La vida dulce (de cuando yo amé a una persona inexistente)

  1. (16/11/12)

 

Me sumerjo, tras meses de abstinencia, en una nueva botella de Irish (marca You need job) y nado en su busca a la par que mis ojos se van cerrando. Me tumbo y todos mis fantasmas se congregan en torno a mi cuerpo que apenas responde. Sé que quieren congraciarse con mi lado oscuro. Que quieren que sujete por ellos esas estrellas que, hoy, no deja ver el nuboso cielo. Me levanto hasta llegar a la cadena y pongo un disco al azar. No es una mala elección, me dicen. Yo les digo que se vayan a tomar por culo. Cecilia no responde mis llamadas. Unas veces se está solo, otras esa soledad se convierte en un ahogado en las profundidades del alcohol. Miro la botella y observo que todavía queda el culo. La abro y lo bebo a morro. Luego procuro esconderla para que mi familia no la vea. Pienso en que me ha abandonado, a mí, al hombre cuyo esqueleto no existió jamás, cuyos órganos fueron devorados por el oso que representa mi cuerpo en baja forma. Miro el reloj. La 1:59. Me quedo mirando los números hasta que se convierten en un 2:00. Luego tecleo, pero apenas veo las teclas. Es la razón por la que aún me quedo más seguro de que de mis dedos en ellas saldrá algo brillante. Tecleo procurando adoptar la postura de Monk ante el piano. Mi intención ante las teclas, antes de abrir el whiskey, era la de escribir notas acerca de los maravillosos cuentos de Eudora Welty pertenecientes a Las manzanas doradas, por mucho que en mi memoria apenas residan un par. Beso la pantalla, el folio falso que representa world, como besando mi ebriedad, el yo falso que me representa a mí. Escribo: Vivimos en un mundo de representaciones. Trato de describir la realidad como un defecto residente en nuestros sentidos. Luego lo tacho. Me acerco al baño a vomitar. Vomito una fuente de calamares. Qué lástima, al mediodía me supieron tan ricos (por un momento pienso en la posibilidad de recuperarlos del fondo del váter y volver a llevármelos a la boca). Escribo: El amor es la ausencia de infortunio, la desaparición de toda virtud en beneficio de una no-vida. Puedo notar la fiebre que, decididamente, no sé si me ha provocado el whiskey o su ausencia. Noto el ardor de mi frío en la frente. Debo andar por los 38º y, a la par, estornudo. Un virus, quizá, como suele decirse. Bajo a la bodega porque vagamente recuerdo haber escondido otra botella, pero no la encuentro.
Una vez arriba de nuevo, me veo rodeado de libros. Casi me ahogan. Se los regalaría todos a Ella y estoy seguro de que los leería uno a uno. Yo he perdido la capacidad para leer. Escribo como quien desea finalizar un Sudoku. El resto de los pasajeros del metro están a lo suyo, a esas vidas inmundas de las que nada sé y que seguramente sí guardan sentido, al menos en sus propios hogares, porque ellos sí tienen hogar. Regreso a mi pieza, me pongo el pijama, enciendo un cigarro, lo que me lleva a vomitar de nuevo. No me da tiempo a llegar al váter, por lo que después paso una fregona a todo el lavabo. Regreso al ordenata mientras adivino el amanecer en el canto de los pájaros. No obstante, en el ordenador pone que son las 3:00, con lo cuál supongo de dónde proceden esos cantos y ese amanecer. El interior de mi cerebro los proyecta a través de mis nervios, que ven maná en cada destello de imaginado sol. Imagino que abro la jaula de mi loro y me meto dentro. A punto estoy de aplastarlo. Luego compartimos alpiste y pipas. Él me dice que ya es suficiente, que me vaya. Mierda ¿Dónde estará esa bastarda botella de whiskey?
