Miscelánea de enero

Una de las mayores rarezas que he leído este año lo conseguí en verano, aconsejado por libreros que rara vez se equivocan conmigo y recién calentito de la editorial Underwood (que ya me había sorprendido con NOG, una de las lecturas más destacables de mi pasado año). Apenas se queda en un opúsculo si nos saltamos un estupendo prólogo introductorio firmado por Javier López González. Curiosamente el planteamiento procesal (la pasta de la cuál está hecho este opúsculo) es el de una novela en toda regla con planteamientos que pudieran haber dado mucha más producción de sí, ni mucho menos el de un cuento o algo similar. Es una novela condensada, casi río, deja con sed aposta. El argumento enlaza con lo que parece haber sido la biografía de un autor la mar de original, de aspecto ubuesco, dado a ciertas irracionalidades para pasar el rato y, no obstante, buen observador. Pareciera llamar a la vez a la carcajada y el esperpento, pero simplemente finaliza, ya digo, con un planteamiento de novela-río, autobiográfica, pero con pie y medio metido en la ficción, en la que apenas ha llegado a introducirse un ambiente suficientemente denso, cierta sensación de opacidad que hubiera logrado crear un marco más convulsivo sucesivamente, lo cual me parece reprochable al autor, un tipo malogrado, justificado en una introducción definitivamente brillante, que convierte la promesa de una gran obra en una especie de, si se me permite el símil, eyaculación precoz. Y, sin embargo, no veo el momento de que nos lleguen más cosas del autor. ¿Alguien sabe algo?

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Recuerdo que hace aproximadamente un año. El piso era un chollo y mi labor por conseguir fue hacer oídos sordos al estilo de vida que mis vecinas (unas chavalas de unos veinte años que decían estudiar y trabajar) entendían yo llevaba, haciendo partícipe de esas proyecciones a todo vecino dispuesto a ofrecer tiempo a sus relatos -que entendería desfasados con el paso de los meses- de mis aventuras (o desventuras) en las que retrataban a un ser despreciable y peligroso. En el barrio era conocido en muchos establecimientos donde hacía cosas normales, como cortarme el pelo, beberme una caña, hacer algo de compra y poco más. A veces me permitía comer de menú, era algo que, como mucho, podía hacer una vez cada dos semanas. Elegía, casi indiferentemente, entre un asturiano y un gallego de la zona. No sé por qué había pedido salpicón habiendo sopa caliente, pero me encontraba comiendo de eso cuando la conversación de mis dos vecinos de mesa empezó a dominar el resto de sonidos que se daban bajo una especie de carpa donde se podía fumar. Hablaban de negocios. Uno había sido contratado por otro para concederle el visto bueno a una inversión, que era de lo que al parecer vivían ambos. Sus historias me fueron enredando. Hablaban de quién caía y quién no lo iba a hacer. ¿Entonces lo hago? Dijo el interesado en el consejo del otro. De veras procuraba no escuchar. Las cifras de las que hablaban eran sólo asumibles por mi imaginación y su aspecto era el de chavales de mi edad, viejóvenes vestidos informalmente. Siempre se me dio regular la economía, si bien trabajar para gente a cambio sólo de su beneplácito amistoso es algo que abandoné hace mucho tiempo. Llego a mis cifras, a mi manera, y si una empresa me cuadra de cara a sacar algo en claro y cubrir gastos entonces me implico, preferentemente con un contrato que lo avale legalmente, cosa que me ha sido ofrecida escasas veces a lo largo de mi vida. La respuesta del asesor fue que no las tenía todas consigo. Hizo que me preguntara en qué consistía su acuerdo, en el cuánto. Es algo que desde hace diez años siempre quiero dejar claro en mis ficciones. Una respuesta monetaria a la vida de los personajes. Un de dónde lo sacan para poderse permitir hacer las cosas que hacen, algo que, desde luego, nos es vago en una novela como En el camino (de Kerouac), así como en el resto de su producción. Finalmente, llegado el café a ambas mesas cambiaron de tercio y el interesado habló al asesor de una chica que había conocido por internet. Le dijo que estaba loco por follársela y que iría a su zona (no recuerdo qué ciudad de Galicia) en cuanto pudiese. Matizó que ella lo mismo se creía que se iba a ir a vivir con ella. Yo movía la cuchara y podía oír cómo el asesor asentía. No hablaron de nada que molara. Quizá ambos hubieran sido mejor admitidos por las cotillas de mis vecinas de al lado. Mi manera de comer fuera y solo incluía introducirme en conversaciones ajenas. Evité imaginarme cómo serían sus hobbies. Procuraba vivir mi vida y no resignarme a ser esclavo de la excesiva imaginación de esas vecinas y su afán de compartir esa desgracia en la que habían caído de tener de vecino a un tipo poco deseable. En eso se convirtió mi afán de dar un perfil bajo en el vecindario. Los inversores pidieron al camarero un chupito de hierbas. A mí no me apetecía nada. Pagué los acostumbrados 10 € y procedí a idear mi salud a medida de mi escasez económica. Los monstruos suelen ser muy baratos. A veces tienes la sensación de existir a sus ojos. Y lo barato es caro.

