Marisa Bou, la escritora y yo

Leo a Marisa Bou en lo que la cena se hace. Veo una inocencia de vivaracha que ha trasgredido la pena de saberse, ella dice que inútil, ella dice que fea, ella dice… Mariseta ha bajado a por tabaco y, mientras, la leo y me surge dedicarle a ella el día de la mujer escritora. Procuro salir de mí. Entrevisto su ser lleno de gratitud y le hablo de Clarice, le digo que la Zürn inventó el mundo, que la sonrisa de Diane Keaton en cierta escena de Manhattan emula el carisma de mi profesora Selina Blasco. Le digo que aquellos que ven superación y genio en las obras de Mohamed Chukri poco saben de la existencia de Helen Keller, de la manera de acariciar una nube de este regalo de la humanidad que saca constantemente la lengua a un Hades de tiro de feria. Le digo que, en una ocasión, Agota Kristof me dirigió la palabra y en sus manos gastadas de fábrica y lenguaje me salvé de la evolución en mí de la locura. Me cuida porque estoy enfermo. A veces alguien viene y Marisa pone el café. Ella habla bajito, desliza la conversación hacia quien es (salvando una ida de olla en que se cerró en banda con ocasión de la visita de mi amigo AÁV). Marisa, no soportando la fe, tiene más fe que nadie que yo haya conocido antes. Mientras tecleo ella lee el tratado de ateología de Onfray, que anda por aquí y se dice humana en cada convicción de que la fruslería existe y que el poder es la luz que sale de la bombilla (cuyos vatios no dejan de funcionar) sobre la que gira la más predadora y débil de las moscas. Le hablo de la sutilidad con la que elevaba las conciencias el abrigo de pana fina que moraba en la voz de la Nobel Wislawa Szymborska. El ascensor ha parado en mi piso y no sé si vendrá cargada. Tras regresar a mis teclas oigo un portazo en el pisito de la derecha. Se trata de Paz, una jovencita algo sobrada que, la primera vez que la vi, me dijo que era escritora. Lo de escribir es una cosa que somos todos y nadie y, claro, la era del protagonismo necesita reparar deudas con el terror constante que nos enseñan los medios (administración y gobierno destinados a lavar el cerebro de las personas). La Bou ha nacido para no perder la cabeza por el hecho de que el afán de información sea barro blando en manos de un niño de seis años al que se le ha ido un poco la taranta. He ahí enfermedades de este tiempo como que se celebre, de manera minoritaria, el oficio en la mujer de juntar palabras. Marisa tiene un amplio lenguaje. No ha podido adquirir oficio, cosa que atribuye a mi manera. Yo le digo que se calle, coño, que voy a cantarle un bolero de Álvaro Carrillo. Me pregunta qué es la mujer. Yo ya no sé qué hacerme. Le digo que la voz de Chet Baker y el discurso de Diotima en Platon, lapidario, componen una columna donde los sexos son una sola herramienta, una cingla hecha de humo, a la que, indiferentemente llamo Dios, belleza, Amor. Marisa me escucha. Dice sentirse feliz. Dice no ser escritora, pero no ceja. Marisa es el día en la señora que ha vivido de cerca y sigue el desprecio. Eso somos. Eso reímos Marisa Bou y yo mientras el móvil suena. ¿Otra vez te llama Herralde? Descuida, que no se lo cojo. Antes de nacer yo, el último de sus cinco hijos ya le había regalado a Simenon y a Philip K. Dick. Ella se sienta en el sofá en nuestros ratos y me dice que todo lo que escribe, en realidad, lo ha aprendido de mirar el CSI. Anda investigando, como Monsieur Poirot, una serie de asesinatos, en la idea que ella tiene de proyecto, la inocente muchacha que se tragó un agujero cuando perseguía al conejo. Contienen los conejos la inmediatez de los nervios y por eso son tontos, así como imprevisibles. Me pregunto si algún otro animal equivale a ellos respecto a viveza. Opino que la idea fija es una insistencia de principiante, necesaria, como en todo oficio, y que a andar uno aprende andando. Es el momento en que ella me dice que deje de tropezarme. Lo pasamos bien. Le enseño la foto de una especie de folli y me dice que yo merezco más. Mi verdadera mujer es ella. Se trata de una brujita más tozuda que la Arendt, de quien no para de hablarme en las noches. Si bien incluso en la fe hay que discernir entre una buena y una mala fe, en Marisa roncando aprendo a hacerme amigo del sueño. En las mañanas siguientes me encuentro con que ella habla en facebook de que ronco mucho. No te preocupes, me dice, eso es síntoma de que duermes. Lo necesitas tanto, añade la escritora que reside en esta niña de setenta años, cocinera y madre que a veces me dice que aquí o allá me he ido por las ramas o me he tragado una coma. Le hablo de los libros perdidos, de la vida pobre de Lucía Joyce. El padre le dijo al psicoanalista (un tal Jung) que por qué ella. Y el psicoanalista le dijo que es que donde él nadaba, la buena de Lucía se ahogaba. Al parecer, el autor de Dublineses se encontraba escribiendo esa especie de fábula moderna en cinco idiomas llamada Finnegan´s Wake, que cuenta, absurdamente, con traductores e incluso lectores. Para el pensador literario Piglia lo del que nada y el que se ahoga es la más verdadera definición de arte que ha oído nunca. Lucía emulaba la escritura rota de su padre mientras pensaba en un chiquito muy mono que le hacía de secretario. La vida de Marisa es la de alguien que ha permanecido para no ahogarse y, sin embargo, le brillan los ojos cuando ve rebosar el agua de un alcorque a finales de septiembre. Me mira. Le digo que me quiera. Me dice que nunca había estado tan enamorada. Le digo que soy feo. Me dice que ella más. Le digo que no se muera. Me dice que me calle y que sea yo, que sólo sea yo. Me abraza “¿Pero qué han hecho contigo?”. Me llama genio. Y ahora soy yo quien le digo que se calle. Sabe Mariseta eso de Emerson que cita Proust en Los placeres y los días que viene a decir, cito libremente, que nos debemos a la entrega (de una cosa que el hombre y la mujer han dado en llamar alma) hasta el final, debido a que las cosas más bonitas que nos pasan (Emerson se refiere a las historias de amor) sólo pueden ser suplantadas por cosas aún más bellas. Me mira. La miro. Me lee. La leo. Llora. Lloro (No importa el orden, pues no altera ninguna suma). Hoy desperté sobre las cinco de la tarde, pues ando reposando debido a un virus, y la he deseado feliz día de la mujer escritora. Ella dice que no lo es. Si bien sus imágenes son precarias, su vida enmarca la intensidad de alguien que vigila, indiferentemente búho o gacela, que no ha pasado por la vida para verse y que, de casualidad, una cosa que escribí un día vino a caer en sus manos.

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