Héctor Fernández, in memoriam

He aquí para todos los que te quisimos, amigo. Para todos los que fuimos tú y aquí seguimos… intentándolo.

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Alabada sea la hierba en la que nos sentamos un día, lata de mahou en mano, para caminar con palabras sobre nuestras rutinas de miércoles, abrumadoras de dicha, descalzas (efectivamente, no tenían zapatos). Tú me miraste, amigo, con ojos y sonrisa clara, me dijiste que yo era muy egoísta, y no te faltaba razón. Al menos hoy parto de un recuerdo en el que apareces, aún vivísimo, para contarme a mí a través de ti, para permitir tu cuento bajo mi recuerdo, pues el tuyo ya pace bajo una losa que contiene siglos de eventos en lo que fue, a un tiempo, ayer, ese día primaveral, dos meses antes de tu desaparición, cuando una flor pobre ya te indicaba los umbrales de este egoísmo mío de vivo, esta cosa que no sé a qué responde de revivir en tu ausencia, que he llorado en la ducha e incluso gritado con el fin de esparcirla a través del esófago y evitarla / evitarte en tu ausencia, que es para siempre, también para siempre, cosa que aún no he logrado. Es eso hoy, tras hablar un par de días con tu padre, maestro mío que ha tenido la bondad de enviarme cuatro fotografías tuyas, en el que me pongo a escribirte / escribirme, en la noche, océano impar (en donde se refleja una temblorosa luna de viernes-noche) donde a veces compartíamos alguna que otra risotada, aquí mismo, en una cocina donde en ocasiones siento tu proyección enfrente mía y me pongo a hablarte. Me pongo a responderte acerca de mi egoísmo. Te digo, no vayas a pensarte, que es con tu permiso (o con el del cielo que es tu familia). En la fotografía de la izquierda te encuentro listo para ir a una celebración, quizá en tu venerado pueblo de Zamora donde hoy, en una lápida, figuro grabado tu nombre y la edad en que ambos contábamos 25 / 26 años. En la fotografía de la derecha veo un Héctor Fernández que es también el que iba conmigo, mirando donde tú elegías, que nunca, a poder ser, era la cámara fotográfica, sino otro lugar que imagino mucho más lejano. Alguien que sabía del egoísmo vestido de sensibilidad de mí mismo y de los umbrales donde, tras la puerta, poco más que un abrazo acechaba, que es el que, desde hace tiempo, no puedo darte, desde luego, con el egoísmo de recibirlo, a la vez o, si no, en otro tiempo, por tus brazos, que estaban hechos, como los míos, de juventud y asombro por una vida de la que poco después ya no pudiste contar.

En esta noche (es madrugada) convoco transeúntes que se parecen un poco a ti. Una pareja de chalados ha entrado a robar algo de la nevera y les he dicho que, si querían, después de llevarse el pan de molde, se sentasen conmigo a tomar un café y hablar de la música que les gustaba. Nosotros compartíamos algo más, y es algo de lo que no me he pronunciado en estos cuentos, diarios, poesías, voces que, más menos que más, me corresponden y, a la vez, son correspondidas a muchos otros, que era nuestra pasión por el cine clásico. Bailábamos y nuestras sombras, en el reflejo de una pared, eran una de las primeras películas inventadas por el hombre.

Tú, hoy, formas parte de la gran multitud, de la muchedumbre que, sin embargo, más hablando de lo que tú significas, me atañe. Hoy te veo, te miro en las fotografías y sé que sigues siendo esa persona. A la vez adivino la podredumbre de un cadáver en el que hubo y, de hecho, hay, hoy, en esta noche de atraco y café solo, luz, un barco de luz cuyas velas, con sus llamas, encienden besos en tu frente blanca, apartando ese particular look de pelo a tazón que paseabas y que le gustaba mucho a las novias que yo te robaría con el tiempo, por egoísmo, amigo Héctor, ese que tú sabías de mí antes que ninguno. Porque tú mirabas a los ojos a la gente y sabías que, si el temblor de estos brillaba, es que ocultaba pobreza de espíritu. Nunca vi temblar la luz que salía de tus pupilas. Eras la agradable mueca del dandi que se sabía que podía ganar en lo que se pusiera. Y, antes del cine, nos gustaba el fútbol. Tú me recordabas a un Fernando Redondo, pero no el del Real Madrid, donde jugaba de central, sino el del Tenerife, más adelantado, sobrado de clase, de gol y, más que otra cosa, y esto viene a colación de los valores en los que creciste, a dar el pase de gol.