Bajo de nuevo a la bodega. Abro el frigorífico y cojo una tónica marca Hacendado.
Oigo las gotas de lluvia procedentes de afuera. O quizá sea de nuevo una proyección mía. Quizás donde llueve sea dentro de mi cuerpo. De todas maneras, me siento sobrio. Decido escribir un poema titulado Necesaria ebriedad, pero cuando escribo el título desaparece todo el chorreo de imágenes que, por fe, deberían estar guardadas en mi cofre ideístico, del que noto en esta noche un brillo falso. Cierro los ojos para verlo de cerca y observo que alguien ha cambiado las joyas por monedas de chocolate. Papel manchado de mierda, me digo refiriéndome a un tiempo a las monedas y a la representación de un folio que aparece reflejada en la pantalla del ordenador. Cierro los ojos en la silla del ordenador y noto cómo mi conciencia se pierde en una bruma. Por la bruma circulan, con la cara tapada por una soberbia manzana de color verde, los personajes pintados por René Magritte. También aparecen, en ocasiones chocan contra mí, sus panes alados. Qué bonita imagen para representarme un pan con alas. El pan que quiero y que no alcanzo. Todo lo que necesito cuando Cecilia no está. No puedo saber ya si la tecleo a ella o a mi noción de egoísmo. Por fin una barra de pan se posa en mi hombro y le doy caza. Abro los ojos y como con ansia ese mendrugo inexistente. Como sabor obtengo mi afán de necesidad, mi Ella, mi incapacidad, en ocasiones, para la coherencia, el abandono de mi fiebre en el andén del tren de las 4:00. Espero su llamada mientras la imagino dormida. Me invaden celos definitivamente innecesarios. Escribo un whatsapp en el que pongo: Te necesito. Pero a la hora de enviarlo no sé si se lo he enviado a ella o a otra persona. Por un momento el pan casi se me escapa de las manos. Le quito las alas. Si no fueran tan pequeñas, pienso, me las pondría yo. Luego me digo ¿Y para qué las necesito? Y vuelvo a comer del mendrugo mi afán de necesidad. Mañana iré a arreglarme melena y barba para que no me sigan confundiendo, papá y mamá, con un mendigo dentro de un pijama de 60 Eu, si es que puedo levantarme, claro.
La forma de mis sábanas me recuerdan a la cara de Jesús, al que llaman el Cristo. Lloro en un vaso y a continuación bebo mis lágrimas para ayudarme a tragar unas cuantas benzodiacepinas. Mis padres duermen, la calle, a través de la ventana, se ve en paz. Estoy metido en cuatro proyectos y medio y escribo una media de nueve horas al día. Cuando me meto en la cama y me abrigo en posición fetal pienso que creo que mi edipismo arrastra un rastrojo de sangre. Es una sangre que puedo percibir en cada charco cuando salgo a la calle en esta temporada de lluvias tanto dentro como fuera de casa, tanto dentro de la casa como dentro del cuerpo. Me levanto corriendo al váter y vomito de nuevo. Esta vez el vómito lo componen mis sesos. En mi postura arrodillada digo en susurro que he vuelto a ser alguien y doy las gracias a un dios que quién sabe si existe en algún sitio, aparte de en los bancos y los supermercados.

