Vida psíquica y sentimental, tendente a la espontaneidad, de un yupi medio moderno

Lo más gracioso que, a tarde de hoy, recuerdo haber leído en fakebook es: «Lo conocí. (…) Leopoldo María Panero murió de poesía». Firma una persona, quizás maravillosa, que sale en fotografías presidiendo una sala del Ateneo y sosteniendo una especie de placa bañada en plata (el flash y la distancia del zoom no me permiten ver lo que hay grabado en ella). La primera vez que Catherine Millet hizo una mamada fue al bajarse de un coche (para mear). El conductor también tenía necesidad. Ambos, chico y chica, estaban en posición (suponemos que lo suficientemente cerca uno/a de otro/a, no queda aclarado si acabados los chorros). Mi prima de Soria, la Pilar, me envía un whatsapp en el que adjunta una foto posando a la entrada de una casa pequeñaja de pueblo pintada de blanco y, los bordes de las ventanas y la puerta, de verde oscuro (y vivo, como los campos de Galicia). El sol es de mediodía (la sombra también). A su alrededor hay bastante gente en ropa de abrigo, muchos con mochilas, como la propia Pili. «¿Adivinas dónde estoy?». Contesto que en Las Vegas y, en un nuevo mensaje, un signo cerrado de interrogación. Recibo una nueva fotografía en la que se observa una placa donde se lee «Zde zil Franz Kafka». Respondo con un gift que envía un beso, no de morreo, uno que sopla un corazoncito. Tecleo «Pásalo bien, primuchi». Últimamente no funciona muy bien el calentador. Se apaga cuando quiere. He comprobado que menos si colocas la palanca en el medio del círculo rojo y el azul. Un montón de niños se tapan las orejas con cera a mi alrededor. Dicen que las sirenas cantan muy bonito y están muy buenas, que se saben el truco, y que no quieren morir ahogados. Alfred Prufrock, en el primer Eliot, dice respecto a esos peces con senos y larga melena, suponemos, muy limpia (brillante): I do not think that they will sing for me. Butes, sin embargo, escribe Quignard traducido por Carmen Pardo y Miguel Morey, salta por la borda (…) ¿Adónde va? Va allí donde escucha que se pronuncian unos sonidos mucho más apremiantes que los nombres mismos. Alberto Masa Velasco Rivero Llorente abandona la universidad en el año 2003 porque le ha salido un algo ordeñando cabras y sirviendo comida a unos marranos. Es aproximadamente finales de invierno. A la noche, tras la cena, escribe un mail a su maestro, doctor en sociología y columnista ya fallecido de una publicación popular (es bastante probable que su familia -museo abundante en curiosidades católicas y nacionalsocialistas de Mola- no quiera ver escrito su nombre, al menos asociado a la producción de Alberto Masa Velasco Rivero Llorente). En el mail, Alberto etc, escribió que estaba cansado, que lo mejor de la facultad de Ciencias de la información era que estaba cerca del metro. Añade una especie de «coña» que, estima, el destinatario (DEP) asocia humorísticamente (venidas de ese jovencito): «Calculo que un par de amiguetes vendrán pasado mañana a mi tanatorio. Diles algo guapo, máster». Son las doce de la noche de un sábado. Recuerda el jovencito que poco después recibió una invitación a comer del maestro (judías pintas en un restaurante argentino de por Chueca): «Mira, Alberto, mucho mejor las cabras que todos estos hijos de puta». «En realidad son ovejas». Seis o siete, como mucho ocho, meses después de esa última vez que se vieron, el amigo se murió (el traidor, en cambio, parece, sigue vivo). Son las doce y doce de un sábado ya domingo de 2016 y pongo el nombre del «maestro fallecido» en el google. Aparece algún escrito dedicado a la memoria que otros tienen de él. Ninguno por su mano. Sobre las siete o las ocho me ha llegado un sms de un número desconocido: ¿Estás? He respondido: «Creo que sí. Quién eres?» «Quiero entrevistarte o follarte o las dos