Notas de facebook a mediados de junio de 2017

Con ocasión de una expo que hice a finales del verano de 2002 o 2003 y en la que vendí 40 obras de 46 (y me las pagaron -lo digo porque no siempre ha sido así-), un ex jefe mío (dueño de una granja-escuela) y yo propusimos hacer juntos uno de los cuadros. Pasamos un monocromo color naranja al lienzo y colocamos en las patas de unos cuantos pollos acrílicos rojos y verdes. A continuación les dejamos pasearse por el lienzo, cosa que hacían medio asustados. El resultado de la obra fue que muchos de los espectadores aceptaron ver una especie de cara dentro del marco. No llamé a esa obra bajo el título que pactamos mi ex jefe y yo: Pollos haciendo lo que les sale de la polla.

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En mi presencia (Mi ex-jefe a una escritora de fama dueña de una escuela de escritura):
– ¿Darías trabajo a Alberto Masa?
– ¿Es este chico? Pues parece muy majo ¿Qué hace?
– Mira porno en el ordenador, se bebe todo el whisky que hay aquí y, cuando puede, se folla a alguna alumna en el baño, aunque, en su favor, he de decir, que es muy simpático con todos nuestros clientes y que todos le queremos.
– Pues no tiene pinta de eso el chaval.
– Es un cabrón.
– Pero espera ¿Este es Alberto Masa el de los libros o el de las maratones?
– ¿El de las maratones? ¿Quién es ese?
– Uy, un tío majísimo, que no hace nada de esas cosas que hace este delincuente. Eso sí, no nos cae bien a nadie. Le he doblado el contrato.
– Es lo que tiene.

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– Tía, jo, empiezo a creer que eres demasiado superficial.
– Sí??? Pues a ti te está saliendo una espinilla en la nariz. Ea.

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Dicen que soy friki porque me interesa la vida sexual de las abejas y de los ornitólogos. Un incomprendido, eso es lo que soy.

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En ocasiones el hecho de haber sido etiquetado como friki o cultureta es algo que me ha molestado un poco. Siempre, es cierto, según a qué y de quién venga la cosa. Me son etiquetas que, si bien es cierto, definen el interés que tuve -y conservo- por los tebeos de Batman o Lobezno, también hablan de un pubertino esforzado por averiguar qué se escondía tras las voces del Mientras agonizo, de William Faulkner. Aclarar que lo hacía cuando no estaba ocupado con deberes mucho más absurdos como aquellos a los que era obligado debido a que fui a la escuela (y luego a la uni). En fin que, digo yo, incluso me llamaban Laudrup en el barrio porque sacaba tiempo para pegarle a la bola. Añadir que han sido de las mejores cosas de la vida y que me costó mucho perder la timidez ante las mozas, cosa que hice. Adoro carne y sensibilidad, si bien no tengo trabajo. Siempre queda ser consciente de que aquellas lecturas e incursiones en los videojuegos, así como el flirteo con las drogas enteogénicas, me han hecho sabedor de que yo, friki, cultureta o ninguna de ambas cosas, puedo hacerlo. Puedo ser un Faulkner resultón, joder. O un Paco Umbral. Spiderman sé que no. Nada está reñido con nada, y siempre resulta vívido intentarlo. Aunque lo mejor era pegarle a la bola. Ya te digo yo que sí. Incluso mejor que muchas noches de ajetreo loco con chavalas ídem.

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Recuerdo cuando los reductos para vanidosos burgueses necesitados de que alguien se interesara por sus pobres letras tenían nombres como Escuela de letras de Madrid o Escuela de Humanidades, en cuyo letrero figuraba el afán de un currículum (aparte el hecho de recibir favores a precio de genocidio). Luego comenzaron a llamarse más en sintonía con lo que son (Léase Hotel Kafka), clubs exclusivos (aparte jurados de premios literarios) donde “intercambiar cromos” con autores que, más o menos, se sacan algunas perras por el hecho de figurar en antologías. Salí chorreando sangre, pero vivo.

