Notas facebookeras, empiezan por pequeños debates y alguna que otra pequeña polémica y terminan con el Día Negro en la Ciudad Condal (mediados de agosto de 2017)

En múltiples ocasiones me pregunto cuál, de entre mis amistades (casi siempre supuestas), falsea más la relación que tiene conmigo (ejemplos recurrentes: desatención premeditada en la que pudiera llegar a darse un acuerdo con terceros, ejercicios de labia en reuniones en las que no estás acerca de algo que, curiosamente, vienes a representar tú, intereses de codeo relacionados con espejismos de poder atribuidos o chantajes emocionales llevados de una manera velada -no siempre-). Les invito a generarse esta pregunta debidas las numerosas encrucijadas que trae (del todo absurdas y cuyo carácter es meramente lúdico, lo que no evita un interesante ejercicio de agilidad neuronal). En resumen: Siempre hay mucho hijodeputa.

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Uno, en su demonio, una vez acatado el derecho de el otro a enjuiciarle demasiadas veces acaba como abogado del propio demonio que guarda. No es algo que exclusivamente a mí me ocurra. Todos guardamos, no creo que solamente en occidente, esa constante fácilmente explicable con la continuidad de las palabras “acción” y “reacción”. El hecho de que mi tralla sea larga beneficia al abogado de este demonio que uno guarda, que todos guardamos, y que muy a menudo nos es odioso porque altera en demasía un estado que bien merecería la pena vivir desde la paz, como cualquiera, y como, no me cabe duda, es deseo de una gran mayoría. Recomendarme como enemigo es una cosa que no hago. Probablemente padezco las consecuencias de más enemistades que enemigos. Permito, no obstante, que al muro generado por el terror (el de la víctima -hablo de causas humanas que no deberían de necesitar matices y no de fruslerías ahora-) le dé por abrirse para no restringir manera alguna de experiencia (pongamos que sólo se vive una vez) y mataría ese demonio si no fuera porque necesito del abogado que con ambos convive y que, cosas del querer, el objeto de convivencia resulta ser uno mismo.

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El dolor es una institución donde la sombra no tiene derecho más que a mudarse en una nueva sombra. Pero “El loco era Leopoldo María Panero”, ese decrépito y genial dandi de lo ambiguo, ese que sobrevivió.

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«… ¡Espectros!… ¡Por el amor de Dios!… ¡Que yo vea un espectro, aunque sea uno solo! ¡Bien los he ganado!…». Gritaba el ilustre trágico Esprit Chaudval en el cuento “El deseo de ser un hombre”, del inigualable -al menos en su época- Villiers de L’Isle Adam. Por lo demás, de la imagen, rescato la boutade de Breton, subrayándola: tanta intransigencia para una decadencia tan insignificante.

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Bien ¿En qué estoy pensando? Lo diré, en mi querida maestra, teórica de la facultad donde estudié (bellas artes), Aurora Fernández Polanco ¿Andará mi querida Aurora enfadada conmigo? Bueno, es una pregunta que no le lanzo ni a ella. En primer lugar, ni en los últimos tiempos (donde me veo bien capaz de llamarle admirada amiga) ni en los tiempos en que yo era estudiante (de eso ha llovido ya) la vi enfadada. Tendí a verla como amable, absolutamente siempre, ignaro de cosas de la vida que podía tener detrás. Si bien primeramente fuiste un objeto de respeto (lo merecía su cargo como profesora de una asignatura que definitivamente encaminó mi rumbo hacia la inquietud por la vanguardia -no sólo artística-) luego en un objeto de persona que ha decidido serlo (y vaya si lo es). Pongamos que un velo cubría mi atención a la mujer que era, primando su condición de persona dedicada a la educación universitaria que premió mi trabajo (única vez en mi vida) con la nota más alta (si bien, en mí, lo difícil fue acaparar como mérito su consideración hacia mi trabajo; llegar, incluso, por mi parte, a considerar justo su juicio, no por ella, sino por aprender a valorarme desde mí mismo). Va a hacer un año tuve la posibilidad de quedar con ella para comer (sacar tiempo para mí) y una premisa que impedía ir a Selina (otra maestra -también ya amiga muy querida, a quien “no le da la vida”, nótese que el entrecomillado es porque le da, y sobradamente, a pesar de a buen seguro muchas cosas-) yo, en mi trasnochado juicio, di con el supuesto de que ella no acudiría, cosa que sí hizo, lo cuál convirtió mi gesto en un plantón (cosa que no se hace; añadir: menos a Aurora) que sólo justifica mi descuido. Y en esas que, ya ven, me acuerdo de las maestras, incluso me permito una pregunta del todo estúpida a Aurora en el azulita, que no tiene por qué responder -ni siquiera sé si se encuentra en España- y me digo: Pues claro que quiero veros, claro que quiero disfrutar de la conversación que me deis y la posibilidad que me brindaríais de mostraros alguna que otra cosa -por mucho que yo sólo quedé para lo literario-. Claro que me apetece daros un abrazo. Creedme, yo soy muy tonto y a veces, incluso, no lo parece, lo que a veces me supone incluso un lastre. A cambio de vuestra consideración el mundo literario se me hizo a la vez largo y ancho, grande y siempre, siempre pequeño. Como no puedo daros el abrazo en persona (y me refiero en tu muro también, Aurora) os lo doy aquí. Fuisteis importantes, pero más como personas que como maestras. Y lo seguís siendo. Y a ver si este año puede ser. No fallaré porque en mí la compañía es un festín que no me apetece perderme. Poco sé de vosotras últimamente. Deseo que estéis bien.