cosas. Rober me ha dado tu número» «Pues vaya, me pillas comiendo» «El drogas me pasó tu libro y me ha gustado mucho ¿Me mandarías una foto de tu pene?» «Luego». A menudo me encuentro por escrito una recurrente cita atribuida a César González-Ruano «Hay que ver la cantidad de langostinos que hay que comerse fuera para poder llevar a casa un plato de lentejas». Ángel Masa acaba de entrar en mi franquicia de valor incalculable (habitación con libros, discos y ordenata) para anunciarme que se va a acostar, que tape al loro, que a él se le ha olvidado. Me ha dicho que estuvo en el bar, que el atleti ganó, y también el Madrid… al Barça. He dicho: «buenas noches, luego tapo al Charly, papá. ¿Sabes? Quisiera ser Ann Marlowe» «¿Quién es esa?» «Una que escribió un libro llamado How stop the time. Heroin from A to Z» «Ah» «Buenas noches». Una noche, la de hoy, tranquila, en la que la única manera de mantenerse ocupado es dormir. Me siento afortunado al suponer que más o menos he vivido, e incluso sido, muchos, o pocos, no estoy seguro (y ni falta que hace). Felices sueños, Ángel, en la medida (inexacta, por fortuna) de lo posible. Hace dos días abandoné la Quetiapina (en todas sus dosis). Bajo sus efectos, mis palpitaciones (arrítmicas) se daban al estruendo. Me acurrucaba presionando el brazo izquierdo con la mano derecha. No dormía. Entrevistaba a Jesucristo en la oscuridad. Le preguntaba cosas como ¿Deben los peces saltar a las redes de los pescadores, así, con alegría? Él respondía: No se dice Barcelona, se dice Barna. Yo le preguntaba: ¿Qué opinas de Donald Trump y la futura presidencia de los Estados Unidos? Él respondía: ¿Sabes que llevo ya cuatro meses sin fumar? Yo le decía: A mí, chico, lo tuyo me sigue pareciendo un suicidio animal. Lo de convertir en amigos a los que te jodieron vivo a ti y a tus colegas ¿Sabes? Eso… yo lo hago, a veces. Últimamente no, dicho sea de paso. ¿Sabes, Jesús? Me partí el culo con el best-seller El evangelio según san Judas. Me moló mucho el artefacto como destilador de conspiranoia/s, tenía mucho de dadaísta eso, del bueno, del tipo Dominique Noguez. Primo, el hijo, el de la falange, el Jose Antonio ¡Presente!, que murió a los 33 creo, como tú, no hubiera llegado a nada sin tu rollo, en plan europeo, me refiero, no digamos español. Quiero decir, por supuesto, después de muerto. Sí, duró poco la cosa. Me da igual si afortunadamente o no. Joder… Jesús… eres bueno ¿Estás roncando, cabrón? Tengo miedo de que me dé un ataque cardíaco. Si despierto a papá y a mamá me va a caer una buena (después de eso, papá me llamará Exagerao y mamá Hipocondríaco), y después de eso, lo mismo, hasta les da por llevarme a un puto hospital de guardia, quizá el mismo donde, la última vez que estuve, hará unos once años, me recetaron una novieta (tenía tres en ese entonces y cada una de ellas tenía otros u otras tres a su vez, hasta donde, más o menos, sé, aunque no lo dije) y un trabajo estable (ganarás el último GTA -aunque sea de segunda mano- con el sudor de tu frente, ya sabes). A ver si me explico… Me invento que estás en esta cama, te entrevisto, te cuento mis movidas y tú, mientras tanto, como un puto cesto. Da igual ¿Sabes, neng? Desde el octubre pasado (abandono del haloperidol) se me levanta. Pensaré en, no sé, ¿Qué será de aquella… cómo se llamaba….? ¿Mar Flores? Conocí a una de sus maquilladoras en el bar de enfrente, de cuando trabajé (como tendero de una sucursal de carteles, cuya jefa era mi madre), tres semanas, en la calle La Oca (vendí en total dos miniaturas de abetos de fibra óptica y un cartel de metacrilato en el que se leía: Oficinas) Me da igual que estés durmiendo, Jotacé, te lo voy a contar de todos modos. Se llamaba Nuria, o Gloria, Gloria o Nuria, era alta, rubia y bizca. Me pidió un cigarro por favor y se lo di. Insistió en que me lo