Notas facebookianas y chascarrillos de agosto de 2017 (verano de habitación)

Hoy es el día mundial de la cerveza (sí, estoy tomando una) y, a un tiempo, la fecha en que se nos fue (Nembutal) Marilyn Monroe. Supongo que, yo no quisiera compartirla con nadie (mi birra, Marilyn es de todos/as), pero si hubiera de repartirla en dos vasos sería, hoy, sin duda, con ella (conste que Raquel Mosquera también me tienta, puestos a pedir). Le preguntaría por qué y ella, antes de beber el último trago, respondería que ella qué sabe. No sé si merecería la pena pero, de algún modo, merecería la puta pena. ¿Por qué, Marilyn? Es lo que le estoy preguntando a una cerveza bien fría en este momento que sólo sabe responder lo que responden todas las cervezas frescas en verano: Porque sí, beibi.

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Hace unas pocas semanas la amiga Alba Sabina se preguntaba qué sería de un mundo donde no existiese la opción Restablecer Contraseña. En ocasiones imagino un mundo donde la opción Restablecer Contraseña es condenada a la obsolescencia. Me figuro que de ahí podría salir una distopía la mar de chula y coherente en un espacio aproximado de 400 páginas.

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Reconozco cierto palo personal, en los días de adolescencia, en adquirir (farmacéutica viejuna que me vio crecer) preservativos en la farmacia del barrio (más de una vez preferí caminar dos kilómetros y medio o más hasta dar con una farmacia donde no me conocían e incluso me tendían la mercancía con una sonrisa). Fue antes de que esas compras empezaran a adquirir problemas con la fecha de caducidad (sequía amorosa en la veintena). Hoy día me planteo visitar la farmacia de mi nuevo barrio con la idea de pillar una Viagra a ver cómo va eso. La pediré con orgullosa voz de barítono, no lo duden. Mientras tanto, ducho en la práctica (seremos bobos los ancianos) del manejo adecuado de la lengua para darse al hecho de cumplir y lecturas de Joy Williams en la cama

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La premisa, defendida por unos cuantos, consistente en que la lectura de, usemos un ejemplo trillado, Marwan puede llevar a levantar inquietudes (en este sentido en cuanto a la lectura de la poesía, que en muchos nos es un género menor) de avanzar, pongamos, llevar a descubrir autores como, citaré bien pocos -con los cuales comulgo-, Vladimir Holan, Paul Celan, Ted Hughes, Mark Strand o Philip Larkin me produce un rictus, en ocasiones sonoro, de sonrisa maliciosa. Como que, vamos, ni de coña me convenceréis de eso.

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Una mañana del febrero del presente año me encontraba celebrando (tercio y pincho de tortilla) un número de la revista Leer poblada de cuatro reseñas mías (lo que en mí era y es todo un récord). Pensaba en cuando llegase el “checazo” que, sin ser para tanto, me cubría el tabaco de tres semanas (fumo como en un reclamo) y por qué no convertían el festín que me estaba dando en necesario cuando un joven se acercó a la mesa que ocupaba bajo el lema: Yo soy poeta, de Vallekas, escribo versos a cambio de tu voluntad. Le dije que se lo agradecía, pero que no estaba interesado. ¿Me dejas sentarme y que te cuente? Yo soy un poeta valorado en un barrio difícil ¿Tú de dónde eres? Le dije que estaba ocupado, que me iría enseguida. Continuó, no parecía mal tipo y le dije que si quería una caña. Necesitaría saber cosas de ti para poder hacerte un poema personalizado ¿A ti te gusta la poesía? Dije que no entendía demasiado de poesía. Aún así de ese pequeño rato, cerveza pagada por mí en mano, le dio para cuatro versos en los que rimaba Adalid con Valladolid (le dije que yo era de Valladolid). Acabada mi consumición le di las gracias. Había sido una experiencia que flirteaba con joderme la mañana, pero hay de todo (y de esto más) en la viña del barrio. Le desee suerte y estuve tentado de escanear la servilleta con el poema, cosa que no puedo hacer ahora, después de tanto tiempo de haberla descuidado a saber en qué cajón lleno de poesías similares de gente idéntica, bien de pueblo, bien de barrios. Personas de vida chunga, muy difícil y, dicen, verso bien vivo.

