Retrato (y breve reseña de Confesiones de un hombre raquítico), por Marisa Bou Arrué

La habitación del pánico
(Reseña de Confesiones de un hombre raquítico, de Alberto Masa.)

.
Alberto llama a este cuarto la habitación de los libros. Parece algo obvio, pero cuando una entra en semejante templo siente un estremecimiento de placer: perfectamente ordenados, clasificados y limpios, se ofrecen a la vista miles de libros, de los que él conoce la situación de cada uno de ellos; sólo alarga la mano, coge el tomo y me lo tiende, con la consabida pregunta: —¿has leído este?— y mi invariable y avergonzada respuesta: —esto… no—. Sobre la mesa, a la izquierda del ordenador, varias pilas de CD’s con sus músicas preferidas —aunque, actualmente, usa más las listas de spotify—, mientras que aquí y allá hay ejemplares que se encuentran en proceso de lectura, para su reseñado. Un hueco bajo las baldas nos muestra un sofá —poco utilizado, pues no suele recibir visitas— en el que reposan los tomos que me ha ido mostrando, hasta el momento de ser devueltos a su exacto lugar. El cenicero, los paquetes de cigarrillos, los mecheros, el vaso en que se sirve constantemente agua de limón y la botella de Casera en la que la sube de la cocina, son elementos que nunca faltan. En la papelera —en un discreto rincón— podemos ver latas de Coca-Cola vacías y alguna de cerveza sin alcohol. Si algún espacio queda en las paredes, allí descubriremos sus dibujos, que —hasta donde alcanza mi comprensión— son tan geniales como todo lo que hace Alberto, hombre de inteligencia privilegiada, de los que una no conoce sino uno por siglo. En este santuario he pasado yo las horas del día y de la noche, bebiendo té y sabiduría.
Sin embargo, yo llamaría mejor a este santuario la Habitación del Pánico: ese lugar de reclusión donde Alberto se defiende de los monstruos que acechan afuera. Esa soledad poblada de fantasía, donde él escribe sus obras cargadas de un lirismo emocional, a modo de diarios donde comparte sus sensaciones, sus sueños, sus esperas de un amor perfecto que nunca acaba de llegar.
Como ésta, Confesiones de un hombre raquítico, donde va más allá de la escritura diarística y nos ofrece una perfecta descripción de los momentos y las circunstancias en las que escribe, con párrafos de este tenor:

.
“Estoy en la cocina ante mi taza de té (alguien ha debido de colocarme aquí). A ratos doy ligeros sorbos (quema). Dios (o alguno de sus terratenientes), estoy seguro, me mira desde lo alto del tejado. Tardaré en moverme. Esperaré paciente a que de los labios de ese observador obtuso salga una palabra, para cogerla, mojarla en el té y llevármela a la boca. No quiero cansarme de masticar ese pedazo de gloria divina.”

.
A veces habla con Ella, que está en París, por teléfono. A veces escucha el Thelonious alone in San Francisco. A veces habla con su loro —al que ofrece sus cajetillas de tabaco vacías para que las convierta en confeti. A veces ve a Dios en forma de mendigo de la calle y le echa un € y le pide que haga que Ella vuelva, porque sin Ella todo se reduce a nada. A veces es Alberto quien escribe y otras veces lo hace el personaje que se inventa para ocultarse a los ojos del mundo.
A veces —pocas— sale para comprar tabaco, o té, o tomar una cerveza en el bar, o conversar con Pititi —el pastor— acerca de sus cabras, las vivas y las muertas. A veces —muchas— piensa en su sobrinillo recién nacido, el hijo de su prima (hermana) y le visita, y se enternece. Pero siempre acaba por llamarla a Ella, para decirle que la echa de menos, que la quiere aunque sólo sea un fantasma —¿o es él, el fantasma?—, mientras el techo de la cocina amenaza con venirse abajo y seputarle… metáfora exacta de una vida que transcurre en la atmósfera asfixiante de una habitación del pánico, con las paredes cubiertas de libros, donde un hombre espera —como Joseph de Mestre— descubrir, a cualquier precio, “una verdad hecha para sacudir todo el género humano”.
Acabo la lectura sin saber si es el propio Alberto quien escribe o si se ha dejado poseer por un personaje que es en todo igual —y al mismo tiempo tan distinto— a este escritor al que conviene prestar atención, porque, sin duda, nos deleitará con muchos más ejemplos de su prosa inquietante y lírica, culta y sensible como pocas. Yo, desde luego, permaneceré atenta a sus futuras publicaciones.

.
Marisa Bou
Junio, 2016

Comments are closed.