Solo de piano

Todo intento de precisar cuál es la naturaleza de la depresión está condenado al fracaso. Pensé que un poco de licor podría avivar mi flaqueza de espíritu, diluir ese mal, resolver mi estado anímico… En cuanto creo descubrir una respuesta a este fallo vital que padezco lo escribo, ya con ayuda de un bolígrafo y un folio, ya con el world o, si no, en una red social como Twitter, Facebook o Blogger, o mi recién estrenada página Web. La única salida ante esto es encontrar entre la química una dosis capaz, bajo el único objetivo de ceder ante el sueño.
Intento acercarme a la vida como cuando fui niño, y encuentro consejos u opiniones de otras personas, informadas en esto o que han pasado por una identificación del alma similar a mi necesidad e interés de conseguir ayuda en las palabras (las mías o las de aquel que aconseja, a veces son sólo libros, poesía o cosas así)… pero no funciona nada. Nada es suficiente. Cuando opto por dar coherencia a la razón por la que huyo (medicinalmente), choco con la idea de que mañana habrá de ser otro día. Me digo que estoy vivo, también me digo que la vida es un mal menor, una apariencia como puede serlo encontrarse en el espejo al lavarse la cara, o incluso un espectro (demasiado internet).
Mi manera de explicar la depresión siempre es vaga, lucha contra el viento. He intentado incluso comprender a la propia medicina, la que me es recetada, así como el poder que ejercen las noticias sobre mí. Nada, excepto eso que me saca de mi propio individuo. Todo lo que funcione en contra de mi humanidad sirve. Todo lo que despierte en mí vegetalidad es coherente porque es rastreo del animal que vive en mí (un algo, un alguien, una negación, o un Yo). Puro amor por la deidad del débil que lo fue. Puro autosexo.

Sólo encuentro, en la madrugada de esta conciencia, cierto reposo en el siguiente epitafio: “Vengo de no sé dónde, / Soy no sé quién / Muero no sé cuándo, / Voy a no sé dónde, / Me asombro de estar tan alegre”.

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Instalarse en el Yo con el fin, no solamente de odiarlo, sino de maldecirlo, lapidarlo para luego escupir sobre esa lápida, esa es la aventura consistente en representar la depresión. El mal que yo no curo con las palabras que mi voz conoce. Ese mal donde la jerarquía de un dios se asfixia. Me di cuenta al subir a un autobús en el intercambiador de Moncloa sobre las 3:06 h. (Era viernes o sábado y había búhos). Mi dicha desde ese momento consiste en abrazar con fuerza la necedad y recibir a cambio las dolidas contradicciones de un ser desnudo (no obstante vestido por su piel). Interpretar también su verdad, traducirla en ocaso… todo esto para que venga de una vez el día, para que la persona llegue, se presente en su lugar de trabajo y fiche, prolongue su rutinariedad, dignifique su agonía, intercambie por la idea de sombra (en el anochecer de un aula) la desnudez de una piel de la que no termina de despojarse.

Todo está demasiado mal, se dice, por lo que es necesario mantener la tranquilidad. Es en este punto donde yo consigo, a veces, ver la enfermedad que me ha sido diagnosticada ¡Para representarla! Ver su reflejo en esas letras que no cesan de desaparecer bajo los efectos de una dosis adecuada de autoridad, de sumisión, de cinismo, de aceptarse, asimilarse y abarcarse, de ser aceptado y asimilado y abarcado.

La sociedad que me reina, colmada de seres, yoes y tumbas, habita en un buen chute de Haloperidol, que es lo contrario del amor y, a su vez, de la tristeza. Un hasta pronto de la abolición del ser. Un Yo te saludo anterior al descubrimiento de agua en Marte. Un whatsapp recibido sobre las dos del mediodía en el que este sábado descifra la longevidad de una nota a pie de página. Su traducción dice: “Me arrojó su vaso a la frente / y volvió, / pasado un año, / para besar la cicatriz”.

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Yo le digo a este estado ligeramente vivo: Insisto, no sé hablar. Huye, duerme, permite que otros duerman.

Este estado ligeramente vivo me dice: Representa. Muestra en calidad de intérprete.

Termino y empiezo haciendo lo que digo y lo que dice a un tiempo.

Muere tú.

No, tú.

Ambos están muertos o, como mucho, han dormido ya lo suficiente. Ambos se reconocen el uno en el otro cuando consideran esto cierto. Los dos perecen por voluntad ajena. Son viles y arden de caridad, pero no ha amanecido aún, ni para el uno ni para el otro. Traducen de nuevo: “Ciégate por siempre: / también la eternidad está llena de ojos”.

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Un solo de piano es esto. Sea el objeto que sea aquello de lo que permitimos gobierno -los antipsicóticos son un mero ejemplo- yacerá a nuestro lado, será resumido en una fosa común. Allí cohabitan las vanitas del filósofo y del poeta, arcángeles de la desaparición / en manos de la tierra.

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Haré un Retard de nuestro escupitajo sobre mi certificado de no-existencia, compañía.

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El grabado sobre zinc que acompaña al texto no verifica la existencia de su autor, Max Ernst en este caso

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