pagaba o algo así y nos pusimos a hablar. Le dije que era escritor, tirando a postmoderno (me pareció un buen chiste esto segundo), pero que no me daba para la vida y que andaba de comercial por la zona. Me dijo que a ella le gustaba mucho Saramago. Coincidimos otra vez más. Era maquilladora, ya lo he dicho, de Mar Flores y otra gente. Había enviudado tempranamente. Iba a la iglesia los domingos. Yo quería ponerle los ojos bien, no sé, quizá en los baños. Le dije que de Saramago me había gustado bastante ese de El evangelio según Jesucristo (un homenaje maravilloso a este que ronca medio en susurro que al autor le valió penurias -lusas- de sobreidentificación laica) pero que no lo había terminado. Le dije que el de Ensayo sobre la ceguera me aburrió, cosa que era verdad. Y que… ese de Todos los nombres… entretenido sin más, pero bien. Que me caía bien el Saramago (hacía tres o cuatro años que le habían dado el premio Nóbel y vivía, suponemos que feliz, en Lanzarote junto con su esposa y traductora al castellano). Cuánto sabes, decía ella. A día de hoy me alegro de haber dejado la Quetiapina hace dos días. Mi amiga de entonces, Gloria/Nuria, tenía, en mis imaginaciones, uno muy rápido. Eres un tío muy espiritual, me dijo. Llegué a darle una tarjeta de un tal José Manuel García Paredes o algo así, informático, en donde venía el número de teléfono de José Manuel García Paredes, el informático. Fue la segunda (y última vez) que la vi. Le dije que me llamara si necesitaba algo. Supongo que en ese momento me pareció muy gracioso, aunque no me reí. Me dijo que lo haría. Pagó mis dos cañas a pesar de que insistí en que tenía suficiente, y también para pagar las suyas (no estuve seguro de si eso era cierto, recuerdo). Joder, un puto infarto, me va a dar un puto infarto. Putos efectos secundarios de la maravillosa Quetiapina. Ojalá no enterarme. Ojalá dormirme, como Jesús. Y ya. Como Jesús. A las cinco de la tarde, mamá entraría diciendo: Esto de estar durmiendo a estas horas no es normal, Alberto. ¿Alber? Oye… ¿Alberto? etc. Mi muro de Fakebook sería el nuevo muro de alguien que «se fue», supongo. El programa seguiría recordando el día del cumpleaños de Alberto Masa. Un tipo más o menos culto, graciosete, algo bufón, quizá, ingeniosillo, desocupado, voluble… Lo que sea. Bendita sustancia de loco. Pero no. Sobreviví a la Quetiapina, por fortuna. Olvidé la invisibilidad de Jesús, al que llaman el Cristo, en el lado izquierdo de la cama. Olvidé los cantos de sirena de mi corazón, la percusión, lacerante (añadiría, de ser poeta) de la arritmia. John Bonham (46 vodkas con naranja en la casa -de lujo- de Jimmy Page, apenas 32 añitos) en Moby Dick no era, precisamente, la sirena definitiva en el océano definitivo. «Dónde estás, bajo qué nerviosa maleza de martillos / oyes el grito de los muchachos que juegan al fútbol, / quién ante el inefable juez al levantar la sábana verá la faz del ciudadano, (…)» Escribe Juan Carlos Mestre en los cuadernos de Roma mirando de soslayo la memorable tumba del eternamente joven autor de La caída de Hyperion. No, finalmente, no concedí homenaje manual a la figura, televisiva, de Mar Flores. Nuria/Gloria, bizca viuda rubia, la calle la Oca, en Carabanchel, el bar, los cigarros, las cañas, el trabajo, las letrinas y las lecturas de Saramago desaparecieron de la noche de anteayer. Me levanté y abrí la botica de la cocina. Seleccioné ácido acetilsalicílico y, luego, abrí las obras completas de san Juan de la Cruz en edición de Pedro Salinas, de 1936 (le faltan algunas páginas): «…más suele estimar Dios una obra de la propia persona, que muchas que otras hacen por ella.» Miré si había algo en la nevera. Algo de comer. Al cerrarla un pájaro lloró (a veces chirría esa pobre puerta). No cogí nada. Busqué un vaso y lo llené de agua del grifo (la dejé