Notas más -y menos- rescatables de finales de junio (2016)

En una media tarde de verano un fotógrafo conocido por el oportunismo de sus obras tomó la siguiente para una revista ¿Les suena el tipo que se encuentra «esperando a la cola de la tienda» a la derecha de la imagen? Si me reconocí, cierto es, fue por la camisa.

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Mi cerebro, cual conejo, está encerrado en una jaula. Apenas se tiene en pie de la mixomatosis a la cual mis células le someten cada día. Mi cerebro es un conejo enfermo y yo debo correr demasiado para llegar allá donde, como digo, se encuentra aprisionado. Oh, en una jaula cuyas rejas no es capaz de ver.

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Esa sensación, como mínimo, de rareza cuando en la radio del taxi el ídolo del equipo de fútbol al que, probablemente, sigáis tanto el taxista como tú dice que sí, que seguirá, pero que le gustaría cobrar más (ejemplo de la semana: Saúl Ñíguez, jugador de mi atleti). Tanto el taxista como yo, por alguna extraña razón, concedemos que un jovencito cuya laboriosidad es distinta a la nuestra ceda a algo a cambio de más dinero cuando ya en un mes almacena bastante más dinero del que tanto el taxista como yo vamos, con suerte, a lograr ver en una biografía entera pasando de trabajo en trabajo, de equipo técnico en equipo técnico.

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Cuántas veces habré soñado con perder una final. Con ser el que falló el penalty. Con irme a los vestuarios llorando como un bebé. Tantas como el hecho de haber fabricado goles llamados maradonianos, chilenas imposibles, impensables Panenkas en el último minuto, caños a ciegas, sombreros sin mirar, pases al hueco que se deshacen de tres contrarios, croquetas hacia mi propia portería seguidas de una ruleta a la contra. Pero mi heroicidad, no lo olvido, fue fallar esa ocasión que nos habría concedido, a todos y cada uno, por un momento, una gloria que tampoco es que a la larga importe demasiado.

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Mierda, estoy envejeciendo y otros antes que yo lo habéis hecho. Hasta los niños envejecen. Qué basura. Y yo que pretendía ser original.

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Estoy envejeciendo; igual que el John Cusack.

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Cuando has tenido una adolescencia en la que te has tomado droguitas a veces es cierto que, a la larga, te pasan un poco factura. Es que yo creo que no hay que tomarlas en el pasado, sino ahora, en el momento.

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Quizás algún día -le decía a una amiga- retornaré a ser el fauno que mediante la espontaneidad de sus ocurrencias retorne a llenar de carcajadas los manteles de las sobremesas de la gente pudiente. Pero hoy no.
En una ocasión los Rolling coincidieron de gira en la ciudad donde se encontraba Camarón y sir Jagger sugirió que alguien lo hiciese llegar al hotel de turno donde se encontraba para echarse unas risas. El emisario regresó con las textuales palabras de Camarón de la Isla: Yo hace mucho ya que no toco en las fiestas de los señoritos.

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De repente es aparecer esa idea fija consistente en optar por el suicidio y todo, paradójicamente, cobra vida. La necesaria para no hacer algo de lo que luego no te puedas, en absoluto, arrepentir.

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«Hay hombres que cuando no pueden tener lo que quieren no se conforman con algo similar sino con lo peor que encuentran».

De » Ciudades de la Llanura». Cormac McCarthy.

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El alemán no dejaba de ponerme canciones que consideraba cumbres del rock. ¿Ah, pero no conoces a Tom Waits? Le dije cuando caí en que no conocía a Tom Waits. Lo vas a flipar, alemán. Y puse Take it with me. Entonces él dijo ¿Qué gracia tiene cantando un borracho? Nadie llama borracho en mi presencia a mi amigo en la vida real Tom Waits, así que cogí un cuchillo de la cocina y le dije apuntándole la punta al corazón: Repite lo que acabas de decir, nacionalsocialista de mierda. Tom Waits es Dios. Ahora pon Hang down your head y mama, cabrón. Como era mucho más fuerte que yo, me agarró y consiguió quitarme el arma. ¿Y ahora qué, español de mierda? Dijo. Ahora mátame, pero antes pon Misery is the river of the world, hijoputa y, cuando lo repite al final, entonces me das de puñaladas. Lo dejamos en tablas. No me acuchilló a cambio de que dejáramos de escuchar a Tom Waits. Hube de estar media hora bebiendo cervezas en su casa mientras sonaba una estilizada versión de The unforgiven de Metallica mientras hablábamos de lo bueno que era Rudy Völler.

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En una terraza del 2 de mayo con mi amigo Alfre oímos a una muchacha presentarse ante su cita diciendo «yo sólo escribo y follo». «Bueno, maja, si puedes permitírtelo» es la respuesta que se baraja en nuestras mentes. Sólo un poco más tarde me la imagino, escribiendo, evidentemente.