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No sé si es una virtud o no, pero son muchas las veces que me da por conceder altanería a la supuesta inteligencia de personas que escupen -no es retórica, pues a menudo no se cortan de lanzar insultantes prejuicios que no puedo saber de dónde les vienen- mi calidad más o menos humana y pensamiento con moralinas oídas en algún programa televisivo de cinco de la tarde. No es bondad, desde luego. Tras concederles razón a todo huyo de esa gente hasta no permitir que pueda darse una nueva visita a su conspiranoia, infantil la mayoría de las veces. El problema me surge de la facilidad para olvidar sus caras, nombres, presencias, así como las de las gente que tiende a rodearlas. Estas exhibiciones, denigrantes en teoría para alguien que se va a quedar muy ancho yéndose a pagarse un irish en el primer bar que encuentre y, por qué no, iniciar una charla con el camarero, me suponen cierta cura de humildad con mi pasado y la sensación de que, a pesar de demasiada gente oscura en este mundo que me equivoca con el atizable de la clase para ganar el respeto de los mayores en el patio, estoy más vivo que nunca (una vez dado a los primeros sorbos, también es verdad).

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Buenos días, facebookers. Hoy he venido soñando con cosas que no recuerdo ni quiero recordar. Con el primer café procuraba hacer recuerdo de quién fue el primer tipo que no había estudiado física que me habló sobre mi energía. Terminado el café, no obstante, veo mucho egregio de la poesía que, curiosamente, no ha acudido jamás a cursos de estética ni teoría de la filosofía en universidades donde yo sí hube de hacer tiempo en inmensas bibliotecas al amparo de unos créditos, pongamos en ellos resultantes de una biografía. Ni siquiera noción de música. Son quienes sientan las bases. Los creídos del poder sobre el humor (que cada uno comulgue con el tipo con el que se identifique) del mundo. Opinativos creídos de una policía moral que ampara su infinita sed de saber (debido a que, ay, no saben). Sobra la ley sobre la expresión en la edad de la opinión y las palizas a los conductores de autobús.

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Nuevas noticias sobre mi ano:
Quienes se dan a la contemplación en este muro saben de lo revelador que me ha sido padecer una fisura (micosis) en el ano y el hecho de abrírseme nuevos horizontes a través del percance de tipo místico en torno a una figura que en mi vida, si bien la usaba mientras leía a Hegel en el váter, me era muy desconocida. La exploración de mi ano por parte del proctólogo ha generado (un castizo jugaría con la gracieta (de)generado) toda una caverna cuyaexploración de nivel esotérico, incluso artístico, sugirió la provocación de la apertura en mi vida de mayores vendas perceptivas que mis contactos de pubescencia con el peyote o la dietilamida del ácido lisérgico. Si bien me trato yo mismo la cosa de las curas porque tampoco me es agradable que otra persona haga por mí y mi ano lo que he aprendido a hacer yo solito en el váter, el proceso, en un principio mágico, de curación comenzó hace semana y media a convertirse en lento. Si bien los ardores y picores parecían cesar, mis nuevas deposiciones no eran de ejecución agradable para quedarse ancho tras ellas. Regresaré al proctólogo en septiembre y se verán mis logros (venidos de unas recetas suyas). Aún sigue siendo pronto para dilucidar en torno a la salud de mi sagrado agujero negro, si bien el hecho de descubrirlo, de concebir que esa negritud desde donde yo esparcía alimento para mis amadísimos coprófagos es más que un útil en mi vida y en la de todos. Por favor, mandatarios de nuestras ciudades, muchos necesitamos una fecha en el calendario para salir a las calles de manera festiva con camisetas en las que pueda leerse: Yo y mi ANO estamos orgullosos de este asqueroso mundo.

