Por un puñado de likes (resúmen facebookero de este marzo)

Algunos/as echan de vez en cuando una flor sobre mis escritos (que tienen mucho de locura verdadera, esa que se padece cuando niño -lejos, sin embargo, la mayoría de las veces, del dadaísmo y ese bluff que dieron en llamar Escritura automática que llegó al lamentable Nadja de Breton, por no hablar de los beatniks y sus intentonas siempre con mucho de chico yupi-). A veces se me dice que he superado incluso a mi Umbrales, cosa que no es nada cierta. Quizá deba recordar que en esta edad que abandono en 9 días al tipo le dio por escribir Mortal y rosa (tiene al menos siete maravillas -desconocidas- que manejan esas alturas). A uno le dio por «raros» como Armonía Somers y alternarlo con una pizca de Proust. Aún está en la habitación de mis padres, con el señalador acercándose a su mitad, el Diario íntimo de César González-Ruano, que, perdonen mi arrogancia si deciden llamarla así, está a la altura de los de un Bloy, un Gombrowicz, el Dalí de La vida secreta, un Kafka (los de Musil me aburrieron un poco más) e incluso, no sé si esto es demasiado, los de Tólstoi, reseñando especialmente los de su senectud. En fin, tanto bueno hay. Y uno, de verdad, tan poca cosa.

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Creo que ya se sabe, pero me apetece aclararlo: Me encantan las mujeres (guapas, feas, altas, bajitas, flacas, gorditas, paletas, urbanitas y un largo etc…). Hay excepciones, quede claro: No soporto a las soberbias, las irrespetuosas, las tristes ni las solemnes (por no hablar de las creídas). Joé, muchos os sabéis que estoy haciendo el tonto poniendo esto, pero os aseguro que lo digo por algo. Advierto que mi aparente educación y amabilidad puede tergiversarse ante encuentros con ciertos entes. Puedo ser mordaz, sangrante, maleducado o, incluso, peor, diplomático. Ahí queda.

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En ocasiones sueño que visito uno de esos programas de la tele más bien dados a la oligofrenia (aparte de a la tontería). Imagino que hago la actuación de mi vida, que logro un Satisfaction tan enorme como un Caruso de Pavarotti en el que mezclo los singulares bailes de Jagger con la elegancia de un Fred Astaire e incluso el público me pide otra y me da por hacer un My Way entre el de Sinatra y el de Elvis. Increíble. Al rato se levanta ese tal Risto Mejide, así con el rictus entre seriedad y duda, mostrándose buenista. Entonces dice eso de: Tú lo vales! Y uno sabe que por esa oración salida de su boca se va a embolsar el 100% de mi actuación, que pasará por ser flor de un día en Twitter y Facebook. Me levanto contento a pesar de todo. La sensación de asco que me provoca mi sueño es aliviada, muy agradecidamente, con una taza de café y un sándwich de mortadela con aceitunas.

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– Te lo digo yo, el muro del Masa ya no es lo que era.
– Ya te digo, ni lo que fue.
– ¿Como que se lo tiene muy creído ahora el chaval, no?
– ¿Te acuerdas de las vecinitas?
– Bueno…¿Y las poligoneras?
– Eso sí molaba.
– Y cuando se metía con Alberto Masa el de las maratones.
– Y no ahora dándoselas de hondo.
– De diletante medio lírico.
– Qué asco.
– Una pena y qué decepción. Es como si tu chaval empezara a darle a la droga.
– O el tuyo.
– Se han ido al parque con sus amigos ¿Qué estarán haciendo?
– Pues bailando con las chavalas.
– No como Masa.
– Dios nos libre.

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Hace relativamente poco, un pueblo que se enteró de que yo era escritor por esa cosa de las redes (de éxito suponían, lo que, bien mirado, no deja de tener poca y también bastante gracia) aunque atraídos sobre todo por unas excelentes imitaciones que habían visto mías del agente Colombo, contactó conmigo vía mail (se encuentra en mi web) para, tras dedicarme unos efímeros halagos, pedirme si quería dar una charla en la sala cultural de su pueblo, tras conocerlo. Querían, así me lo hicieron saber en el post, que hablara de los paisajes y de los árboles de la zona (eso que tan bien se les da a los azorines de la vida -con los cuales uno se identifica muy poco-). Pregunté por cuánto me pagaban (hace no tanto uno no preguntaba por esas cosas y me respondieron que estaba invitado a un buen picoteo de queso, jamón y vino. No contesté. Entendí por un «no», no digo a taxi, pero ¿autobús? y luego está eso de que las pensiones tienen su precio y no dejaron tampoco de tener su gracia cuando uno acudía a ellas acompañado por una moza con la cosa de darse al vicio. Me pregunté qué dinero le hubiera sido ofrecido al Sergio Ramos de turno y su inacabable sapiencia expresiva. No me sentí demasiado bien, la verdad. Ni mucho menos halagado. No dejé de pensar en un curro de reponedor de supermercado durante toda la tarde. Al fin y al cabo ¿Quién era yo?

