Trayecto cultural de esta nada o ¿Quién teme a Tonia Requejo?

Recordaba la universidad. A menudo algún que otro discurso brillante. La gran mayoría nebulosos. Apelaban más a la inteligencia que a la memoria. Tal era la naturaleza de aquella maestra a quien, en un alarde de egotismo, pedí me suspendiera, antes de abandonar para siempre el mundo académico. Yo había realizado a máquina un trabajo que ella, por bien de alguna idea suya, prefería recibir escrito a bolígrafo. Era mi segunda convocatoria y la segunda que no pasaba por el aro. Hoy vivo casi de la mendicidad. Por suerte la imaginación llega a habilitar coherentemente el sentido de lo que en mí hay, no es poco, de indigencia. Decía, en épocas remotas que se parecían a aquella, el satírico Juvenal que “Jamás dice la naturaleza una cosa y otra la sabiduría”. Así, poco después, uno se vio trabajando sirviendo comida a niños, en lo que fue llamado monitor de cocina. No era el lugar dotado de estilismos que abrumasen la información de alguien, pongamos, aireasen el intelecto, más que un parque temático donde abundaba la vida animal, así como algunos árboles -yo planté cuatro-. En ocasiones, en los días en que la contemplación de las estrellas se me hace apetecible, calculo el crecimiento de esas semillas. Tiendo a imaginar las copas de esos abedules rozándose con las susodichas estrellas, iluminando con su llama el nombrado parque temático que hube de abandonar por una especie de “secreto a voces” reducido a la extensión del rumor de que uno habría de curarse de algo. El resto eran polvos en los baños a las monitoras, en ocasiones a la vista de algún menor que, asustado, tendía a la retirada. El sexo opuesto se portó bien conmigo en aquella época. Hube de correrme siempre fuera. Entre las monitoras existía alguna con el peligro añadido, bajo sus faldones, de dar caza al hombre metiéndolo de lleno en un compromiso difícil de eludir. Salí de allí. Al poco me encontré con que una especie de affaire pubertino -respondía a las iniciales MEA- escribía en una pequeña revista grande artículos de clase de párvulos acerca de la nueva literatura española. Mi sorpresa al encontrar su nombre elogiando una obra del prosista menor (hoy jefe editorial de la necesariamente defenestrada Caballo de Troya), Alberto Olmos, aparte de inquieto joven con el que en alguna ocasión compartí una que otra cerveza, todo hay que decirlo, pagada por mí; un tipo que, en cuanto le era dada la ocasión de inmiscuirse en qué había tras la persona a la que se dirigía, se deshacía en preguntas directas que no necesariamente uno habría de soportar a un chiquillo débil mentalmente, no malo, pero pesado a fuerza de creer en un sí mismo medio dotado para leer en una editorial única entre las menores como lo fue en su día Lengua de Trapo, a bordo de una tropa que validaba con sus publicaciones premios amañados por jurados, en ocasiones, elegidos por ellos mismos, que ofrecían, sin rasgarse demasiado las vestiduras, el título de ganador a cualquiera que aceptase la condición de remunerarlos con la dotación mientras era acariciado con el laurel del emergente hombre (mitad abisinio o, en ocasiones, chiquilla) del premio. Hombre del momento en el que el bolígrafo se saca para anotar en la primera página del libro los pertinentes agradecimientos a padre, madre, amigos y algún que otro conocido de oídas. Supuse a la mencionada MEA, y sus juveniles disecciones de los textos literarios (antes dije parvularias, lo que era más cercano a lo que hacía esta buena chica) firmando un contrato de colaboradora en los baños de una discoteca y me dije: En fin, príncipe de la soledad, en la que sin duda mandas, así está tu queridísimo mundo. Acabé redactando notas para autores, que ellos, parece ser, se veían incapaces, por falta de dotes, para elaborar, y publiqué cuatro libros desaparecidos. En la actualidad yo estoy aún más desaparecido que ellos. Digamos que leo a escritores rusos del XIX en mi tiempo libre y proveo de manzanas a mi perro para que me las traiga levemente señalados en ellas sus colmillos. Hoy, parece ser, hace buena noche. Será el momento en que mi actual affaire llegue y salgamos por un rato a reírnos de todo y de todos, con la posibilidad de vernos implicados en asesinatos varios, inmorales ellos, pero la mar de graciosos, pues nuestras viejas mentes, hoy, inician una fiesta donde unos abedules crecen a la sombra de otros y la ciudad se muestra perfecta bajo sus rectas esquinas.

PD: Ante las numerosas fotos de sexos femeninos haciendo sus necesidades en los baños públicos intercaladas con fruta pálida, el idiota (en este caso representa la vida familiar y ciertos pueblos escasos de liberalismo y progresía donde he convivido) opta porque se trata de una provocación. Ahí es donde he hablado: ¿Quieres saber lo que es una provocación? Dame tres simples letras y permite que con ellas construya una palabra. Sólo una. He añadido: ¡Idiota!

.

Imagen: Jonathan Leder

Comments are closed.