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Gente en las playas. Escritores de sudokus, lectores del cielo, adoradores de los eclipses. Por sobre el mar aparece él, apenas un iniciado. Dice escribir en el ojo de las nubes rastros, huellas de caracol. Es la escritura de alguien hecho a sí mismo. Es llamado genio por los veraneantes. Después es ahogado. En su infinita senectud de mareado pide auxilio. Los veraneantes empiezan a comer su cuerpo por los pies. Aún pide el boca a boca cuando sólo queda su cabeza. Junto a ella todos se retratan. Uno por uno. Los selfies se acumulan. Duran apenas lo que una eternidad de olas interrumpidas por los flashes de los teléfonos móviles.

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Cada vez me cuesta más reconocer mi ciudad, amada Madrid, en lo que si a principios de los 90 existía alguna ciudad en España con ínfulas de Berlín esa era Barcelona (y en eso residía -y reside-, suponemos, el encanto de Barcelona). Sin embargo, Madrid siempre fue (algo queda, pero hay que conocérselo y luego está que, de tan poco quedar, cada vez queda más lejos) un lugar castizo cuyo eufemismo castizo se lleva muy malamente, antes que eso: El sitio donde salir de bares implicaba llegar comido y cenado a casa por, pongamos, unas 500 ptas más lo que costara el tabaco. Era una ciudad donde lo cañí y lo heavy se entendían muy bien y no estos lugares un poco Chanel nº -2 en la que no faltan sus dos buenos tomos de carta de selección de té a precio de Ciudad del Amor. Yo me lo creo sin hacerlo. Me jode. No obstante, si me sirve de algo es para aprovechar el conocimiento de lo que de antaño queda para mostrar al que llega un poco de lo que sí me va, de lo que sí nos va, de una marca que era molona y, aunque a momentos, parece condenada a la extinción, en sus plurales maneras, aún reside y, qué coño, los del barrio la llevamos tatuada en los dos brazos a modo de calavera algo bizca (uno de sus ojos, claro, mira de soslayo al pasado y se avergüenza de demasiadas cosas que atentan contra una identidad que nos está siendo robada por intereses de terceros).
PD: Llevo gorra en invierno, pero es para que las orejas no me se enfríen. Hostias.

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– Hola camarero ¿Nos pondría un vasito de agua por nuestra cara bonita?
– Claro que sí, faltaría más… dos chicas guapas como vosotras!
– Eso sí, por favor, con hielo.
– Ejem.
– Y con pajita.
– Ejem. ¿La pajita… guapa?
– Ah y que no sea del grifo, que sea un agua cara como esa que beben los artistas. Vichy?
– Oye… guapas… me parece que…
– Ah, y pónganos algo de picar y un poco de música animada.
– (…)
– Pero a la de ya… quite este aburrido partido de fútbol. Mi amiga y yo queremos escuchar a Bowie.
– Oye, como que, majas…
– ¿Qué?
– Pues como que os vais a marchar un poco a la calle eh.
– ¿Sin que nos ponga tapa de jamón ibérico? Bueno, de verdad… qué antipatía. Si es que los bares de Madrid ya no es lo que eran.
– Y decidle a vuestra madre que… recuerdos.
– ¿Qué?
– Anda, majas, iros.
– Mierdoso!
– Lo que hay que…

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Estamos en pleno agosto y no sé qué foto poner para que parezca que yo también vivo el verano. Mostrar que, a mi manera, también sé disfrutarlo en su plenitud de mosquitos y calor. Una foto trucada en la playa, tomando el sol mientras dejo ver el señalador (avanzado) de un tocho de Dostoievski que me animo a rozar con la mano izquierda. No sé. O un sueño rural. Perdido en un pueblo del norte dando un abrazo a un eucalipto o a una cabra. O, no sé, paseando sin camiseta, con gorra y riñonera por la noche de Benidorm, metiendo un billete de cinco en un tanga. Pero nada, por mucho que mi imaginación se dé al juego, como mucho aspiro a hacerme un selfie en la bañera leyendo el Marca. Si es que odio mucho el verano. Y, sin embargo, desearía odiarlo mucho más.