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Hoy, en mi obtención de un día con mucho de regular, me ha dado por intentar conciliarme con mi potsadolescencia y ponerme un rato con aquellas narraciones asombrosas de Roald Dahl, que fueron lectura de autobús y de las que guardaba un excelente recuerdo. Finalmente he podido, con ayuda del feligrés que cada uno lleva en su dentro, con un par de esos cuentos. No obstante, aunque ya no pueda, algo de mí sigue amando a Dahl e incluso no duda de que fue un genio. Con Bukowski, soy consciente de que hablo de autores que poco o nada tienen que ver el uno con el otro, he tenido algo de paralelo hace poco respecto a la experiencia que acabo de contaros. Adoro a ese hombre (y me atrevería a salvar sus novelas, no así como sus cuentos y poemas), en el que veo poco más que constancia, perrería e ingenio. Tiene algo de estupendo recordarse entrando en el Hipercor derecho a los libros de colores de la editorial anagrama. Uno se buscaba en estos autores. Lo vea como lo vea hoy, no puedo evitar quererlos. PD: También confieso haber leído, por recomendación de una terapeuta algo desfasada, a Coelho, pero eso es otra historia (y en este momento estoy seguro en un 99% de que no os la voy a contar). Abrazos insomnes.

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Hoy me viene más al pelo que nunca aquello de Henry Miller que más o menos decía así (perdonen las comillas, pues cito de memoria): «Soy la soledad que toca el saxofón para pagar el alquiler». Agradecido por el pago de mi correspondiente 10% en cuanto a los derechos de autor de Confesiones de un hombre raquítico, veo que es una cosa que no cubre la factura de la luz (sé que os pasa a la mayoría, pero de veras uno era iluso en cuanto al funcionamiento de las ventas de esta pequeña novela). No debería quejarme más. Hoy toca hacer la compra. El Ricardo III que uno se procuró en cuanto a una publicidad (autobombo) que el sello al que pertenece no le suministra viene a ser, finalmente, ese burrito Platero, tan bonico él, que uno se ve (arregladito ya) en el espejo del baño. Y encima se ha acabado la leche! Ay.

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Uno, tras días de estrés, insomnio, amor (no siempre correspondido), cerveza y algo de ibuprofeno, termina, como mucho dos veces al año, visitando al peluquero.
– Bueno, Alberto ¿Como siempre?
– ¿Tú que crees?
– Tú sabrás.
– Pues venga, entonces como siempre.

Y ahí acaba todo. Conste que también hubo trato -oscuro- debido a una felicidad contenida de mi padre por su cumpleaños. Uno sabe que la gente no va a escuchar más que a mirar (al menos en un 85%) en esos justificadamente defenestrados sitios donde se dice que la cultura es un grado. En fin, que uno, esta vez, también ha aprovechado para arreglarse esa barba que le venía entre mendigo y Orson. Ya llega la primavera -aparte un fin de semana dicen que frío- y uno decide quitarse la boina, echarse a las calles como un tipo poco hipster e incluso con una imagen que delata algo de broker (esos cabrones encorbatados que cuentan chistes muy malos y bien alto en el bar de turno para diseccionar el ánimo de su siguiente víctima). En fin, no mucho más que decir. Una reunión algo «rara» y una ropa vieja con una mujer esplendorosa, de esas que, sin poder ser debido a cosas que trae la vida, uno quisiera para sí y hasta, quién sabe, para siempre. Muy buenas noches, facebookers.

PD: – ¿Gomina no, no Alberto?
– No, tío, a mí esas cosas no, que sabes que uno es bien macho

