Notas facebookianas de inicios de julio de 2017

Samuel Beckett presentando uno de sus ensayos de Disjecta:

El cliente: Dios hizo el mundo en seis días, y usted no es capaz de hacerme un pantalón en seis meses.
El sastre: Pero señor, mire el mundo, y mire su pantalón.

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Con motivo de una reunión amistosa, no hace demasiado tiempo de ello, un antiguo colega retratista propuso crear un esbozo de mi rostro con ánimo de amenizar un poco más -sí, todavía más, el momento-. Terminó en apenas seis minutos y cuando me lo enseñó me vi clavado. Ahí escondido entre ralas barbas y media melena descuidada estaba yo. Sin duda era yo. Esa era mi expresión en los momentos en los que no creo tenerla, sin lugar a dudas. Me sorprendió que también estuviera allí una pequeña cicatriz apenas visible en la frente (que conservo de un golpe). Otro colega vio el esbozo y dijo: Sí, es él, pero faltan demasiados años para que él sea él. Procuramos reírnos, incluido yo, que me encontraba ciertamente alucinado, pues en ese esbozo, vi contenidos todos los gestos que me acompañaban al coincidir con mi mirada en la luna de un coche aparcado en mi calle. Me sentí algo póstumo, la verdad, lo que no me era motivo de tristeza alguna. A continuación optamos por servirnos un vino medio y la reunión acaparó de seguida otros cauces, otros puertos en los que no hubimos de atar cabo alguno. Tan sólo asistir, estar, procurar… cosas que salían solas, que nos eran venidas solas.

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No me relaciono mucho con el pueblo donde residen mis padres. Apenas poco, aunque diría que ni eso. Diría que en verdad mi relación con el pueblo es del 0%. Menos que nada aún, diría, consiste la relación que me une a ese burdel. Cuando me encuentro aquí, y es el caso, me encuentro en una habitación cuyos libros me llevé a otro lugar. Hago vida con mi aparato móvil y con el ordenador. Hay días en que cruzo alguna que otra palabra con mis padres, incluso con visitas, pero son pocos. Poco más allá de un choque de manos o un abrazo acompañado de un qué tal te va la vida. Ayer hube de salir a proveerme de tabaco. Tres cajetillas de las que apenas queda media. Unos jóvenes completamente desconocidos estaban bebiendo en la calle y me pidieron tabaco sin indulgencia ninguna, como si mi obligación fuera proveerles en todo momento, en esta ocasión de tabaco. Pues no podía, ni quería. A la hora de pedirme cosas exijo a la gente la mesura con que yo las pido y en sus palabras existía más bien el conato de una orden. Cuando me negué me increparon si había dejado de fumar. ¿Dónde habría coincidido yo antes con estos chavales? Ni idea, la verdad. Hice caso omiso y continué mi camino hacia el estanco. Observé la sombra que ofrecían algunas farolas y cómo a su vez las proyectaban en los arbustos. Necesitaba aspirar humo. Es la razón por la que fumo más de tres paquetes en aproximadamente 20 horas. Me dan humo, no busco otra cosa. Al regresar del viaje, elegí el mismo camino de vuelta. Necesitaba regresar a ver las formas de esos niños. Su impertinencia les llevó a repetir: Mira, uno que ha dejado de fumar. No es que tuviera demasiadas papeletas para elegir cuál de entre ese tumulto hubiera recibido con mayor merecimiento unas palabras o, en su mejor defecto, un puñetazo en las narices. Continué mi camino sin decir nada, como siempre hago. La noche seguía siendo la noche y a menos de un kilómetro esperaba la casa de mis padres, esa donde un eterno estudiante de la nada se pasa horas a medio camino entre el teclado y el móvil, procurando no desperdiciar bocanada de humo alguna.

