Un ser inane

Desde hace dos días, durante uno de los sueños, ha aparecido en mis imaginaciones un ser que, de primeras, consideré inane. Me he forzado a adivinar en qué fiesta lo conocí bajo apariencia, en qué grupo y mesa, restaurante (debía de tratarse de una boda o comunión, o algo por el estilo). Era menor que yo y vestía un traje azul de línea suave. Gordo, con los ojos azules, pequeños y cómplices de mi, seguramente, comportamiento animal. Desde hace dos días intento saber cuál era mi edad para adivinar la suya, que era menor y, desde luego, eso me ha traído a preguntarme la edad que tengo yo ahora, mientras tecleo todo lo que me viene de ese desconocido con grandes mofletes, alegre en su, seguramente, primer traje de boda, comunión o lo que se celebrase, que no sé lo que es y que creo que siempre ha dado lo mismo. Quizá ha venido al sueño de hace dos días para vengarse de mi animal, a llamarle bestia, por si poco lo supiera. El enigma me tiene desconcertado, al igual que al animal que dije antes y que es, en verdad, el enigma de un animal más que un animal. A qué bofetada, me pregunto, responderá este patadón al aire del inconsciente (que siempre da al aire cuando patalea, lo que no necesariamente implica que te salpique, quizás, el chicle de la bota). Yo hablo con él, ya despierto, de un sueño del que no me viene más que su presencia inane, anodina, torpe, patizamba e inútilmente sonriente. Me pregunto quién ha elegido su traje y si ha probado mujer. Estoy también dispuesto a ser esa mujer (chata y amplia, poco habladora, de cocina, casa, peluquería y dos niños) y, de hecho, soy esa mujer, e incluso esos dos niños que han heredado dos inanidades en dos ojos y, no obstante, se aplican en el colegio, a cambio de mi fama, imaginación y herencia (si es que queda alguna). Como no sé cómo te llamas, te voy a llamar Adolfo, pues tu cara, que representa ya varios actos desde ayer de mañana en mis imaginaciones, me recuerda a los Adolfos. Te tecleo sin conocerte de nada, querido Adolfo, inane mío. No me lo tomes en cuenta, pues es lo mismo que hago conmigo otras noches, con el animal o su enigma, del que te hablé atrás y que te dije y me dije que eran una misma cosa. Me veo a mí y es tu mirada, que en mí es la más inocente que hoy recuerdo, la que me escudriña, tenebrosa y cómplice de esos hielos que no quiero, Adolfo, para ti. Querido Adolfo, sólo quiero ser tú en lugar de este tirano, del animal que no tiene nombre a quien no sólo miraste sino que además reíste las gracias, que eran, seguramente, las de un animal que, probablemente debido a los licores y otras drogas, se ha despedido de su enigma, como si tal cosa, de un empujón que nadie ha visto y nadie ha querido ver. Ese ligero encontronazo es quizás hoy tu belleza, o tu bondad, me da lo mismo. En mis imaginaciones eres el verdadero dueño de esas buenas mozas que han venido a comer a mi mano en esos días de primavera que pasé en mi pueblo en 1995 acompañado de unas lecturas que, en aquellos años, me creía que tenía que hacer, pues el objetivo que entendí entonces era el del saber y el de la estrella, y tú, con tu inane presencia de mejillas sonrosadas y un brillo leve y tonto en tus azules y pequeños ojos, has venido a decirme que me levante. Y yo, efectivamente, me he levantado, te he saludado como he supuesto que se saluda a los príncipes y dicho gracias, así como hoy te escribo adjunto a dos deseos que debieran cumplirse en un mismo tiempo: que vengas, y que desaparezcas.

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Ya dudo si soy yo tu bufón o el señor de todos esos latifundios que ves cuando te permito mirar por mi ventana, que tampoco es que sea mía esa ventana. No sé quién la construyó o si estaba ya antes de que fabricásemos todos esos muros que, piedra a piedra, la rodean.
En la entrada referida a ti te llamé Adolfo pero hoy no sé si llamarte ángel del cielo. Quedé en que te conocí en una celebración pero, ay, quizá te conocí en la única celebración de la que tengo recuerdos y, sin embargo, no he estado jamás, ni húmedo ni seco, como distinguía Rubén (poeta húmedo) a los demás poetas, siempre sobre el marco de esa ebriedad llena de ángeles como tú a la que llamamos cielo.

Quizá eres un impostor en ese cielo. Quizá el cielo sea también un impostor. Quizá la ventana que dije al principio no vaya a dar sino adentro de unos muros que también dije y que quizá no existen. No soy señor de ningunos latifundios ni he contratado bufón alguno que no sea una muy ligera idea de la vida que llevo que, por supuesto, también consiste en tropezar ante una piedra que tú, ángel mío, has puesto ahí para ver si es verdad que había aprendido de la última vez que me la pusiste y también tropecé, de la misma manera, en el mismo parque y bajo el mismo sol.

El infierno, según Blake por ejemplo, corrígeme si quieres, también son esas cosas que ni siquiera podemos ver en el infierno. Yo sólo te conozco de un sueño que tuve y allí eras lo que yo no quiero ser y también lo que descubro en el espejo de los párpados cuando cierro los ojos y procuro observar, como si yo pudiera (como si alguien pudiera) de qué está hecha mi oscuridad, (al abrirlos veo siempre, por mucho que no lo creamos, un ángel desvistiéndose del traje azul que le ha sido concedido para asistir a la misma celebración a la que yo he asistido sin recordar cuál es, y sin querer recordarlo.)

Adolfo, ángel del cielo, eres también uno de esos trabajos manuales que recuerdo hacer en el colegio cuando yo no era más que un niño (y a saber, escoria, qué eras tú entonces). Uno de esos trabajos en los que hay que ponerle pegamento a varias capas de cartulina para, primero la mayor, luego la segunda mayor, ir construyendo un relieve sobre un marco que también es el de una cartulina. El resultado es el bosque por el que camino de regreso a casa de mis padres y, no más, tengo los dedos pegajosos de los restos de pegamento que te han ido haciendo a ti, Adolfo, fiera y ángel del mismo bosque, sumado el cielo, que eres en una clase de viernes de 2º de la EGB, hace tantos años como quizá tú aún no tengas.

(Creí que me había olvidado de ti. No creas, también he tenido otros sueños. Sin embargo, veo que persistes cuando tecleo y busco y me digo entre todas estas teclas. Soy tu corazón. Dejémoslo así y démonos la mano como si nada de esto hubiera ocurrido. Te lo pido de rodillas, sin que tú te des cuenta ni jamás vayas a leer estas palabras.)

Quizá seas el whisky de hoy o de cuando te conocí, qué importa me digo si, total, el whisky, ese oro ardiendo cuya aspiración es la bilis, no sabe crear imágenes, sino desmontarlas, quemarlas, aniñarlas en la única bondad que sabría ahora concederle, tras un par de hielos más ¡Mañana no voy a hacer nada! Y tengo miedo de que, en ese mañana, también estés tú, con tu inanidad y traje, sonriéndome estúpidamente desde la silla que hoy empleo para escribirte, inútilmente, puede ser, pero sin sonreírme nada.

Soy tu padre, recontra, mientras tú eres esos versos de Vallejo que dicen:

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París
y diciendo:
Es un ojo éste, aquél; una frente ésta, aquélla… Y repitiendo:
¡Tanta vida y jamás me falla la tonada!
¡Tantos años y siempre, siempre, siempre!

No puedo añadir nada sobre ti, primor. Como mucho me pregunto si quedará sopa de sobre para después de las doce.

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