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Ayer me la medí (en palmos -nótese el plural-)

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Hoy es uno de esos días en los que mi despertar ha sido bueno, lo que no quita que alguien correspondiente a una atalaya cuyo gracejo reconozco más que su mérito (debido a desconocimiento mío) haya decidido enturbiarlo con una dosis de paranoia que en mí, feliz en mi retiro, no debería de obtener su necesario crédito. La cosa consistía en que aquí, este programa, unos hacemos cosas que otros ven y que eso que hacemos (no parecía mi amigo muy contento con algo que había dicho yo o su del todo supuesta calidad) nos representa. Decir que esta plataforma sí me ha servido para vender un poco más (redundante el agradecimiento por las partes que lo han hecho posible), pero que ese poco es demasiado poco. Lo que digo es que no he sido, ni de coña, fichado por el París saint Germain y ni putas las ganas que tengo. Lo que digo es que este programa me sirve para el desparrame mucho más allá de la idea que otros (amigos o menos) puedan tener acerca del poder (del todo supuesto) que pueda tener el programa a la hora de representar a alguien que, se da el caso, es uno mismo. Dejemos que el lenguaje hable como tal y sea venido a otros tal y como lo desean, para bien, mal o ninguna de las dos cosas. Eso sí, a veces improviso, como digo (Ruano lo llamaba hacer dedos) y me sale una poesía. No tengo problema alguno en el hecho de que esta improvisación pueda ser calificada de fallida por unos y meritoria por otros. Lo dejo ahí y se queda, así viene significando para muchos entre quienes me encuentro la vida iniciados los dos miles, “flotando” en la red. Sí, hay a quien no pueda gustar, incluso quien se pueda molestar. No he expresado nada en mi muro, tampoco en lo denominado como improvisaciones, en las que no haya elucubrado cierta verdad que en lo personal, pase lo demás, no me incumba. Reconozco haber citado nombres correspondientes al poder en cuanto a cultura peninsular (qué vergüenza que en América latina nos llamen así) se refiere y haber hablado no muy bien (otorgado la altura -ruin- que merece). En fin… eso ya son cosas del amor, que decía el bolero.

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No estoy seguro de haber tocado un billete de 500 € en mi vida, tampoco siquiera de haberlo visto. Dicho esto uno ve en las noticias deportivas lo que ha desembolsado el dueño (jeque árabe) del París saint Germain por un jugador del F. C. Barcelona (cantidad superior a los 200 millones de € cuyo cheque las oficinas de la LFP le ha sido denegado esta mañana -creo que ha sido esta mañana- a un tipo vestido de pingüino el día del Orgullo Gay) casi huelga añadir que uno no sabe qué tipo de mueca adquirir. Si bien me da por adoptar cierta frivolidad de la que pudiera haber hecho gala en el único bar de mi pueblo (al que adoro) diría que Neymar Jr., el jugador fichado, no es más que un segundo Robinho, un bluff futbolístico al que cuadra más verle jugar en la playa (y se sabe que en Brasil, de donde el chico procede, las hay de sueño) o en una sala. Por su parte, Robinho, del cual el Real Madrid, se comenta, en su momento, esperaba más, se fue porque no dejaba de ser pitado por una grada que a veces no llega a convencerme de que entienda mucho de fútbol. Si bien su juego era frívolo (bicicletas lejos del jugador a regatear y cosas por el estilo), en unos cuantos partidos que, invitado por mi primo, llegué a ver en la Castellana, era el único que intentaba algo en un Madrid que, en aquel entonces, recuerdo gris y, con excepción de un Zidane ya algo cascado (no dejaba, aún así, de ser uno de los más grandes), con individualidades de renombre que no pasaban por su mejor momento anímico. A lo que voy: Al menos Robinho dejó al irse la declaración impagable (usaré las comillas, aunque no puedo estar seguro de recordar bien el titular) “Prefiero vender bollos en una pastelería a ser jugador del Real Madrid”, declaraciones, no obstante gratuitas, que sí pudieran llegar a valer una miga de lo que cobran estos modelitos de salón y que gustaría de haberle visto cumplir en lugar de fichar por otro buen equipo, más en horas bajas que el blanco, ahora y entonces. En resumen dejar claro que podría incluso hablar de un atentado al fair play cosa de ponerme frívolo, pero enciende uno la tele y ve a niños morir de hambre entre otras exquisiteces de dos o tres de la tarde y, claro, pongamos que a uno como que se le quitan las ganas o, en su defecto, lo deja para cuando el bar. No me apetece mirar la cifra exacta. Más de 200 millones de €. Hace una semana me fueron estafados 10 € y casi parto una puerta del puñetazo que di al llegar a casa. No es nuevo que alguien, también en facebook, advierta lo siguiente: Pero hostias ¿Qué estamos haciendo con el puto mundo?

