La parábola del ciego

Aquí sólo hay una pantalla, dos paquetes de cigarros (uno de esos cigarros humea desde el cenicero -de esos tengo cuatro, una gran tontería, pues sólo uno me es necesario-), hay un par de montañas de libros -quizá sean tres- descansando en un par de baldas y un mueble fino de no sé muy bien qué madera. De la pantalla salen los ecos con los que se expresa el mundo. La observo de vez en cuando mientras tecleo. Es una nada encendida que se presta a cualquier cosa que yo requiera. Esa es su virtud. Por eso existe en mi vida. Alguien la compró y la uso a menudo bajo el requisito de verme en ella lúcido, de vencer la enajenación a la que he sido sometido mediante diagnósticos médicos que, si bien no han acabado con mi vida -no me dio por permitirme eso- sí sostienen unos ladrillos que regularmente, cuando me despisto y cedo al miedo, caen, pues ningún yeso, valga usar el símil como método ante mi propia incredulidad, los junta. Sólo los junta el hecho de que están ahí y tapan todo esto del mundo de afuera, que contiene el orden de una vida que a veces veo acá.

Hoy me he permitido salir y comer un bocadillo fuera, le enseñado la polla a una chica a través del Facebook, he trabajado en una versión cómica de una tragedia (bastante soporífera) del siglo X, quizá XI, definitivamente amena en el sentido que lo Mediterráneo concede a esa palabra, y poco más. A las cinco de la tarde llené mi jarra de plástico de agua (también se encuentra aquí, qué desastre olvidar este útil objeto) y relleno un vaso de vez en vez. El agua que sale del grifo es lo mejor de la ciudad donde nací. Su vida cultural es estructuralmente importante, pero, con excepción de los libros, tampoco es que la use demasiado.

En el barrio la fuente de la vida era sostenida por una taberna y, nosotros, hijos de alguna provincia, la constituíamos. Ofrecíamos realidad a la taberna. No se sabe mucho acerca de deudas. Quién es una mujer o un hombre para permitirse el lujo de perdonar. Sólo sé que aquel diagnóstico al que me referí en un inicio fue el juicio final a muchos inicios, a muchos nuevos amaneceres en los que, en ocasiones, me he visto reflejado en espejos ciegos, que funcionan al cerrar los ojos y mirar la oscuridad de la que uno está hecho. Hoy la he hablado. He saludado esa oscuridad y recordado la hora en que permanecí siete días drogado en una cama sin siquiera saber en qué parte del planeta me encontraba. Cometo tantos errores. Soy infinitamente charlatán y apenas percibo humanismo en un uno o dos por ciento de las estrechas paredes de las que está compuesta la base de esos ladrillos, que me fabrican la compañía de mí mismo, la burbuja más o menos anímica del bocadillo del que ha estado compuesto el mediodía en el asador (jamón y queso). Al irme de allí he incendiado mundos de cartón-piedra y adquirido -no lo recordaba- pan para tostar en el supermercado. Procuro que mi hambre sea más o menos selectiva porque quiero procurar seguir fumando. He aquí, en este momento, las dos de la madrugada en punto, en que me ha sido instalado el objeto de encender otro en la cabeza. Adoro el humo. Me ayuda a concebir el espacio en que me encuentro. El aliado que me dice el tiempo que pasa. Porque del inicio de un cigarro al momento en que se apaga su colilla muchas personas han acabado con su vida. A mí lo que me da por pensar es que no fueron yo, sino ellos. Adquieren verdad esas vidas más en la colilla humeante que en mí mismo. Le pregunto a mi oscuridad por sus caras. Fueron caras ¿Cuánto habría de dedicarle una persona a su cara? ¿Cuánto espacio-tiempo genera una cara para ser cierta en la propia persona que se provee de ella? Me miro a mí porque me reflejo en la pantalla. La barba crece. Hoy Eva, al teléfono, me ha dicho que el pelo se me nota crecido de una semana a otra. Le he hablado de mi periplo en el asador, de las ganas que me han entrado de preguntarle a la camarera si quería acostarse conmigo. Le he dicho que, según avanzaba mi charla con ella, mi interés hacia ella era nulo, lo que, curiosamente, avivaba mi libido, mis ganas de destrozarme contra ella. También le he contado lo de la chica del privado de Facebook. No, no todo en esta vida se reduce a la prolongación de mis aspiraciones amatorias, reducidas a un manubrio generado a las seis y media de la tarde. Nos hemos dicho hasta luego. Siempre estoy preparando escritos que me generen. Escritos que me digan qué soy. Yo me veo en la colilla de un cigarro o en una vela encendida. Procuro la cera cayendo y, caso de estar siendo la nimiedad absurda con la que me encuentro a veces, me quemo. Permito que se queme el día a la par que fotografías veladas del pasado vuelven y cierto miedo a derrumbarse o a odiar adquiere forma. Concede, mediante el Yo, identidad a un fantasma.

A veces opino que debí dar muerte a gente, no a mucha, cuatro o cinco personas nada más, que sembraron su vida mediante mi sed. De qué sirve esto. De qué sirve lo otro. Sólo quiero encender dos cigarros a la vez y que el resto de la pantalla se apague de un fogonazo. Sólo quiero mi vida tal cual la siento. Y, no crean, no siento nada. Tampoco ligeramente relacionado con el diagnóstico al que di realidad al inicio de este texto. Mi vida es una amapola cansada de dar cobijo a una oruga. Mi vida es una mariposa encerrada dentro de mi estómago. De qué causa ha vuelto a morirse. De qué a estrellarse contra el piso. De qué el lento suicidio con el que una duna es trasplantada por otra por mediación del viento. Soy una cáscara de huevo sin nada dentro. Y eso que soy no me importa y llego a preguntarme por qué no elimino de una vez la palabra Yo de mi diccionario. Pero el individuo adquiere del mundo una persona. Es una entidad que reside dentro de la cáscara. No sabe lo que hay afuera. No contiene mundo ajeno. Eso me pasó en la cama donde fui drogado durante siete días y siete noches. Qué pocas. Debieran ser más. Me lo merezco, aunque sólo sea por expresarme, por cortarles la lengua imaginaria a quienes, siendo yo, escupen sobre sí mismos, o sobre mí, que no es que uno sea otra cosa que ese nosotros. Esa presa volátil que se da caza a sí misma y cae, irremisiblemente, a las manos de sí misma. Se cocina a sí y se come a sí, y se da de comer a sus hijos, que son ella, con su carne, estofado de hijo en una mesa que es también esta y sostiene pocas cosas. Ahora, pasadas las dos, llega la hora de encender un nuevo cigarro, reiniciando así el mundo. Dicen que acabamos de dar inicio al último mes de 2016.

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Ilustración: La parábola del ciego, de Brueghel el viejo

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