correr durante aproximadamente seis segundos). Me vino a la cabeza una planta moribunda y pensé que estaba vivo. Dos tragos. Llené el vaso otra vez. Un par de sorbos. El resto lo arrojé a la pila. Abrí el facebook y leí un estado suficientemente irónico del escritor vascuence Txema Arinas acerca del juego de intereses manejados por el poder ejecutivo en cuanto al tema de la administración del Sovaldi (cura de la hepatitis C atribuida al hijo -que se ha hecho multimillonario- de un sefardí que curró toda su vida en Campofrío). Escribí el comentario: «Yo tengo de eso. Me alegro por la gente que se cura, inclusive por mi médico, una persona lo suficientemente oscura que también se ha tratado con éxito. A mí sigue sin suscribirme en la lista de posibles para el nuevo milagro. Las transaminasas elevadas se pueden resumir en un cansancio doloroso. Dejé el alcohol durante tiempos moderadamente largos. Adelgacé unos treinta kilos con el fin de obtener un hígado no graso (procurando ayuno), apto para la cura del virus (con el nuevo y revolucionario tratamiento, no con lo que tenían antes, una estafa poco efectiva procuradora de altas fiebres). Vino a decirme: Tú no, bicho. Bien… Y tengo un colega del facebook, el Txema Arinas, que dice de mí que soy el niño bonito o algo así de un pueblo como Brunete, donde también dicen cosas de mí, un poco menos buenas, cuando deciden que el sobrino de la Pepa existe ¿Quién? ¿Ese que se quedó pallá? ¿El anarca?»…. Coñas. En términos alegóricos, la causa Alberto Masa es perfectamente equiparable, debería, a la causa Robert Musil, pero la causa Alberto Masa… además… ¿De qué coño va el tal Alberto Masa? Respecto a la/s sirena/s (invertida, mediante una lección de sencillez como explicación del movimiento bretoniano, en Magritte) dice (transcribe de Inventos de la liebre de marzo) esta noche: I do not think that they will sing for me. Al menos Charly, mi lorito, dice lo que sabe sin saber lo que dice debido a una explicación de la/su propia naturaleza. (Aún no lo he tapado). Tecleo hidden camera spanish porn en el Google. De crío, en las vacaciones de verano, en la playa de Aguadulce, me tapaba la cabeza con una toalla e imaginaba episodios, que me inventaba, de Tom y Jerry y de Pixie y Dixie. Eran buenos de cojones. Creo. Algo menos tristes que el plano final del protagonista, Jack Nicholson, muriéndose -y más tarde muriendo- recostado en una pared desconchada, en una calle repleta de paseantes en El reportero. (En los últimos dos años he visto sólo dos pelis, una de Eddie Murphy y Creed, que es malísima, una intentona formal de la maravillosa Balboa en cuanto al uso de la épica, pero como hecha con prisas -los actores bien, supongo-). Qué coño, no soy cineasta. Ni músico. Un día le dije a uno, en plan nada, que Patti Smith era un poco tontita y me llamó prejuicioso e ignorante. A punto estuvo de darme una ostia. Me dijo que la conoció y que era tan enrollada y humilde que le cogió el móvil y tiró ella misma el selfie, en el que debió de sonreír mucho, según versión de aquel nuevo amiguete, viable fundamentalista de la farlopitica. Oh, dama del rock. Tengo (casi) todos tus discos. Odio tu libro Babel, que compré con dieciocho años. Oh, maestra que mostró al mundo anglosajón que existen más autores que Borges en lengua hispana (Bolaño). Oh, tú, en el aeropuerto, con Frank Zappa, ese gran único (aún no he leído las memorias, que prometen, escritas por su groupie, luego secretaria, Pauline Butcher, que me regalaron Frank y Alberto por mi cumple), Lou Reed y no recuerdo qué otros esperando la llegada a Nueva York del bizarro de la lucidez William S. Burroughs. Oh… versión perroflauta (pasada por Studio 54) de la creyente María Sabina. En resumen: Que el tipo al que le dije, en plan nada, que la Patti Smith era un poco tontita, se puso bastante