Nací (1977- ….)

“Habría que añadir dos derechos a la lista de derechos del hombre: El derecho al desorden y el derecho a marcharse.” (Ch. Baudelaire)

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Habiendo abogado por la antigua y muy consabida idea de ficcionar la historia y vivir de la confección, empezábamos a saber de nuestro pasado por las noticias de los adelantados. Era un pasado en el cual los platónicos nos habían ganado la batalla a los vecinos que, por otra parte, sólo podíamos concebir una derrota a la manera platónica. Procurábamos caridad por aquel entonces para la inteligencia y esto nos devolvía un recibo de información procurado, pasado de vueltas y embebido de un amparo que sólo podía ver color en el retiro. Sabíamos que aquello que éramos era esa cosa donde adaptábamos el foco para concebir el yo, y en ellas nos asumíamos ante lo difícil en una especie de claudicación hacia unos valores que aún hoy no podemos imaginar salvo cuando nos lo da hecho un sistema binario.
Las historias de amor están muy bien. Yo una vez viví una.

A todos nos había ganado aquello que se nos parecía al mundo y decidimos regresar a casa a buscar nuestras infancias en el bol de chococrispis, pero mamá ya no sabía dónde lo había puesto. Tratándose de una madre, hasta eso es perdonable; según el momento, claro. Mamá nos dice que hace mucho tiempo que no vamos a verla, que sólo vamos para que nos dé la propina y pague las deudas de nuestro negocio de manipulaciones químicas. Es cierto. Luego nos dice que éramos unos chicos muy buenos y muy guapos. También lo es. ¿Recuerdas aquella vez que vino a casa El hada del norte? Quién iba a pensar no sólo que existía. Quién iba a pensar que además era el jefe de Galaxia Gutenberg, por no mencionar sus trabajos para el FBI en Carolina. Todavía tengo la colección de DVD´s que te trajo. Si los pongo al revés se enfada y me envía cartas con los gastos de la comunidad. Mamá es así. Como ve reality shows y debates sobre el estado de la nación, cuando me presento en casa me cuenta los últimos greatest hits de personas inexistentes como Nasim, Giser, Anuoa y Sermel, entre otros dirigentes del gobierno de países también inexistentes.

Veíamos otra cosa porque estábamos ocupados. Nos gustaban las novelas de Heinrich Böll, por ejemplo. El barrio se había convertido en una cosa del pasado, un lugar donde se pasaba por encima del cadáver propio como una top sobre la alfombra de cualquier festival de cine, con fingida indiferencia y como de paso, como por hacer algo, con lo difíciles que son esos tacones. Veía uno hoy el colegio en ruinas y se decía pararse a recoger un poco de encuentro con algo reconocible, partiendo de la base -quizá sentimental, quizá idiota, quizá por lo primero lo segundo o por lo segundo lo tercero o lo primero o la propia base, en ocasiones demasiado aérea- de que lo reconocible hace a lo humano, pero lo dejó en una foto a través del móvil. Al día siguiente la colgó en internet y le dijo al mundo que eso es lo que había.

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Como si pararse en un espejo nos invitara a observar un reflejo de nuestra propia imagen, los hijos del pan de molde inaugurábamos nuestras biografías en un colegio y un barrio que esperaban de ellas una especie de entidad corporativa misma y ajena a un tiempo que la nuestra. Vivíamos en el Yo es otro o en el octavo con la abuela, y aprendimos que el Yo, además de otro, era un coso adusto y feo, y también algo que abandonaría el octavo porque la abuela, debido a problemas de defunción, ya no podía con el peso del alquiler. Todo ello ocurría mientras en el colegio experimentaban en nosotros las ecuaciones de primer e inicio de segundo grado. Inventos de los demás como la catequesis acabada, que nos había hecho hombretones cívicos, no evitaban que pegáramos al repollo de la clase, que no moría de tuberculosis como en los cuentos de papá pero sí se diluía en una vergüenza que más tarde curaría dejándose el pelo largo o tatuándose INDEX o similar en el cogote. Practicábamos el mundo e intuíamos la vida; que eran cosas mucho menos serias que aprovechar el recreo para jugar al fútbol.

Terminado el EGB mi madre miró otro colegio, que era de las afueras y en el que se hablaba inglés del fino, es decir, inglés en inglés o muy aproximadamente. Fue entonces cuando toda la family nos hicimos escritores, pero de culto. El vértigo que podía ofrecer el desencanto de luego nos hizo acopio de los únicos días inteligibles de nuestra vida. Él, por ejemplo, no era de los guapos pero cruzó con alguna chica interesada en el lugar de las experiencias psicóticas, y así todos poco, más o menos. Eran esas las ninfas que veía el narrador de Lolita y eran chicas normales y corrientes que nos conducían a los mozos hacia el bien, enrollándose con nuestros mejores amigos.

Nuestras cartas de suicidio eran lo mejor de nuestra literatura. Estaban tan bien puestas y siempre por primera vez las letras, que apartábamos la sien de la broca para grabar el discurso en un disquete e imprimirlo en ca tía Margarita, el día en que las dormidas de por medio habían desordenado ya el haikú y convertido en aprovechable para felicitar bautizos e incluso comuniones.

