Tampoco es para ponerse de ninguna manera y hace un día muy bueno (17/03/09)

Hoy he amanecido con la pantalla del ordenador caída hacia abajo. Es una pantalla de las buenas de hoy, grandota, fina, estirada, fashion. Lo que pasa es que lo que la sujeta era una especie de cosa con palillos, un Escorial de segundo de la LOGSE y eso tenía que ceder en cualquier momento.
He oído a mi padre salir de la ducha y le he dicho si no habrá entrado a gastarme una de sus bromas. Ha venido duchadito y me ha dicho que qué he hecho. Pues nada, que la he dejado como estaba, caída, a la pantalla. Él la ha levantado como si fuera un gato muerto y ha intentado ponerla en el plástico que la sujeta. Ah, pero eso ya lo he hecho yo. Pues nada. Menuda mierda etc.
Se ha ido con mi madre a cosas inmorales (de médicos) de hacerse análisis etc y yo me he puesto a encajar, así que este escrito es de prueba. Me he puesto a ver cuánto tarda en caerse de nuevo, aunque no tengo nada que contar. Me he tomado un café y me haría otro si no fuese porque estoy expectante de que el trasto vuelva a ceder.
Yo lo que veo es que, de ceder, lo va a hacer para atrás y no hacia mí, igualita que los amores que he. (he puesto punto y ya está porque iba a usar la palabra “conocido”). Cuando sobreviven a la caída te dicen que tenías que haber estado ahí. Pues haber caído hacia mí (este aparato, sin embargo, me encanta porque no va a decir nada de nada -ni para bien ni para en medio, y se le ve que, si cae, lo hará hacia atrás y no dudando y vacilándose-). Muchas cosas es que están en punto muerto y, sin decirte nada, van y se caen hacia atrás, como si fueran hoy una pantalla del ordenador sujetada con un par de mondadientes. En mi casa, para los trozos de filete entre las muelas, usamos la taladradora poniendo sólo cuidado en no darle al botón, porque eso te hace un estropicio. Yo en el lado izquierdo no tengo ya muelas. Son una cosa de mentira que, si se cae, tengo que ir a que me la peguen y, si no hacen obra, lo mismo sólo cuesta lo que un día y tampoco es eso, pongamos, un menú normal con su café de luego. Pero ese es otro tema, además no me gusto en esta voz, no me gusto hablando así, no me molo escribiendo así. Me gusto cuando acelero, aflojo y luego doy el intermitente, pero hoy no es así, sino que estoy esperando a que la máquina ceda y, con ella, cejar este escrito del que no me acuerdo ya de nada.
Oye, parece que sé sujetar muy bien. Yo creo que me perdonarías, si fueras yo, que me vaya a poner el café… ahora vengo que, esto, parece, se sujeta. Yo apostaría a que cuando regreso sigue en pie, caso de no forzar la corriente, y no voy a abrir la ventana de momento.
Ahora vengo.

Qué buen café. Qué buen día. Han vuelto a llamarme para jodérmelo mientras me ponía el café. Yo estaba pensando en terminar esto. Darle un poco de arte (porque yo cuando me pongo en plan lite soy un devorador de drogodictos, un impío renegado que quiere acabar con la chusma de este barrio tecleando mientras da unos sorbos al cafelito).
Yo lo que quería hoy era ir a ver a la frutera, que es una niña -la hija del jefe- que ha crecido como una manzana caída ya del árbol y con buenas briznas de rojizo. Su madre es una serpiente, como el juego de la oca. Con eso podría estar hecho el Génesis y haberse ahorrado el resto. No, no voy a poner que el padre está en pelotas porque no es el caso. Su padre es un hombre al que no entiendo cuando habla porque tiene un decir cerrado del sur extremo y, a lo mejor, extremeño, como yo, que soy muy extremeño y me gusta mucho ir a La Nava porque es el sitio de la tierra donde más generosos son conmigo. Allí voy de casa en casa y digo el nombre de mi abuelo el que se murió sentado en una piedra de una finca que tenía, el hombre, y me dicen que soy la viva imagen, los primos de mi padre me cuentan de cuando la guerra, las mujeres me dan queso y jamón y, en el bar, me regalan botellines y yo les hago dibujos y poesías en servilletas, y nos reímos. Cuando regreso, me dicen que todavía tienen las servilletas. Mira, me dicen. Y es verdad. Las sacan enseguida, sin buscarlas, como si me estuvieran esperando, y eso que nunca aviso de cuándo voy a ir. Ya va a hacer dos años que no voy o ya los ha hecho. Qué putada.
Yo digo a todos los demás que soy de allí y que tengo 24 años. Y cuela. O no, pero por lo menos da lo mismo.
Pero vuelvo a la fruterita. La niña manzana que es una manzana de bandera de Portugal recogida en la frontera, ni de un pueblo ni de otro, morena y blanca, graciosa, pícara y muy limpia. A mí la niña -que ya tiene edad, no vayas a pensar- es que me devuelve la sanidad de las cosas a poco que la compre una manzana. ¿Qué tal hoy las manzanas, guapa? ¿Ves? Si tengo un día estupendo. Ya con sólo lo de qué tal las manzanas, guapa, está hecho el mes. A mí la niña me devuelve a las chavalas de La Nava. Un sexo hecho de un solo mordisco y no como el neoyorquino, que parece fabricado para una partitura de llaveros. Porque, salvando una gallega y dos vascas, los demás sitios, de la comunidad valenciana para arriba, incluyendo mucho de Murcia y Almería (aunque de Murcia menos) -debe ser también un poco el Mediterráneo- no son de la mujer moza sino un perfume o una tachuela, una extrañeza de caverna amueblada o bosque depilado, o un parecido que resulta en una niña que quiere llamarse como le digas que se llama (Cow Buy-chi?) y salir en las crónicas con ese nombre y llorar después porque, yendo en el metro, se ha llevado a uno al pañuelo, como en el juego. Por eso se caen para atrás como los monitores de ordenador. Si es que luego hacen bromas en la tele con la Paris Hilton. Anda que no tienen que aprender de Paris Hilton unas cuantas niñas típicas con ladillas de mentira y, después, sexo de mentira. Étant donnés hechas toda de mirilla y, de paisaje, una roncha solitaria que, encima, no tiene manzanas. Paris Hilton tampoco tiene manzanas, ya lo sé, estaría bueno. Pero por lo menos tampoco tiene Étant donnés. Y ya está. No hace falta ni tratarla como si fuera una chica humana porque ni se deja ni falta que le hace. Se va de compras y la siguen unos paparazzis con micrófonos y ya ha hecho su vida porque no tiene que hacer ninguna más. Al final, como la duquesa, que no sé si se ha muerto pero allá que andará. Como Fraga, mira, que lleva cadáver seis años y, al moverse debido a que se resisten cuatro nervios, da lo mismo, tan ancho el cadáver y tan anchas Europa, USA y Asia.
Con lo fémino que soy y tiene collejas lo que se ve hoy en día.
No tenía que haberme puesto a escribir. Me noto que me odio y así, lo mismo, no me va a querer la fruterita. Bueno, en el paseo se me pasa.

Y luego está que me han llamado al teléfono. Y me han dicho que vuelven a llamar en un rato.
La pantalla del ordenador no se cae.
Voy a apagar el móvil de nuevo, y a la frutería, que se hace la hora y antes voy a peinarme decente y lavadito que eso es crucial. El juzgado siempre puede esperarse.

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En la foto: El caudillo de Palomares rodeado de cobayas

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