Obsesión (Notas facebookianas de julio de 2017)

RESILIENTE: A lo largo de mi vida he pasado por tres centros de salud mental. En el primero de ellos, después de diagnosticarme en menos de un minuto una enfermedad que no padezco, tras despojarme de una camisa de fuerza e inducirme a cinco (cinco, me han dicho) días (con sus noches) de sueño, me subieron a la sala de atracciones junto al resto de desconocidos. Alguien, entonces, me preguntó (mis recuerdos son vagos) por qué había ido a parar allí. Yo respondí, mientras una baba caía de mi boca, que antes yo había sido siempre un niño muy querido, que había tenido muchos amigos y que siempre fue la alegría de su casa.

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Recuerdo, en pleno fervor de la adolescencia, tras dejarlo con mi primer idilio, enamorarme como nunca de una chica, ex compañera de colegio, con la que me había vuelto a encontrar. No podía dejar de pensar en ella y, en cierta ocasión y no sin algo de vergüenza, pasado un tiempo de no saber de ella, le pregunté a un contacto que nada sabía, tampoco -descubrí- por parte de ella, de lo que parecíamos habernos cocido. Me aplastó la naturalidad con la que deslizó las palabras de su boca. El “Se fue de viaje” que me espetó se convirtió, de hecho, en una obsesión para mí, aunque decidí, en principio, no mostrárselo (no se trataba de una mala amistad, pero sí más cercano a la confianza de ella). En aquel momento, asistía por compromiso a la facultad de sociología a la par que, en un centro, me formaba para el examen de ingreso en bellas artes. Aún había tiempo para preparar el examen, así que durante una época que cualquiera calificaría como la de una persona algo dejada llevar por la obsesión, aproveché las visitas al centro para dibujar estaciones llenas de maletas y trenes en movimiento. Con el tiempo, pasados un par de años, regresé a verla (no porque hubiésemos quedado, sino por una casualidad). Reparé en que me era difícil hablarle y que un conato de eso había también en ella (algo menor, pero no por ello dejaba de haberlo) que, no obstante, no fijó nada más que confusión entre dos chavales jóvenes que habían vivido algo juntos incluso sin apenas vivirlo. Sin vivirlo, de hecho. No conservo ninguna de esas obras. A veces las regalaba y otras las tiraba. No, no fue mi querida amiga la única que, en las palabras de aquel colega a quien le pregunté por ella, se había ido, sin más, de viaje. Cierta obsesión más o menos reveladora de un ápice de lugar afín entre dos personas suele darse a llamar, muchas veces de manera vacua, amor y, sin duda, trata de un tren cuyo movimiento anima al mundo a moverse. Esas vías sin aparente sentido.

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La gratuidad de los talentos
¿Qué es?

Dos trozos de pan enmarcando una herradura.

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Os voy a hablar de uno de esos ídolos que tengo y que, encima, puede ser llegue a conocer un día no muy lejano necesariamente: El mismo que, tras un after, acabó en su casa con los ojos semiabiertos por los efectos de la ketamina, con su novia y un pavo que habían conocido esa misma noche. Su novia, según dice la leyenda, quería tirarse al acompañante de ambos y fue lo que la indujo a convencerle de que la ketamina, que ella no tomó, era el mejor de los planes para esa noche. Hasta ahí bien. Inevitablemente, entonces, llega el momento en el que el poseedor de la leyenda se queda como un cesto en el sofá. Despiertos quedan una tía cañón (y salidísima) y una cobaya algo fumada que, podría ser yo, no encuentra motivos para decir “no”. Sí, acaban en la habitación contigua y comienzan a darle al mete-saca. Y aquí viene lo que encumbra a nuestro héroe a la categoría de mito viviente. Al despertar y olerse lo que ocurre (sólo implica escuchar ruiditos y el pestillo echado de su habitación) va y decide entrar cruzando el abismo que separa una ventana abierta de un pequeño balcón (desnudo, he de añadir o, al menos, eso dice la leyenda) y, ufff, bien, lo consigue. Y sí, les corta el rollo, aunque podría haber pasado que no fuera así. Y es cuando, de ketamina hasta las cejas, le dice al chaval que no le guarda rencor y a su chica si quiere casarse con él tras dos años conviviendo. Tal vez todo esto sólo haya salido de la mente perversa, puedo asegurarlo, del amiguete que me lo contó dejando en ese suspense la historia. ¿Aceptaría la muchacha con lágrimas en los ojos? La versión de que los dos folladores cogieron y le tiraron por la ventana del doce (no lo había dicho!!!) queda obsoleta debido a que este tío, con ella o sin ella, hoy sigue vivo (claro que, dicen lo mismo de Elvis). El caso es que me encantaría conocerlo y, si no se ha casado, proponerle yo matrimonio. Todo está en manos de quien me reveló esta historia con, más o menos, happy end (resuelto sobre todo en que no se despeñase, así como su leyenda).