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Bajo el volcán (en la calle Ave María) es una de esas librerías que me enamoran por una gran cantidad de cosas, además de resultar el lugar más idóneo para encontrar mis novelas -o pedirlas-. Fernando, su dueño, y buen colega, que pasa de Facebook, hace lo imposible por mantener su elegante elección de libros allí, a pesar de que a sus clientes más asiduos les lleva al lugar la innumerable colección de vinilos que sostiene su negocio. El martes pasado pasé a recoger dos pedidos que tenía (ya lo dije acá, el último Gaddis y Ciclonopedia -de momento sólo ligeras ojeadas) a las que se sumó Nog.
– Tío, vengo de descansar del Proust desde el cuarto tomo, y esto me ha recordado a tu rollo.
– Pues me lo llevo.
– Que no, tronco, que luego mira cómo andas.
– Me lo llevo, tío, que hoy es fiesta y va a ser mi cumple, osti. Mira lo que dice Pynchon en la contraportada ¿Cuánto vale?
– ¿Seguro que puedes?
– ¿Qué más da eso?
– Alberto, tío, un día te voy a cortar los huevos.
– Vale, pero me llevo el libro.
Y así fue.
Decir que aún ni papa de a qué se refería mi colega en cuanto a que le recordaba a mí, pero molar mola. Soy converso de los libros que Pynchon (con quien -no puede ser de otra manera- manejo una relación extraña) elogia. Así me pasó con el descubrimiento de George Saunders, al menos, con su Guerracivilandia en ruinas (que hube de dejar tres veces para al final no poder olvidarlo) y, recuerdo, con su amigo de la facultad Richard Fariña en Caídos hasta el cielo, que puse a parir en una entrada de mi antiguo blog a sabiendas, uno tiene esa gracia para consigo, que el responsable de su edición al castellano me iba a leer. Aún así nos hicimos colegas (aunque hace mucho tiempo de eso y no he vuelto a verle). Pues nada, me rectifico, aunque sea acá y de este modo, no terminó de apasionarme Fariña pero, sin duda, mi trato con él fue de una injusticia notable.
Y bien, a lo que urge, pronto: Un nuevo Harry Crews (cómo te queremos!) y, una petición a los traductores que no leen esto, uno tiene muchas ganas de darse de nuevo a Donald Ray Pollock, así que prisita, nenes, que ya os vale.
Un abrazote de buenos días, lectores y queridos.

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No en tantas ocasiones como las que muy pocos suponen me he dado a eso de seguir la actualidad política, pero si ha habido algún político (menor), pero por el que me he sentido representado (otro día, si es que me da por ahí hablaré de ese hombre bueno que fue Adolfo Suárez o de lo que uno percibía, de crío, en el esbozo de un incipiente Felipe-queremos-un-hijo-tuyo-González) es, a lo que iba que, como saben, esto de irse por las ramas a uno, además de molarle, se le da hasta bien, ese hombre es Jose Antonio Labordeta. La medicación sigue sin surtir su efecto y me ha venido, como entre sueños que no se han dado, su imagen, ya desaparecida, a la cabeza. No su imagen política con la que he dado arranque a esto, sino su fabulosa serie Un país en la mochila. En aquellos tiempos, uno se pregunta si han pasado muchas primaveras, en que tener un reproductor de DVD era lo más estuve por adquirir esa serie que tanto me fascinaba. No se habían currado mucho la presentación de las carátulas y aquello parecía venido como de una España en la que en toda casa había un botijo. No estaba cara. Aún así, me ha pasado muchas veces, no me llegaba (cierto que por un pelo) y lo dejé y, con el tiempo, me olvidé de ello (o lo sustituí por, qué sé yo, Billy Wilders y cero cero sietes). He repetido por aquí que hace tiempo que no veo pelis (o muy pocas al año, incluso sin el plural), también es cierto que, salvando alguna visita a casa de mis padres, la televisión de casa (llevo 5 meses acá) no ha sido siquiera encendida (la verdad, tampoco tengo idea de dónde anda el mando). A lo que iba. Esa serie era algo que España no merecía. Aparte, en lo que a Labordeta respecta, me sorprendió como comunicador de una manera bestial. Incluso le vi más suelto que cantando (y, ojo, no sé si me falta alguno de sus discos), aparte de tratar de emular su más o menos fácil barítona voz de tipo hosco (él, que, uno cree, era todo un caballero, además, no me cabe duda, de un sabio honesto y modesto) a la hora de hacer bar en Segovia con jotas del Nuevo Mester de Juglaría (otros de las que me sé unas cuantas). Ya digo, España y mi niñez me vinieron en esa serie. Al contrario que a Labordeta yo conocí a todas esas personas que entrevistaba (más de una aseguraba no saber leer ni escribir, incluso). Era la niñez en que uno creció, a medias entre barrio de obreros y, sobre todo, en el caso al que me estoy refiriendo, pueblo de cosechadores. Debí comprarla. Tanta compañía le daría hoy a mi insomnio. Diré más, llegué a adquirir un libro suyo que leí con mucho gusto descubriendo un prosista lírico de lo más cumplidor. Allí vi a un pensador creyente de la social-democracia, además de a un estilista (no es que fuera Cristóbal Serra, no, ni Paco Umbral, tampoco el Dalí escritor que tanto adoro), pero dejaba respirar entre hoja y hoja dejando con sed, lo que era de agradecer. Nuestro país da genios, es sabido, que sólo son reconocidos por sus excentricidades (y más en las ocasiones en que de excéntricos tienen poco). Un abrazo, Jose Antonio.

