Los Reyes Magos de Oriente (5 de enero de 2019)

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Despertar no se parece demasiado a una mala noticia. En principio que uno sepa no hay necesidad de asistir a ningún nuevo tanatorio a dar abrazos a primos a los que no ves desde que cumpliste la edad de seis años. Estás solo en casa y calientas un café en el microondas. Lleva suficiente tiempo hecho como para desprender un poco de moho, apenas se nota su sabor. Recuerda que has echado en la taza cuatro cucharadas de azúcar. Afuera hace sol. En el ordenador no hay ninguna nueva notificación, al menos referida a ti. Sí hay un whatsapp de mamá con una de esas frases motivadoras que personas como ella se encargan de hacer virales. Llamo a A. No lo coge. Llamo a B. No lo coge. De la última vez que llamaste a C sólo pasaron tres días. Fue una charla agradable. No es cuestión de atosigar a nadie. Cojo el libro que estoy leyendo ahora. Página 100. Vaya, los números redondos están bien para situarse. Es una historia que prometía más. Lo dejo. Hay alguna que otra brizna de polvo en el salón, no obstante todo parece bien ordenado. Un cigarro. Una ducha. Doy los buenos días a un contacto de facebook. Mi pueblo es muy grande, Madrid es muy grande, España es muy grande, Europa es muy grande, El planeta Tierra es muy grande. El universo es muy grande. La galaxia es muy grande. El trayecto hasta la calle es tan grande como intentar comprimirlo en un solo pensamiento. Lo dejo. No hay nadie. Suena el teléfono. Es una desconocida que me pide dinero. Cuelgo. Sólo quiero que parezca que no estoy demasiado solo. Sólo quiero que en las redes sociales nadie tenga que decirme que me compre una vida. Avanzo. Estudio maneras de irse inocuas. No parecen a mi alcance. Lo dejo. Llamo a D. No lo coge. D me dijo en una ocasión que nadie besaba como yo. De una boca a otra hay cien mil millones de maneras distintas de imaginar que besar sirve, que un beso sabe a algo. Borro a D de mi listín. En la calle hay menos historias aún que en el libro que no ha terminado de atraparme. Voy por la página cien. En casa hay demasiados libros. Siempre que bebo termino bebiendo demasiado. No hay opciones. O sí, pero siempre son pocas. Uno de los contrarios del amor es la ambición. A diferencia del amor la ambición crece a cada momento. Si yo fuese tan grande como lo es mi casa también me compraría una vida. E está comunicando. F siempre cuenta la misma historia. Se siente culpable cuando me suministra aburrimiento. No sé mentir. Tampoco llamo a G. G insiste en que soy acojonante y en que me lo crea. Dice que debería venderme mejor una y otra vez. Nunca he pasado por el aro. Hace mucho que no lloro. Ojalá llorar y desatascar el pecho. Suena una notificación de Tinder. La abro. “Hola, Alberto, le gustas a alguien”. Miro la foto. Es bizca, gorda y de Zamora. No sé si decirle algo o no. Dudo. Esto ya es muy largo. Es de noche. Hay demasiada gente en la calle. Yo también fui un niño de seis años en el día de la cabalgata de los Reyes Magos.

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