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Como bien sabe quien permanece atento a los acontecimientos que se dan en este muro relacionados con mi vida y obra personal, hace dos semanas fui tratado de una fisura en el ANO. Para mi sorpresa, mi ano acaparó la atención, por parte de mis amigos de Facebook, que sin duda merece e incluso me fueron levantadas las expectativas en torno a tal efeméride. Bien, se trataba, como ya aclaré, de una micosis que empecé de inmediato a reparar con el uso de unos sobres cuyo contenido es la fibra (mis lecturas de Heidegger en el baño han avanzado) y una cremita que, día y noche, reparto por los cachetes sin darme al abuso ciego (la ceguera y el ano no son buenos acompañantes, al menos en mi recorrido biográfico, lo que no implica que conozca mayor cuarto oscuro que el de los cuentos de mi niñez). Los síntomas, a estas alturas, gusto de decirles, comienzan a remitir y mi imagen lavando zurraspillas en el baño ha cesado por completo. Un nuevo concepto de felicidad gira en torno a mi sagrado y bien alimentado culete. Nuevos tiempos, en los que mi ano y yo volvemos a llevarnos bien corren en Casa Masa. Él, por su parte, continúa a su bola sin molestarme demasiado mientras lo que eran continuos ardores, picores y molestias van obedeciendo a la necesidad de que dejaran de ser en mí recurrentes. Un diez a mi proctólogo. He aquí mi levantamiento de sombrero de cara a mi siguiente cita, que se dará en septiembre, en la que estimo una reparación total una vez atendida su experiencia a la hora de recetar. Lo olvidaba: Efectivamente, cagar es un placer. Y Heidegger, reitero, una buena compañía para tal evento.

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¿Que en qué pienso, flor de este verano, Facebook de mis entrañas? Pienso en mi primer amor. Ella iba a quinto y yo a cuarto de la EGB. ¿Qué será de ti, rubita? Te he buscado por el programa y no te he encontrado ni en el grupo de antiguos alumnos del cole. Quizá te muestras a la sociedad bajo un nick. Cabe la posibilidad de que tras Barbijaputa te encuentres tú, oh diosecilla de rizado pelo de oro. Pues en eso pienso. Anda, dímelo al oído ¿Eres Barbijaputa o son paranoias mías?

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Si bien convendría que mucho pagafantas que se tenga por lector -incluso por leído- de este país en el que se lee poco (más o menos como en todos) se abstuviera de responder o incluso de darse por aludido… Lectores, joder, los de un aquí ¿A quién no le es una patada en los huevos directa al seso (al sexo no lo sé) de la literatura la editorial -sub de Random- Caballo de Troya? Cuando yo era alguien -tiempos muy lejanos-, llevaba esa cosa el notable escritor y destacable profe de filos, así como excelente propagador de ruido en cuanto a su oficio como editor se refiere, Constantino, al que muchos llaman por su apellido, se me ofreció una posibilidad (un amigo, excelente maestro, que ya no está sugirió la oportunidad -mía-) de sacar (lanzarme como peso medio de las letras, y jovencito -cosa que eso de la edad ha cambiado-) allí. He ido a parar -cosas de la suerte- a lugares que nada tienen que ver en cuanto a editorial que uno quiere (entiéndase: distribución y publicidad -luego está que esos buenos amigos que tienen ocasión sólo hablan de lo mío cuando se permiten un café en el Círculo de Bellas Artes-), pero tan ancho, oye, que no me veo mostrándole una novela a Alberto Olmos y decirle (de nuevo): Paaaasa, tronco, a ver pa cuándo las galerás. Como que, así te lo digo nena, para nada de nada.

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– ¿Sabes qué, tía?
– ¿Qué, neni? O sea ¿Como que qué, neni?
– Pues que me he hecho amiga de facebook del obrero de la construcción que nos dice esas sandeces, nena, de piropazos de ellos.
– No jodas, tía ¿Y cómo has averiguado su nombre?
– Se llama Feyerabend, nena, como el filósofo marxista ¿Serán familia?
– Osti, guay, qué morbazo ¿Y qué cosas pone?
– Pues poesías de Jaime Sabines.
– O sea tía, qué fuerte.

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– O sea, tía, va y me suelta eso, tía. A una lectora de Nietzsche como yo, tía.
– Pero, tía, si es que la virtud está en el término medio, tía.
– Si Teofastro levantara la cabeza, o sea, no te digo más.
– O el mismísimo Diógenes, o sea.

