Notas facebookianas de Abril

Era aún muy jovencito y una noche, tras salir de marcha, desempolvé la máquina de escribir del abuelo y, como había leído en algún lugar el tiempo que había tardado Dostoievski en finalizar El jugador, me dije: Yo esta noche me hago una novela. Naturalmente era muy mala. Trataba sobre mí y sobre poco más. Recuerdo que mis influencias más directas en aquel momento eran el Ray Loriga de Lo peor de todo y los cuentos de Woody Allen (que me siguen pareciendo maestros). Una semana después presenté mi trullo en la sede de artes y oficios a la que asistía. Fue todo un éxito.
– Pero tío, con lo poco que se te ve y zumbao… Esto tú lo tienes muy dentro ¿No?
– Eh, macho, que yo voy al WC todos o casi todos los días.

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Confieso que me lucí en un test preparado para darme trabajo en el mundo periodístico:
– ¿Qué campo prefieres como periodista?
– El de golf.
(Mira, otro graciosete…)

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Alberto ¿No ves un carajo, verdad? ¿Cómo se llama esa calle? Calle de la calle de… ¿Y esa matrícula? Cinco algo. Joder, hoy estás al borde de la matrícula de honor ¿En serio? Sí, salvo que es un tres y la calle se llamaba… calle de… calle de… Eh ¡Empate!

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¡Cámbiate de calzones por si acaso…! Decía la abuela antes del viaje. Jamás tuve un accidente mortuorio (creo), pero sí veo una decepción en los ojos de mis médicos al comprobar que los calzones de Alberto Masa estuvieran impolutos en un cadáver exquisito.

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Un enemigo sólo es alguien cuya historia paralela está partida por la mitad de un desconocimiento mutuo. Sí, aparte quedan los psicópatas, esos violadores de la libertad y promulgadores del miedo en una noche madrileña donde amigas mías caminan a solas entre sombras lo suficientemente largas de árboles anónimos bajo la luz de farolas blancas. En esos no necesito conocer ninguna historia para clavarlos un cuchillo japonés en la frente.

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Pasar un after en la casa de ese nuevo amigo muy salao y un poco pesao que te dice: tú duermes aquí y coge todo el whisky que quieras, a lo que añade: de porros es que no ando muy bien, tío, pero nos queda una raya. Abrazarte a él cuando te dispones a marcharte y prometeros amistad eterna y futuros cruceros por el Mediterráneo. Al final todo queda reducido a una nueva amistad en facebook donde ni siquiera os saludáis ni os dais un puto like.

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Verdaderamente, una vez al año (dos como mucho) me da por recordar qué es eso de rezar (esto es: lo que hice a los pies de la cama llorando tras mi primera masturbación). En realidad sólo recuerdo, y es por algo, la frase: No nos dejes caer en la tentación. Y con ella no me refiero a las pajas sino a no lanzarme desde el puente Segovia.

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Iba a rezar cuatro padrenuestros por ser domingo ramos y me he quedado a la mitad del primero. Joder ¿Cómo es posible que se me olvide el orden del Padrenuestro? Bueno… aún así, creo que con el gesto ya he llenado la saca y me serán perdonados los pecados, que intuyo múltiples, los cuales estoy empeñado en cometer esta semana. Tipo final de Saló y eso con mis vecinitas. Aleister Crowley: un iniciado.

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“Nada puede contra las alas de la alegría” (Friedrich Nietzsche).

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– ¿Sabes qué, hermanita?
– ¿Qué, corazoncito de melón?
– Me recuerdas a Hitler.
– Vaya ¿Me estás llamando exterminadora nacionalsocialista?
– No, cariño, ni mucho menos. Es sólo por el bigote.
– Ay, de verdad, qué susto que me has dado.

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Tras el accidente no me veía los pies. Con el tiempo pensé que era natural. Llevaba los zapatos puestos.

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A pesar de mi aspecto algo pueril, tengan cuidado conmigo, no se fíen más que lo justo, aparte, se sabe, satánico que se ofrece con facilidad a dar muestras de ello, soy cofrade de san Antonio.

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– Mamaíta ¿Te has leído mi libro de relatos?
– Te lo digo mirando a los ojos: Tienes algo de Lezama y Manganelli.
– Lo sé, me debería publicar Amargord. ¿De veras me asimilas con ese par de genios que desconozco?
– Me refiero a la papada y el bigotón que te están saliendo, hija mía.