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Supongo que hay muchos más, pero si existen un par de autores del XX con los que habría de quedarme para exponer ante ellos mi ignorancia acerca de sí, aparte admiración de lo que de sus obras me ha llegado, serían Faulkner y Nabokov. Las lecturas de Mientras agonizo, así como de Lolita, prometieron en mi post-adolescencia regresar a las obras de este par de marcianos. No obstante, mi labor en cuanto a ellos (si acaso sí quedo agradecido con el Curso de literatura rusa del segundo, al que regreso) sigue (o solamente, que es nada, desea hacerlo), aparte lo mencionado en el paréntesis y mis intentos, esta vez en cuanto a Faulkner de avanzar Santuario o Absalón, Absalón han quedado en agua de borrajas, promesas para, si no ésta, otra vida, lo cual habla regular de cómo trato a inspiraciones legítimas y didácticas ineludibles en cuanto a mi aprendizaje (me refiero a las dos obras citadas al inicio). Los veo más allá. Como aquello que no sabré nunca apreciar tanto como le es merecido, sea el momento y el lugar que sea en la hora en que regrese, si se da, a brindar por la literatura con mayúscula de este siglo que pasó. Por no hablar del afán por lo nuevo y lo «raro».
PD: No crean que las tengo todas conmigo en el sentido de que no he añadido a Stephen King.
PD 2: Nótese que no me ha apetecido mencionar a Pynchon.

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Los Sherlock Holmes de la new age facebookiana son reconocibles porque se sienten demasiado orgullosos de llegar a 65 (aunque dicen que tienen 69 porque les parece la mar de ingenioso) en lo que respecta a su cociente intelectual. También son detectables porque, tras chatear con ellos, uno debe recurrir a la botica. Aunque no pasa nada porque a la vuelta, descubres, te han bloqueado.

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Esa gente que tiene que decirte la última palabra antes de bloquearte. Ésa gente (tan parecida, de vez en cuando, a la joven de tres pechos de la película Desafío total).

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En una ocasión asistí a un «tipo que me iba a sanar la mente a través de nuevas revoluciones afroamericanas» cargado, para la sala de espera, con Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, de Rilke (que cuenta en castellano con una excelente traducción de Francisco Ayala). Al salir, el iluminado vio el libro y casi me lo quita de las manos para romperlo (sé que puede parecer ficción lo que estoy diciendo, pero es real). No le dejé. Dijo que los lectores jóvenes lo que debíamos leer era… a continuación estableció una especie de decálogo entre cuyos nombres sobresalían Paulo Coelho y los autores de Juan Salvador Gaviota, ¿Quién se ha llevado mi queso? y El caballero de la armadura oxidada. Hube de pasar en parte por el aro, debido a mi familia, lo que no quitó que esos ejemplos me sirvieran para conocer mejor al enemigo.

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Tras el premio a la creatividad (palabra que no me costó mucho aprender, para mi sorpresa) que incluía un diploma dedicado por Tierno Galván, un humanista, llegó uno segundo (y ya no han vuelto a llegar más), a la espontaneidad (ése nombre sí me costó mucho de aprender). Tenía diez años y el mundo a mis pies. Ya lo dijo la lagartija: Cría fama y duerme con mayor profundidad que un púber muerto. (Eso sí: sigo esperando uno a la belleza).

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Aceptar un bukkake de la mano de Sara Mesa y que te abran la puerta Javier Marías y Arturo Pérez-Reverte en gayumbillos y sujetando un vaso de sidra.

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– ¿Qué prefieres? ¿Quedarte parapléjico o que se muera Gloria Fuertes?
– ¿Gloria Fuertes? ¿Otra vez? Jamás. Parapléjico, parapléjico…

PD: Javier Marías me come el chuminillo.

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A veces amo tanto a alguien que lo asesinaría.

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«Una gran novela
no es un sueldo
más que una proeza»
(Trad. libre traída de El espejo, de Tarkovski).

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Esa inquietante alegría del deber cumplido tras trabajar seis horas en un texto que lleva de por sí años de trabajo, presentar una carta explicativa (uso de instrucciones) de cara a tu editor y, tras adjuntar el archivo, pulsar el botón Enviar Correo.

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Mi decisión es clara. Los próximos editores con los que trabajaré, de darse el caso -que ahora no se da- de que me vuelva a apetecer publicar algo, habrán de amar más a mi obra que a mí. Sé que soy fácil de amar, pero… no sé si me entienden.

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No digas nada de nadie. Con esa treta acabarán hablando de ti sin reparar en que están haciendo uso del prejuicio. Siempre la cosa fue algo así como que exponerse procura crucifixiones.

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Que nadie pregunte a quién (o qué) me refiero si digo:
¿Demasiado facilista enviarte desde aquí el beso que no te di cuando teníamos poco más de veinte años, no?