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La felicidad residía, durante la tierna (y feroz) infancia en un rellano de escalera, allí nos juntábamos la generación del vicio a compartir uno de esos cigarros que algún malandrín había adquirido en el bar a nombre de su padre. La felicidad, allá en el pueblo, era el vaciado de un árbol. Allá dentro un niño podía sentirse a salvo del mundo en un mundo mucho mayor, la imaginación de ese mismo niño, volando hacia un nido de cuco que la soledad dispersaba de su madre, naturaleza viva (y también muerta). Más allá, verracos aullando. Claro que eso, de no existir la vida, era la vida. Un par de paisajes y un chandal prestado.

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Mi barrio es muy moderno, sí. No hay día en que uno no sea testigo de delincuencias morales del estilo:
– Qué miras, guapa?
– Tu energía es increíble.
– Eso pensaba. La tuya también lo es. Nos vamos a vivir juntos?

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Honestamente, si me he declarado en alguna ocasión -lo he hecho- de cara a lo que rodea lo literario (ese pequeño planeta manejado por gañanes) como esquizofrénico fue debido a mi inocencia. Como que me era chic la cingla (esa sí, muy currada).

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Lo único destacable de un nuevo garito inspirado en la última película de Gus Van Sant donde se dejan oír novedades en cuanto a Chill Out es aprovechar el precio que usan como gancho durante los primeros 15 días. Whiskies con esencia de malta a 4 € y huida cuando el precio se cuadriplica. De nuevo el olor a caña, bravas y tortillica de patata de Casa Manolo y el Betis VS Las Palmas de fondo, eso sí tiene que ver con disfrutar los domingos ¿Que no?

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Siempre he querido sorprender en un estado con una frívola primicia que, sin embargo, capaz sea de hacer temblar por un momento a las conciencias, que las aúne en una especie de rito que llame a la solidaridad. Algo así como: ¡El poeta Leo Zelada folla!

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Hoy he contado a mi familia (la parte más cercana de ella) los planes de edición que me incumben tras los sucesos que se han dado en mi vida este año. La verdad, de muchos no sé nada, promesas o simple palabrería a la que yo, no obstante, sí he otorgado sentido con los envíos (de momento exclusivos) de trabajos inéditos. Parece ser que la más firme, por conocida, será la edición de un proyecto cuyo empeño en engrandecerlo me lleva doce años de darle a la tecla en Eolas, editorial local leonesa sin demasiado empeño en cuanto a distribución y publicidad pero con la que ya he sacado parte de lo que tenía que sacar y cuyo terreno no me es ajeno. La cosa, claro, ha dado pie a hablar de lo que hago, voy haciendo, planes y lites. “Es que yo tus libros no los entiendo ¿Por qué no escribes algo más comercial?” Pues sí, he hecho escribir algo “más comercial”, más tontorrón si se quiere, pero yo no soy comercial ni ningún agente literario responde (y me parece difícil responderá) en lo que me toca en cuanto a planes de futuro. Por citar, he preguntado qué tiene de malo Kafka (su compañía, venida de su soledad, me salvó la vida, por lo que no me es un autor desdeñable) ¿Kafka no es comercial o qué? Su casa en Praga recibe muchas visitas diarias, incluso hay camisetas con su cara, algunos profesores de secundaria obligan la lectura de La metamorfosis a su alumnado. ¿Y bien, qué tiene de malo Kafka? Pues resulta que al otro le pone muchísimo más Robert Cook. Pues bien, no tengo nada en contra del tal Robert Cook y lamento no conocerlo cuando, parece ser, debería, pues es muy famoso. Sé que no aspiro a ser leído por los míos. No estoy en contra del género en la literatura e incluso alguna obra de Stephen King, que es un tipo que me cae muy bien, me resulta muy meritoria, por no hablar de la trayectoria del particular. Lo siento, prefiero la literatura con mayúsculas. Lo digo yo que he flirteado, ya digo, con escribir una novela de aventuras un poco surrealista (según la línea de Mario Levrero o el Umbral de El día en que violé a Alma Mahler -pero sin imágenes literarias-) con el afán de obtener la posibilidad de ser leído, no sólo por los míos, sino por más gente. Conseguir, vaya, no fundirme los derechos de un año en cuatro visitas al estanco. Pero nada, es algo en lo que no llego a acuerdo alguno salvando el mérito que los colegas me ofrecen y, eso sí es maravilloso, el agradecimiento de algún lector que no te conocía de nada y, joder, un día su vida y la mía fueron unidas ¡Por un puto libro! Todo un milagro entre tanta posturita, modelito y chulería que se deja ver en ese fenómeno que muchos siguen denominando mundillo literario (una cosa como de elegidos, ya ves).