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Carta abierta a José Coronado:
Antes de nada felicitarle por su excelente imitación del ligero tartamudeo de Goya en la corte en aquella peli de Saura. Sabes, jodío? Me engañaste con los biofructis esos. Tú fijabas la mirada en una tía buenorra y le decías: “Es bueno para…”. Yo era aún un pubescente con imaginación propia ¿Sabes? Verás, yo, tras el anuncio imaginaba diez horas de darle sin parar y me decía: Así quiero ser yo de mayor. Y le encargué los Biofructis a mi abuela para ver si la vecina o alguien… joder, vaya si eran buenos para… menudo cabrón estás hecho, José.

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Querida Natalie Portman, como ves, mi perfil es público. Supongo que le darás a “Ver traducción” debido a que darás con tu nombre. Verás, me molas y tal. Tampoco mucho eh, no vayas a hacerte ilusiones que finalicen en agua de borrajas, pero estoy dispuesto incluso a salir contigo si te parece bien e invitarte (estamos a inicios de mes) a un menú del Rodilla. Por favor, detesto los besos en la boca en la primera cita. Espero comprendas mi pudicia. Con amor, A. Masa.

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“JAVIER MARÍAS:
Máximo representante de una novela aseptizada, de una prosa despersonalizada, de un victiorianismo que se agrega al panorama español con reservas y escrúpulos. (…) Últimamente ha publicado la novela “Corazón tan blanco”, Premio de la Crítica y “Mañana en la batalla piensa en mí”. (Francisco Umbral)

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El irse de Marisa Bou implica demasiadas cosas, entre ellas dormirse con la suave gravedad de sus ronquidos (parecieran suspiros si uno permanece atento a ellos), dejar los bocadillos de mortadela y aprovechar su mano con el arroz al horno en una casa que no tiene horno, verse arropado ante las visitas de la policía venidas de llamadas inexplicables de vecinitas sin vida propia… y traer amantes rubias de 22 años de edad para dejarse matar un poco por ellas en el lecho. Ay, quién llenará de primavera el seis de enero, quién regresará a echar detergente sobre mis calzones sucios? Va a volver pronto, Marisa, musa entre musas, valenciana entre valencianas. Vino para huir de las tracas de los falleros y convirtió mi casa en paz y alegría. Volverá pronto porque no existe golondrina capaz de olvidar dónde ha dejado hecho un nido. Y yo le volveré a dar cien abrazos y cien besos. Con sus correspondientes: No te vayas jamás (o esas veinteañeras me destrozarán). Te love.

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Recuerdo, no sin cierta morriña, la ausencia de las lecciones que dejó en Un hombre sin patria un social-demócrata ejemplar, aparte de enorme novelista como fue Kurt Vonnegut, en las estanterías de esta casa. Especialmente hoy me ha dado por recordar en uno de esos ensayos que bien pudieran entender una abuela o un niño en el que venía a explicar que el mundo sería un poquito mejor si todos fuéramos más amables. En lo particular, en días como hoy, comprendo que mi amabilidad de poco me ha servido más que para crear malentendidos de los cuales sólo he sacado heridas que procuro sanar usando moderadas raciones de litio.

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Cuando uno, tras un largo parón, regresó a facebook lo hizo ofreciendo solicitudes a bola y casi a destajo. Recuerdo la aceptación y posterior bloqueo de una de ellas. 23 años. Mujer, nombre, apellido y apelativo de escritora:
– ¿Quién eres?
– Hola. Me llamo Alberto Masa, encantado.
– ¿Nos conocemos?
– Si te refieres a personalmente, no lo creo, la verdad.
– ¿Entonces por qué me has pedido amistad? ¿Te interesa mi literatura?
– Aún no lo puedo saber, pero por qué no descubrirla.
– ¿Cuáles son tus intereses?
– Ninguno.
– ¿Eres un acosador?
– Mira, hijita, tengo que salir a comprar un poco de chorizo y no tengo tiempo para hablar contigo.
– Pues a la mierda.
– Como tú digas, maja.

