Entrevista con Frank G Rubio

FGR: El poeta está siembre hablando de “otras cosas” de lo que, parece, están diciendo “sus” palabras…Siento también esto, al menos a primera vista, tras la lectura de tu Roberto Alcázar, supongo.

AM: En este sentido, el poeta es uno que procura para sí una palabra que no entiende, que, como mucho, intuye. Es la literatura con la que identifico esta obra, tiene manos de niño que pasan sus páginas, y luego está que, dentro, hay palabras. Procuré ser claro, pero sólo desde la intuición de esa posible claridad. La sombra me es interesante si en ella guarda claridad. Si no… lejos, o para otros.

FGR: En la procesión de cartón piedra de lo dado ¿qué o quién no es Alberto Masa?

AM: Pues Alberto Masa es todo menos la cultura, porque lo que es cultura en él es algo ya asimilado y, por tanto, es algo que ha dejado de ser lo que en un principio fue. Soy algo o alguien que aspira a culturizarse, esto es, a conocer cosas nuevas. Quién sabe si a jugar con ellas. Quién sabe si el juego permitirá un cartón de tabaco, por poner un ejemplo.

FGR: El autor que más te ha influido…

AM: A bote pronto: Francisco Umbral.

FGR: Te aviso que a mí todo esto de preguntar sobre lo que pasa por tu cabeza, o bajo tus pies, cuando desgarras la página mal llamada “en blanco” me resulta absurdo…

AM: Es que lo es… pasa que nos ponemos a ello. ¿O echar una pachanga con cuatro abrigos fabricando porterías no es absurdo? Pues no lo era, amigo Frank. Ni de coña. Esa basura, al menos para mí, fue lo mejor de esta vida. Allí, en las eras, la explanadas, los amigos (algunos ya no están) y todo eso.

FGR: El otro día un amigo escritor me comentaba, en estado de supuesta lucidez con una bella dama de testigo, que el catálogo de Ikea era literatura, novela concretamente, porque permitía al lector “identificarse”… A mí me produjo inconcreta desdicha aunque él lo interpretó como suma indignación. Quizás eran las dos cosas…

AM: (¿Pero lo de la lucidez iba dirigido hacia a ti o hacia la dama?). A mí la opinión me produce desdicha, pero concreta, en el sentido de que soy consciente de que mi obra no saboreará ojos tan llenos de entusiasmo ante la promesa de la oferta que viene tras la que nos encontramos observando. En el sentido literario de esto me gustaría reivindicar Las cosas, de Georges Perec, un libro en cuyas páginas todo ese tipo de ofertas cobra vida en una melancolía figurada de dos cadáveres que, a veces, consiguen vivir a través de esas cosas que, a cambio de ellas, viven sus vidas, al menos en la novela de Perec.

FGR: Novela, poesía, guía telefónica, rayos y centellas… ¿en qué consiste para ti la palabra, como lector o interlocutor?

AM: En nada. Todo puede reducirse a meras conversaciones telefónicas, como el famoso libro del famoso autor. El hilo conductor sobrevive gracias a una especie de figuración, de la que también son partícipes los rayos y las centellas (Oh, capitán Haddock), en la que nos entrometemos. Para ello usamos palabras o, a veces, versiones de las mismas. Es una cuestión de comunicación, pero en el sentido de verse reflejado en ella. Esto no sucede tan de vez en cuando. O, no sé, quizás sucede mucho, demasiado incluso. No sé.

FGR: Tu lectura favorita…

AM: Pero de esas tengo muchas, Frank. Ahora estoy leyendo a Roberto Calasso.

FGR: Ahora, cuando menos y peor se lee y menos y más brutalmente se es, no para de hablarse de “autoficción”… Incluso hay quien postula desde las páginas de los más influyentes altavoces literarios que se han terminado la ficción y la novela… ¿Qué piensas de estas jumentales admoniciones?