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Por un momento, rara vez pasa, caigo en la época en la que me encuentro y la asocio a distintas épocas, a fechas idénticas de distintos años. Hoy una buena amiga me ha dicho que ayer vio una estrella fugaz ¿Si cuento lo que me ha recordado aquí será exhibicionismo? Pues lo voy a hacer, en todo caso. He recordado 1991, lágrimas de san Lorenzo, Valseca se llenaba de muchachos y viejos atentos a las estrellas por ver si caía alguna. La cosa entre nosotros, muchachos y muchachas, era muy divertida. Naturalmente siempre había una que le gustaba a uno que a su vez le gustaba a una e incluso a otro a los que él no les hacía caso alguno porque estaba pendiente de la primera, que unas veces le hacía caso y la mayoría de las demás se iba con su mejor amigo, a quien, curiosamente, no le gustaba ninguna ni ninguno. Era toda una aventura, aparte esos chismes, mozos y mozas, realmente nos aventurábamos, nos lanzábamos al peligro. Esto es: delinquíamos. ¿Me sigo exhibiendo o me callo? La verdad es que me apetece contar lo maravilloso que era sentir ese peligro que para nada sería para tanto, pero que era bastante. La cosa siempre le tocaba a alguno, el que perdía a los chinos (el pueblo estaba dedicado mayormente a la ganadería y a la agricultura), un inocente ayudante de su padre en las labores del campo que, de alguna manera, había conseguido hacerse con las llaves del tractor. Yo era de ciudad, así que siempre iba en el remolque, sin perder de vista las lágrimas de san Lorenzo para poder pedir como deseo (nos decían las abuelas que había que pedir un deseo) que esa que se daba bicos con mi amiga me quisiese, pero nada, nunca vi ni una (la culpa era de la chica, que me robaba más atención que a lo que había que estar, que era mirar al cielo, pero yo entonces, inocente, no lo sabía). Nuestro delito era cargar la pala de melones y sandías cogidas de alguna tierra que a saber a quién pertenecía, y bien probablemente podría pertenecer al padre del chico que manejaba el tractor, a la vez, de su padre (qué más daba). Los guardias civiles aparcaban su cochecito de vigilancia por allí y podían encarcelarnos si no fuera porque en vez de estar al loro de nosotros o de las lágrimas de san Lorenzo solían estar enfrascados en una revista de amor alemana o francesa. El final de la historia se repitió más años y siempre acabó felizmente: Juego pelota y sandías y melones. Y chicas y chicos, más o menos jugando a muchas cosas que no sabían lo que eran. Eso sí, ella al final terminó con un fontanero, pero era agradable soñarla en una noche que notábamos festiva, sobre todo por nuestra hazaña (delito menor), pero también porque, coño, esa noche caían estrellas del cielo ¡Qué cosa más rara que eso pase! Nunca me he interesado por descubrir a qué se debe ni lo voy a hacer ahora que lo tengo a un clic. Es magia, joder, magia de la pubescencia. Lo que no sé es si me he exhibido mucho o no. Pero eso es otra historia.

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Un poco de culturizarse:
Esto es la historia del Verlaine y el Rimbaud: Va uno que entra en un bar y le dice al camarero: ¡Chato! Sírvele una ronda a este… coño, si es más joven de lo que parecía. Bueno… chaval, tú escribes muy bien y nos llamas a todo el copón que si somos videntes o la madre del copón pero ¿A fin de cuentas? ¿Tú no querrás, chaval una Mirindina? Y va y dice el Rimbaud, agárrate fuerte, nena: Yo quieo que se beba esos brebajes la puta tu mare. Así como te lo digo, Verlaine, hijoputa. Que tú mucha academia y yo estoy allí con mi mare con cuatro gallinejas escribiéndote que si tal que si pascual y… que yo quiero de absenta, ostias, y encima me lo vas a pagar tú, Verlaine, vidente los cojones, porque yo es otro y a ti te encontré en la calle al lao un perro que no sabéis ni uno de los dos cómo se llama el otro. Y el Verlaine se achantó y tal, mazo. Y le pusieron de beber y de comer mu bien y eso. Y así empieza la historia de la poesía moderna.