Cantaba Novalis, poeta de la noche, a la noche como una amada en lo que vengo cantándote, yo, que no soy poeta de nada, a ti, como una noche, y sus versos, traducidos por Eduardo Barjau, se cerraban así:

Gloria a la Reina del mundo, / a la gran anunciadora de Universos sagrados, / a la tuteladora del Amor dichoso / –ella te envía hacia mí, tierna amada, dulce y amable Sol de la Noche– ahora permanezco despierto / –porque soy Tuyo y soy Mío.

Tú, Héctor, como esta noche en su jueves, en su hipotálamo, que hoy es también tuyo, llevas grabado un bisonte de Chauvet hecho por ti mismo, artista irrepetible, único amigo entre únicos amigos a quien sólo reconocí tras una larga ausencia que luego, pasó, recorrió todas las demás. Y eran una sombra, pero no una cualquiera, eran una sombra que contenía muchas y, como la arena iba a dar al mar, estas iban a dar a la luz, a quien suelo rezar con oraciones inventadas, invertebradas, en ocasiones, ebrias.

Lo que pasa es que yo aquí estoy intentando contar a mi Héctor Fernández a sabiendas de que hubo muchos Héctor Fernández en mucha otra gente. Anteayer tu padre me decía de la admiración de un mozo de tu pueblo hacia tu amistad. Porque tú nos escuchabas a los pobres, a los minusválidos de una mente humana que contenía, en ti, todas las humanidades posibles.

Yo he querido ser tú, amigo, pero de vivo, no de muerto (de muerto apenas te ha dado tiempo a ser la nada en la que tu universo, que es el del planeta, se encuentra sumergido desde que fue formado). Yo he querido para mí esa vitalidad, esa verdad en tus manos, en la viveza de tu mandíbula, a la que hoy presupongo masticando manzanas vacías.

Javi tiene un vídeo en el que salimos haciendo el golfo y no sabemos qué hacer con él. Tenemos reparo porque, ay, estás tú. También está Bernardo. Celebrábamos un cumpleaños mío que terminamos en casa de mi abuela partiendo salchichón, creo recordar. Tú te reías sin indulgencia aquella noche. Yo era más que un encomio de bufón. Me sentía repetido en tu risa. Vivía allí. Tú eras, en ocasiones y aún hoy que tu pérdida ya ha superado hace tiempo la década, a la vez, padre e hijo mío en aquel último año de tu vida. Y yo te vi. Y tú, desde luego, me viste a mí. Y nos lo contamos todo. Incluidos esos secretos inconfesables, así como bobos y pueriles, que se tienen antes de optar por quitarse esas cuerdas de adolescencia donde uno se aferra a vivir atrapado. No, puedo decir que tú no te fuiste atrapado de la vida, sino dormido, conduciendo un coche, pero no atrapado (por las ataduras aquellas que no traen más que ensimismamiento y ruina -ruina ensimismada, si quieres-). Eras libre. Una de las personas más libres que he conocido en mi escasa biografía de uno al que a veces le dijeron que estaba un poco loco debido a la manía de decir la verdad y añadir, sobre ella, si cabía, más verdad. Como un copo de nieve sobre otro. Al final la avalancha jugó a enterrarme. Mi boca quedó muda. Entonces me señalaron y dijeron: “Hoy en día ese tipo es un sabio”. Procuro no tiritar aunque, de vez en vez, me chirrían los dientes. Pero me chirrían, en parte, porque te fuiste y, hoy, te debo mi recuerdo, que ya he retratado muchas veces (también dibujado). Y no me despido de ti hasta que me vaya yo. Aquí se mueren todos menos uno mismo y, cuando le llega, no se muere o se muere sólo en lo que se entera de que se está muriendo, que es algo que sucede muchas veces en la vida. La verdad es que no estás y, ayer mismo, amigo, estabas. Ambos estábamos sentados en la hierba del parque de este pueblo donde aún vivo contándonos que la versión Redux de Apocalypse Now nos gustaba más que la de siempre. Y aquí sigues, permíteme, hermano, siendo hermano de esta sombra a la que, en vez de venirle el sueño, le has venido tú. Me encuentro hablando contigo (el par de ladrones ya se fueron hace tiempo) y el sol de la noche está por salir. Nuevos amaneceres te dicen: Estoy contigo, no puedo saber dónde, pero contigo, amigo mío.

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Fotografías cedidas por Armando Fernández, maestro. 

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