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No es que tenga un algo exclusivo contra mi ano pero, reconozco, en algunas ocasiones he evitado referirme a él por una cuestión de pudor. No es mi ano algo anómalo sino el que le supongo a la gran mayoría de tipos y tipas que disponemos de un libro en el cuarto de baño. Pues bien, mañana me lo han de mirar debido a una mierda (admito que me la infla si le viene mal o no al texto la redundancia) a la que vengo viniendo a ser sometido desde hará tres meses. En un principio me era, como digo, algo púdico referirme a cierto tipo de ardores, escozores y picores provenientes de mi jornada diaria de sentarme a practicar una de esas cosas que uno hace en la vida con la venia de quedarse ancho e incluso mejorar la calidad de su respiración, y callaba ante la posibilidad de admitirle a un amigo o una amiga que padecía síntomas que no me eran molones, cosa que me duró hasta la tercera supuración encontrada en los calzones de turno y, bien, comprendí que eso de padecer de una fístula (parece ser mi caso) o almorranas es algo muy común entre la gente y se cura, lo voy a hacer mañana, con la inestimable ayuda de un proctólogo (admito que no las tengo todas conmigo en cuanto a tranquilidad se refiere, pero contento de finalizar, si posible, el suplicio de no poder ir al baño a gusto y rebajar picores, aparte esas incómodas manchas que uno procura no explicar a santo de qué le vienen a la cajera del Día de turno que se anima a ayudarle a subir la compra a casa). Así que sí, no soy yo de cruzar los dedos y cosas así, pero me deseo suerte en lo que os animo a quienes hayáis padecido molestias de este tipo a crear, cómo no, el día del ORGULLO DE LA FÍSTULA EN EL ANO o LA FIESTA DE LA ALMORRANA (si no se hace ya, que no me extrañaría demasiado).
PD: Ya desde este momento sólo tengo una frase relajatoria en la cabeza: Los proctólogos son amigos de los anos, pero también de las personas.

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Vengo de mi visita a Ángel, mi querido amigo el proctólogo. No ha habido problema para aparcar. La cosa era en santa Engracia. Tras explicar los síntomas que llevo padeciendo tres meses, Ángel el proctólogo ya se ha hecho una ligera idea que ha venido a ser confirmada ya en una camilla en la que uno venía a encontrarse con los pantalones bajados. ¿Notas algo? Sí, tío, tu dedo en mi culo ¿Es el índice? Tras lo siguiente ha apretado hacia arriba y no he podido evitar un quejido que poco tenía que ver con presunción de placer alguno. ¿Ahora sí, no Alberto? Menudo lo debes estar pasando chaval. Mañana operamos sin ninguna falta. Por fortuna no he tardado en adivinar que estaba de vacile porque si por él hubiera sido no hubiese dudado en tenerme todo el día troleado. Sólo es una fisura. Una micosis. Necesitas este par de tratamientos (uno de ellos ya lo he empezado) y que volvamos a vernos en septiembre. ¿Una caña? Tengo una reunión, pero en septiembre cae. Empezarás a encontrarte mejor en tres días, ya verás. Joder, tío, te quiero. Tranqui -he matizado- estas palabras poco o nada tienen que ver con la experiencia en la camilla. Anda, Albertito, buen día y a tomarte eso que te he recetado. Pero qué tío más majo, copón.

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Si no fuera optimista quizá estaría tan loco como para asistir a la consulta de un psicólogo, un psiquiatra, un coach, un chamán o el confesionario de un cura. Sitios donde ya he ido y que me han sido didácticos a la hora de colegir dónde es mejor no emplear tu tiempo o el peso de tu monedero.

Una vez entendí que uno aprendía más hablando que escuchando. En esos lugares y con esas personas, con la gran mayoría en absoluto guardo relación de enemistad sino más bien al contrario, me di a hablar. También entendí que un entendedor entrenado puede ser un escuchador mediocre.