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Acabo de triplicar la dosis de mi ya musa Quetiapina, aderezada con un agradecido chorrito de Haloperidol y un par de Tranxiliums (no me déis consejos sobre esto, por favor, ni tampoco vengáis a decir «pobrecito», mi vida es así, reitero, desde los 19 años y soy todo un experto en el manejo de ciertas sustancias, algo peligrosas, sí, legales, e incluso de alguna que no lo es tanto). Mañana tengo una cita de trabajo, literario sí, pero que, esto lo hace interesante, tiene más que ver con un probable arreglo -de tipo económico, claro- para mi supervivencia que con una muy supuesta especialidad a mí un par de veces atribuida en relación con Proust. Obtuve el alejamiento con una persona a la que quería (seguimos hablando, pero cada vez menos, tampoco porque no queramos, pero somos muy conscientes de que algo se rompió). Aproveché el periplo navideño para concederme largas curas de sueño que, si bien han mejorado mi sistema emocional, ahora, en el aspecto al que vengo refiriéndome en numerosos post, me tiene hecho un desastre. Nada, una queja para desahogo mío. Si quieren deséenme suerte en esto de tener que «ponerme el mono literario» para escribir acerca de cultura y «frivolidades» por el estilo. Además habré de ir arregladito, digo yo. En fin… ustedes tendrán lo suyo y más o menos todos hemos calificado nuestro paso por la vida como un infierno. Sí, lo es ¿Verdad que llevo razón, coronel Truman?

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Hay una cosa que no se me da bien entender. Muchas personas (humanoides y amigas) a quienes quiero, así como ellos dicen apreciarme, aunque sea un poco, que justifican no aceptar mis solicitudes de amistad en facebook. Lo que más llama mi atención es que la excusa viene a ser siempre, o casi, la misma: Eres muy irreverente. Y bien, sí, a veces suelto algún que otro «chiste», pongamos, dotado de cierta, o suficiente, ordinariez. En mil millones de ocasiones sólo sé reírme solo. He ahí que a veces muestre este tipo de «ingeniosidades». No sé evitarlo. Pero creo una injusticia la opción de estos/as amigos/as. Confío en que, se sabe que hay ocasiones en que no, mi muro, al que dedico mayor tiempo del que uno sospecha debería, también lo salvan otro tipo de cosas. En fin, buenas tardes, colegas de programa.

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Lamento lo que pasará por alguna de vuestras cabezas, pues me siento apreciado por bastantes de vosotros, pero es un pensamiento al que recurro bajo el único fin de levantar mi irremediable optimismo. Caray, qué bien me sentaría el suicidio. En el pasado, cuando uno regresaba de ser una estrella del ró, de un grupete en el cual sonábamos peor que una lata caída de la basura, lo hicieron. Ellos, eso sí, a mala leche. Se empeñaron en difundir que yo había muerto (nunca pude averiguar si de mano propia o de qué) pero se corrió el rumor. Me da que no se sintió tanto como uno, inocente, se creía. El caso es que no volví a saber nada de esos acompañantes -añado: ingratos-. Cariños míos, os propongo desaparecer de facebook (sí, sé que se me nota que es una herramienta que me engancha) bajo el pacto de que proclaméis mi muerte. Yo creo que molaría bastante (tranquis, ya digo para los que me valoráis), seguiré vivito y coleando. Es una gracieta. Algo para echarnos unas de esas risas que, pensándolo bien, tampoco es que hagan una gracia descomunal. Dita vida.

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En quince días hago 40. Tras homenajearme con un cuscús de alta nota en un sitio cuyo nombre, así como su calle, no recuerdo, he ido al bar de los hermanos (ya amiguetes). Hoy he tenido suerte, pues estaba Adriana, que, al igual que sus manitos, no usa facebook. La he dado un par de abrazos, y unos cuantos más después, antes de darme a la absoluta liberación de los tercios (Estrella Galicia). A mi lado una chica que me pone bestialmente y cuyo nombre no recuerdo nunca y un gay que no he calado a primera vista, tampoco a segunda ni a tercera, sino que me lo han tenido que decir, me han dado cháchara. No os fiéis -ha dicho Adri (a saber cuantas veces la he tirado los trastos)- pues es Jeckill y Hide. Lo he negado rotundamente salvo, con el fin de pònerla a prueba, invitarme a siete bourbon afrutados -zona Canadiense- y mostrarme como lo contrario de lo que acababa de entrar. Se ha negado todo lo bien que uno intuía. Y finalizados tres dobles me ha dado tiempo a hacer transbordo en el metro. Mañana me daré al trabajo incansable mientras, en este mismo momento, les deseo buenas noches, facebookeros.