AM: Creo que, sin querer, me he manifestado a favor y en contra al mismo tiempo de esto en la pregunta anterior. El término, ligeramente fastidioso, en su mejor versión, a mi manera de verlo, considera al lector, no puede ser y no es de otra manera, autor de esa ficción, que es una cosa tan sencilla como la más o menos paranoica manera que tiene de recibir la información, menos o más cifrada, que le está procurando una serie de datos. Me gustaría hacer venir a cuento cuatro versos de Li Po para trasladar el giro en el que no disentiría de esta palabreja, el modo de hacer las cosas que a veces he procurado y no necesariamente conseguido en cuanto a la autoficción se refiere, en un sentido –breve en este caso- de lo que diría podríamos llegar a abarcar, en veinte o 1200 páginas. Gente, en este caso genios, como Foster Wallace o John Bart lo consiguieron, también Kafka en su clásico La metamorfosis o, de manera un poco menos camuflada, en El proceso o, incluso, El castillo. Son los siguientes: “El cielo es el punto de partida. / La tierra es el albergue. / El lenguaje es la carreta de bueyes. / El tiempo es el viajero que no vuelve nunca.” . No me parece una mala definición de eso de inicio, trama, desenlace… pero hoy en día, como Li Po solamente unos seiscientos años después de Cristo, estamos hablando de una sociedad en la que la actualidad es a veces la propia urgencia de actualidad y, en un mismo tiempo, su remedio, con opción de zapping siempre o casi siempre, al menos en primer mundo que es así como se ha dado en denominar a los lugares donde existe esa cosa más o menos rara que llaman suicidio.

FGR: En cierto modo, y comenzando con el título, tu primera novela: Inconcreta desdicha parece inspirada en el uso y abuso de sustancias que alteran el contenido de la conciencia.

AM: Me interesaba que hubiese un contenido eminentemente metafórico referido al uso de los tranquilizantes mayores. Los neurolépticos inhiben la llegada de la información a los neurorreceptores e inducen a una vida que podría tildarse de vegetal. No hablo de oídas Me parece un tema lo suficientemente serio. Lamentablemente, no seguí del todo los derroteros que me exigí en un principio para llevar a cabo esa ficción. Las palabras me llevaron a otra parte. Sí hay algo de eso, desde luego. El ambiente que se da en esa novela es el propiciado por una mente enajenada. Sólo que, a diferencia de lo que vendría a ser esto, se cosca, se da cuenta de lo que sucede alrededor. Fue mi apuesta más arriesgada a la hora por decantarme por un narrador, creo.

FGR: No será “autoficción” de esa en la que predomina el narcisismo, tan común en la literatura de la época de Facebook y los blogs…

AM: Parece ser que empezamos a asociar demasiado el término “autoficción” a eso, lamentablemente. Yo… mi intención ha sido sólo hacer literatura. Eso sí, suelo usar la primera persona. Ya te he dicho que una de mis mayores influencias es Umbral. Hay otros, claro. Como dijo Luis Alfonso de Borbón en una entrevista: “Me gusta mucho leer”. He de añadir que, tras las pachangas futbolísticas de cuando era un niño, es con lo que más he disfrutado en la vida, leyendo. Lo que más me ha aportado. El sexo, por ejemplo, no tardamos nada en sobrevalorarlo. Cierto es que tendemos a hacerlo si lo tenemos. No es que suela ser mi caso.

FGR: En la página 14 de tu libro, uno de mis números favoritos pues me habla de un amor no correspondido (como todos los que valen la pena), he encontrado una de las mejores definiciones de lo que es la literatura, al menos ahora en nuestros días menguantes; supongo que no estarás de acuerdo en absoluto y te pido tu opinión sobre este arma cargada de difuntos… “Ni tan siquiera podía imaginar el amor de mi vida, una chica que luego descubriría tristona y algo vulgar y a quien llamaría en otras ocasiones volado por la misma droga en la que yo veía, más que una cura a mí mismo, una cura para el mundo entero”…

AM: Bueno… la literatura mengua al tiempo que crece y en eso se parece a los amores. Es una cosa mental en la que interviene la manera que tiene el sol de ponerse o salir. Está afuera, luego acecha. Luego forma parte de la realidad y nos sujeta, sólo en cierto modo, a ella. Al menos, nos invita a acercarnos. O a pasar.

FGR: Ya tenemos con nosotros, calentita, tu segunda novela: Confesiones de un hombre raquítico, cuéntanos qué cuentas en ella.

AM: Hablo solamente de una cocina, de una mascota, de té caliente, de un hombre que se ensueña en una mujer que no le quiere y que atisba señales de otros mundos en las grietas de un techo deteriorado. Ya ves, hablo un poco de mí. Poquito.

FGR: ¿Y para más adelante?

AM: Pues no lo sé, tengo muchas cosas inéditas y me encuentro enredado poblando de cuentos mi página web, aparte de otros trabajos que me permiten que no me falte para un bocatilla o unas cervezas (si quieres contigo). Sigo en ello. Tengo la fortuna de poder seguir y me gustaría aprovecharlo como sepa, como pueda.

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PD: Sí, reconozco que he estado un poco cultito. Dispensen la tontería, o llámenme cerdo, que lo soy. No, pero, en serio, lo de la cultura, a veces, me pone. No pongo foto hoy porque no iba a mejorar mucho las cosas.

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