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Ha pasado mucho tiempo. Sin embargo, aún hoy, no falta alguno que no se ha dado por enterado y me pregunta por “mi amigo Rafael Reig”. A ver, idiota, que yo trabajara para una empresa (bastante fraudulenta, por otro lado, y abundante en cuanto a sinvergonzonería) donde coincidía con este señor e incluso me diese a compartir un whisky con él en el bar de abajo no implica que fuera mi amigo. Mala suerte, si acaso, que me vieses, porque anunciarlo no lo he hecho nunca. Ni fui amigo entonces, ni ahora, que, oye, tan a gusto sin ver su bigote durante más de seis años. No sólo hablas de lo poco que sabes de mí (por no mencionar el defenestro al que vine a ser sometido tras marcharme) si me tienes por alguien capaz de tener amigos así, y con ello me refiero a mediocres celebridades de un día con puestos de trabajo coherentes en cuanto a sueldo y, si bien en lo que atañe al referido, subrayar cierta agudeza, no me consideres benevolente con la mediocridad manejada por ciertas élites de la literatura española. Pues la literatura, debido a cosas bien sencillas (por poner un ejemplo, me ha salvado la vida) es una palabra cuya mención me merece respeto. Quiero decir: como mínimo reniego del que la predica en su nombre, menos aún si no viene avalado por un catálogo de obras en la que alguna de ellas pudiera referirse lo que unos pocos lectores en este país, freelances de lo que vienen a ser medios culturales de bajo presupuesto, denominamos calidad literaria. Aunque quizá todo sea prejuicio por mi parte y valgan como ejercicio que deba aplicarme las últimas palabras de la pareja del aludido al rechazar dos besos míos cuando coincidí con ella en una especie de fiesta cuyo interés consistía en intercambiar emails: “Es el roce el que hace el cariño y como ya no te veo…” Pues sí, olvidada amiga, va a ser eso, sí. En una ocasión le eché una flor sugiriendo que tenía modelos anglosajones y me lo corrigió por británicos. Querido columnista de opinión: Tú de británico tienes lo que el bombo de Manolo.

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En la cabeza de Bruno Schulz, de Maxim Biller: Una joyita -considero reseñable la traducción de Paula Kuffer- a la que he dado un segundo repaso esta tarde y que, de paso, ha servido para provocar ese regusto que no se da tan a menudo de disfrutar una obra ya leída de manera mayor al regresar a ella.

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No es algo que pasara muy a menudo. Desde mis veinte a mis treinta, los viernes, a eso de las dos de la mañana durante noches que no me ofrecían nada a cambio y menos aún la probabilidad de ceder ante el sueño, visitaba el bar cuyo ambiente me era más molón del pueblo y pedía whisky en vaso ancho mientras en el local solía dejarse escuchar música de la buena. Lo que no pasaba muy a menudo, salvando un par de veces, es que un moralista ocasional entrase en el bar a liberar conciencias. Pero, aunque pasara poco, sí me pasó dos veces. De golpe, alguien que no te conocía de nada te preguntaba por qué te dabas a esa vida de supuesta, él al menos estaba convencido, perdición. No ponían reparos en preguntarte por qué, oh tú, que tienes la vida por delante, bebes. Pues porque si un atardecer las gardenias de mi amor se mueren es porque han adivinado que el amor se ha terminado porque existe otro querer, no te jode. Procuraba tratar a estos señores con cariño, lo hice ambas veces, sin justificar un problema que a mí me era atribuido y que sin duda era suyo, de su mente viablemente construida a golpe de trastornos. No me importaba invitarles a algo, incluso, si tenía y se daba. Terminaban, cuando ya apenas lo esperaba y menos me apetecía, confesándome al hombro que ellos sabían porque les había cedido su visita una especie de luz (me era indiferente si se trataba de una blanca de hospital o roja de burdel). No fueron la misma persona ninguna de las dos veces y no diferían ni en la media de edad ni en la posibilidad de haber sido educados bajo un sistema represor lleno de moralinas. Qué huérfanos quedaban sus rostros cuando pedía otro, y otro más (en eso admito diversión maliciosa por mi parte). Siempre, claro, cosa de apetecerme. Era capaz de convertir a esa gentezuela gris en los mejores amigos que había tenido en la vida. Y luego desaparecían, claro, o era yo quien lo hacía, muy agradecido de la posibilidad de no volverme a cruzar con sus caras y palabras en la vida. Llegado un momento, yo regresaba a la casa y, sí, podía conciliar el sueño. Me quedaban, si bien no las palabras de esos pobres diablillos, sí su voz repleta de enfermedad y dolor ante una vida que les había rehuido. Y allí seguía yo, yendo cada viernes. Esperando que se diese la visita del mejor amigo del hombre, no obstante.

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Retirarle los likes (clics) a quienes no te los ofrecen es el Ya no te ajunto de nuestros antepasados en el patio del cole.

