La caída en la madrugada del sábado

«¿Por qué escribir? Llevo desde la adolescencia empeñado en la escritura, pero todavía no tengo claro para qué. Nunca me he planteado conseguir de las letras el dinero necesario para sobrevivir. Tampoco me esfuerzo demasiado en recrear mi vanidad. Y siempre me he mantenido lejos de los círculos literarios. Pero nunca he dejado de escribir.

Como dice Bolaño- entre otros- el verdadero placer reside en la lectura, y busco ese placer a libro por semana. Es decir, que tampoco escribo por hedonismo, pues ya tengo satisfecho ese vicio. Y ya ni siquiera garabateo palabras para encontrarme a mí mismo. He aceptado que soy varios, y que no hay nada más que buscar entre mis misterios. Entonces, ¿Por qué escribir?

Aventuro que escribo porque tengo algo que decir y me comporto con indiscreción, como si los demás anhelaran o necesitaran que yo les informara de mis reflexiones. Supongo que se trata de mi sistema de comunicación. Los delfines utilizan el ultrasonido y yo las letras. Puede ser. O quizás escribo para mentir: para inventarme y reinventar el mundo, para buscar un consuelo frente al vacío. No sé. Lo más probable es que escriba por impulso esencial, que es la forma elegante de decir que escribo porque sí, porque me sale. Somos quienes somos, y en mi caso el lote se completa con esta pulsión literaria. No creo que haya un trasfondo metafísico ni una misión universal. Simplemente, y si no escribiera, ¿Qué haría?» (Manuel Rodríguez)

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Uno cree que el chisme viene de lejos, pero está aquí, entre el cajero y el súper, llorando migajas de pan en la piel de un negro que de español sólo se sabe la palabra Buen día. Buen día, le correspondo y voy de lo mío (que no sé que es) a mi quehacer (que tampoco sé qué es). Últimamente uno no cumple con la revista. Últimamente uno se sabe en la inanidad de intentar masturbarse entre las sábanas de la habitación de un frenopático cargado de señoritas que le echan neurolépticos en el agua santa de cada noche y cada mañana. Uno se sabe habitable en la caverna primaveral que le inspira una mujer chiquita con la que se besó en una noche donde alguien, un ser vacío, encendió las velas que iluminaban los rostros generosos de nuestros olvidados. Uno amaba su calidad de loba vestida de cordera. Uno mostraba interés en que no hubiera ocupación alguna en su biografía que ese beso, pero las cosas, finalmente, resultaban ser bien distintas. Uno se recordó pobre entre los hombres, rogando una migaja de pan al negro que le da el buen día cuando, exasperado en qué sabe uno qué idea, acudía al súper en busca de un aliciente, pongamos, un par de latas de cerveza y el acostumbrado pan que uno lo ve casi cosa de cada día. Uno guarda resiliencia para consigo y resucita, por no hacer la Pascua a quien dice amarlo, en los días siguientes, que terminarán olvidados en una página amarilla, muerta, fechada por una mano febril de alegre mosca olvidadiza. A uno lo llaman poeta cuando olvidan que sólo es sobrante de pan de horno. El trabajador se levanta cada día a las tres y cuarto de la madrugada y recompone en él lo que supone sueña. La casa de Madrid apenas resiste a la pereza de quien convive en ella no buscando merecerse la siguiente ronda de vino y buenas mozas alocadas, a veces simples, en ocasiones medalla que uno cree se le ve en la camisa en lugar de un farol de sopa o lentejas (tupper de mamá) que le hicieron grande y fuerte un día para después tumbarlo durante el otro. Uno se despierta y se sabe alegre en quien ya ha cumplido con una jornada consistente en apagar farolas. Uno muere mientras las voces que le hacen una especie de poeta del hambre se callan, y cierran sus bocas como esa prima que, por negarse a la comida, duerme una media de quince horas en una especie de psiquiátrico donde él hizo alegría en abuelonas (algunas ya difuntas) que esperaban las seis de la tarde, sentadas en la mesa donde él atendía almas que la soledad construía, contando montajes en los que se daba al sexo con mujeronas que, ellas sabían, nunca existieron. Sus carcajadas me hacen vivo. Uno lo sabe. Y uno acude, como cada día, a por el tabaco y ve al negro, al lado del cajero, rumiando el perdón de haberse visto levantado y descubrirse vivo ante los ojos de transeúntes que sacuden la acera como barriéndola, sin dedicar el paso lento a una boca que se acaba, a un estómago que a veces resulta ser uno mismo una madrugada de domingo escribiendo vacío sobre su bata de terciopelo, en un piso donde cabe la información que producen los renglones seguidos que este tipejo que uno es admira y de los cuales se cree y hace dueño. El domingo es una nube a la que el sol rehuye, una blasfemia inventada por la zoología, alguien que te ve acercarte al súper y dice las dos palabras que sabe, en un acento que a veces uno ni siquiera entiende.

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