de los nervios. Yo estaba de chico de los recados en una llamada escuela de ideas sirviendo canapés por una media diaria en negro que se me iba en el transporte público, sumado algún que otro whisky. Algunos buenos muchachos, herederos de una lírica en algo convergente con la de Coque Malla, había por allí, aparte de alguna que otra persona más o menos sabia, repartidores de tarjetas, algún que otro personaje más o menos público y poco más (en el fondo recuerdo mi vena raquítica de la época con cierto cariño, al igual que mi defenestro e incluso oscuridades de ciertas personas en las que se presupone un estatus, moral inclusive). El genio, clásico vivo de la letra, Woody Allen, definió muy bien mi recuerdo de mi estancia en la denominada escuela de ideas cuando sugirió que no conocía la clave del éxito, pero sí la del fracaso, que consistía, según él, en complacer a todo el mundo. Conservo alguna amistad, más o menos valiosa desde un punto de vista sentimental, poco práctico.  2/3 personas que quise se fueron ya al otro barrio. La vida es una puta perfumada con Nenuco en ese sentido. Porque que sea uno el que se muere no duele -después-. Aprendí mucho, supongo. No, sería injusto decir que no conservo amistades que me han ayudado, en cierto sentido, a ser una mejor persona, no sé, menos ¿egoísta? Algo así. Desde que dejé los antipsicóticos anteayer soy adicto a la lucidez. Mucho alma (me parece una buena palabra, críptica en parte, sí, para definir el momento). El resto, tres o cuatro minutos diarios de sexo virtual con Anne Sexton 8 que, a veces, incluye otro cuarto de hora de declaraciones de amor más o menos poco racionales, alguna visita a mi ahijado (que da besos a todo el mundo menos a Alberto -esto es, distingue, ama, si se prefiere, a su padrino de una manera real-), un tercio de tortilla española (eso ayer, hoy una tajada de codillo con un caldo muy sabroso en el que he mojado bien de pan), cinco latas de fanta de naranja diarias, tabaco West, redes sociales, búsqueda de alquiler de habitación en una zona bien comunicada con el centro (precio estimado: 350 eu al mes), alguna que otra anfeta que me pasa el que viene a traer los papeles de La Mutua donde yo copio (imito) la firma de mamá, su DNI y la fecha, alguna ducha, fregar… bah.

Joder ¡Me han dado las seis de la mañana! Sigo… estos artefactos los leen en Moldavia ¿Saben?

Los moderni son una invención del siglo XI. Se los denominó así para establecer una dicotomía con los antiqui. En aquel momento tenía verdadero sentido, pongamos, revolucionario. Aquellos moderni, más o menos cristianos, estaban verdaderamente jodidos, los pegaban mucho, los hacían bullying, se comenta que, en algunas ocasiones, a algunos, les llegaron a dar de martillazos en la cabeza, los necesarios a veces (según, suponemos, la potencia usada por la mano ejecutora y la sensibilidad de la zona de recepción de los golpes) hasta matarlos; cosas así, según la versión de mi peluquero, licenciado en derecho (trabajó año y medio en una gestoría). Sí, concluyo con esto, debía de haber mucho cabrón en Roma por aquel entonces.

Esto, en principio, iba a ser un relato.

Debe ser largo este post, calculo a ojo de cubero no necesariamente bueno. Pronto el sol será un destello de sangre hundido en el cielo claro de un domingo. Pronto sonarán las campanas que llaman a misa en La Calera (Cáceres). Imagen recurrente: Un avispero del tamaño de la yema de un huevo de avestruz en la esquina superior izquierda del nicho de Sebastiana Rivero. Otra: Hierba de apariencia seca creciendo.

Definición tendente a la subjetividad de «poeta maldito» en este amanecer (por AMV): Tipo o tipa tendente a la pérdida de brújula (con su norte, claro está, aparte los otros tres puntos cardinales) que establece con reiteración la queja como elemento de representación.

