Palabras inscritas en la tumba de un tal Casimiro

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Bebió de un botijo, dijeron que se quería parecer a Delibes.
Bebió Coca-cola, dijeron que se quería parecer a Panero.
Bebió whiskey, dijeron que se quería parecer a Beckett.
Mezcló coca-cola con ginebra, dijeron que se quería parecer a William Burroughs.
Bebió calimotxo, dijeron que eso ya lo había inventado Manolo Kabezabolo.
Bebió agua con gas, dijeron que eso lo tomaba mucho Antonio Gala.
Bebió tónica, dijeron que lo que más molaba de esa mierdra es que había que acostumbrarse a tomarla. (Y que no dijese “mierdra”, que eso era cosa del traductor de Ubú Rey).
Dijo que tenía sed. Le dijeron que eso lo decía mucho Rubén Darío.
No bebió nada. Le dijeron: Quizá haya algún chino abierto por el camino.
En su tumba pone: “Fue a buscar un chino abierto y le atropelló un autobús de la línea 627. Le miraron en los bolsillos. Sólo tenía cincuenta céntimos.
Se llamaba Casimiro.
Casimiro, el que una vez se hizo pasar por Alberto Masa, el de los libros.”

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