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Recuerdo de un profesor de mi facultad (Bellas Artes) que nos repetía: ¿Qué hacéis aquí? Abandonad la facultad e iros a EEUU a contar lo caro que os salía ser artistas en España.

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Y sí, durante un par de días, quizás tres, dirán en tu pueblo, tras tu muerte, que fuiste un buen chaval, y hasta que alguien ha oído que te sacaron algún libro.

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“Cuando arrías el sueño, cercano a la embarcación,
bajo la astilla de la luna, al costado
de la vida, en esta
hora de pecios. Nada,

colgaba del pico de la cangreja, tan
en desamparo estabas” (Paul Celan)

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Mis likes los seleccionan los mosquitos que se posan sobre la pantalla táctil.

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David Bustamante está muy solo.

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Muchos títulos de libros me sé, quizá un millón o un millón doscientos mil, pero si con uno pudiera expresar mi momento e incluso figurarlo en una obra próxima, curiosamente -y puestos, decía Deleuze, a buscar un tercer sentido a la locura-, sería de Antonio Gala: El dueño de la herida (que no he leído).

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Fui obligado a firmarle un ejemplar de mi poemario al alcalde de Brunete, pepeísta metido hasta las trancas en Púnica, por un paisano que quería hacerle sentir agasajado. Escribí la dedicatoria a su dictado. Espero pueda tener tiempo de leerlo en la cárcel algún día, a ser posible prontito.

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El día que me dieron el teléfono de Paco Umbral
no dudé en llamarlo.
¿Quién es?
Hola Paco, te sigo desde que leí Mis paraísos artificiales.
¿Quién eres?
Soy Alberto Masa, el mejor escritor del mundo.
Colgó.
Un año después se murió en un hospital
y sus últimas palabras fueron: Las uvas doradas.

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Oído en el metro:
– Pero es que, además, Alberto Masa es un chico muy guapo.
– ¿Te refieres al de los libros, no?
– No! Al de las maratones.
– Jo, tía, estás enferma.

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Pensar por un momento que un like de él/ella es lo más cerca que vas a estar de rasgarle las vestiduras.

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Visualiza el episodio de la tragedia de Londres y cambia la cara de Ignacio Echevarría, el héroe (y vaya si lo ES) del monopatín -DEP-, por la de un Pérez-Reverte, un Joaquín Sabina o un Risto Mejide cualquieras de la vida. ¿Cuela?

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El martes en una caseta cualquiera de una editorial de la feria del libro:
– ¿Quién manda aquí?
– Yo no, ella.
– Hola ella.
– Hola usted.
– Soy Alberto Masa, el de los libros ¿Me contratas? Te pasaré buena mierda, ya sabes, nena. Te vas a correr viva.
– ¿Eres dealer?
– Algo así.
– ¿No tendrás un poco de curare para aliviar el malestar de mi alma?
– Hecho! Pero adelántame 500 pavos.
– Uff. Bueno, hablamos luego.

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Hace aproximadamente un año gustaba de imaginar a Torbe entonando I´m a Blackstar de Bowie en una celda de prisión.

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Lo que El exorcista no dijo lo dijo Rocco Sigfredi: te voy a introducir el alma de tal manera que se te va a salir el corazón por la boca.