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Decepcionado tras una lectura del casi egregio Rafael Rafa Reig (Fernando Torres de la editorial Lengua de Trapo). No desvelaré el nombre de la novela -viablemente escrita por él mismo-. Resumen de la cuestión: AL final la mano negra que inquieta y maneja el mundo -incluidas inteligencias globales de éste- resulta ser una víctima del Down. El descubrimiento se da en un párrafo. ¿Ganas de acabarla? ¿Chiste de un Woody Allen en ese estado en que la lucidez se sirvió de Kant para escribir su obra más entrañable y recordada (al menos por Albert Rivera)? ¿Arevalo que se fue, como Pepe Navrro, pasado por la televisión estaudounidense? En fin… continúe, oh maestro, impar de Orejudo, contándonos la verdad que reside en el libro que propició la llegada a España de una amiga lejana detenida en la frontera de México. Oh, marxista aprendiz de mi admirado derechón Tip, su leyenda de bebedor con gota crece en los madriles mientras se deja la piel en una librería de las afueras y juega al ajedrez con Landero. Regálenos, una vez más, la sabiduría que hizo de usted un amigo (casi) de Manuel Fernández-Cuesta Puerto, que fue, no solamente para usted, adalid de la moral de muchos. ¿Se me nota que hoy estoy enfadado con la vida literaria española? Se me va a pasar en cuanto adquiera el último Crews y lo lea de un tirón (después, eso sí, de Nog).

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En una época algo ya remota vi pelis, incluso las adquirí (ya en DVD) y me hice con una colección ya condenada a figurar en estanterías que apenas recuerdo. El mismo tipo que calificó a Lynch como “El zar de lo bizarro” procuró un prólogo de El quimérico inquilino, de Polanski, calificando a Roland Topor como un autor menor. Les aseguro que, al lado de la más genial de las probablemente 4 obras geniales de Polanski (entre las que, por supuesto, incluyo la bestial Lunas de hiel), el primer libro de Topor (en el cual está basada, bastante fielmente) la deja en una intentona pretenciosa y algo chuchurría. No me arrepiento de haber leído la edición de Valdemar (y volveré a ella si hace falta). Hay algo que odio elementalmente en los críticos de cultura y en mí mismo cuando considero que he metido la pata en lo que a ese oficio se refiere: La ignorancia, el prejuicio y, sobre todo, la falta de respeto (entiéndase: un poco de etiqueta, ostias).

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No hay madre ni enfermera que se precie de serlo o lo aspire que no quiera convertirme en su vástago o cobaya. De novias… la verdad es que eso en mí sólo es leyenda, urbana y hasta de pueblo.

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Lo reconozco. Hoy me he hecho socio de la biblioteca de La casa encendida. Acudí a una presentación a la que fui invitado y me puse a hojear libros mientras los protagonistas debatían en la mesa principal. Antes de recibir la, supongo que pertinente así como con algo de despreciativa, advertencia de una trabajadora del lugar acerca de la ley que impide coger libros durante las presentaciones (mi respuesta fue que tan sólo los miraba -¿Está eso prohibido? ¿Eh?-) di con Un amor de Uiq (Guión para un film que falta), publicado por la enorme editorial argentina Caja negra, del ilustre Félix Guattari y decidí, al término de la presentación, preguntar acerca de la posibilidad de obtener un carné. Aquí viene la cuestión en la que quiero centrarme. Al final del formulario debía decidir de qué tipo era mi minusvalía. Les aseguro que el hecho de ser minusválido ayuda mucho no en demasiadas cuestiones en este país, pero una de ellas, sin duda, es en cuanto a la posibilidad de acceder a la cultura (que no a la hora de obtener un trabajo gracias a ella). Bien, las tres opciones eran Física, Intelectual y Sensorial. Hube de tragar algo de quina para marcar la equis sobre la segunda de las opciones. Comprendan que, al fin y al cabo, soy alguien que ha manejado trabajos -si bien poco duraderos- como profesor de humanidades, creatividad y literatura del siglo XX (explotaciones aparte), e incluso he escrito algunos libros y tengo una página muy chachi en la red. Tras esperar diez minutos he visto compensada la realidad de mi minusvalía en cuanto a un plus a la hora de la fecha de entregar el libro. Iban a cerrar y le he dicho a la señorita que tenía localizado el libro, que sería cosa de, exactamente, cinco segundos. Finalmente he tardado seis. En fin, aquí estoy recién pasadas las doce y media de la noche, escuchando a Paco de Lucía, obteniendo diletantismo del libro de Guattari y compartiendo esto con vosotros. Buenas noches, facebookers.