Por otra parte yo he estudiado bellas artes y encontrado en su momento una terapia que a mí al menos me es más eficaz y que simplemente consiste en desarrollar el lado creativo que cada uno tiene, aparte de tomar nota de las palabras de mi admirado Duchamp, bien célebres, así como fáciles de someter a juicio, que decían que no hay solución porque no existe ningún problema.

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Tras un silencio de más de un año he optado por llamar a mi psiquiatra:
– ¿Me recuerdas?
– Claro – ha dicho.
– Verá doctor, quizá necesite tratamiento ¿Le cuento?
– Cuente, cuente.
– Facebook elimina mi noción de actividad vital desde que decidí recluirme en la casa de mis padres hasta que pasase este verano, estación que, como recordará, implica para mí infiernos mayores. No obstante, creo probable mencionar la palabra adición respecto a mi relación con Facebook. Tengo tiempo libre. Apenas trabajo, que cundo rápido y no siempre lo bien que desearía precisamente para meterme en Facebook. No disfruto mi tiempo libre. No leo, con lo que, como sabe…
– Repita, repita, andaba liado poniendo el punto final a un estado. Perdóneme. ¿Cuál era su consulta exactamente?
– Déjelo.
– Pásese por mi consulta cuanto antes, caballero. No me olvido de lo bien que le sentó la Quetiapina la última vez que coincidió en mi consulta…
– Joder. ¿Qué dosis era?

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Necesito un amigo
diligente
que sepa escuchar
reproches en torno a decisiones propias
realizadas desde una lucidez no deseada
que me empuja a un cambio de planes
que tampoco deseo.
Me expondré, advierto, con cierta vehemencia,
sin ninguna diplomacia
y sin usar medias tintas.
El motivo por el que no amo
no le sería difícil, no obstante,
de ver
a cualquier amigo ocasional
por mucho que sólo lo sea por un rato.

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En una ocasión, hará aproximadamente un año y algún que otro mes, se me ocurrió darle un like al relato, pretencioso pero meritorio, de un amiguete de facebook con el que no había intercambiado más que la aceptación de la solicitud de contacto por no puedo recordar cuál de ambas partes. Al instante recibí un privado suyo. Apenas me dio tiempo a pestañear.
– ¿De veras le ha gustado?
– Sí, claro.
– No me entiende, veo, pregunto que si de veras.
– De veras, hombre.
– Estoy completamente seguro de que puede haberle gustado algo, pero no de veras.
– Bien, si usted lo dice.
– La verdad es una cosa muy seria, querido Alberto. Confío, sin embargo, en tu honestidad.
– Como quieras.

No puedo recordar ahora su nombre, y me parece que no me ha vuelto a aparecer en el inicio. Y pensar que podría haberse convertido en el mejor amigo que he tenido la posibilidad de tener en la vida. Tampoco repetiría la experiencia de concederle un clic si le reconociese, bien es cierto.

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De repente, personas que te tratan como si fueses ¡Poeta!

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Si yo fuera nuestro patrio articulista Pérez, dotado con toda la suficiencia de un aspirante a mamporrero del mes pasado por la legión, me aprendería el nombre de cada flor y, a partir de ya, mis nuevas aperturas tuiteras tratarían de las virtudes que ofrecen a los sentidos. Y, en la misma fecha de iniciar tales entradas, pasado un año, me pegaría un tiro con el trabuco que hube de usar en la mili. Hágase maldito de una puta vez, señor. No nos pase a la posteridad con estas trazas, ande, que da mucha penita.

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Cobrando vistazos a una joya de dos grandes de nuestra reciente historia. Un libro que me ha prestado mi buen Antonio Sánchez que retrata conversaciones entre Haro Tecglen y Fernán-Gómez -vaya par de exquisitos cadáveres eh- (y que habrá de tener en cuenta las palabras de otro gran colega -ya desaparecido, ay- que venían a decir que si tonto es el que los presta más lo es el que los devuelve). Quede lo dicho entre paréntesis en mera anécdota, a lo que habrá que añadir que, por mi parte, querido artista, te lo devolveré encantado en cuanto llegue el turno de un famoso chuletón del cual me has hablado mucho y bien.

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Reconozco, y no pocos que venís por aquí sabéis de ello, mi aversión por los juegos de palabras. Me son una explotación constante en Cabrera Infante, claro, como a cualquiera, aunque por una relación debida a la compañía que me han hecho muchas de sus obras (impagables sus dos tomos sobre cine, así como su historia del tabaco relatada en Puro humo, entre alguna que otra -tampoco todo eh, que esto no es botica, meu amigo, cubano de Gloucester-) se los perdone y ni de coña me atreva a negar que muchos de ellos han sido bien disfrutados e incluso agradecidos en cuanto a la relación que guardaban con su contexto. Todo esto para advertir de mi risa boba al enterarme de que el primer ginecólogo de mi adorada prima era reconocido como Dr. Poyatos. Sin palabras que me quedé.

