Parsifal (Male tears)

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He recibido su mensaje hace apenas media hora. En el camino que me traía del centro he adoptado la postura de alguien a punto de ser tragado por su propia visera. Tenía ganas de pelearme con alguien. Me daba lo mismo ganar que perder. Tan sólo tenía miedo de quedarme sin boca. He avanzado hasta un Día. La señora de delante iba con la que he supuesto su mamá. No iban en fila india mientras mi corazón palpitaba de puro inútil tapado por ambas sombras. Admito haber preferido ser la voz del eco que la verdad de un tipo que “a veces puede llegar a conmover”. He desfilado, con un permiso que estas dos señoras no me han dado, hacia la fila de cervezas pasando por el expositor de los licores mayores. Más de una vez me he ahogado en esa mierda y despertado, horas más tarde, a bordo de una balsa de aceite que a saber qué río vadea. Me he resignado a la cerveza. Y ahora estoy de vuelta, regresando a la única vida en que un niño ha podido sentirse más o menos confortable. A una nada conocida, descolorida, sin atisbo de belleza alguna más allá de un patio gris sobre el que defecan las aves. Son las aves a las que doy de comer algunas mañanas. De suerte si mañana picotean mi propia mano, abierta y sucia, retirada a ser en verdad promesa de algo que siempre soñé. Porque yo una vez soñé. No sé si eso me exime de estar loco. Si eso destroza o ameniza el diagnóstico que de mí hizo un médico en menos de dos, quizá tres minutos, al que acababan de despertar para que me atendiera. He querido ser los tics que tenía en las manos cuando iba a 2º de EGB. He intentado imitarlos. Tras un rato de rescatarlos de una memoria que hoy sólo sabe pensar en otra persona, han acudido y jugado conmigo a esos juegos que uno tiene durante la infancia y que son los únicos que se tienen a lo largo de esta vida. Por eso cuido que tu nombre sea hoy mi nombre. He optado por parar mis tics pero, a estas alturas, tras venir al rescate de mí mismo, soy también en parte ellos. Quisiera escribir la vez en que los sueños pasaron a ser tangibles. Todo era un comedor grande que daba a un jardín lleno de motivos florales y, sí, amigos de todos los tipos, incluso capaces de caber en la palma de una mano. La gente desapareció. Sólo quedaba un tipo dejándose comer por su boina, recién arreglada su barba de vagabundo, y eso era yo ahora, procurando teclear a pesar de los tics, cuyo rendimiento he expandido a cara y cuello. Hago notar que he impedido mirarme ni una sola vez en el espejo. Yo antes, si fui alguien, también lo era para reírme de estas cosas. Hoy tengo la mirada puesta en unas teclas desordenadas, cuyo tecleo, por parte de mis dedos, no es dotado de disociación alguna en la que salvarme. Yo la quería hace poco cuando, en uno de mis ya habituales tics, con ella sentada en el sofá envuelta en mi bata, acariciaba la suavidad de su cara y, tras hacer notar que el gesto me traía a las manzanas de cuando niño, besaba sus labios y le pedía que fuéramos una sola persona. Arrendaríamos tierras, dotaríamos de cosecha los años pasados en que, ambos, fuimos mantenidos a la sombra de un trapecista, sin olvidar la de esas señoras que van al Día y apenas se mueven no importándoles en absoluto ni qué ni quién se encuentra detrás. Pero qué soy yo ahora que ella ha decidido despedirse de la primera vez que me olvidé de mí para pertenecer y, con ello, confiar mi existencia, que no quiero, a alguien vivo, a alguien que, constantemente, sepa engañarme, hacerme que soy vivo, aunque sea a través de él, de ella. Pero no existo. Apenas gente del pasado vuelve a mí para asegurarse de que estoy bien enterrado. Pisotean la flor que se asoma, cuya duración a la lluvia pertenece, desde un antro seco, donde ya no estoy, donde, si alguna vez hubo alguien, ya nadie vive. Vivir es someterse a lo que se ha ido haciendo de este mundo. Yo he colaborado. He plantado árboles y escrito libros. Los odio más que a nada. Sólo quiero acabar esto, ser el crudo extraído en tierra lejana y confinado, de nuevo, a una institución dedicada a la sanidad mental. Qué grandes sitios para elaborar chistes. En esos lugares se aprende que la vida, dejada la administración de los vicios y pequeños placeres (los grandes sólo son un monte pelado donde ningún pájaro se acerca) a los dueños del hábitat donde uno elaboró aquel sueño en el que lo vio todo claro por vez primera. Las nubes se desplazaban y uno, pequeño, miraba cómo lo hacían, calculando su lentitud, desde el balcón que procedía de un comedor donde esperaba una familia, inquieta, ilusionada en poco más que vivir, que el pequeño se dejase traer para jugar a la vida con la inocencia de lo que sólo se tiene a través de una mirada que ha venido hace poco a servirse del mundo. Hoy suena la música con la que vuelo hacia un planeta en el cuál el sufrimiento es la foto de un niño enterrando su cuerpo en la playa. Aquel era el olor del mar. La vida acudía a cualquier auxilio y un espejo era un utensilio venido del absurdo. Uno corría de la mano de una culebra espantando chicas, allá, en el pueblo. Hoy a los tics les dan pavor ver que esas chicas son alguien, son gente, viven, pertenecen al mundo sin más. Hoy la verdad es un bloque de cemento que no puedo levantar porque desee mis tics conmigo. He de marcharme, dejar de ser lo que esta nada representa. Tras el envoltorio, no temas, querido amigo, sólo se encuentra un tipo que está un poco nervioso debido a algo.

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