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Mi librera en Segovia, a principios del diez, estaba harta de la vida. Decía no comprender nada y querer comprender menos aún, lo cual me llevaba a invitarle a la creación de un blog o el uso de Facebook. A un tiempo de eso me felicitaba por tener la visión que ella pensaba de los libros, a los que denominaba “inversiones”. Serás rico, me decía, y me preguntaba por los libros que había de tener una buena librería. Sí, hazme una lista, por favor. Y continuaba: Los conseguiré todos. Yo no entendía nada. No entendía nada y cada vez quería entender menos. Mira, quizá estuviésemos hechos el uno para el otro. Su librería se la quería dejar a sus hijos pero, hoy día, no existe tal librería. No existimos, estimada librera. A saber dónde estás tú. Yo, desde luego, no sé dónde estoy yo. No, tienes razón, en lado alguno.

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Anita me pregunta que dónde me duele. Quiere que vaya al médico. Yo le digo que no lo haré. El por qué es porque no. Anita odia ese por qué salido de mí. Mucha gente no iría. Estos días pasados el estómago, hoy la parte derecha del pulmón. Anita me dice que más de diez cigarros al día ya es mucho. Calculo cuántos fumo aproximadamente. Anita me dice que es imposible que fume menos de dos cajetillas. Sí, ella lo dejó, aunque alguna vez ha compartido un cigarro conmigo. Deja de fumar y ve al médico, ve al de cabecera y que te consiga cita para el día siguiente. ¿Te crees que no pienso en qué pasaría si me pasase algo? También voy a veces al baño ¿Y? Pues que pienso, también en ti, eso es lo que yo le digo a Anita. Todo para que ella vuelva a repetirme lo mismo en el momento en que estoy dispuesto a encender otro cigarro. Con esto se pasa. No, con eso no se pasa. Anita siempre tiene alguna anécdota que muestra que con eso no se pasa. Y yo me pregunto que si de veras me pasara algo, como le ha pasado a tanta gente, entonces ya olvídate, me digo, de escribir más libros, por si alguno llegase a mano útil, cosa que nunca pasó o casi nunca. Y también olvida los libros que tienes a medias, muchacho, los que empezaste a leer un día. Bien, finalmente enciendo el octavo cigarro del día. Sí que cogiste el vicio tarde, pero bien que lo cogiste, me dice Anita. Y yo no toso. Le digo que vería las estrellas si lo hiciese. No se lo he dicho a nadie más y ahora lo digo aquí. Porque, Anita, no pasa nada. Nada. En serio. Y si pasase… tampoco pasaría nada.

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Hoy he visitado a mi nuevo psicoterapeuta (es la segunda vez que voy). De entrada me ha confesado que era un ferviente seguidor mío en Facebook. ¿Has notado algo? Ha preguntado en el momento de hacérmelo saber. Es que voy de incógnito, se ha explicado. En Facebook soy rubia y contacto con todos mis pacientes. Bien, he dicho. Quiero confesarte -ha continuado- que tu exposición de libros es exagerada y que estoy muy enfadado con tu actitud, muy dada a cierto postureo de niño culto. Es más joven que yo, sin embargo, le gusta llamarme niño. Yo también leo, dice. Parece ser que el nombre por el que se ofrece a tratar a sus pacientes a través de la red es un misterio. Podría ser -ha matizado- cualquiera de tus contactos. Acto seguido ha dicho que procurará no deprimirse, pero que ha empezado a leer un libro que puse bien hace tres días y le ha cascado un suspenso en Goodreads. Sí, has dado con el infierno. Y, finalmente: Ahora, si es tan amable, regrese la próxima semana y concédale el checazo a mi secretaria. ¿También está en Facebook? He preguntado. Uy, ya sois íntimos, he notado -ha apreciado- intercambiáis saludos en tu muro constantemente.