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Nací en el el signo de Foster Wallace y apenas he dejado en un rape de peliquero rancio sus tres novelas de recorrido largo -incluida la fabulosa La escoba del sistema-. Adoro a sus perros de la misma menara en que jugué al camping y a la búsqueda del amable charco con Pandereta y con Jana. Le quiero inquieto, atento y cerrado a cualquier tipo de amor que no provenga de la charla. Lo imagino bebiendo en su juventud de una manera parecida a la que uno solía pero usando mejor la sensatez. Lo veo follando. ES el hombre que quiere toda mujer -que, como consta, siempre fue, y no del todo, la misma-. Lo veo quejándose de sus cuentos, que me he atrevido a emular -sobre todo los contenidos en Entrevistas breves con hombres repulsivos-, salvando las distancias cuando a cualquier lector de este planeta pueda resultarle -en muchas ocasiones lo fue- único. Opto por dos gramos de Quetiapina más tranxilium 20 y yazco agonizante en su horca, salvando de nuevo las distancias que resultan en que mañana yo naceré de nuevo y, además, siendo hombre nuevo. Te quiero, David.

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Leyendo al enorme, recientemente fallecido, John Berger de vuelta en el metro (merecida fiesta al profesor Justo Sotelo), cierto que con algún tercio de más que es hasta probable haya influido en mi manera de concebir la lectura, uno ve (medio ciego o no) que usa las mismas excusas para justificarse que para teorizar en su nombre -así como en la verdad que da de sí la representación-. Un auténtico coñazo demasiado voluble, aparte críptico, por mucho que nos caiga muy simpático.

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En una ocasión, un estimado amigo de una noche, experto en recuperar para nuestro castellano obras que, sin duda, son merecedoras de una traducción que, de no llegar, llega en ocasiones tarde, tras darnos al vacío de una botella de Chivas, me dijo: Eres un tipo la mar de curioso, pero no te acerques demasiado a aquellas personas en las que no atisbes posesión de un gran sentido del humor.

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Procuré ser íntimo suyo, amante, pongamos, algo fiel (no creo que enteramente, pero quién sabe). Acaba de romper conmigo y percibo larvas creciendo alrededor de mis órganos. Sólo llevábamos una semana juntos. Ya, pero yo soy así. Es la historia de mi vida. El constante desprecio a un tipo a menudo homenajeado y llamado genio. Un tipo que, sin saber cómo, termina levantándose permitiéndose mirar de soslayo el lado vacío de una cama lo suficientemente confortable.

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Autocrítica y varapalo para aquellos seres empeñados en ahogar mi ansia de comerme la vida (y hasta el mundo -que son legión, e incluyo a aquellos que lastimeramente han tratado de emular mi vida ofreciendo a la sociedad un plagio lamentable-): Vivir modestamente, procurando sencillez y, para qué negarlo, también pan -preferiblemente acompañado de chuletón- no anda reñido con un ego de tamaño estratosférico del que uno es más o menos víctima. Me pregunto si se me notará en exceso.

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Mi mayor éxito en mi sobrevaloradísima faceta de humorista fue haciendo un test de Rorschasch. Preguntadle a la psicóloga que me lo hizo, si es que tras el circo de quien fue único público no le dio por incendiar la consulta. O meterse a monja. Creo admisible mi inocencia, yo sólo quería un polvo con ella.

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La poco recomendable, así como inmensa, sensación de no haber pasado por el aro en toda tu vida facilita la digestión de una colorida mariposa de la que has tomado nota de su vuelo para, tras atraparla, engullirla.

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Pasaré, aparte como necio, como pelota -se debe a la vitalidad que exhibo- de hombres y mujeres que me relegan a asear cuartos de baño. Les prendí de cierta luz en cuanto a las letras y hoy me adivino trabajando, como putilla por rastrojo, las cadenas que yo mismo trasladé en mi adolescencia a mi cuerpo, que apenas cuenta con fuerzas para poder resarcirse. Mi padre se operará del estómago en breve así como en breve, no me quejo de ausencias de tuppers, sino de devorador- en el mío sólo figurarán cientos de cartas de suicidio (lo averiguó la endoscopia -aparte un píloro tendente a la irregularidad-). No soy más que esta broma que no duerme y muestra su sonrisa más eminente -así, como dicen, entrañable- en fiestas a las que nunca sé si puedo asistir. Relamo heridas de adolescencia y me lanzo al mundo. Como quien dijera: ya llevo 5 meses resistiendo el alquiler en un Madrid donde me siento querido (por aquellos que me quieren) y, diría, que, aunque una miga, poco odiado.