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¿Qué pensarían de un hombre que acaba de abrir un negocio de talleres de escritura y aprovecha la coyuntura de que Paul Auster, si bien no es del todo santo de mi devoción, se encuentra en Madrid, para presumir de que ha optado por rechazar la idea de invitarle a la inauguración (vino de 4´50) por reservas en cuanto a la calidad de una fórmula literaria que el autor repite demasiado?
Opciones viables: ¿Fantasma? ¿Engreído? ¿Tonto? ¿Presuntuoso? ¿Subnormal? Sí, hube de aguantar demasiadas incoherencias por parte del jefe del negociete Hotel Kafka. También de parte importante de su profesorado (con, se sabe, excepciones -pocas y agradecidas, dos de ellas lamentablemente desaparecidas-).

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Es tiempo vacacional y destellos de vacío me vienen de una estación que en la infancia era una divertida película de aventuras que sólo daban fin con la apertura del colegio en septiembre. Veranos de vodka, cerveza, chavalas que iban y venían y grandes lecturas tomando el sol en una piscina, y luego el fútbol y, sobre todo, los amigos. Hoy procuro deshacerme de Facebook, no por quienes estáis ahí, no por eso jamás, sino por retornar a algún lado donde lo desconocido vuelva a acaparar idea de sol y sombra, dudas en las nubes dispuestas para una fotografía que no puede dejarme la cabeza quieta, en paz, acorde con la tranquilidad de unos ancianos dentro de un bosque, al fuego de una hoguera dominical, hablando, lejos del mundo y el ruido, con un perro o varios con los que salir a pasear largamente martes y jueves. Procuro tomar distancia del teclado. Llego a la cocina y acaricio a Charly (mi loro). Lo pongo en mi hombro e invito a que me dicte soluciones al oído. El teléfono, no obstante, está encendido. Algo o, incluso, alguien anda ahí y quizás soy yo o bien podría serlo. Procuro una pila de libros en la que paso de una opción a otra. El interruptor mental se dispara con facilidad y la idea fluye como un río sanguinolento. Procuro deshacer, pero finalmente hago, aunque eso que hago sea la nada mismamente. Regreso. Está bien. Algo debe haber cambiado. También en el mundo. Siempre hay algo por lo que dispersarse, así como por lo que mirar atrás. Cuando miro atrás suelo encontrar mi mirada. Curiosamente ésta parece mirar hacia adelante. Es extraño y, a un tiempo, supongo, es la vida, al menos durante los últimos veranos.

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Sueño con crear un juego de Facebook cuyo nombre sea ASÍ TE VEN LOS DEMÁS y compartir en él exclusivamente el siguiente mensaje:
Si bien te tienes por una persona con la sensibilidad a flor de piel pierdes el tiempo de cara a intentar que los demás no vean en ti más que una especie de cerrojo oxidado y antiguo a quien ya va siendo hora de jubilar de su sentido, como principio, de la vista. Es cierto que tu familia te ignora, aunque también que antes lo disimulaban menos. Se trata porque te perciben como la persona deplorable que eres, cosa que no resolverás si no es agudizando esta falta de respeto que notas les invade hacia ti y todo lo que te representa. Tus amigos, cuando te llaman, es con la intención clara de que pagues tú las rondas de cerveza. Esto último tenlo muy clarito. Desde que dejaste de pagar tú las rondas, normal, no sólo no te llaman sino que, mientras disfrutan, se ríen de lo tonto que eres y de lo bien que se lo pasan cuando se zumban a tu mujer, que tampoco te quiere, para que lo sepas. No, no le gusta que le lleves flores al hospital cuando tienen que hacerle pruebas estomacales. Sólo le interesas para poder darse garbeos con todos esos contactos que, en su vida, sólo significas a su vez un contacto con tu señora esposa que, indudablemente, sabe que un día logrará dejarte, cosa que hará en cuanto esté segura de que todas tus posesiones están puestas a su nombre. Eres un desgraciado pero, no obstante, sonríe, aunque no te quieran, siempre te quedaré yo, Mark Zuckerberg, que soy un tipo muy molón y que tiene mucha pasta, aunque no la vaya a compartir contigo.

