frases que, en mi manera (en mi más o menos, venido de un lector del Artaud de El pesa-nervios y El ombligo de los limbos) a subrayar las frases que, creí, llegaba a asimilar de los dos tomos que forman la obra Capitalismo y Esquizofrenia. Lo mismo algún día me pongo de nuevo, quién sabe (puro morbo autobiográfico)
    “El esquizo vuelve a caer sobre sus pies siempre vacilantes, por la simple razón de que es lo mismo en todos lados, en todas las disyunciones. Por más que las máquinas-órganos se enganchen al cuerpo sin órganos, éste no deja de permanecer sin órganos y no se convierte en un organismo en el sentido habitual de la palabra. Mantiene su carácter fluido y resbaladizo” (G. Deleuze y F. Guattari, El Anti-Edipo).
  • Me sorprendió que el bedel encargado de examinar mis heces estuviera de buen humor conmigo esa mañana. Me habló de fútbol mientras me vestía e incluso me preguntó si no sería buena para mí una ducha, a lo que respondí que ya me había duchado la noche anterior. Él dijo que consideraba mucho más sano ducharse por la mañana pero que cada cuál era muy libre de mantener su higiene a las horas que considerase oportunas siempre y cuando, claro está, la mantuviese. Era un tipo  aproximadamente diez años mayor que yo que, provisto de guantes de látex, examinaba excrementos. Me hizo notar que cada vez tenían mejor aspecto. Luego en señal de que le chocase los cinco (ya con los guantes fuera) dijo: Te estás curando, chaval. No tuve problema en chocarle esos cinco. Tampoco era natural que de repente un día me tratase como si yo fuera humano. Llegué a pensar si cabía la probabilidad de que me estuviese poniendo a prueba. El caso es que no llevé más allá ese tipo de pensamiento y me limité a hacer que, en ese momento, era solamente un paciente que acababa de despertar en su habitación del centro médico, y eso es lo que era. Por algún sitio hay que empezar, y con esto me refiero a cada día de la vida.
    El desayuno fue bien. Tan sólo una enfermera me hizo notar que era preferible que me presentase en el comedor peinado. El pelo crece aquí más rápido, parece, dije. Me sirvió un sobre de descafeinado y me dijo que el Dr. Ramos me esperaba en su consulta a las doce, que ella se encargaría de conducirme hasta allí. Luego dijo ¿Qué tontería es esa de que el pelo crece más rápido aquí? El chiste trataba sobre que mis tres compañeros a la mesa del desayuno eran calvos. Rieron. Yo no entendí la broma hasta haberme comido, al menos, tres galletas. Mis compañeros idos entendían los chistes más rápido que yo ¿Qué mundo era ese? Y les dije: Estáis sonaos de cojones. Y volvieron a reírse. A nuestro lado una enferma cantaba una canción de Lady Gaga y un enfermero le decía que se callase o la enviaba a su habitación y la ataba. Lady Gaga se quejaba. Decía que no era justo. Decía: No puedes hacerme eso sólo porque yo sea alegre y los demás no. Yo, la verdad, prefería que aquella enferma dejase de cantar. Estaba a favor de que se la llevasen y atasen al menos un par de días, eso pensé, sí señor, con un esparadrapo en la boca. Su canción era arrastrada por los efectos de la medicación y la letra bailaba al compás de una partitura infernal, una especie de infierno para niños como su mente, a los que el globo se les había escapado definitivamente en busca del cielo. Atarles, sin duda, era la mejor solución. A otros, en cambio, nos obligaban a cagar en una palangana para poder examinar nuestras heces en busca de larvas. Cada centro es diferente, he estado en muchos, y en cada uno imperan unas reglas distintas.
    El centro donde me encontraba era producto del bolsillo de una famosa congregación religiosa cuyo líder, de vez en cuando, visitaba el lugar rodeado de fotógrafos y gente bien vestida, posiblemente gente dedicada a la política. Terminé el café pensando en el asco que me daba todo. La regla era esperar a que terminase todo el mundo y luego ya podías pedir fuego a uno de los enfermeros para poder echarte un cigarrillo (varios en realidad, pues usaba las chustas para encender nuevos) en la habitación mientras un par de señoras gordas, las mismas de siempre, se encargaban de limpiar a conciencia y perfumar la pieza del único jovencito del mundo en cuyos excrementos se escondían diminutas pepitas de oro, aparte las larvas o como las llamasen los entendidos.
    Debido a la cita con el doctor de la que me habían informado tuve suerte y me libré de los ejercicios matutinos a los que había que asistir obligatoriamente cada mañana. La profesora que los impartía era una imbécil integral. Eso me parecía a mí, sí, un macho alpha en toda regla y el resto de mis compañeros vivían en un globo perpetuo. Era imposible comunicarse. Yo intentaba ver la luz en cada chica joven. Les decía cosas bonitas en un principio hasta que me cansé.