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2. (16/11/12)

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Tras ingerir unas cuantas grageas de buscapina regreso a la paz y termino buscando la dosis de amor necesaria, ese inmenso relajo que acaricia las costillas, en los mimos que le hago a mi loro que, tímido, saca la cabecita por la rendija de la comida. Sus pupilas se vuelven diminutas mientras yo sigo acariciando y, puedo notar, se me cae la baba. Pienso en permanecer la noche entera acariciándolo. Después me preparo un café solo y echo una cucharada bien cargada de azúcar en un vaso alto (a lo americano). Enciendo la televisión y puedo notar cierta mansedumbre al agarrar el mando (ni un solo atisbo de tembleque). Debe de estar durmiendo, me digo. ¿De dónde vienen estos infundados celos? Es más ¿De dónde procede mi yo celoso? Observo los jarrones vacíos de la cocina entendiendo la respuesta que ofrecen. Vuelvo a pensar en los panes con alas de Magritte. No sólo me representan a mí. En este momento representan al mundo entero y, sobre todo, a los inalcanzables sueños de las cinco de la madrugada. Mi oficio es seguir despierto, mi oficio es seguir tecleando qué soy mientras la espero. Mi oficio es una fábrica cuya música que sale de sus máquinas no tiene sueño y, caso de tenerlo, con nada soñaría. El papel de los diarios está calentito al salir y yo, aquí, en una viñeta sin bocadillos del fabuloso tebeo “Jimmy Corrigan, The smartest kid on Earth”. En la siguiente viñeta de mi cabeza sale una nube: ¿Estás preparado para el siguiente vómito? Dice.
Sigo leyendo los diarios de Tolstoi que, como los grandes diarios, no se terminan jamás. En ese saco meto los de Leon Bloy, Kafka, Musil y Gombrowicz.
En el frigorífico hay paella de anteayer. Saco todo lo que ha sobrado y, sobre el tupperware, vacío el zumo de medio limón para después rellenarlo de cebolla caramelizada. Como. Mi loro me mira, o quizá mira el tupperware. Tardo, según el reloj de la cocina, 4 minutos en comérmelo todo. Después me subo a la báscula. Todo está bien, me digo. Abro una lata de tónica marca Hacendado y la bebo de un trago. Enciendo cinco pitillos a la vez y los doy caladas por turnos mientras tecleo. Me concentro en ella y minutos más tarde me viene a la cabeza el extracto de un cuento de Sam Shepard: Ella había tomado un afrodisíaco muy potente. Su compañero, que es el conductor, sale a tomar el aire en una gasolinera que encuentra en mitad de una especie de desierto. A su vuelta se la encuentra desangrada a través de la vagina mientras su cadáver permanece sentado en el cambio de marchas.
En vez de buscapina esta vez me echo agua y la acompaño con veinte gotas de haloperidol más sus benzodiacepinas, que uso como reguladoras de posibles efectos secundarios. Hoy me desperté a las once de la noche y me negué a sujetar las estrellas, todas y cada una compuestas por el brillo residente en sus negros ojos, negras aceitunas expuestas al flash de una cámara, al sol del verano, a la vida dulce en cuyo cuerpo de cristal me muero por residir a la manera de un gusano en una botella de mezcal.
Mi cuerpo es intercambiable, me digo. Y, al tiempo, no sé a qué mundo pertenezco. Ayer, durante la manifestación, las manos de los desconocidos se unían a la vez que sus gritos. Cada energía pasaba a ser la del otro. Dentro de cada estómago la felicidad hervía. Y uno quería imaginar la imagen de los poderosos con las piernas temblando. Uno era capaz de creer esa utopía. Pero hoy es hoy. Y ella no da señales de vida.
Vuelvo a acariciar la cabezuela de mi loro y siento su placer en mí, lo intento. Intento amodorrarme y encontrar en ese desajuste de la atención la paz contenida en los verdes del paraíso de El jardín de las delicias de El Bosco. Pero no es posible.
Se me ocurre meterme en la cama y matarme a pajas, pero no me apetece. Paso otra página de los diarios de Tolstoi. Río con alguna de sus ocurrencias, de sus persistentes dudas acerca de lo humano, de su manera de retratarlas y, consecuentemente, retratarse.
Huyo al Edén. Ella no está. Quizá el mundo entero me espere allí, junto con ella. Rezo a la máquina de discos de un bar que nunca he visitado. Elijo una canción de los Chichos. Voy a tener que emborracharme, sí, de nuevo.

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3. (16/11/12)