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Hay mucha gente a la que no le gusta que hable de líos editoriales o lecturas y de cómo me va, que si me toco mucho los cojones y soy muy pijo, a lo que una amiga respondió “de aquella manera” como dando a entender mi calidad de guay, la cual podría fastidiarme -muy veladamente-. Yo no me meto con las cosas que veo en el inicio. Las comidas de lujo (yo como sándwiches, que me los preparo muy bien de pavo y chopped, y, lo siento, habrá quien tenga algo contra quien come pavo o chopped, pero yo como pavo y chopped mucho y no me meto con nadie). No tengo hijitos que son una belleza, ni siquiera los tengo feos. No tengo animales (mi Charly vive en casa de mis padres porque en mi casa una corriente se le puede llevar al otro barrio). No viajo. Por España, a lo mejor, una semana en dos años. Y no muy lejos, y en bus. Gente que dice que soy un vago que todo el día está en la red. Pues me llegan los avisos y actúo siempre que puedo y quiero, que últimamente vale que bastante. Es mi verano total, ya ven. Y que si escribo bien o mal… pues habrá quien pase. Yo paso de muchas cosas, pero tampoco lo voy diciendo por ahí. Hablo muy poco de política. Muy poco de todo. Y, si alguien me prepara un cocido con garbanzos de mi pueblo, ya sea un colega o una colega, comemos ambos en mi mesa y solemos estar de cachondeo sin meternos con nadie (ni siquiera con mis vecinitas de la dere, que se lo merecen). No, no saqué la carrera de bellas artes. Me fui a currar de monitor de cocina en una granja-escuela. A veces escribo en alguna revista y eso, pero no mucho. Que yo no me meto con quien comparte trending topics sin citar autoría, leñe. Ni con muchos tipos o tipas que, por el uso del lenguaje que hacen, te traen con facilidad a la chola la imagen de un Torrente o una Torrente de la vida y, no obstante, si hablan dicen hacerlo en favor de cosas muy serias como el feminismo o la situación de Corea del Norte. En fin… que no.

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– Tía ¿Para qué me has traído a La Celsa?
– O sea, vas a ver el vacile peligroso en acción, nena. Mira, vamos a preguntarle a este yonqui si quiere unos calzoncillos, que se los vendemos si conoce las posibilidades de los cheques al portador.
– Uy, tía… no sé yo.
– Hola, señor ¿Querría unos calzoncillos? Son de mi papá, pero se ha muerto y ya no los usa. Le haré una rebaja del 60% a lo que costaron originalmente.
– Tía, vámonos.
– Disculpe a mi amiga. Ella no porta caridad hacia el pobre enganchado a la heroína.
– Tía, está metiéndose mano al bolsillo.
– Ey, señor, vale, se los doy a cambio de… se los regalo, sí, ¿Los móviles? ¿También quiere los móviles? ¿Y los monederos? ¿Y la bisutería? ¿Y la ropa? Glup.
– Te lo dije, tía. Te lo dije.

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– Jo, tía, qué bruto es el Tarantino…
– Ya tía, yo como que le odio. No soporto esos decorados en los que la sangre vale lo mismo que la sangre. Además muere siempre hasta el que apunta, como en algunas de las obras de Shakespeare. No veas, qué pibe. Como si no existiera en la vida la oportunidad de ser digna sin mancharse las manos con el único alimento que tiene el corazón para ser él mismo y…
– Joe, nena, hablas como Cicerón.
– Ey, nena, no te pases.
– No… es…
– Pero ¿Ese no fue el que quemó Roma?
– Nooooooo. Ese fue Marco Aurelio.
– Ah tía, pues vale, como el Cirenón ese entonces. Total, una cuando se pone pues se pone.
– No, pero a mí el Tarantino me mola eh.
– Psé, si a mí en el fondo como que también.

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Me pregunto qué puede tener de malo llamar a las cosas por su nombre en esto de los objetos culturales. Me es molesto ser corregido cuando hablo de un cuento (¿Te refieres a un relato? ¿A un texto breve?), de una poesía (poema, se dice poema, el poesía es más genérico, me dice alguno que otro) o a un tebeo -o, incluso TBO, caso de ponerlo por escrito- (no puede ser que lo llames así, tú debes estar refiriéndote al mundo del cómic o de la novela gráfica). De verdad que, en ese sentido, mucha tontería desde que iniciamos siglo como para seguir en ello (ya va a hacer veinte años que lo comenzamos, coño).