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Aparte la actualidad política, que hoy, debido a una serie de hechos, viene recordando a historias que nos vienen del cine que trata los asuntos de la mafia siciliana, las evasiones de impuestos por jóvenes deportistas de élite etc…, hay un napalm en el que sí me las he visto en persona. Se trata de los recitales de poesía. Ya cerca de 2010 hube de visitar, para acompañar a alguna joven que despertaba en mí intereses de carácter follístico (no me comí una rosca), algunos de ellos. Lugares como Los diablos azules donde, en vista de lo que había de ver, de contar con tarjeta y poder tirar de ella, y en parte también en vista de que mi acompañante femenino no había acudido allí con el mismo propósito que yo, sino, sin más, para disfrutar de aquellas voces al micro que nunca callaban salvo en los sorbos de whiskey, caro, sí, pero muy bien servido, eso debía apuntarlo. Bien, pues no hace mucho, con motivo de acompañar a unos amigos, hube de visitar otro antro que, salvando el espacio dedicado a este tipo de eventos que vienen a acompañar el espíritu reacio (por mi parte) de esta entrada, es buen lugar, y de precio no abusivo, para tomar una caña. Me refiero a La Inquilina, en la calle Ave María. Conocí a Antonio M. Figueras, agudo periodista que, precisamente, ocupaba protagonismo en la escena de ese día y me animó, de manera generosa, a leer algo mío tras una intervención que inició él y que, pasado mi momento, se dispuso a cerrar a su manera, no exenta de ingenio y, también, grandes dosis de simpatía y búsqueda. No obstante, aunque mi experiencia prometía crear dudas al estigma personal del que vengo hablando, tras mi intervención (procuré leer un texto, en la actualidad en imprenta, que, de encontrarlo, enlazaré en esta entrada, aplaudido, como otros, por algunos compañeros de nivel nacional -algunos traducidos a inglés, francés o italiano- a través del teléfono móvil). No pude acabarlo. De golpe, empecé a percibir que venía siendo largo, incluso alguna voz ligeramente más dada al atrevimiento que otras se dejaba oír en susurros elevados una evidencia que parecía descontentar y levantar mi desánimo, causa por la cuál, interrumpí mi relato en prosa para tomar mi sitio y conceder aceptación al hecho de que, si bien no había sido un día malo, no se trataba de mi día. Todo vino a aclararse como eventos que para mí son napalm cuando, tras mi intervención, un tipejo (me mostraba una ligera apariencia de haberse pillado un VIH por, quizá, con o sin permiso, sentar el ano donde, probablemente, no debió), desde el escenario, tras preguntarme déspotamente mi nombre y advertir que le importara una mierda cómo me llamaba (¿Sería esa la razón que tenía para preguntarlo?) me espetó que debía aprender mucho de su amigo que, encima, había ganado el premio a la polla más larga de la poesía joven española reunida en Estremera del Tajo. Si bien no me levanté y me fui en ese momento, era debido a que Antonio, con quien, ya digo, hice buena relación, aunque fuera de un día con posibilidad a algún otro, o más que alguno, debía cerrar la actuación y debía procurar respeto, no obstante, escuchando la bukowskiada menor, malamente interrumpida, de este señor poeta que optó por joder un poquito más un día que ya había sido difícil en cuanto a cuestiones importantes (laborales). Hace poco percibí que lo tenía entre mis contactos de Facebook. Naturalmente no dudé en dar al clic que implica un “Besitos, pero no quiero verte más durante mi jodida existencia”. Lo dicho, en cuanto vuelva a disponer de tiempo, colgaré ese relato que no tuve oportunidad de finalizar por, en parte, algo que de veras concedía razón a la queja, era demasiado largo, sí, cosa que yo no recordaba, diré (se sabe, y bien, de la mala cabeza que tengo con la organización de mis textos). Gracias a Antonio M. Figueras por soportar el azulita y animar, desde el respeto y, ya lo he dicho, ingenio y búsqueda, aquella tarde-noche, y, de todas formas, advierto, no será difícil que regrese, por aquello de convencerme de que estoy equivocado, pues es una actitud que aporta a mis saberes, por pocos que sean, y por otra razón que, ustedes comprenderán inmediatamente que es más importante para mí, me lo han pedido dos amores (aparte poetas, joder, si es que ese palabrejo es capaz de conceder crédito a alguien o algo) Inma J. Ferrero y María José Vidal Prado.
El texto: http://www.albertomasa.com/…/carta-abierta-a-un-amor-diurno/

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