Después nos fuimos a las afueras, a vivir en casa grande. Ahí lo perdí todo y la conciencia también; pero la gracia más.

El paraíso es una cosa que está bajando la calle Chopera y luego hay que coger la línea 3 porque si no puedes acabar en el planetario.

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Afirmábamos nuestro origen con la misma razón que se utiliza para decir He visto el mundo y luego me desperté. Pero para escribir en condiciones hay que haberse hecho la paja por lo menos dos días antes. El otro día estuve en una boda y les dije a los de la mesa que yo era soltero debido a cosas relacionadas con el amor, pero también escribía, aunque eso fuera por relación con otras cosas. Me preguntaron que qué había publicado y les dije que cualquier cosa en todos los sitios y a cada segundo. Ellos eran todos compañeros de carrera de la novia y ya habían acabado resultando bioquímicos. Empecé el caldo ese que ponen con arroz y el toque pensando que era sospechoso que me sentaran con bioquímicos. A pesar de mi arrogancia me trataron amablemente. Los camareros, mientras, me vigilaban y pasaban informes de las cosas que decía a las otras mesas.

No era gran cosa, el testimonio, y los invitados lo sabían. Hablé de la decepción, considerándola de antemano un objeto recreativo con numerosísimos precedentes en la historia de la mesa y el resto de las cosas que le habían pasado a la humanidad. Pero todo aquello no había hecho más que empezar. Después de eso noté que, llegados los puros, mis compañeros bioquímicos los encendían con escaso tiento, chupando la boquilla con el morro inclinado hacia el interior y echando el humo con una velocidad consistida en terminar la hoja, en un laburo más similar al de fumigador, dejando la colilla echada sobre el plato del postre e iniciando después una charla sobre la costumbre, el mérito y lo bueno. Yo fumé casi bien, y uno de los camareros tomó nota de ello e incluso vi cómo escribía un 7´5 en la bandeja que habría de enseñar en cocina para ser distribuida en nuevas servilletas con perfume a las mesas, en exceso descreídas de mi pacto de desacuerdo crítico acerca de dos películas que me había bajado del emule hacía tres semanas, y que había reseñado como: se dejan ver.

Había advertido, no obstante, que no eran mías las palabras en relación al sentido y sí de un apadrinado de mi tía, que presenta libros propios en lugares de ocio y cultura distribuidos por países de lengua hispana, perfectamente hombres, mujeres o animales como, añadí, todo hijo de vecino. Así pues el apadrinado daba forma a su ejercicio robótico enviándome como objeto presencial a reuniones de carácter más o menos personal como la que se daba cita e incluso celebridad, y lo expliqué sin entrar a discutir esos ni otros conceptos. Cuando terminé, dejé la colilla donde todos.

El “ello” existe como y por error, había añadido otro primo de la casa, el Baudelaire de la familia, del cual yo existía como ello, mientras el que sacaba los libros con su nombre era el apadrinado. Pero es que nosotros los comprábamos, éramos así de gilipollas y las primas y hermanas más. Éramos el nosotros de la casa y el ello el puto libro que se iba a presentar el miércoles. En eso el Baudelaire de la familia estaba en todo lo cierto, pero era un memo y se quería retirar a Tánger; habiendo opio en casa. Menudo gilipollas. En la casa grande cabía todo, y un huerto claro donde madura el limonero también. No sé por qué querían sacar libros, la verdad. En un principio creí que era cosa de mi tía y el apadrinado de los cojones; entre ambos ganaron quizá mi precio, convirtiéndose ellos en valores y haciendo una vida inversa a la que yo llevaba, al fin y al cabo, también poco común, artificiosa y con el lujo ya pagado, yendo a bodas en su nombre, dejando testimonios y declaraciones siempre inocentes acerca de nuestra intimidad, mediando en colaboraciones de interés neurológico y, todo ello, haciendo uso de opiniones asentadas en la diplomacia, calculando, al tiempo, la calidad de informe de los paranoicos. Y el Baudelaire en casa, mientras, tocándose los huevos. Eso no era vida.

Mi primo y posible hermano de madre iniciaba la presentación del libro, mientras, diciendo: Aunque os haga gracia es cierto que tengo problemas en casa por la cosa de escribir las autobiografías de mis familiares, efectivamente, se las toman por el lado personal, sí, incluso cuando las escriben ellos. En el cartel de entrada del Lugar de Cultura elegido ponía: Si no ves al primo, vete. Asistían todos y cabía la posibilidad de alguno no contratado, pero yo estaba en la boda aún y, también es cierto, pese a ser bioquímicos y algo tirando a fascistas, mis compañeros de mesa cada vez me caían mejor.

Fue pocos días después, aún durante la boda, cuando uno de los jefes de la mesa de al lado, presentado ante mí como “co-amigo y socio del Baudelaire que se corta las uñas en tu casa”, me pasó la nota que transcribo, permitiéndome no obstante añadir que no hubiera podido haber aguantado demasiado más tiempo en ese lugar y una observación permitida por mi alerta vigilia acerca de la imposibilidad de desordenar los propios cubiertos, una vez asidos los de los demás y señalándome, en una broma que me atrevo a considerar de caprichosa y de acierto más bien escaso. Sobre todo para El ello.

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Fotografía de Javier Reta

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