Por Pacho Rodríguez, para Diario de León

  • Masa, a quien el sello leonés Eolas lanza el 10 de junio ‘Confesiones de un hombre raquítico’. R. P. VIECO -
    Masa, a quien el sello leonés Eolas lanza el 10 de junio ‘Confesiones de un hombre raquítico’. R. P. VIECO –

 

PACHO RODRÍGUEZ | LEÓN

Alberto Masa dice que fue promesa pero no cuenta que lleva años cumpliendo con un compromiso literario de escritor total. De honestidad al límite en un negocio en el que luego pasa lo que pasa. También, casi de lector furibundo de los que puede opinar con conocimiento de causa. Alberto Masa nació. Lo dice el madrileño, de 38 años, en uno de sus textos para explicarse lo inexplicable de vivir. Fichó por Eolas Ediciones, la escudería literaria leonesa de Héctor Escobar, y el vínculo le lleva a trazar lo que él también apunta como el resurgimiento. Su propio resurgimiento, aunque no lo diga así. Alguien que escribió Inconcreta desdicha es alguien que cumple y lleva la literatura en sus venas. Un libro que es una autopsia de la vida y que atrapa de tal manera que uno se lo imagina hasta como éxito. Pero también se puede fracasar de éxito. De todas formas, así aciertan Eolas y Masa al viajar juntos. Como con Roberto Alcázar, supongo, y lo nuevo, lo esperado: Confesiones de un hombre raquítico, que saldrá a la calle el 10 de junio. Masa es un rara avis lleno de ternura en un mundo contrario.

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—¿Escribir era esto? Si ahora lo piensa, ¿qué otra proyección de escritor hubiera sido la de Alberto Masa?

—Escribir lo que pasa es escribir solamente lo que nos sucede cuando estamos escribiendo (a veces con un cafetillo y antes de ducharse). Lo de proyectarme yo, al menos, es una cosa que no paro de hacer, y siempre en dos direcciones: pasado y futuro. Y el puñado de realidades resultantes de esas fantasías es lo que tecleo.

—Si alguien le llama escritor maldito, ¿usted que le llamas?

—Nada. A veces añado que vivo lo mejor que puedo, esto es, a veces hasta bien e incluso muy bien. Y que entiendo por escritor maldito a uno o una que, no sólo escribe, sino que se está quejando todo el rato de lo más o menos perra que es la vida. Yo para eso ya tengo a mi madre, que es un encanto y, por fortuna para ella, para mí y probablemente también para el mundo, no escribe. Aunque a veces hace cosas peores como intentar convencerme de que tenemos que ir al médico.

—‘Inconcreta desdicha’ es un libro en el que el artificio literario es de tal honestidad que resulta abrumador. Otros hubieran tirado hacia el ensayo o algo menor. ¿Qué le llevó a llegar a la última página?

—Sobre todo me llevó a ponerle un punto y final el hecho de que quería entregarlo cuanto antes, aprovechando que Eolas Ediciones, tras sacar Roberto Alcázar, supongo, que funcionó más o menos bien, quería una cosa nueva mía.

—¿Contarse a uno mismo sirve para salvarse?

—Creo que no. Porque, de hacerlo, lo hace de ti mismo y… yo a mí me quiero, Pacho.

—¿Y hay algo sublime o salvable en el mundillo editorial y sus tribus, en donde habría que suponer hasta un exceso de honestidad?

—Hay un punto intermedio donde te pasan cosas y donde, a ratos, te das cuenta de que estás dándole a la tecla en una habitación donde hay muchos libros, sin leer más que unos cuantos. A mí eso que llaman mundillo editorial o literario es una cosa que ni siquiera me gusta cómo suena. Aquí, en cuestiones culturales, sigue habiendo que, parafraseando a Ruano, comer demasiados langostinos fuera para poder llevar a casa un plato de lentejas.

—Siendo autor tan vinculado a una editorial leonesa ¿Cree en esa distinción de los escritores de provincias frente a los de Madrid o Barcelona?

—Como escritor creo que mola más ser de León. Caso de que puedas permitírtelo. A ser posible: casa, chófer, cocinero o cocinera, buenas mozas y todo eso. El Miami de Julio Iglesias y el León de Antonio Gamoneda, por citar sólo a uno entre varios enormes, para mí son un mismo sueño, a veces hecho realidad.

—Y usted qué sería, ¿Escritor de provincias o capitalino?

—Yo sería… guapo para empezar, a ser posible. Pero guapo de los que tienen dinero. Luego kazajo, por supuesto. Eso siempre.

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Foto: Masa, por Benito Ordoñez

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