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Hace por traer recuerdos uno de aquella vez en que inauguró más que muchos esa especie de Escuela denominada de ideas Hotel Kafka, aún viva -y agonizante- de cuando el jefe de estudios, que me decía a menudo cosas como «Que no le falte el whiskey a mi hermano» (a veces faltaba, otras sobraba) presumía de que el bedel de su negocio era más leído que Juan Carlos Suñén, que lo hizo grande -barato agradecimiento-, y a quien todo dios terminó llamando ex-amigo. Lo sostienen, al poeta, quizá dos obras, a mi entender -más versado en este caso que presuntuoso- y son Cien niños y el menor La prisa. Uno perdió mucho de su tiempo e invirtió una herencia en cabales venidos de la soporífera lección de maestrillos. Definitivamente, con este preludio, mi mensaje viene a decir que me he cansado de mi modestia. Es muy probable que me corte el pelo, que me afeite (todo a pesar de mi de nueva incipiente barrigota) y compre hasta un traje (por mucho que uno deba ahorrar) para salir a la calle vestido de impostor y hacerme dueño de esas letras que, efectivamente, como decía aquel pobre chaval, eran más leídas de quien fue mediano poeta tirando a bueno, de una brillantez impagable y algo mago, así como algo patoso (cosa que, como a muchos entre quienes me encuentro, le venía de su afición a los licores), pero con justicia, claro, sin trampas (uno ha conocido a tanto especialista) en ello.
PD: Como venía a ser costumbre, uno aparece de espaldas en la fotografía -margen de la derecha-. Sabe sin tentar a la imaginación uno que es la imagen que buscaban de él.

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Es bien conocido que existen palabras más importantes que otras en el diccionario hispano. De vez en cuando, las veces en que alguien acude al deber de mis preferencias acudo a la palabra «respeto» como la que prefiero de mi idioma. No obstante, se sabe de veces en que, a menudo, en este programa, abrimos post sólo para poner cosas de qué quejarnos acerca de la vida y sobre las que se atiene la base de que, en realidad, qué le importará a quien a uno lo lea. Hoy quiero, efectivamente, acudir a una queja que para los demás debería tener la menor de las importancias y es sobre otra palabreja de nuestro idioma a la que tengo, en ocasiones, tanto fervor como a la palabra «respeto». Me refiero a la palabra «tranchetes». Ahí va mi queja (a dios o algún tipejo que se lo asemeje): Me cago en la puta, he estado en el súper y se me ha olvidado pillar tranchetes!!! (Me ahorro los insultos que llaman a mi desahogo).

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Como cada lunes, mi adicción a veces traslada el día a anterioridades, acudo al estanco con el afán de encontrarme a mis tenderas favoritas. Allí suele haber una suerte de modelo proponiendo compras que traen regalos. A pesar de la levedad intuida en las risas de mis estanqueras hago ligoteo sano con ellas (la semana pasada casi hubo triunfo -uno jamás los espera, claro-). Hoy se trataba la chiquilla de menos simpatía de lo que suelo encontrar en este tipo de vendedora. Me ha dicho ¿Rothmans? Por qué no, es una de las baratas que me gustan. Me ha sorprendido el regalo, que he declinado -se sabe de mi casi aversión por las palomitas-, pues se trataba de una entrada para el cine. Claro que era la excusa perfecta para preguntarle lo que no he evitado, que si se venía conmigo le pagaba la suya. Finalmente una taza (aún no he mirado las letras que vienen segrafiadas en ella) y unos mecheros. Suele pasarme que, ante mis a veces dudosos encantos, las agraciadas chicas aceptan mi petición al decirles que echen en la bolsa alguno más (e incluso he recibido en dos ocasiones el cumplido: sólo por lo majo que eres), pero en esta me he atrevido a leer en su mente, tras el soniquete del «preciosa» dirigido a ella, las palabras «menudo machista me toca soportar todos los días». Nada, lo del acompañamiento al cine «no entraba en la promoción» y yo, la verdad, a pesar del rictus de ella al marcharme he sonreído deseoso de echarme a la calle y, en vista que el bar de abajo los lunes cierra, venirme a casa con el cartón, con mi dosis de nicotina garantizada, al menos, espero, para cinco días.

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Hace, calculo, once años, hice de «scout» (cribador) para un premio de cuento de la revista Eñe, bajo el fin de levantar una publicidad destinada al incipiente bluff Hotel Kafka, sitio donde se decía quererme mucho y en cuyo primer año (como alumno contratado con vistas también a hacer este tipo de trabajos más o menos arduos) reconozco me fue bálsamo de vida. A lo que voy es a que lo menos tres mil cuentos (de entre cuatro y siete folios) pasaron por mis manos. Uno no es un santo y tomó buena nota del fabuloso cuento de Terry Southern La peluca del chino (que fascinó a William S. Burroughs) y eliminó drásticamente lecturas que apareciesen bajo pseudónimos «poco atrayentes o simpáticos», por no hablar de los presentados en letra rosa. Recuerdo cribar con un cinco una historia de un tipo fascinado por, quizá, el único libro que había leído en su vida. Una especie de homenaje del notable Víctor Bockris dedicada a lo bien que se le daba a Nabokov eso de cazar mariposas. El relato era infumable y solemne, pero… Mi sorpresa fue verlo segundo ganador del premio, que no estaba mal dotado. Me hice una clara idea de cómo funcionan ciertas empresas, aparte de cómo iba eso de la actualidad literaria allá por 2006. En fin, que no es que no quiera a la revista Eñe. Me mostró que el premio no estaba ya cogido, lo cuál es mucho más que mucho. Buenas tardes facebookers. El maestro de Stanford Terry Eagleton me espera sentado, con una cervecita -lo tengo escuchando a Fito-, en el sofá y he de hacerle un poco de caso.

