Todas las tardes de la ciudad

1. El lector:

Leyó mil, quizás dos mil, vidas inventadas por diferentes autorías. Se convirtió en todos ellos sin titubear un instante. Enchufó la cafetera y vertió agua sobre el panel correspondiente. El café se hizo. Estaba caliente. Echó un poquito en el vaso y movió una cucharada con miel dentro. Después… nada. Llegó la tarde y él siguió ahí, al acecho de no se sabe muy bien el qué.

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Lo que ve el lector (personaje nº 1 y protagonista de esta casi triste historia):

2. Él:

Y entonces comprendí que allí estaba yo, caminando, sin más, por la acera. Cayeron un par de gotas. Eché la mano al bolsillo. Vi que me quedaban tres cigarros. No iba el mechero, así que pedí fuego a un tipo con pinta de ser estudiante de algo. Fue muy amable. Procuré serlo yo también y, de repente, allí estaba yo, fumando un cigarro. Qué importaba qué calle era exactamente. Empezaron a caer más gotas de lluvia. Qué importaba nada. Seguí andando mientras tapaba, de la manera en que podía, el cigarro de la lluvia. Acabé el cigarro, me cobijé. Miré mi monedero. Tenía justo para un café y el billete de vuelta. El café habría de ser barato, sí. Qué importaba. Era la tarde. Mi tarde. Era la ciudad, los coches… Era un día maravilloso y, pronto, vendría la noche. Pronto habría de estar en la dársena número seis del intercambiador de autobuses. Pronto la ciudad se evaporaría y pronto, seguramente, dejaría de caer agua del cielo.

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3. Ella:

Comprendí que él me había dejado sola. Habían sido veinte años contando con su compañía. Nuestro hijo se encuentra en este momento estudiando francés en Auxerre. Preparo un vaso de leche y me dispongo a trocear unas galletas sobre su base con ambas manos. El chocolate se esparce a través del color blanco. Permanezco inmóvil hasta que el vaso está frío. Echo mano de la servilleta y me seco los ojos, que están secos. No, no he llorado. No siento nada. Enciendo un cigarro. El sol comienza a ser cada vez más breve. Noto cierto dolor en la espalda. Esta mañana tenía un correo electrónico del trabajo. Prometí a mi jefe, admito que me vi en un compromiso, corregir las comas de un trabajo sobre el Eros para la facultad de Historia del Arte. La tarde se hace, luego vendrá la noche. Me llevo el vaso de leche con la galleta de chocolate desecha hace tres horas a la comisura de la boca. Sabe a una persona pidiendo auxilio. La verdad es que nunca he saboreado ninguna. Sabe a leche. Leche y una galleta de trigo con chocolate. Pero sabe a cualquier cosa, también, menos a eso. Telefoneo al móvil de mi hijo. Me dice que es su hora de practicar el baloncesto. Le digo que le quiero. Pregunta por él. Digo que ha salido. En el fondo de esta tarde mora un hombre que se ha ido. En el fondo del vaso de leche sobran ciertas migas de galleta húmedas. Pongo el vaso en la pila y veo cómo toda la suciedad se va antes de llegar la noche.

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4. El niño:

Sólo sé que quiero llegar alto. Lo más alto posible. Leeré. Estudiaré lo que haga falta. Practicaré deporte. El horizonte es más amplio que lo que tengo allí atrás, todo tan lejano. Apenas una persiana que abrir. La tarde entra. O no. Soy yo. Simplemente yo. No me resisto a entrar en la tarde. No en la noche que viene luego. No en la lluvia. Mi pelo se está empezando a caer. Mi padre no tiene pelo. Me gusta ella. Ella será para mí. Me taparé. Tendré cuidado. Ergo: Tendré cuidado porque estoy vivo. Porque debido a que amo, estoy vivo. La tarde es parte de sí misma. Sólo escucho cómo el sol se va. Mi agilidad es plena. En todos los sentidos. La hierba crece.

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Fotografía: Javier Reta

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