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Existen dos tipos de personas tendentes a crear la figura de un inquisidor cuya opinión, en ocasiones, puede ser tenida en cuenta (si bien mejormente de manera vaporosa): Aquellas que tienen la estridente virtud de sacarle punta a las cosas y aquellas que gozan de la ausencia de vitalidad de sacarle peros a todo (resuelto, por otra parte, en encontrar, en ocasiones, la pata que le falta al gato del famoso dicho).

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Existen certámenes literarios cuyo premio consiste en leer tu poesía a un público (contratado por el jurado) de veinte personas con derecho a bocadillo de tortilla. Y si no debería haberlos.

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Hay una manía, ya vieja, siempre decadente, que persiste en algunos medios informativos y que me hace bastante gracia. Se trata de aquella que precede a la presentación de un invitado dispuesto a conceder una entrevista con la palabra “reconocido”, bien sea ingeniero, psicólogo, ganadero o artista. Afortunadamente, la mayoría de publicaciones se han dado cuenta de lo que nos dicen (o llaman) realmente cuando presentan una entrevista con, permítanme el ejemplo, AGM, reconocido culturista francés.

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Confieso haber cometido todos los pecados, incluida, ay, la masturbación.

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GUSTO EN VERLOS, por Carlos Piera:

“Se me han ido empañando los cristales.

Depositado en una Arcadia, compro
felicidad de otros en sus tiendas.

En paz con los castaños y las lluvias
dejan el bosque y su cobijo a veces.
Se congregan al paso, se sonríen,
desaparecen como los tejones.

Yo, que no sé guardar para el invierno,
con mi indulgencia desde mis rendijas,
yo, el tipo de detrás de las ventanas,
quería ser normal.”

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Hay veces en que leo con atención las dedicatorias de los libros. Si hubiera -que la hay- la posibilidad de exhibir una que no se me va de la cabeza sería la que precede al poema Espectro viviente, del maestro Carlos Piera, que dice así, y cito de memoria (la mía -que, no obstante, no es un dechado-):

A una señora mayor que vivía sola e imaginaba a menudo visitas de vivos y muertos que siempre la dejaban sin despedirse.

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Recuerdo la primera vez que me inyectaron morfina. Fue venido a cuento para una dolorosa prueba estomacal. Tras acabar la prueba me tumbé en la cama y hube de cerrar los ojos. No tardé demasiado en perder nociones como vida y muerte. Una versión nueva de la palabra limbo cobraba eficacia en una mezcla de agradecido letargo y pacíficos sueños. Al día siguiente me dijeron que numerosas enfermeras entraron en la habitación para medirme un pulso que parecía perdido. No recuerdo movimiento alguno de su parte. Me daba igual la opción vida que la otra. Percibí entonces la manera en que indudablemente quería fuera mi muerte. Abrazarla como un sueño. Florecer en el limbo con una inestimable ayuda química a muchísimas millas de eso que venimos llamando dolor.

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Un amigo difunto me dijo una vez que si entre la gente que te rodea surjen desaires y desplantes (y hasta boutades) tú sujeta tu portal de Belén y no sueltes tu vaso que, para hacer el tonto, ya estás tú.

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Un día feliz donde los pajarucos cantan y el amor florece (qué ganas tengo de que llegue el puente de diciembre).

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Es sabido que este año pasado mi innegable atractivo se ha visto paliado por un ligero hinchazón, sobre todo de barriga. No obstante el equipo técnico sigue trabajando en ello y ahora mismo sólo pienso en el próximo partido. Me gustaría agradecerle a mis compañeros, así como a la afición, el inconmensurable cariño mostrado día a día durante los entrenamientos.

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En cuanto a las artes, totalmente de acuerdo en la opción, vertida a propósito de Lovecraft, que el terror funciona si sobrio. Lo que puede llevar a conclusiones como la elaborada por Racionero al exponer el ejemplo de la buena peli El ansia, con la Deneuve y Bowie nada menos, donde, evidentemente, sobra ese sueño cinéfilo eminentemente norteamericano de mostrarnos unos esqueletos al final de la cinta. (Sí, en plan noche de letras -filos, lites, lites sobre filos y filos sobre lites-). Mu guay.