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Ya deben haber pocos que diferencien el nombre de la feria (botellón) denominado indiferentemente «Hostia, un libro» u «Hostia un libro». En lo que me respecta, me la he perdido debido a la ausencia que vengo mostrando hará un par de semanas (encierro en Brunete). Pequeñas estrellas en modo festival del porno literario y, cómo no, grandes joyicas, apetitos literarios de difícil rastreo. En fin, espero lo pasen bien y tengan a mano un buen botijo y un abanico. Yo me voy a poner el GTA.

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Noche que no eres en mí más que melancolía de calles diurnas. Whiskey caro en un pueblo donde quien mejor te mira es cuñado del alcalde -corrupto- y lo hace porque sabe de oídas que es que publicas libros o algo de eso. Noche que eres en mí la angostura de una calleja que se va cerrando a la velocidad de una milésima por kilómetro recorrido. Sombra que no eres más que el trampantojo emulado de un día negro. Noche que, en mi medicina, ofreces cierta calma a un mar que no te nombra a muchas millas de este cielo, que será de Madrid o no será.

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Me lo acababan de presentar. Yo estaba nervioso por encontrarme ante una persona que había vivido y escrito decentemente (autor de Desde los bosques nevados, nada menos). Osé preguntarle al maestro si tenía pensado publicar algo. Nos acababan de presentar y me llamó por mi nombre, a lo que Juan Eduardo Zúñiga, añadió: ¿Para qué?

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Parece ser que, en tres años, éste podría ser el primero en que no me es publicado ningún opúsculo sobre la vida residual. Todos sabemos cómo anda el mundo editorial y es fácil hacerse a la idea de que, en esto de las ediciones, existen numerosos perros acostumbrados a morder la mano vehemente (así como clemente) de un pobre diablo que a veces les da algo de pan con chorizo. Bien, sigamos creando, mundo cruel. Mis relaciones, precisamente, con mis editores y posibles, jamás han sido, por otra parte, tan buenas y relajadas como este año.

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«En un santiamén me pareció ver el mundo, al fin, tal como es: un burdel asfixiante a cargo de un borracho».
El título nos impide ver la mirada diríase perdida del autor, catatónica, al borde del solipsismo. Es un hombre que vive un eterno, así como consciente, viaje de burundanga. Es Martinet, uno de los últimos caídos, afortunadamente recuperado por Underwood para los lectores de habla castellana (trad. Rubén Martín Giraldez). Y ya está aquí, con precesión de un texto de Javier López González, junto con Fat city, que se encuentra debajo.

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He decidido que me voy a ahorrar su nombre (que da título a la canción de la que voy a hablar). Es una canción bella que menciona los nombres de todos los hombres a quienes dejaste el corazón tocado (y a veces hundido). Me ha sorprendido para mal no figurar entre ellos, así, como si la sutura de puntos que me realicé a mí mismo poca importancia tuviera. Fíjate qué cosas tiene el Spotify. Y fíjate qué cosas pasan por mi cabeza una noche de jueves cualquiera de 2017. «Qué sé yo, lo mismo se me fue la vida» Me respondió, en una ocasión, el conductor gallego de un taxi.

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(Borrador):

Raquel Mosquera en la pelu
Raquel Mosquera poniendo su mirada perdida
en las cámaras de televisión
desde su habitación en el López Ibor.
Raquel Mosquera en el entierro de Pedro Carrasco.
Raquel Mosquera cabalgando la polla de Tony Anikpe.
Y yo, mientras, enviándola violetas a nombre de un admirador.
Alguien que se muere por no sé muy bien con qué
pero que sea contigo.

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¿Recuerdan aquellos pajotes con 99, de la serie Superagente 86?

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Confesiones de esas públicas (en realidad petit comité pero que luego las sabe to dios) de Alberto Masa el de los libros:
Me pillé Saló y El imperio de los sentidos en VHS con la sana intención de pelármela de vez en cuando.

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– Caray, cómo me ha gustado tu libro. Existencialismo al 200%. Tanto tendría que aprender el pobre Albert Camus. Eso sí, en la página 209 hay un «cuanto» que debería estar acentuado.

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Gente que te dice que le ha gustado mucho tu libro. Tú, naturalmente, respondes que te alegras y, quizá, esbozas una sonrisa. Pero después, cuando ya se va a ir esa persona, te dice: Oye, pero qué manía más tonta tienes de poner tantos puntos y seguidos. Ays.

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Venezia. Me recuerdo perdido en esas calles. Viaje de fin de curso. Sin amigos. Sólo contemplando. Feliz ante las miradas que me regalaba una idiota. Venezia. Lo de menos fue ir en góndola. Lo de menos fue dar de comer a las tórtolas en la Plaza de san Marcos. Lo de menos fue que nos enseñasen de qué iba eso del uso del cristal de murano. Lo mejor es yo yendo sin rumbo. Pleno. Ilusionado. Solo. Libre. Y, por primera vez, con dinero en los bolsillos. No compré nada. Quisiera experimentarlo de nuevo. Venezia. Yo. Un whiskey irlandés con su capuccino. Venezia y Thomas Mann. Lástima que no me pegasen un tiro para morir allí. El resto no ha merecido la pena excesivamente.

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