Thymus y circo

Cómo decir me siento roto sin que suene necio.
Hoy mi timo es una moneda atragantada dentro de una máquina defectuosa.
Los pétalos de una flor reseca abandonados en una corriente que, suponemos, dará al mar o, finalmente, se adherirá a un tronco estancado y allí mirará, con sus ojos de muerta, el sol de una mañana que no existe.

La luna es una pantalla líquida, táctil. El dibujado que de mi cara hace es la de un payaso triste. El gracioso se acerca con una tarta en la mano. Quiero que el gracioso sea gracioso. Me quedo quieto. El gracioso es gracioso. Y yo soy gracioso. La pantalla líquida, la luna, sigue iluminando, dibujando a la vez, una cara por la que se escurren trozos de tarta. Es una tarta de merengue. Aprovecho para sacar la lengua mientras el circo ríe y saborear lo que de ese merengue me dibuja de cara al círculo que es esta noche, de cara a los niños que ríen, de cara al payaso de la nariz roja, que ahora se encuentra emulando la voz del Pato Donald. Sé que el niño triste ya no me mira a mí. Está dentro de las palabras del pato. Su cerebro son las palabras de un pato de nariz roja. Yo quiero jugar con ese niño de la séptima fila. Quiero nadar con él en el océano hasta alcanzar el horizonte. Quiero que ría mientras nuestros cansados brazos se rinden y nos fundimos en negro. Es el final de una película donde hubo mucho de risas, donde hubo mucho de llantos, donde el Pato Donald hablaba a través de la burla de un payaso la mar de gracioso. Ese hombre que, acabada la función, me dice que si quiero ir a su caravana a echar un vino y unos cigarros. Una vez me invitó a farlopa. No la había probado nunca. Me dijo que, al no haberla probado, no me había probado a los ojos de mi dios, esto es: Yo mismo. No noté nada. Sólo algo de nervios. Vomité las cervezas de ese día. Quiero nadar con el niño triste a través de la pantalla líquida. Quiero ahogarme con él y que ninguno de los dos emitamos la palabra “fin”.

Mi timo baila con la manera que tiene de agitarse mi respiración. Es una cagarruta de oveja instalada en lo alto del pecho, sistema linfático. Es una pluma cuyo peso excede al del aire. Las bestias vienen a comer de él. A pringar en su cara de riñón póstumo una tarta de merengue. El payaso necio tiene la cara de la luna y procura la gracia del hombre que una vez le invitó a cocaína. Es un hombre que, en un par de ocasiones, ha llorado delante de él. Amanece y el sol es una diminuta luz que adorna las nubes de color violeta. Fabrica un brillo que no se sabe si pertenece a la lengua del payaso cuya cara es la luna. Ríe. Reímos. El payaso alegre, el payaso triste, el niño ahogándose, el Pato Donald y yo. Somos grandes en la cuadratura del círculo que las dimensiones de esta carpa imitan. Cojo mi timo y lo ofrezco a la tierra. Crecerá un híbrido entre flor y bicho al que el sol de una mañana que no existe, además de alimentar, ciega. Suena una canción antigua. El payaso alegre se quita su nariz roja y me dice que se ha echado una chavala de diecisiete que dice tener diecisiete y medio. No me río. ¿Por qué no? Dice él. No es porque nada de eso me parezca inmoral o algo así. Es, simplemente, que no me río. Da igual, dice él, el que se ríe siempre lo hace de sí mismo. El que se ríe de sí, le digo yo, trata de venderte algo. Es hora de salir y repetir el número. Una y otra vez se acerca ese alegre payaso de narizota roja con su tarta de merengue. Mi guión es decir: Por favor, no lo hagas. Y su guión es decir: Eres tonto, mientras planta la deliciosa tarta de merengue en mi cara. Luego se va a imitar al pato Donald. Los niños, para entonces, ya se han reído. Sus carcajadas son mi timo. De él brota una flor siniestra, ya dije, mitad bicho, he de añadir que muy pequeño y de sangre blanca, como la luna, de él cae una boñiga de oveja que he de masticar cada día, exista o no el día, conceda o no un sol muerto ese momento de la noche en que ese niño triste de la séptima fila de sillas avanza conmigo a reír sin parangón mientras le enseño a nadar. Mientras le digo que nuestro cuerpo no se lleva todo lo bien que debería con esa línea apenas perceptible en estas cinco de la madrugada que separa el cielo del océano.

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Imagen: Rodaje de El circo, de Charlie Chaplin

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