La grácil mirada de un ave que hoy me condena

«Fue en una de esas noches, en que hacía el recuento de los años pasados como de monedas que hubiera dejado resbalar de los dedos sin mucho cuidado, cuando me visitó el recuerdo de Celina. Eso no me extrañó como no me extrañaría la visita de una vieja amistad que recibiera cada mucho tiempo. Por más cansado que estuviera, siempre podría hacer una sonrisa para el recién llegado. El recuerdo de Celina volvió al otro día y a los siguientes. Ya era de confianza y yo podía dejarlo solo, atender otras cosas y después volver a él. Pero mientras lo dejaba solo, él hacía en mi casa algo que yo no sabía. No sé qué pequeñas cosas cambiaba y si entraba en relación con otras personas que ahora vivían cerca. Hasta me pareció que una vez que llegó y me saludó, miró más allá de mí y debe haberse entendido con alguien que estaba en el fondo. Pero no sólo ése y otros recuerdos miraban más allá de mí; también me atravesaban y se alejaban algunos pensamientos después de haber estado poco tiempo en mi tristeza.»

Felisberto Hernández
El caballo perdido.

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Durante una época, me calculo entre los 21 y los 22 años, mis visitas a mi pub del pueblo favorito eran recurrentes, tanto en fines de semana como en algunas otras ocasiones. Recuerdo que, a menudo, alternaba whisky con cerveza y que a veces se daba entre un desconocido y yo una conversación, en alguna escasa ocasión motivadora, sobre actualidad política, deporte o música. En algún que otro momento hube de soportar demasiado infame obsesionado en mostrarme su sapiencia y, con ello, a veces, cierta superioridad moral. Procuraba eludir a esos tipos, pero no me era tan fácil como ahora y el hecho de que acudiese al bar solo, pues apenas había encontrado gente afín a mí para salir (llegué con veinte años) no ayudaba. En alguna ocasión, sumada la elevada conciencia de sí mismo y, por desgracia, también su persistencia en llegar a mí, también sucedían cosas como la probabilidad de que ese compañero de barra tuviera problemas de úlcera o encías, pues la avalancha de información no requerida que salía de su boca iba, pocas y desagradables veces, resuelta en un hediondo aliento, cosa que yo no tengo costumbre de hacer notar salvo llegado un punto en que la situación se vuelva insostenible. Si bien acudía a menudo mi interés, aparte de cierto relajo encontrado en la bebida y la motivación de un ambiente de pub clásico, era debida a un flirteo, he de aclarar que sólo intervenía en él visualmente, con una chica, muy mona, que hacía lo propio conmigo. No me veía, sin embargo, capaz de dirigirme a ella. Mi timidez ante el sexo femenino siempre ha sido brutal hasta no hace demasiado tiempo. Tampoco puedo saber si ella esperaba algo parecido y, de darse, hubiera procurado a mis palabras a esa nínfula, morena de verdes ojos, seguramente estudiante en la universidad privada del pueblo colindante, el suficiente teatro como para espantarla definitivamente, dadas mis virtudes y obsesiones de aquel entonces, en las cuales intervenían rabia, envidia y cierta frustración. Recuerdo el segundo viernes que no estaba allí y me atreví a imaginar su vida, a idealizar un castillo donde hubiera advertido la mirada, acompañada de unas palabras amables, de qué sé yo qué otro muchacho. Seguí yendo y en mi noción de maldad existía la esperanza de intercambiar su mirada por la de otra. Al poco, todo aquello dejó de interesarme. Hoy he recordado girar la cabeza del lugar de la barra donde me encontraba uno de esos días y toparme con la bárbara vitalidad de sus coloridos ojos. No me he sentido bien ni mal. Como mucho me ha servido para pensar qué soy o qué hubiera sido, también en ella. Lo demás, en este momento, si bien no silencio, viene impregnado de cierta sensación de pérdida y una pequeña parte, leve, así como fácil de disimular, de vacío.

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