    La enfermera llegó puntual y a las doce me encontraba en el despacho del Dr. Ramos, quien de entrada me dijo: Por fin tengo aquí a nuestro chico de oro. Le dije que iba a hacer cuarenta años. Me dijo que quién lo diría (y tenía razón), acto seguido me invitó a sentarme y dijo que era muy importante para los de arriba que me sincerase con él, que me haría preguntas de todo tipo y que todo lo hacíamos por mi bien (usó efectivamente el plural). La conversación empezó hablando de frivolidades. Le seguí el rollo y le dije que me gustaba que las persianas de mi habitación fuesen grises. Más tarde sacó un porro hecho de la bata y me dijo que cogía la marihuana del hospital, explicó, para que me hiciera una idea de que era de buena calidad. Se encendió el porro y, tras dar un par de caladas, me lo pasó. No esperaba eso, la verdad. Acto seguido me dijo que qué era lo que me importaba. Chupé del porro y dije que mi cuerpo estaba cambiando, que sospechaba que la medicación que me daban me producía ese tipo de ansiedad que hacía que no dejase nada en el plato y… me cortó: sabrás que morrearse con una paciente es suficiente justificación para que te traslademos a otro ala. Dije que no lo volvería a hacer, aunque tampoco me importaba que me trasladasen. Añadí que desde que besé a esa tipa notaba un sabor de boca a gasolina en el esófago. Me dijo que continuara acerca de mis preocupaciones. El porro se había apagado y el doctor no tuvo reparo en encendérmelo de nuevo en cuanto se lo indiqué. La verdad es que esta maría es única, le dije. En fin, yo me estaba empezando a notar demasiado gordo, incluso evitaba mirarme al espejo. Sólo llevaba un mes allí, pero mis cachetes se habían reproducido. Le expliqué que yo había sido un chico bien parecido al que las chicas no era raro que se le quedasen mirando y cosas así. Luego le enseñé un sarpullido que me estaba creciendo a la altura del bazo. Le dije que al principio sólo era un moratón y ahora parecía una lengua rodeada, como pudo comprobar, por granos, un par de ellos purulentos. No es nada, Alberto, dijo, puedes bajarte la camisa. Le diré a la enfermera Victoria que te restriegue una pomada todas las tardes, empezando por hoy mismo. Lo anotó en un papel. Luego dijo que le interesaba una teoría que le había llegado acerca de mí llamada del ángel negro. Le dije que no sabía cómo podía saber eso. Dijo que leía mis historiales de otros hospitales. Ahí me caló. Bueno, es una tontería, dije. No, no creo, insistió. En los momentos en que sientes que el mundo entero te ha subestimado y no tienes una buena botella de Irish (o Chinchón) a la que agarrarte, en esos momentos, es muy productivo trasladar todos tus procesos mentales a la polla, que los metaboliza de una manera mucho más transparente y, seguramente, creativa. Si consigues contener la erección para que mear te sea cómodo puedes sentir cómo la basura sale en el amarillento líquido, contaminado de medicamentos que el cerebro ha fabricado por sí mismo (se sabe que es un triste laboratorio donde trabajan ONGés que no son tú). Eso es el ángel negro, a pesar de que yo citase el Apocalipsis: “Yo conozco tus obras: que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o hirviente!
    Mas porque eres tibio y no frío ni hirviente, yo te vomitaré de mi boca” Él dijo: 3, 15, 16. Sí, dije, supongo. Entonces me preguntó si no pensaba dejar que él se encargara de matar el porro. Le dije que lo sentía, que me había venido bien y se lo tendí. Joder, dijo el doctor, casi me obligas a tener que cogerlo con pinzas, y dio una última calada. Me dijo que mi paranoia había tenido especial sentido otras veces, pero que me había resbalado con la idea que acababa de proponer acerca del orín, también me dijo que no tenía ninguna necesidad de nombrar pollas ni nada así. Le dije que me entendieran. En cuanto entraba en un centro lo primero que hacían era hacer desaparecer mi líbido, pero que me sentía aún más idiota cuando las tomas empezaban a ser altas y que tenía miedo de perder el globo. Me sentía idiota y, en las noches, procuraba arrancarme la piel antes de que las pastillas dedicadas a hacerme caer hicieran efecto. ¿Por qué yo? Dije. Me dijo que qué quería decir. Yo dije ¿Por qué mis heces? Él me dijo que era mi proceso. Poco después estaba fuera de allí sentado en la palangana. Aquello podía o no podía tener final. Uno de los días me dijeron que venía a visitarme mi padre. Mi alegría fue total, pero cuando por fin entró en la habitación era incapaz de conocerle. Sin duda era su voz pero ¿Por qué habrían de haberlo cambiado por otro? Aún con ese pensamiento primordial devanando mi cabeza lo primero que hice fue darle las gracias por enviarme cigarros, y le enseñé dónde los escondía de otros pacientes, la mayoría unos gorrones. Me dijo que yo era su chico, toda una mina, un genio. Le sonreí. El centro te dejaba bajar a la cafetería del lugar cuando ibas con una visita. Bajamos. Me dio para sacar un sándwich de la máquina expendedora. Me dediqué a mirarle mientras me decía lo orgulloso que estaba de mis avances. Me dijo que estaba encantado con el doctor que me trataba etc etc… ¿No me notas cambiado? Le dije. No, dijo, pero yo noté cómo tragaba saliva. Le dije que no le reconocía. No le dio importancia, dijo que le habían explicado los efectos secundarios de lo que yo tomaba y que cosas así eran normales. Me dijo que preguntaría al doctor si pronto podríamos obtener un permiso para salir, tomar una horchata en un sitio elegante y, quizá, cortarme el pelo. Dije sí, mientras rebuscaba en busca de algo en mi bolsillo, que estaba completamente vacío. Él me tendió una servilleta de papel y me dijo: Límpiate las migas de la boca.
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