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Hace un huevo surgió una conversación venida a cuenta debido a la banda sonora del garito donde me encontraba. Se trataba de gustos musicales relacionados con la cosa rock. El tipo ya me venía soplando la oreja unos cuantos minutejos cuando soltó la perla de que si yo no había escuchado a los Yes no había escuchado nada. Fue cuando le aseguré que no sabía comer caso de que no hubiera probado las lentejas de mi abuela. Menudo soplagaitas. No dudaba en elevarlos por encima de King Crimson o Soft Machine. Menudo disparate. Definitivamente me alegro de que pase el resto de su biografía sin saber a qué sabían las lentejas de mi Ciriaca, que en paz descanse.

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A falta de sexo me he comido un polvorón. Estaba rancio.

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En ocasiones me cuesta llegar a admitir que mis preferencias en cuanto al whisky (whiskey en este caso) son irlandesas y proceden de 2006. Licores como Bushmills, el diseño desperdiciado (que cuenta -contaba- con la muy estimable ventaja de un precio asequible en el carrefour de Lavapiés) Ken Lough, o, sobre todo, lo que toca, que es el Jameson. Sí, me pirra la esencia de malta, e incluso una vez probé el Lagavulin, pero no sé qué se creen en cuanto a precio y síntoma de levedad -una cursilería- procedente de lo bien que pasan por la tráquea. Respecto al Bourbon (considerando alguna excepción procedente del sur de Canadá): Lo uso de colutorio.

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Colecciono días para olvidar.

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En una ocasión, durante mi pubertad, me encontraba viajando en uno de los habituales autobuses que me llevaban hacia mi lugar de estudios. Recuerdo que era noviembre (quizá primeros de diciembre) y por la ventana se percibía agua-nieve. Acerté a pedir un deseo, no sé muy bien el motivo, quizás fuera por las buenas. Me dije que haría lo que fuera necesario para lograr el poder de decir la palabra apropiada en el momento merecedor de esa palabra. No creo haberlo conseguido. Quizá un dios en quien empezaba a atisbar sordera e incluso bastante ceguera por aquellos años escuchase aquello y decidiese, como venganza a mi imperial ambición, enterrar todas mis palabras para siempre.

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“No fueron los aviones.
Fue la belleza
lo que mató a la bestia” (Últimas palabras, citadas por el actor Jack Black y que sirven para cerrar la cinta, en la excelente King Kong, de Peter Jackson).

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Pongo mala cara a los tíos que, tras un chupito, dejan el vaso en la barra como si fueran a romper (ya bien el vaso, ya bien la barra) con un sonoro Aaagh, que sobra. Ni Aghh ni ostias, que eso es cuando te matan en Vietnam, el vaso, efectivamente, hay que beberlo de un trago, pero luego se deja en la barra como si nada, un placer que da la vida. Lo mismo el barman te ve tan educado que te invita a otro (a veces pasa).

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¿Saben ustedes que he conocido a demasiados terapeutas? Se creen su status. Freud era un tipo al que he leído poco porque me aburre soberanamente, aunque reconozco que su aportación a la Grecia presocrática tenía mucho de reconocimiento real, sueño y belleza. Hoy he conocido a un tipo que se dedica a ello y ha reconocido una Lucía Joyce en mí. Ojalá sepa no darme por vencido. Porque también Beckett me ha dado mucho. Y esa gracieta de Jung a Joyce de: donde usted nada ella se ahoga. Ojalá se llevara esa pobre fiera más de su papá que lo que supo dar al mundo con esa basura que alguna gente intelectual llama Finnegan´s Wake.

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En esta noche atravieso desiertos verticales. Sólo son horas de facebook, donde proceder a contar historias imposibles a improbables lectores. Las dunas no obedecen a la gravedad y, por mucho que pretenda seguir la estrella de Belén, no alcanzo más que la representación de mi sombra en los azulejos de la cocina. No avanzo mi novela, que es una regresión inédita de un recuerdo fácil. Dicen que el aire comprimido de una escopetilla apretando bien la boca a la sien mata. Es un bluff.

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Quizá juzgo demasiado severamente a personas cuyo juicio ha desatendido la persona que pretendí ser. Quizá deba conferir tal importancia a quién soy, en parte debido al mencionado -por qué no agradecido- abandono, así como de otras circunstancias -resueltas en una buena cantidad-, para crecer desde el ya citado agradecimiento. Voy a tomarme esta reflexión como un relajo ofrecido por la tarde. La envidia no es sana, sobre todo venida de uno mismo hacia uno mismo. Practicarla debería merecer sometimiento hacia un descanso que conlleve la posibilidad de callarse (entiéndase también: de hacerse callar).

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