Identidad

“Todo hecho que no se pierde de la memoria, se vuelve Historia o Novela, cuando ha pasado mucho tiempo y ya los nombres y las situaciones carecen de significación afectiva para nosotros. Todo es, o será, Literatura, o por lo menos, todo es, o será, leído. O, al menos, escrito” (Mario Levrero, El alma de Gardel)

La vida se ha convertido en una habitación color ocre. Todo nuevo amor cabe en el bolsillo izquierdo del pantalón de un pijama. El batín, sobre el camastro, es un alma antiguo que sirve como decoración a un invierno de 1981. Bajo la mesa del salón un niño y una niña se dicen con los dedos la edad que tienen. Eso que conocemos como Historia es sólo un impulso. No mucho más que rellenar un vaso de agua y, después, beberlo de un solo trago para curar el hipo. (La Historia tiene hipo).

Sobre la vitrocerámica descansa el cadáver de un grajo. Una de sus alas, extendida, señala el frigorífico. La otra abriga un último aliento, disecado a las once de la mañana de un domingo cualquiera en el que hace frío.

El árbol que se ve desde la habitación tiembla. Siempre es martes, por mucho domingo que sea. Siempre es miércoles, por mucho lunes que sea. Es lo que le digo a mi asistenta cada día. La pobre mujer viene, de mañana, a limpiarme un poco el teclado y, si soy afortunado, trae algo para almorzar.

El niño alza cuatro dedos de su mano derecha. La niña solamente dos. Arriba, sobre el hule de la mesa de un ridículo salón, los cadáveres más tiernos de las biografías de ambos juegan al tute. Esas carcajadas suponen, en parte, una poesía triste que componen ambas soledades de enero. Pero, tanto el niño como la niña, ya son otros y a cada uno le toca la memoria que le toca. Nada del aplastante calor que vivía millas adentro. La niña, que ya no lo es salvo en recuerdo, testificaría en 2012 haber recorrido las mesas del banquete de una boda recibiendo, a cada tres / cuatro zancadas, las carantoñas de unos felices desconocidos. El chico no habla desde el año 2003 (quizá una vez, por teléfono y con su madrina, que hoy vive en Kingston, caso de seguir viviendo).

Es domingo y no hay ni nadie ni nada alrededor, sólo un teclado negro sobre el que posan mayúsculas blancas. Tus versos quedan perdidos en una tarde de otro año. La calidad de página es una fauna de caídos. La suerte ni siquiera consiste en telefonearla, en quedar un día para tomar un chato. Yo sólo tengo una virtud y es que soy capaz de comprender al malnacido que mató a mi primo. Aquello ocurrió en verano, un sábado. Un charco de sangre en el kilómetro doce de la M-50. Suscribo las palabras encontradas en un libro viejo: “Añoro una celda de cal, un monacato de luz para vivir, escribir y morir. La biografía es para las visitas”. Bebo café templado en el domingo, que siempre es un martes. Si mi corazón falla de manera definitiva lo hará abyectamente, por sentido común, como quien dice. Escribo en este mediodía para refugiarme del hombre, más del que soy que del que no soy. Escribo porque es la manera en que resucito el cadáver del grajo que posa en la vitrocerámica, junto a la tortilla francesa que me ha traído Concha. Dice que el señor se tiene que arreglar, incluso perfumar. Que el señorito vale mucho y si al señorito no le da por quitarse el pijama poco partido va a sacar de él el mundo. Luego se va y al señorito le da por ponerse a Jon Hassell y seguir dándole a la tecla, por no parar antes que el corazón (que es un chisme que nos han puesto a todos en el pecho y no duda), porque pase algo, por conceder al día un suceso que no sea que no tiene pan para acompañar la tortilla.

El hombre de letras de hoy no va a recoger premios y, si acude a alguna charla, es por compromiso. Colecciona dorados en una hipoteca virtual y luego le da a un botón en el que pone Enviar. Se mueve entre la quietud permanente y la inmortalidad y, ahí, se sabe, en lo que esté vivo, el muerto que vela por los demás muertos. Por los muertos de verdad. Por todos aquellos que no tienen una tortilla francesa esperando en la nevera ni conceden averiguación de existencia alguna en la postura del cadáver de un grajo. Seguro que Concha, antes de irse, lo ha tirado a la basura. Ella poco entiende de estas cosas.

Desde que obtuve cierto éxito (de crítica, me refiero) por una novela sobre el juego y los fantasmas no paran de llegarme mails en los que me invitan a dar conferencias cuyo lema es “Oír voces”. Hay mucho loco suelto, y yo me curé de la locura hace ya mucho. Sólo Concha, la asistenta, lo comprende (y puede también que el cadáver del grajo). Mientras tanto, un montón de basura que no uso para nada, como camisas o zapatos de abuelos y bisabuelos que hay dentro de algunos armarios que no abro nunca, tildan mi identidad (en la que no creo) de burguesa. Sobre Concha: A veces ni me cobra. Le he dicho que se lleve todo lo que quiera de los armarios y baúles, a ver si les vale todo eso a sus hijos. También es verdad que tengo un reloj caro, pero no sé nunca dónde lo he puesto. Es probable que lleve cinco o siete años sin verlo. A lo mejor me lo ha hurtado la asistenta.

Y luego está que algún día tendré que salir a por café. Y, lo mismo, a por tila.

Ya no sé cómo morirme, si lírica o retóricamente. La muerte del grajo ha sido lírica. Una persona lo tiene mucho más difícil que un pájaro. Mientras, en este búnker, los libros que componen mi mausoleo respiran con mejor salud que yo. Me pregunto qué será de los chicos del barrio (algunos llevaban navaja), de la chiquita de quince que nos masturbaba a cambio de diez duros para bollos o golosinas. Hoy los amo, con toda la toxicidad que trae eso, desde este universo que poco sabe de la luz del sol.

Nada sé sobre el momento en que me inventé que yo era un hombre (serán cosas de haber ido a la universidad), pues, como los clásicos del XX, soy otro. Y eso que es otro siempre es el demonio (que, por otra parte, sólo es un martes que se acaba; una bienvenida al sueño -o un Réquiem-, si es que este viene).

Conviene curarse del amor y, a un tiempo, hay que inventarlo todo el rato. Ya he dicho que es para resucitar al pájaro, porque él un día voló, por las buenas, sin que nadie tuviera que darle permiso. Escribiendo soy su mamá, y dar a nacer es lo más bello de este mundo. Para dar a morir ya están las teclas, que nunca fueron hijas de nadie ni madres de nada. Emergen en la insistencia de un suicidio que se pretende heroico o, al menos, estelar. Propio.

.

En la imagen, Victor Brauner

No Comments Yet.

Leave a Reply