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No es algo que necesariamente case conmigo, tampoco que me disguste, el hecho de ver las mitologías -las de este caso tienen tanto de dispar como de coherente- que despiertan entre gente de mediana edad descubrimientos que avivaron mi pubescencia como son los casos de Bukowski o Lovecraft (Lovecraft, que no conoció ningún tipo de gloria en vida -todas sus publicaciones son póstumas- más, bien es cierto). Así como no deja de serlo el hecho de que estos infantes terribles que ya tienen unos años (incluidas lecturas) a sus espaldas procuren fe (e intenten mostrarnos la sabiduría que profesan acerca de figuras tales) en esos demonios a los que, por cosa personal, de volver sólo lo hago por pura simpatía y recuerdo de mejores años (como claro que lo eran aquellos en los que uno era llamado “buen mozo”, al igual que ahora, pero con mejores razones).

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Hay veces en las que considero que no he de callarme respecto a lo que mi pensamiento genera en cuanto a estrellas de la literatura de este país que, más que de la pluma, viven del postureo. Si bien hice conatos de llevarme bien con figuras deseantes por nuestros niños como son los casos de Luna Miguel (chiquita lustrosa de apariencia frágil y, la verdad, maja hasta cierto punto), Lucía Etxebarría (flor de una noche en vela), Cristina Fallarás (cuyas ideas, antes del estrellato que le vino surgido con el affaire legislativo con su desahucio, eran similares a lo que me generaba a mí eso que viene llamándose “mundito literario” y que llegó a publicarme -gratis- en una revista desaparecida -para “honra” mía-), Vicente Luis Mora (de este, como es macho, puedo andarme sin tapujos: chulo y más aburrido que una nevera vacía), Espido Freire (amor breve, de profesión, coleccionista de tacones y de gatos -frivolidad excelsa-) y un etcétera no demasiado largo que cuenta con pequeños acercamientos a sus obras (no diré que sobrevaloradas, no), todas ellas terminaron en nada debido a orgullos venidos de su mano con respecto a mis opiniones blogueras al respecto de manías de cada cuál a la hora de darse a su oficio, unas veces de manera más colorista (payasista) que otras, donde aparecía el Cicerón en que uno ha resultado obtenidos ejercicios de lectura de inmensos y nuevos, casi siempre alejados de munditos literarios y tarjetas con un mail. Esto, cuando uno viene siendo nadie de cara a los abrazos de Christina Rosenvinge (lo más que hizo al verme fue chocar el codo, que era como procurábamos ligar los mozos de diez años en los cines de verano) y bien esforzado hidalgo de la nada (pero no de la nadería). Procuraron, ya digo, alejamiento del atentado de alguien, ya ven, que de vez en cuando se deja el lomo en ONG´s para ayudar a plantar olivos a niños con síndrome de down, cosa tonta donde las haya. He citado pocos, pero saben que volveré, cosa que a veces me apetece menos que otras. Y, de momento, aquí estamos, en el Facebook. La mayoría de celebridades que merecen una colleja son hombres, la verdad, pero esto se haría mucho más extenso y lo dejo para, a falta de una publicación remunerada, jugar en mi web, cuyo formato se da más a ello.