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En ocasiones me olvido del pueblo de mi madre, que es una cosa que tampoco hago del todo, pues es un lugar donde residen puntos fuertes y vivencias de mi infancia donde aprendí cosas. Hoy en día, aparte amigos y conocidos, que ya es, no me queda nada. Esto hace que, no obstante, procure seguir el ritmo a la gente que, dicho sea de paso, muchos, han descubierto las redes hace relativamente poco, en parte debido a que esto, en mi amado pueblo, era una cosa que sucedía fuera (pasa aún en muchos lugares de España, donde las conexiones tardan en darse). Observo, para mal, que las veces en que participo, de buen ánimo, en ese grupo, el administrador, teórico amigo de toda la vida, censura mis opiniones, expresadas de un modo bien similar al que uso aquí, lo cual no me es precisamente bienvenido. La última ha sido por expresar una acotación a un sobreentendido suyo. Parece ser que mi querido amigo Álvaro ve que le enmiendan la plana a poco que no haya nada de eso, sino expresión de lenguaje y precisiones que atañen a la percepción que tiene uno, también del castellano. Parece ser que, por mucho que venga espoleándose lo contrario, lastimeramente, la aceptación a mi lenguaje (reconocida labor en cuanto a reseñista y literatura de pequeña tirada no obstante valorada por la crítica nacional) no es de consideración para alguien que es capaz de abrir un grupo denominado “Yo, soy de Valseca” (labor que sin duda el pueblo, y yo, agradecemos, pero que puede hacer un niño de 5 años sin sentirse en la necesidad de faltar al respeto censurando a nadie que procura aportar a ese grupo, desde un punto de vista en ocasiones guasón, pero con el acostumbrado respeto).

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Recuerdo las fiestas de los alrededores del pueblo. Los chicos y chicas salíamos a beber, supongo, también a vacilar, a reír y, desde luego, cerca o no de la charanga de turno o a la luz del frigorífico de alguna peña, también intentábamos darnos al ligoteo. No era uno un afortunado en estas lides, aunque sí funcionaba muchas veces mi: Tarzán querer Jane ¿Jane querer Tarzán? de turno. A veces, con el transcurso de la noche, la muchacha con la que probablemente volverías a equivocarte (cosa que no era muy rara) de encontrártela en otras fiestas te preguntaba cómo ibas con la libido (no me pasó solamente una vez, la forma de insinuarse de una chiquilla por esos lares incluía en su expresión a ti una ligera noción de saber quién era Freud). Terminé demasiadas escasas veces, esto es, mis amigos lo llamaban “triunfar” o “lindar tierras”, en la era o el lugar de cada pueblo donde parejitas se dieran al entretenimiento, pero es el día del orgasmo femenino, y me vienen a la mente aquellas pocas muchachas que, aunque conocedoras de lo que implicaba la palabra “libido” eran difíciles de imaginar, de todo habría, en una biblioteca (supongo que ellas difícilmente, por su parte, me imaginarían a mí en una) y, ya digo, quién sabe si volvería a equivocarme. Cada verano, como quien dice, el tablero de esa Oca particular era repuesto y uno empezaba de cero, en el estado de forma que le fuera dado (el cual influía mucho a la hora de darse a esos triunfos de baraja del bar en la que faltaban, desde luego, más ases -en la manga- de los que uno creía).

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En ocasiones (no miles) una damita resulta acostada con Masa en Casa Masa. Esto, en la gran mayoría de las veces, suele acabar en algo que llaman guerra y que no tiene tantos méritos como a esa palabra ofrecen los nombres que ya conocemos. Simplemente se trata de una daga entrando en un higo (y saliendo), lo cual, termina (no siempre) dejando a ambos dos practicantes bien satisfechos de una corrida (¿he dicho ya que no siempre?). Es que hoy un amigo me decía que si yo escribía mucho lirili y poco lerele, lo cuál es cierto sin dejar de atender a que muchas veces va el Masa y le tira los trastos a una tía con la que termina liado en la placidez (muy plácida para dos personas) de la habitación de su casa. No sé si soy machista por relatar esto. Hoy me encuentro (fíjense ustedes) enamorado (cuyo nombre empieza, ya ven, por A de Andalucía). No quisiera dañar la inocencia de nadie. A lo que voy: En Casa Masa se folla. ¿Debería arrepentirme mucho por confesar tal ofensa a una moral que viene atacando que mucho hablar en la cocina y poco de comer? Porque en mi cocina, a la hora de comer, resulta que se hacen dos cosas a la vez. Estómago lleno y, seré machista, en su mayoría, huevos vacíos. Muy culinario esto, sí.

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