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No se pueden imaginar -o tal vez sí- lo que disfruto de Derrida cuando se olvida de ser Beckett para convertirse en el Murphy de Beckett. (en referencia al libro Cada vez única, el fin del mundo).

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Alguien invisible ha echado un hongo en mi solución de ayahuasca.

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Llego a casa. Todo el camino ideando unos cuantos temas que desarrollar en mi página web, a quien, a menudo, tiendo a olvidar. Una presentación en donde se ha recitado (intentona en cuanto a la forma y pretencioso -y vacuo- en cuanto al fondo). Lo lamento. Estaba deseando que la cosa me gustase y para eso he ido. Tampoco soy nadie para evitar por mi cuenta la ilusión de quien empieza. Pero sí, en general, creo que hay que meter caña a la gente. Escribir es una vanidad que nace contigo, estate a su altura, es ese mi lema. Borrachería en un bar donde suele haber bastante marcha. No era el caso de hoy. He llamado guapas a guapas y feas y, finalmente, uno sabe que ayer alcanzó su cota reflejándose en los elocuentes ojos de una preciosidad que escuchaba. Ahora toca pillar cama.

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– Hola ¿Qué tienes hoy aparte de un pedo de la ostia?
– Pues te iba a recetar…
– ¿Cáñamo?
– No seas bruto… estaba… ¿Eh?
– ¿Estaba?
– Ah, pensaba en Zolpidem 10 mgs
– ¿Y qué son, supositorios? Dame jaco, tío.
– Que me juego la cárcel, ostias. Te daré ketamina.
– Ahhh, cojonudo.
– Te vendrá…
– ¿Bien?
– Sí.
– ¿Qué te debo de la consulta?
– 100 euros. Y pide cita a mi secre al salir.
– Oki.

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– Hola psiquiatra ¿Qué quiere que le cuente hoy?
– Nada. Prefiero que te desnudes.
(Me desnudo)
– Ya te puedes vestir.
– ¿Has visto algún síntoma raro?
– No. Te he hecho un esbozo. Es que he empezado a estudiar bellas artes.
– Ah, muy bien ¿Y ahora?
– Se ha acabado el tiempo, Ramón. Ve a pedir para otro día.

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– Túmbese. Le voy a psicoanalizar.
– Bien, doctor.
– ¿Te encuentras a gusto?
– No creo que haga falta que me toque el pene.
– Oh, ha sido un descuido. Procuraba escuchar… escucharte ¿Te encuentras hipnotizado?
– ¿Qué hace con los pantalones bajados, doctor?

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Creí que lo conseguiría. Que no sepa el qué no tiene la menor trascendencia.

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Han llegado discutiendo de la procesión. Un hermano le profería a otro haberse castigado más que él. El otro le ha enseñado un cristal roto pegado a su pie. Pues yo más, ha dicho el primero de ellos mientras mostraba un medallón de espinas adherido a su tráquea. Les he dicho que a quien se calmase primero le daría la torrija más grande. Ha surtido efecto.

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Supongo que fue mi momento. La lluvia era casi torrencial y la gente (esa cosa de muchos) bajaba y subía Argüelles a la velocidad de la retina, algunos persiguiendo autobuses. Yo iba de gris, como el día, con un paraguas prestado y que aún no he devuelto, dejándome tentar por la posibilidad de un café. Entonces siempre caminaba despacio y con la mente concentrada en escribir esto o lo otro al llegar. Recuerdo que un vagabundo me miró. Después entré en una tienda y compré pilas para el walkman. Molan los vadeos del tiempo que no traen nada extraordinario.

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– Hola, Sr. cura, venía a que me lavasen los pies.
– Pero, feligrés, eso fue ayer.
– Ya, pero estaba con el fútbol y ni me enteré ¿No me los podría lavar hoy? Que es que tienen tiña.
– No es lo correcto, feligrés.
– De verdad, que está empezando a salirme moho. ¿No sería usted tan amable?
– Si quiere, feligrés, le doy la tarjeta de mi podólogo.
– Pero es que yo soy muy cristiano.
– A ver, demuéstremelo.
– Mire, me santiguo.
– Bueno, venga, le haré un lavado profundo ¿La cabeza también quiere?
– Pues no me vendría mal la verdad. Y los sobaquillos si es tan amable.
– Ya puestos…

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