Ru(t)ina libresca

Una vez un maestro mío se olvidó sus lentes sobre la mesa donde ahora habita un pequeño cactus al que yo llamo Arturo. Me puse esas gafas en otoño de 1998 y comprendí que era yo el aprendiz de un hombre mareado. Desde hace siete u ocho meses tengo unas propias, para de lejos, pero nunca me las pongo. Son en mí una leyenda, como lo es la mujer, fornicada de manera difunta, en las numerosas vidas, siempre ajenas, del agrimensor K., que nunca leyó a Kafka, ni a Cervantes, ni a Calasso. Tuvo más que suficiente con que le concedieran un empleo.

Pessoa se puso gafas para parecerse a Lord Byron y, sin embargo, acabó encontrando semejanza en Ricardo Reis, un hombre que nada pide a los dioses. O a Bernardo Soares, que niega la limosna no por el hecho de carecer de buen alma, sino por no tener que desabrocharse la chaqueta. Comprendió el joven maestro que había visto literatura en quien la hacía en lugar de ver literatura en la literatura, que es el único sitio donde la hay.

Ahí, y en la corriente que trae la puerta de una librería cuando se abre, o por el solo hecho de moverse, también entre las páginas de un libro. Es ese el maestro que todo monitor de cocina que se precie debería usar, para qué si no para transformar la vida, para convulsionarse lo menos posible al abrir un periódico, ya sea de ayer, hoy o pasado mañana.

He cometido no pocos pecados, hasta la masturbación (que, como ustedes ven, me dejó ciego). Permítanme los dictados de mi escaso juicio gozar de la libertad de releerme en los diarios de Leon Tolstoi; lector, a su vez, de Pascal donde dijo algo así como que todo mal viene no del inteligente, ni del tonto, y sí del mediocre… De los mediocres.

Nosotros, los que aún quedamos con vida, principiamos a vernos (ser protagonistas) en los cuentos con los que papá, hoy casado con una a la que no conozco, nos inducía al sueño llegada la hora de nuestro descanso, entonces sin intermitencias. Hasta nuestros sueños eran un ser más grande que nosotros que, sin embargo, cabía en nosotros. Era a su vez alba y ocaso de las venideras vigilias de este amanecer de martes. A mí no me miren. Llevo con una misma lata de Coca-cola desde las tres de la tarde de ayer.

Ángel Masa Rivero, un humilde hombre jubilado, lee en ocasiones mis textos. Dice de mí que pongo muchas palabrotas, que quiero ser Cela y que Cela sólo hay uno. O hubo. Aunque Ángel Masa Rivero de Cela sólo ha leído la película La Colmena, de Mario Camus.

La ruina es en mí, exista o no ese mí, una felicidad de la forma que camina, descalza, sobre un alambre cuyo fin, que no termina de darse, es una ciénaga. Allí mora, pequeño como una identidad, un dueño de la sombra que usa para taparse.

Toda ciénaga inició siendo peñasco (la prosa, hace relativamente poco, llegó a Virgilio, así como la ocurrencia a Plutarco, o la fantasía a Apuleyo). Toda ciénaga emula a la voluntad primera de convertirla en silencio, aún cuando su entrada ocupaba más espacio que, en sí, la propia ciénaga. Sombra de sí no atiende al luto. Madura en la alegría de habitar un espacio (propio) donde perderse y encontrarse, es lo mismo. Una cosa de la luz, algo que ya existía cuando una persona moría de ancianidad a la edad de doce años.

La edad de las edades (dentro de la ciénaga o leyendo, a otros o a uno mismo, en otros o en uno mismo) suele ser, comprendo en una lectura realizada a día de hoy, la edad en que uno asimila que no se hace más fuerte creciendo.

Una vez, cuando yo nacía hacia la rotundidad creativa, hacia la representación como abismo protector del faro de la muerte, una mujer de aproximadamente 19 años, algo más alta que yo, me dijo que había aprendido a follar leyendo el Justine de Sade. Me sonrojé. Siempre fui un idiota. Quiero decir: No es una cosa que sea de ahora. Aprendí a fornicar cuando fui fornicado. No recuerdo si lo otro fue un hombre, una mujer, un animal o las tres cosas a la vez; y sí, le dije a aquella compañera de camino, cafetería de la Facultad de Arquitectura, que lo había leído todo del marqués de Sade.

Otros aprendieron a comer, dicen, leyendo a Álvaro Cunqueiro.

Yo escribí una ficción del Yo inspirada en un solo de piano que me inventé en el psiquiátrico Dr. Esquerdo. El público lo consistía una muchacha que, dijo, estaba allí porque sus padres no la dejaban nunca suicidarse a gusto. Tampoco recuerdo su nombre. Escuchó mi música, que yo no había hecho ni escuchado aún, y me dijo que ese piano sólo sonaba bien si era yo quien lo tocaba. El pobre piano del salón era un drogadicto más entre nosotros, poco menos que drogados. La mitad de esas teclas no sonaban, eran una marcha breve y fúnebre como lo fueron mi estancia, juventud y erecciones. Esas jodidas teclas son mi secreto, una ignorancia aprendida de forma continuada, leída.

Sí, ese piano roto fue el gran artefacto. Y la muchacha del suicidio a gusto hoy no es mucho más que el final, romántico final, de la novela El malogrado, de Thomas Bernhard, en la que Glenn Gould se va de la vida interpretando, una vez seguida de otra (con compulsión), acompañando cada nota con los labios (mudos), las variaciones Goldberg.

Entonces la música despertaba a las gárgolas que hay en las afueras de un templo y también en el interior de ese mismo templo: una habitación con libros, un mausoleo, una tumba propia para un cadáver impersonal, que vino y marchó, sin más y, mientras, concluye en una nota a pie, le faltaron vidas (de otros) para poder leer más el mundo, (como a Borges, el inventor, y traductor, de las nueces Borges).

Amanece. El supermercado debe estar abierto ya. Escribe a través del whatsapp “A condición de la bonanza y falta de severidad en el juicio para con tu noción de lo que he resultado significar en la vida voy a regalarte doscientas ochenta y tres mil lecturas… de un árbol que, sin embargo, no interpuso su sombra en tu sombra”. Lo envía a todos sus contactos. Siempre fueron demasiados y, sobre todo, demasiado pocos. Lo firma como Arturo, el cactus al que un temblor de su mano atemporal hizo cargar con un nombre. Añade: Nunca supe por qué. No pude. Hace tres horas y un minuto que la última Coca-cola del universo está vacía y hay que levantarse de la silla, dejar la lata en una bolsa (amarilla), que luego habré de llevar, una vez abrigado, al contenedor público; siempre a este lado del sol, la cuna de un martes, 12 de enero de 2016.

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