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En lo que uno se prepara, ojalá, para un sueño, añadir que, si posible, lo más profundo que sepa crear ese chisme que, por influencia de auténticos idiotas con demasiados mitos en su cabeza, le sea sabido, de no despertar elegiría un epitafio incluso solemne. Algo así como: «Dejó marcada huella por todos esos centros sanitarios por donde pasó». No, uno nunca ha sido médico, ni enfermero, ni bedel de turno, tampoco curita ni monja caritativa. Buenas noches, queridos.

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Unas pequeñas notas (irán surgiendo más) de cara a la proximidad de la llegada de nuestra Marisa Bou a su amada Madrid, que tanta sed cultural le proporciona. Ahí van: A ver, maja, que uno se lo está currando para ir a recogerte a la estación. Falta la ducha, eso sí, aunque, piensa uno no exento de cierta inocencia, que, con unas cinco horas por delante, le llegará a dar tiempo. No te vas a encontrar con ese campechano paletorro que tanta gracia te hace sino con un tío crecido, una especie de nuevo Cicerón del XXI (cosas que tiene la vida), aunque, con el tiempo, se me pasará. Luego está lo del lavaplatos, la ropa sucia y la cena. Con los platos me iba a poner, pero mi escocifoliosis anda algo resentida, así que los dejo para tu amabilísima llegada, reina mía. La ropa, nada, un par de calzones y una camiseta. Y, lo más importante, mi vida, lo de la comida. Yo esperaba que, debido a los milagros que hace tu pensión, hoy iríamos en plan marisquería, pero me da que va a ser llegar a casa y, como encima de una gran mujer eres una estupenda cocinera, he sacado de la despensa los arroces, los macarrones y las lentejas, porque me da que vienes con una marcha que uno, ay, viene padeciendo desde el viernes de su ausencia. Por lo demás te daré mucho abrazotes y mucho cariño. Y, ya sabes, hasta tranquilizantes mayores si los necesitas. Bueno, señora mía, como puede ver, la espero. Siempre suyo, y pletórico de romanticismo, Alberto Masa. PD: Nos dará para el taxi??

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Intento despertar (levantarme ya lo he hecho). Marisa, mientras, duerme (ella, que es de estar en pie a las ocho). Ayer me pidió pastillamen (Lo que tú tomes). Naturalmente no le di más que una dosis (lo más mínima posible) para que se tranquilizase. Trajo Pisco Sour, una botella que me tenía reservada desde su llegada de Chile (tenía pensado traerme una de 47º debido a la marcha que tengo otras veces, pero antes de que saliera le pedí si estaba a tiempo de cambiarla por una que llevase su limoncito -menos fuerte- debido a cómo ando desde hace relativamente poco -flojeras-). Ya digo, siquiera la cerveza me entra. Se bebió lo suyo y acabó con el mío. Anda tristona, Marisa, por muchas cosas, pero creo que despertará más animada porque hoy toca hacer cosas. Efectivamente lo daría todo por ayudarme con mis cosas, pero yo también la ayudo. Un enorme corazón demasiado apaleado. Caí pronto. Me pregunto qué tipo de noche habrá pasado en lo que miro ceniceros llenos -por parte de ambos- y me tienta, por un momento, despertarla. Ya pasará. Se promete, a pesar de lo dicho, una visita que nos aporte, además de, esta vez, más sana que de costumbre (ya digo, ayer ella no lo consiguió). En fin… parece que hace un gran día, no?

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Sánchez Dragó se levanta en pelotas y abre la ventana que da a la sierra. Comenta que hace frío hoy, pero menos que ayer. La chiquilla (mira, esta sí ha cumplido los 18) se encuentra abstraída en el camastro fumando su primer Chester. Dragó le dice que el tabaco es malo. La chiquilla piensa: en qué lío me metí ayer? Sabes? Le dice Dragó, lo pasamos genial anoche. A lo que añade que tiene una planta preparada en el balcón. Esto te hará bien. La chiquilla, obnubilada, dice que sí, a lo que Dragó responde: Te sentará estupenda una buena dosis de esta mescalina. Joder, qué gran día hace, insisto, al igual que Dragó.

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Bien es sabida, durante mi trayecto, mi eminente condición de feminista. Curiosamente, debido a una especie de «bipolaridad», en numerosísimas ocasiones poco alivia ese hecho mi del todo aparente misoginia. No tengáis miedo de aceptarlo, señoras y señores (sí, también lo digo por vosotras). Salgamos todos del armario el día de la mujer trabajadora (sí, y de la que no lo es tanto, también). Confesión añadida: Todo esto no evita que no diga «no» a la proposición de una noche pasional con nuestra queridísima Mercedes Milá.

