El reflejo en el agua, por Marisa Bou

El otoño llega siempre preñado de añoranzas. Y no me refiero al otoño del calendario, ese otoño húmedo de lluvia y dorado de hojas muertas  —que también,  sino al otoño de la vida, esa edad incierta anterior a la vejez, pero al mismo tiempo tan alejada de la juventud.

Teresa siente añoranzas que casi nunca son del tiempo pasado, sino del que pudo haber sido y no fue (sí, ya sé que suena a tango, pero qué le voy a hacer), de aquél tiempo de tersuras y de inocencias.

Sintiéndose desfallecer de nostalgia, callejea sin rumbo fijo ignorando la llovizna que la va calando sin remedio, mientras el paraguas permanece olvidado, colgado de su brazo como un adorno absurdo. Ni siquiera evita los charcos. Los alcorques se han llenado ya de agua y los finos arbolillos recién plantados la agradecen luciendo su traje más verde y brillante: parecen mirarse con coquetería en la lámina que se ha extendido a sus pies. Celosa de su felicidad, también ella se mira en ese espejo. Pero su aspecto no es tan fresco y lozano como el de ellos: ya no es joven.

Llega a casa cansada del paseo. Tal vez no se trata de un cansancio físico, sino de una especie de melancolía agotadora que no sabe cómo apartar de ella.

Soñando en la juventud perdida, rebusca entre sus cuadernos de notas (que no llama diarios porque nunca fue constante en esto de escribir) y escoge uno. Al hojearlo no puede evitar preguntarse qué insondable fascinación literaria guió su mano al escribir este torpe intento novelesco que, si bien contiene retazos de su vida, se aleja irremediablemente del transcurrir plácido de sus días, que nunca dejó afectar demasiado por la inquietud social de la época —inmersa como estaba en su propia circunstancia vital—, inventando aventuras que nunca viviría y personajes que nunca conocería.

       

Doy por supuesto que su vida no hubiera sido la misma en cualquier otro momento y circunstancia; pero estoy segura de que habría sido igualmente sosegada, pues ello se debe a una cuestión de carácter. Teresa es una persona esencialmente tranquila, que ignora en lo posible los albures del destino y trata de obtener lo mejor de cada experiencia. Nunca rompedora de moldes, sí procuró en cambio acomodarlos a su forma de ser, sin violentar su ánimo para no encajar en ninguno, ni rechazarlos del todo, para no ser tachada de rara.

Quien leyera este primer cuaderno que revisa, podría asegurar que no fue una quinceañera típica de la época corrían los bulliciosos sesenta— pues no hay en él ni un atisbo de coquetería, ni sueños locos de fanática de Elvis o de los Beatles, sino poemas de amor que no tienen un destinatario concreto, poemas de amor al amor; y gran cantidad de notas apresuradas, tomadas a vuelapluma en instantes de impacto: una puesta de sol, un callejón estrecho y solitario, una flor en medio de un paisaje yermo, un reflejo en el agua… abstraída en los pequeños detalles cotidianos, amando la vida en soledad, rechazando de modo inconsciente el hecho social, tal vez por un oscuro temor a ser rechazada por esa misma sociedad que ella elude. En cuanto a sus relaciones con otros adolescentes, eran más bien escasas. No le entusiasmaba bailar, aunque asistía a algún que otro guateque, más que nada por estar en compañía y tratar de contagiarse del entusiasmo de sus congéneres, que en su mayoría eran bailarinas furibundas. Tampoco se enamoró locamente —como las demás— sino que aceptó el primer amor que le brindaron, sin cuestionárselo siquiera, impelida por un extraño sentimiento de gratitud hacia aquel chico normal que se había fijado en alguien tan insignificante como ella…

Una sonrisa irónica y un brillo burlón se instalan en sus ojos y en su boca: reconoce esta falta de autoestima que es, sin duda, la actitud típicamente inmadura de una mujer que, todavía, no sabe que lo es. Debo reconocer que, aunque ahora sabe que ya ha dejado de ser joven,  su cariño por sí misma no ha mejorado mucho. Siempre ve virtudes en los otros que le cuesta mucho encontrar en ella, pero yo sé muy bien que alguna tiene.

Abre un nuevo cuaderno y se encuentra de pronto convertida en una joven madre: las páginas, ajadas y manoseadas, están llenas de expresiones emocionadas del nuevo sentimiento que le invade, éste —¡por fin!— real: no poético, sino auténtico, arrollador. ¡Sus bebés necesitan de su amor y de sus caricias, las necesitan para crecer y reforzar sus nacientes personalidades! Aquí están los cuentos que inventaba para ellos, las canciones que les cantaba y las pequeñas anécdotas de cada uno, en las que se pueden ver los rasgos de sus temperamentos. Y su sonrisa se amplía al máximo ante estas minuciosas descripciones de momentos tan cotidianos como la (fresca) partida hacia el colegio, el (despachurrado) regreso, la (esforzada) comida o el (divertido) baño

Todo esto, lo reconozco, constituyó lo mejor de su juventud, lo que más intensamente vivió y disfrutó, a pesar de haber visto truncado su propio desarrollo por una maternidad tan temprana. ¿O tal vez podría pensar que fueron simultáneos? Quizás sí. Quizás se desarrolló al mismo tiempo como madre y como compañera de juegos de sus hijos.

Aturdida por tal cúmulo de tiernas sensaciones, abandona la lectura de sus queridos cuadernos y se prepara un relajante baño. Se sumerge en él voluptuosamente, mientras su mente se pierde en recuerdos de lejanos éxtasis. Pero… ¡un momento! ¿Qué imagen es ésta que ve reflejada en el agua? No es su cuerpo maltratado por los años lo que el líquido elemento le devuelve, no; es un cuerpo joven, descarnado de materia tal vez, pero pletórico de ansias de vivir: vivir para, vivir con, vivir por… todo aquello que la existencia —o, tal vez, su cortedad— le escamoteó.

Apresuradamente, con la respiración agitada por las implicaciones que intuye en este descubrimiento, sale del baño enjugando apenas el agua que le empapa cuerpo y cabellos y, estremecida de ilusión y con un fervor que hasta hoy desconocía, toma un nuevo cuaderno, lo abre, y escribe en él con temblorosa mano, con casi adolescente letra:

Diario de mi segunda y renovada juventud

Y se promete a sí misma que este diario lo va a llevar adelante, por primera vez sin desmayos ni deserciones, anotando en él todo cuanto a partir de ahora le suceda, que será más cuanto más desee que sea.

Besará cada página con mimo, sentirá que es joven como la vez primera. Porque si algo entendió con absoluta claridad al descubrir aquel reflejo, aquel cuerpo que el agua le repetía y que ella acariciaba sumida en un éxtasis tumultuoso —recordado, pero cierto— es que joven es aquello que se estrena cada día.

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