Tras las rejas (mosquiteras) de esta jaula tocada por un Midas dado al vintage hay el mismo árbol pelado y flaco existente desde mi llegada, acontecida a inicios de 1997, a esta versión de la realidad, floritura parcial de la vida, una vegetalidad figurada en aproximadamente 73 gotas de Haloperidol. Mi editor (y amigo), bajista de un grupo de éxito en los 80, carismático y, diría, buena gente, me ha vacilado… un poco bastante, usado de manera que supongo recreativa. Un buen amigo me dijo el mes pasado: «No te lo tomes a mal. Un editor es, a fin de cuentas, un empresario». No pasa nada, caro, me digo, la novela rosa (y negra) que escribí bajo pretexto y con el único fin (a la manera de Manganelli en su presentación del excelso Encomio del tirano) de ganar dinero, se posterga (primero fue con mentirijillas, recientemente con excusas)… Tened un buen domingo todos, tanto o más que este mío, rebosante de prodigio y tejados de vecinos de enfrente. También tú, preciosa niña de 40 o 41 años, que has ejercido la promesa para conmigo y cogido un vuelo a otra parte. Eso de no tener corazón consiste, simplemente, en pasar. Lo digo por mí. Te deseo lo mismo que al bardo, amante de la poesía -mala- de «papá Buk». Joder, pues al final no sale el puto sol. Un café, 10 mgs de Escitalopram… yes, hoy puede ser un gran día. Quizá cree un club de fans de la página Selfies antes de la muerte. En el que presenta la noticia de la página en Twitter (es, de momento, el único que he visto) aparece una adolescente sonriendo desde la cornisa de un rascacielos. Sí ¿Qué os pensáis, hijitos míos? A mí también me repatea los ganglios enterarme de noticias… esas cosas de la actualidad, de los medios -de administración y gobierno- más /menos informativos, encargados de lavar el cerebro de las masas. Con lo sano que es leer a, no sé, Theodore Sturgeon o Lovecraft o Frederik Pohl o, no sé, Danielle Steel. Whatsapp de hace unos veinte minutos u hora y media (remitente: mi médica de cabecera): «Me gustaría tanto saber cómo hace el amor un genio». Respuesta no enviada aún: «Y a mí, querida Paca, y a mí». Sobre el genio: Una vez, cuando era niño, calculo que poco antes de hacer la comunión, conocí a uno. Se llamaba Alejandro, pero todos le llamaban Richi. Sacaba destacas en todo menos en Educación Física. Un día le volví a ganar por decimonovena vez en una pelea de patio. Se levantó del suelo y me dijo «Jo, Tomasa ¿Por qué?». Me hizo pensar mucho, mucho. Joder, me estrujé mucho más los tuétanos y las meninges que con, no sé, Parerga y paralipomena, del Schopenhauer (que nunca leí hasta la tercera parte), ese día. Tenía yo ocho años. El Richi era un gilipollas total pero… dicen que hay libros, por ejemplo, no sé, visitas a museos o cosas así, que te cambian la vida. A mí me la cambió el Richi, con todo lo gilipollas que era. Un genio, sí, aunque fuera el lameculos oficial de doña Josefina… y de otros peores. Y aunque fuera el delegado de la clase y cosas así. Ese tío se levantó del suelo, un muro horizontal de hormigón fucsia, y me dijo: «Jo, Tomasa ¿Por qué?». Bah, que le den a todo el mundo bien por culo (también al Richi). A todo el mundo menos a los que os encontráis leyendo esto desde Moldavia. Acabo ya. Muy buenos días, Alejandro el Richi, muy buenos días, egregios magos de la paranoia, dueños del humor (bueno y menos bueno) del mundo. Buenos días, Charly, pájaro mío, pequeño y grande. No te he tapado esta noche. Ahora me tomo un café contigo y hablamos de amor (tú sabes hacerlo / yo intento aprender del que sabe). Un café… y medio Escitalopram de veinte. Saludos, precioso domingo, árbol pelado y flaco que contonea lento. Tus hojas (pachuchas, marrones, arrugadas, diminutas, mustias) son un enigma del yo-hostil que, hoy, no ofrece signos de poder alguno.

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En la foto: Yo con la abuela Ciri en el primer cumpleaños de mi prima Aran (la he puesto al azar, sin pensar mucho, como quien dice: por poner algo, algo bello, tampoco exento de morriña, algo incluso de dolor -leve-, pero muy vivo, bonito)

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