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Al parecer, debido a que ayer me dio por quitar hierro a asuntos relacionados con la lucha libre mexicana en el muro -bastante popular y de imaginería humorística- de un colega usando los del todo supuestos por mi excesiva imaginación (bien libre, no obstante) encantos de una señora que no conozco y que, según parece, es la pareja de un tal Paco Moral, una especie de señor cuya vitalidad pretende mayor señorío (dudoso para mí, que no lo conozco de nada ni me apetece) y, ay, poeta (qué necesitados andamos de la sutil metáfora en tiempos de guerra, no va a ser menos del señorío, por dudoso que me sea y así lo diga). Tras lo resultante de estos actos “vandálicos” que bien podrían darse en un patio destinado a párvulos, me entero a través de un amigo (lo es, desde luego, por mucho que yo no base mis amistades en una necesidad de interceder por mí que, al parecer, justifique mi supuesta mala cabeza) que el tal Paco quiere pegarme y, de pronto, parece entretenerme la idea de que este señor sea bien capaz de meter la cabeza de mi caballo ganador en mi cama mientras duermo. Disfrutaría mucho, la verdad, de disponer de tiempo (ocupaciones de índole familiar, nada graves, pero de las que debo ocuparme y el escaso ocio absolutamente concentrado en la prensa internacional) para desarrollar estos asuntos con detalle en mi página web (cuyas visitas han bajado de las mil diarias debido al tiempo que ocupo en este programa -la mayoría de las veces echando unas risas con colegas cuya distancia, y a veces ausencia de grosor en el monedero, evita que nos podamos juntar para tomar una cerveza-). Bien, es una encrucijada para mí, pongamos que nimia, debido a que mi amigo, que maneja una editorial en la cuál parece trabajar la pareja de Paco, que se llama Ana algo (no puedo dar datos acerca de derechos etc y si pudiera quizá no vinieran al caso -a lo que voy con este paréntesis es que no puedo saber hasta dónde llegan los intereses reales que conducen a mi amiguete a decirme cosas relacionadas con ataques en los que tiene que ver, pongamos, mi fermosa integridad física-). Bien, Paco, soy todo tuyo. Un objetivo facilísimo, ya ves, para un poeta de calidad cuya obra, así como vida y milagros, me la traen flojísima. Lástima no pertenecer a los seguidores de tu muro para acongojarme un poquito más con las perlas provenientes de tu envidiable coraje y, me repito, señorío y maestro en lo que toca a la realización moral de los demás merece. No mucho más que añadir, salvo que me insistan y regrese a sacar tiempo para ello. Un abrazo muy fuerte. Etiqueto a mi amigo (me corrijo, mi amigo no quiere ser etiquetado y me insta -debe de confundirme con un operario suyo- a eliminar la etiqueta), cosa que se me ocurrió por si existía la probabilidad de ser leído por tan pulcra mirada como la del hermoso Paco (el hecho de que sea indiferente para mí no quita del disfrute de tus seguramente muchos allegados). Insisto en el abrazo y, por favor, amigo-cuyo-nombre-a-petición-tuya-no-es-bueno-sacar-a-colación, no es mi mejor momento para lidiar asuntos relacionados con conspiranoias que tienen que ver con personas que no conozco. No dudo de tu buena intención, pero mi pereza es máxima a la hora de tener que buscar en otro muro, de cuya diversión participo, mis probables elogios a los méritos físicos de Ana (vistos de lejos, debido a colación de fotos de Paco y cuyo interés no me va más allá -nada más allá-) bajo tu consejo (que tampoco sé a qué viene, salvo a una presión a la que te está sometiendo gente que, desde luego, ni soy yo y poco tiene que ver conmigo) de borrarlos. Ahora bien, que venga Paco y obligue mis diatribas (les aseguro que muy lights) a aplicarme ese señorío transgresor relacionado con el apego a su pene, a decirme que me ponga de rodillas. Porque para nada. Reitero el saludo y buenrrollismo, no sólo para mi amigo (curiosamente tengo valedores cuyo crédito sí me creo, pero eso es otro asunto -asegura haber perdido amistades por la causa Alberto Masa, cosa que lamento-), sino para quien lo quiera.

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Nunca he tenido ocasión de visitar Catalunya pero, de haber surgido ocasión, no hubiera dudado o dudaría de hacerlo por lugar tan acogedor (lo conozco por imágenes, claro) como es La Rambla. Me es inevitable pensar en términos de coraje respecto al suceso de hoy, al que no creo necesario dar fe con ningún apelativo. Pensaría que bien podría quedarse muy corto. Por alguna razón, sigo pensando que iré a visitar esa ciudad tan bonita y universal. Lastimeramente será difícil no recordar lo sucedido hoy. En lo personal, no he sufrido ninguna pérdida cercana, lo que no evita lugar a la rabia y el abatimiento que trae no poder hacer nada más que mostrar mi solidaridad para con las víctimas de una guerra que tampoco merece apelativo alguno y de la que hablarán con mejor precisión las fuentes de información internacionales.

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El Papa Francisco ha declarado que El mundo está en guerra y que (no se lo pierdan) Dios llora. Ignaro quizá este señor de que las lágrimas de ese tipejo están fabricadas con la purificadísima lefa de Donald Trump como mínimo. Lamento soltar hoy esto en plan bravata pero, mirando opiniones sobre lo generado por cuatro subnormales profundos a bordo de una furgoneta en Las Ramblas, el aliento (el vital, que el otro pocos problemas ha generado en mi biografía) se me pudre de inservibles por qués e inquietos, bien débiles, para qués.

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Durante el transcurso de esta jornada -Día Negro- los habituales de la red agradecemos los mensajes que llegan desde la Ciudad Condal advirtiendo que se encuentran bien. No obstante, uno no puede evitar pensar en un hasta dónde va a llegar la comunicación, sin adivinarle el techo salvo quizá a la altura de un cielo hoy nuboso. Uno, sin querer, con cada notificación no sabe evitar pensar en la siguiente, la que no llega, quizá porque no puede darse por motivos que tienen que ver con lo que nos concierne. También ocurre que a uno le da por pensar la probabilidad del mensaje de, pongamos, una amiga, pongamos que también desconocida y, no obstante, querida, advirtiendo en su muro que no puede acudir a la notificación porque, es un suponer que en mi cabeza transcurre con una realidad que cobra fuerza a instantes, ha perdido un hijo o una hija y las noticias sobre su pareja desde el hospital al que acude presurosa son ambiguas. Hoy, quizá, no es el mejor día para pensar en lo concerniente a alguna de estas preguntas que me hago y gusto, diré que con abatimiento, de compartir acá mientras no sé parar porque mi atención ahora se encuentra en otra reyerta. En fin.

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