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Con gran desilusión me dijo que no podía venir, pues iba a tomar el café a casa de su psiqui, que era guay. No pude por menos de sorprenderme ¿De veras llamas psiqui a tu psiquiatra? ¿Y vas a su casa a tomar el café? De veras, me es extrañísimo, sugerí. Ella me dijo que su psiqui es lo más guay del mundo. Eso también me choca, respondí ¿Calificas de guay a tu psiquiatra? ¿Se lo dices a él personalmente lo de guay? Ella parecía horrorizada con mi visión. Dijo que algunos domingos quedaba con él en su yate. ¿Yate tuyo o de tu psiqui? Mi psiqui tiene dos yates ¿Qué pasa? Y sí, voy con él algún que otro domingo. Tomamos el brunch mientras él conduce mar adentro. De veras, le dije, es lo más extraño que he oído en mi vida. Perdóname, continué, mi psiquiatra es alemán y nuestro trato es de usted, cuando no de señor. Mi psiqui, continuó, me rebaja las consultas porque va con los horarios anuales del Corte. No pude más e hice LA PREGUNTA: ¿Cuánto te cobra tu psiqui por una sesión de tres cuartos de hora? No la respondió, es más, se mostró ofendida. De momento, sigue sin hablarme. No saben lo mucho que es de mi interés la información que me oculta.

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He visitado, coincidiendo con un nuevo periplo navideño, un psicoanalista. Me ha hipnotizado con un péndulo y he podido ser consciente de algunos momentos de la conversación que le he trasladado acerca de mis problemas vitales, los cuales él se encargará de solucionar. Esto es: No me gusta una mierda cómo juega el atleti ¿Los viste el otro día? Ocho defensores y un único centrocampista, que es Griezmann, aparte el delantero de turno, que no la huele. La verdad, no me gusta nada el fútbol de El Cholo, doctor. Gameiro, por suerte, no vestirá nunca más la camiseta del atleti. El otro día tenía solo a Saúl a boca de gol y culminó con un disparo sin mirar a las manos del arquero. Creo que el Cholo no ha sabido, a fin de cuentas, gestionar la lesión de Carrasco, y no veo a un Costa de 29 años como la solución goleadora del equipo, por mucho que sí podría ganar en velocidad de medio del campo para arriba.
Una vez despierto, mi nuevo psicoanalista ha elaborado un serio tratamiento denominado: Aúpa 4-3-3, un once en el que Thomas y los últimamente bastante ausentes Saúl y Koke asisten a los de arriba, eso sí, siempre con ausencia de rematador. Yo tampoco doy crédito -ha expresado- a lo que puede dar de sí un fichaje como Vitolo de cara al sistema (¿Se le puede llamar así?) que el Cholo maneja. ¿Gaitán? Que se vaya a su pueblo.
Poco puedo añadir, muy feliz de encontrarme con este nuevo psicoanalista. Al menos escucha.

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Hoy he contactado con mi psiquiatra -el de toda la vida, esto es, no esos otros que me invento para crear chistes fatalistas acá-. Sinceramente, creo que su perfil no tiene nada que envidiar a los de aquellos que responden a mis retratos jocosos (en los que, creo necesario decirlo, salgo perdiendo equitativamente). Mi psiquiatra es un tipo la mar de aburrido y le cuesta despertar a una cultura que no sea elitista, aunque trascienda (Kafka me parecería un buen ejemplo de no haberse convertido en cliché). Mi intención era convencerle de que, debido a que no me encuentro anímicamente en un buen momento y sumadas reiteraciones en cuanto a ataques de pánico que ataco con benzodiacepinas a las cuales he asumido una tolerancia importante, me era necesaria una respuesta de cara a asumir un tratamiento con anti-depresivos, medicamentos sobre los que he obtenido experiencias irregulares y en los cuales deposito poca confianza. He reseñado especialmente el hecho de que me asumo como una nulidad de cara a adoptar una aptitud creativa y temo que este aspecto, de consecuencias muy negativas para mí, pueda resultar reforzado venido el ansiado tratamiento, que aceptaría. Agua de borrajas a pesar de mi declarada intención de dejar de lado lo que pueda ocurrir en el terreno libidinoso. El hipnótico Dormodor, que no uso porque no creo en su efectividad y vengo observando me reporta leves (aunque suficientes) dolores de cabeza, es la solución que se le ha ocurrido para paliar ciertas adicciones a hipnóticos más de mi agrado como Loramet o sucedáneos y Zolpidem. Eso sí, creativamente me ha llevado a la ilusión (completamente vana) de reescribir mi versión del clásico de Schrebert Memorias de un enfermo de nervios, en el cual introducir mis observaciones diarísticas a un caso que él ha obviado. Quizá con ello logre que se ría un poco. Y lo haría en base a un texto congruente venido de un diagnóstico suyo. A propósito de Kafka ¿Es el psiquiatra de uno su Sr. Klam literario?

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