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Os contaría cosas que, al igual que vosotros, he vivido. A veces las escribo en mi mente ¿Saben? Unas veces les doto a los dedos tecleantes de ellas y otras las guardo solamente para mí. Quizás un día salgan todas al unísono y pueda enviarle a un editor lo suficientemente generoso e intrépido una obra completa con doscientos y pico mil billones de caracteres. Empezaría contando, quizá, que sé lo que es tener una erección en el monte y pagarlo con la más delgaducha de mis cabras. Seguiría diciendo que sé lo que es el frío. Aderezaría ese particular costumbrismo con un hombre contando las decenas de gotas de agua que resbalan a lo largo y ancho de su roto chubasquero. Diré mentiras. Mezclaré lo que he visto y lo que no, y finalizaré diciendo que una puta que se enamoró de mí en Saigón me ha escrito un mail en el que dice que no me olvida. Quizá luego vaya a Saigón o quizá no. Depende. Lo más probable es que, tras surgir lo del mail, dé con un punto y final con el que dejar mi historia eternamente inacabada, para regusto de quien desee finalizarla llegada la página número catorce.

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Estoy sumamente orgulloso de haber abandonado la medicación antipsicótica, pues es lo que me permite regresar a la edad no tan madura en que yo aún empleaba el pensamiento. Estoy dolido por otras cosas. Lamento fallar a mi gente y echarle la culpa a la bebida. Hace poco me llevé bien con un empleado de una librería bastante carismática de Madrid. Fue una noche larga en la que, aún con la ayuda del uso del seso, me fallé. Algún recuerdo de su charla me emociona. Regresé a esa librería. Debí decirle que yo era escritor, que a veces hacía cosas de esas, aunque, como se sabe, cuesta mucho vivir de ello y, por suerte, su virtud trata, como toda disciplina artística, de no dejar de aprender de errores y andar en sintonía constante con el odio a la propia mediocridad. Me dijo que no me había buscado en el Google. Que se alegraba de que no fuera mi última noche. Le dije que yo no era Chet, ni Thomas, ni Boris Vian, sino solamente un pendejo malcriado. Rió. Ayer volví a sentir algo parecido. No me perdono echarle la culpa, en este caso, al consumo (cada vez más leve) de alcohol. No ahora. Nunca ahora que tengo el uso del pensamiento de mi parte. Un abrazo a quien lo quiera. Muchas gracias por pertenecer a mi vida, aunque en el 99% de los casos en que nos encontramos por aquí, no nos conozcamos en persona. Muchas gracias por todo tu apoyo anímico, e incluso moral, Marisa Bou.

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Acerca de meter hostias:
En verdad, a lo largo de mi vida, se sabe que uno es pacífico, he metido algunas hostias (pocas, debido a lo ya explicado, comparándolas con las que me hubiera gustado meter). Bien es cierto que la contención tiene buena parte de don, pero hay que ver lo a gusto que se queda uno cuando mete la gran hostia. Qué manera de quedarse ancho el meter la gran hostia, señores. Pues bien, una vez, se sabe que meterse en medio de una pelea con el fin de separar puede traer hostias de rebote, intenté separar a dos amigos y uno de ellos, queriendo o no, me dio una hostia, y uno, que mira por sí, la devolvió. Recuerdo que me miró como si hubiera tomado partido con el otro amigo. Pues no, macho, esta hostia te cayó porque tú me has metido una hostia, haya sido queriendo o sin querer. Pues no me lo ha perdonado todavía, el muy gilipollas. No me quedé muy ancho esa vez, recuerdo. Esa hostia no mejoró el estado de mi sistema nervioso pero, en fin, te la merecías, mamarracho. Haber apuntado mejor. Por lo demás, ya digo, a veces también me he llevado yo hostias, incluso sin venir a cuento. En definitiva, estoy en contra totalmente de las hostias, pero que a veces me pongo a pensar en mi pasado y me digo: Cómo hubiera cambiado todo de haber metido una buena hostia en el momento oportuno.

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Acabo de eliminar a todos aquellos/as poetas de Facebook que, en alguna de sus poesías publicadas hoy, han usado el verso “desnudando mi alma”.