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Es la hora de dormir y olvidar (mientras se duerme no se ama), pero mi frío es tan profundo, mis ganas de morir son avalanchas que no llegan al suelo. Las drogas que he ingerido revolotean en el interior de mente y estómago provocándome paz a la vez que un estado nervioso que no se contenta con su contraria ración. Mi amor ha desaparecido. Mi corazón late al ritmo de un Réquiem. Mi preocupación es la de alguien que ve cómo dos tuertos procuran como negocio sus ojos ciegos. Son yo, que no soy. Al menos en esta noche no soy. Mi hígado es una esponja acabada y llena de pelambre. Mi páncreas es un limón podrido que descansa en una nevera en la que sólo habita él. Una buena representación de mi cocina. De mi cadena se deja escuchar la suite para piano de juguete de John Cage. Mi cuerpo son esas notas y también el silencio que habita entre una y otra. Mi imagen de Ceci ha salido volando en una escoba hecha de espinas de rosal. No sé si va a volver. Mi imaginación es una bañera llena de sangre. Unos días después me he cortado allá las venas y mi cadáver exhibe una sonrisa malévola mientras mi madre llora al contemplarlo todo. Mi loro Charly también llora, desde su jaula de espigas. Quiero abrirla, mostrarle que volar no es ningún pecado, sino tan sólo su naturaleza, remota hoy, casera, parlanchina, amistosa.

He abandonado a mis amigos, pienso. He abandonado a mis amigos y ella no está. ¿Será esto el berrinche de una noche? Mi intuición, quizás negada, me dice que no. Imagino el psiquiátrico perfecto. Sus paredes son de cristal y la gente que pasa por allí puede vernos a todos los pacientes paseando en pijama al ritmo que fabrica la medicación que nos han asignado a cada uno.

Me gustaría que hubiera un solo huevo en la nevera para enseñárselo a Charly, mi loro. Me gustaría explicarle el por qué de este mundo necio, díscolo, cuya embarcación soñada se llama libertad de pensamiento. Le digo que el capitán les engañó a todos, que la flota no se sostiene cuando el mástil de la vela cae con toda su fuerza, partiendo por la mitad a la tripulación. El capitán ríe en su camarote mientras se deshace el mundo de los sueños. Y cierro mi parrafada diciéndole que en eso nos parecemos él y yo. A continuación miro el techo, que merece una buena pasada de pintura blanca y le digo al dios que hay colgado de la lámpara que quiero ser yo quien le haga el amor cada día de nuestras vidas. Veo que junto con el barco también se ha partido la tierra dejándonos a ella en un abismo y a mí en otro. Sé que me quieres, digo con escasa convicción. La grieta cada vez se hace más grande y llega un momento en el que no podemos oírnos. Ese momento es hoy, la noche en que, de nuevo, me suicidé. Tú eres mi vida, grito a sus lejanos oídos e intento leer sus labios, pero están demasiado lejos para verlos bien, más aún para descifrar su movimiento igual de lejano. Por suerte sé un secreto: La muerte no existe. Sólo existe la de los demás. Tras recordarlo vuelvo a casa, a la casa que es mi pijama eterno y, una vez metido dentro, sé que no he salido de él, por miedo, en momento alguno, no sé los meses que hace. Miedo, desolación, ruina. Me proyecto en una estatua de arena a la que el viento se le ha llevado su perfecta cabeza. Ángeles caídos danzan a mi alrededor. Sajo mi hipotálamo y lo dejo ahí mientras me alejo del corro. Sigo mi camino hacia la nada, hacia el vacío que ya tengo y que es nada, al igual que la esquizofrenia. Un momento de dolido ocio desembocado en la pérdida de temperatura. Tan sólo existen tus cinco sentidos metidos en el horno donde las cosas bellas terminan por escaparse y tú te quedas dentro, ves cómo echan la llave y cedes a la catatonía. Entonces viene un doctor y te pregunta a qué día estamos. Tú tratas de recordar cuánto tiempo hace que compraste el abono transporte y de qué mes era. Luego dice: Nos vamos. Y tú comprendes que has perdido el norte mientras te colocan una camisa de fuerza y te suben a una ambulancia. Pero ya viví todo eso, yo era demasiado joven y peludo, flaco como un triste fideo extraviado de la olla. Si lees esto: Pienso en ti, quien quiera que seas. Muero por ti, quien quiera que seas. Sufro.

Ha llegado el crepúsculo y veo cómo un borrador de pizarra gira en torno a las estatuas en los museos que no visité.
Padezco, a mi triste pesar, la falta de noticia. Sólo quiero continuar despierto. Ofrecer verdad a este grado adquirido de locura.
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