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Uno llevaba tres horas en la cama esperando que 30 mgs de Tranxilium y 2 mgs de Lorazepam hicieran su efecto mientras oía a Marisa trabajar en el salón sus correcciones de textos con mucho de egregios (en esta ocasión, ya lo he dicho en otro post, sobre actualidad política) y no dejaba de dar vueltas a la posibilidad, que uno intuía difícil, de levantarse y comenzar a teclear Los diarios de un resentido en el que, sin duda, expondría que ese chisme denominado autoficción del que se debatía hace un año (esto es, hace siglos) era una excusa de la imaginación que algunos usaban para que pareciera que en esta vida les pasaba algo. No obstante, no me libré, entre algunos de mis colegas, la atribución de que, de alguna manera, yo era un subgénero que manejaba (lo recordará mejor que nadie mi colega de terraza y doble de Alhambra Alberto Ávila Salazar). Bien, pues alguna vez no niego que lo jugué en mi obra más ponderada -y la que menos quiero- Roberto Alcázar, supongo, pero no en cuanto a mis novelas, donde me resisto a ver algo de eso. En Inconcreta desdicha conté la vida en un hospital psiquiátrico y uno no habla de oídas de ese tipo de centros. Si manejé algo de juego fue con el absurdo -más cerca de Boris Vian que de Ionesco- con la ciencia ficción -de la que me admito un lector con mucho de standard, esto es: un poco Dick, un poco Lem y un poco Pohl- y con mi verdad emocional. Y en Confesiones de un hombre raquítico manejo la casa en la que estaba encerrado como marco que anuncia una novela de clara intención lírica, eminentemente existencialista, así como con algo de costumbrista (hay que ver lo bajo que ha caído este apelativo). ¿Y qué hago yo justificando estas cosas? Pues que me apetece mucho que alguien me vuelva a entrevistar en algún periódico local (también estoy abierto a País, Mundo o ABC) para desahogarme un poco de tanta confusión. Mientras, en estas cuatro y pico de una madrugada donde uno va reparando en librarse de una de las mantas que cubren el camastro, Mariseta y yo nos hemos servido un generoso chupito de Pisco Sour y nos hemos dicho: A darle a la letra (ella parece conseguirlo).

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Un sol de justicia. Aproximadamente 20º. Destierro del chaquetón y de la boina. Marisa tecleando el trabajo que debe entregar con una sonrisa siempre puesta en la boca. The pan piper dejándose sonar una y otra vez en el spoty. Una mente clara (al contrario de la definitivamente obnubilada que traía desde aproximadamente el viernes. Una ducha tibia. Un café humeante. La promesa de un helado de vainilla acompañado de una buena charla. La posibilidad (nos es permisible hoy) de unas patatas revolconas en el bar de abajo. Todo resulta tan… na, me voy a acostar, ya veremos a la tarde si todo sigue igual o toca mezclar benzodiacepinas con elevadas dosis de aguardiente. Ea.

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En ocasiones, y según la librería que le haya dado por visitar a uno en su momento dado (no toda va a ser leer o algo similar, decía, creo, el enorme y siempre poco ponderado Krahe, ocurrente rapsoda de lo suyo, además de señor), observa entre consternado (uno anduvo mucho de prestado en bibliotecas clandestinas para acceder a cierto tipo de lecturas -por no hablar de en ocasiones prolíficas tiendas de segunda mano-) y con cierta, algo moderada, alegría que la colección de bolsillo de su amado Umbral, de la mano de Austral -nuevos tiempos-, crece, esto es, vuelve a toparse uno con esa gran obra -entre otras- (en lo personal la que más me ha tocado entre sus referencias acerca de un solo autor, que también pasaron Valle, Cela, Ramón, Larra -no es que yo los llegara a conocer e ir de cañeo con ellos, sino que él los llamaba así-) todo ello, a pesar de ser también fantásticas (por mojarme diré que a la que menos cariño le tengo de entre ellas es a la dedicada a su «amigo impar» Camilo José). Y vuelve uno a casa seguro de que se la trajo para ayudar a aclararse en sus reseñas, que se deben un poco a esa «ciencia» cada vez más rara que viene llamándose Periodismo y encuentra allá subrayado en negrita lo siguiente: «Las influencias no son sino afinidades. El opaco mimetiza. El traslúcido se influye, deja pasar la luz a través de sí». Y se dice: Sí, neng, es la hora de ponerse a darle a la tecla.
PD: En cuanto al prólogo, veo, de Ian Gibson: una frivolidad.

Fotografía de Pilar Escamillas

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