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“A Alberto Masa

No te interrogues tanto
como capaz te eres de advertencias
para el caso y la noche que te ganas
al insomne solemne que eres, no
te pierdas el sueño apalabrado
de tu inocente genio ni te apliques
el cuento (de la pipa no se acaba
aunque termina aquí) ni cuentos donde
León Felipe ya nos dijo cuales.
Alimenta tu afán y en fe culmina
tu voz aún eres joven pero alta
literatura ya capaz nos llegas
así determinantemente grande
Alberto y te leemos y te alzamos
un altar de melódicas alfombras
para que puedan resbalar tus ojos
sin temor y pisar luengas virtudes
cardinales
Y rompe
y rasga
las vestiduras de quien eres sobre
todo feraz capaz distinto
¡y dignificanos con tu lenguaje!
Amén.” (Luis Miguel Malo)

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Soñadores es una película que va de dos hermanos que les gusta el cine y la política y todas esas cosas de las que se hablan en fb y conocen a un rubio que había ido a Francia y le dan casa y viven como dios y beben vino y un día resulta que descubren que al rubio le mola la tía y se ponen a darle al ñascañuscu y resulta que la tía, que está muy buena, todavía tenía el himen de no haberse estrenao. Pero les mola porque da igual todo y le dan cada vez más al ñascañuscu. Y luego el hermano de la chica que estaba muy buena se va a una cosa de política de chavales jóvenes y se lía porque es que todo esto de vivir como dios es una tragedia griega. No sé pa qué fui a verla. Lo que más me gustó, eso sí es verdad, es que hay de todo en la viña del señor y si te dejan los padres pues te tomas un vino y a darle al ñascañuscu.

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En un par de ocasiones que quizá sean tres no me he cortado en afirmar que la novela más sobrevalorada de todos los tiempos es El señor de las moscas, de William Golding.

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Tengo una colindante vecina mona pero que, a cualquier acercamiento a ella, como que pone un rictus que… benditas seamos las feas.

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Segunda crítica de cine, en esta ocasión de la película que acabo de ver:

Amelie Paulín era una chiquita mu salá, aunque un poco rara y se le ve que es probable que todavía no se haya rascao el chupichusqui, que ayudaba a la gente buena, pero así en secreto pa que no se enterasen que era ella y luego resulta que se encuentra sola y se pone triste, pero le sale al final un noviete mu limpio y se van juntos los dos en una moto. Es que a mí me gusta mucho el cine y las palomitas y eso. Ya lo he dicho. Bueno, esta crítica es para entrenarme solamente.

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Esto de vender 100 libros a la hora como que mola un poco. Hoy hasta, según iba hacia mi caseta, una de veinte me ha agarrado del hombro y me ha dicho: ¿A qué te dedicas? Y se me ha ocurrido decirle que soy peón de albañil, aparte de eso que hacen en la feria de firmar y tal obras escritas con el corazón, el pene y lo que los resume: el pensamiento. Me ha dicho que qué guay conocer a un escritor. Le he pedido que viniera, que habría aproximadamente una cola de trescientas fans enloquecidas. Me ha dicho que pillaba muy lejos. Le he contestado que era guapa. He ido a la caseta y allí me esperaban Mariseta, mis padres, mi editor y mi dentista. Me he sentado. No podía fumar. He pensado, por un momento, que mi vida era como la de Rambo. Luego se han ido todos a tomar una caña. He dedicado ciento cuarenta libros con un simple Alberto M. Ahora he llegado a casa. Todos duermen (incluida la loca de la casa, Mariseta) y me he mirado al espejo. Me he dicho lo mismo, ante el espejo del baño, que me decía cuando era un jovenzuelo de Valseca que salía a las fiestas: Otro día que no has follao, macho. Y me he abierto una lata de atún antes de acostarme con la conciencia del trabajo bien hecho.

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Hoy me ha dado una fuerte lipotimia en mi camino hacia la feria. Veía que no llegaba cuando, tras haber vomitado cuatro veces y sufrido un desmayo que me ha tenido cinco minutos en la corta acera de la Ronda de Valencia (los transeúntes han tenido la bondad de bordear mi cuerpo), he visto un oasis representado en una tienda de helados: ¿Tienes agua fría? ¿Cuánto? El precio era ligeramente menor que el de un paquete de tabaco. He aceptado leonino acuerdo y me he repuesto sentado en la Cuesta Moyano. A veces eso de dejarse la piel para firmar un solo libro (hechos reales) en la feria es algo que hacemos unos cuantos. Muy amable Guillermo Gutierrez por haber venido a adquirir ese ejemplar (con una birra fresca de regalo además). Gracias a tu gesto he comprendido que aún quedan personas con inquietudes literarias más allá del Patria de Aramburu. Y eso es mucho.

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Mi realidad en este piso madrileño me aporta libertad, amores y trabajo, lo cual es una gran noticia para mí. Por otro lado, mis vecinas colindantes, debido quizá a su juventud -lo cual, en mi opinión, debería ser acicate para una actitud contraria a la que voy a referirme-, alegando miedo (existe en algunas cabezas y llega a ser responsable de genocios), han optado por dejar de vivir una vida propia para ocuparse de la mía, lo cual me trae verdaderos quebraderos de cabeza, aparte visitas policiales a deshoras capaces de cogerme de la pechera en el umbral de mi puerta alegando un “ruido” que, naturalmente, no está comprobado con ninguna clase de medidor de decibelios. El vecindario empieza a manejar la posibilidad de que el juicio de estas jóvenes, del que hablan largo y tendido con todo habitante del bloque que se muestre dispuesto a escucharlas y consistente en la idea de que su vecino es un enfermo mental deshauciado de su familia (cuando ni soy un enfermo mental ni estoy deshauciado por nadie) pudiera llegar a resultar dudoso. Me es muy sorprendente y apena (ligeramente, pues no me estoy refiriendo, precisamente, a la actitud de un amigo del alma o un padre) que unas chicas jóvenes, en edad de merecer, dediquen su tiempo libre (que califican como escaso) a examinar mis bolsas de basura (en la última reunión se sacaron de la manga que estaba llena de cajetillas de tabaco, lo que, a su modo de ver, es gravísimo -ah, y alguna que otra lata de cerveza-, y eso que uno no uno no es diabético… de serlo, en lugar de un pobre necesitado de metadona sería, sin duda, enjuiciado en el dechado de estas precarias mentes como vendedor de alguna sustancia) en lugar de salir con amigos, echar un kiki que otro o, sencillamente, leer. Sumado el trabajo de ir casa por casa y la paciencia que empieza a requerir cierto sector del vecindario, llegado, poco a poco, al punto de pergeñar el embrión del pensamiento “¿No serán ellas las enfermas mentales y no un tipo que no conocemos y nunca nos ha abordado ninguna vez, si acaso, bien es cierto, habla del tiempo y sonríe cuando he coincidido en el ascensor con él?” Añadiré que aguantaré a pesar de las continuas llamadas de amenaza que hacen cada día tanto a la dueña del piso -bajo amenaza de abandonarlo- en el que viven (barato, advierto, y en pleno centro, por si es del interés de alguna persona humana) o a la mía propia, que tiene una vida y pasa de líos. Es denunciable la cosa. Lastimeramente tengo muchos testigos pero, debido a que sólo amigos, gente para la que colaboro -así como lo contrario- y familiares visitan mi casa, naturalmente, son considerados “parte”. En el fondo uno se dice muchas veces en noches de insomnio para sí aquello de Perdónalas porque no saben lo que hacen.

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Tras una fuerte comilona consistente en cuatro kilos de arroz a la cubana con su tomatito, plátano y los necesarios huevos fritos, la imagen del Mismísimo se me apareció y me dijo:
– Recuerda, hijo, que somos CUERPO y ALMAX.

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Sobre los cuentos con final feliz:
¿Qué mal les habrían hecho esas pobres perdices?

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