El estornudo glacial de una mosca

Mis ojos, en el espejo, se encuentran con los de un suicida. Mamá está viendo en la televisión un famoso programa de preguntas y respuestas. Aparto la mirada del espejo. Si no soy un riesgo no soy nada o, como mucho, soy lo de siempre. Y el riesgo es vivir, esto es así.

Una vez me dieron por muerto. Fue al nacer. Del resto de mi vida no recuerdo apenas si acaso un triciclo y la cara de abuelo al regalármelo. Me dijo que era mío.

Hoy ¿Qué habita hoy en esta habitación de polvo y libros sin leer donde mora la inexistente actualidad de una maceta? Apenas queda una planta dentro. Es verde, de unos diez centímetros, brilla como si le pasase una mano de barniz todas las noches y procura vitalidad a los estantes de arriba, donde un poeta muerto llora lágrimas que queman el negativo de su fotografía llorando. Es la noche, que juega a las cartas con un suicida que se ve en el espejo como el hombre de hoy. La vecina de enfrente se encuentra en pijama. Es una señora mayor, de unos setenta años. La veo desde aquí, a veces le dedico una eyaculación que otra, un cigarrillo que otro, un desaparecer que otro. Mundos otros y la belleza de un antiguo amor, quién sabe si el primero, en una cara comida por los gusanos son mi apertura a esta noche. Mis pantalones son de cuadros, azules. Mi camiseta, blanca, anuncia la marca de un dentífrico. Soy un moro, con la piel picada, de pantalones cartesianos. Soy un plato lleno de nada. En los huesos de esa nada se adivina el transcurso de la sangre fluyendo. A menudo las tapa una de esas pegatinas con las que montas gratis en todos los trastos de la feria. La vida es un lugar en el que estar alegre. Después de dos años aproximadamente sin llorar veo el cielo. Y el cielo es una mujer de setenta años en pijama haciendo zapping enfrente mío. De pequeño me enseñaron a dar las gracias. Qué menos.

El retorno, que será eterno o no tanto, concede al suicida el lugar del sabio. Es un niño con la cabeza llena de litio que siempre dice sí a todo. Sus ojos, los de un pez fuera del agua, reflejan la luz de una lamparilla donde una mosca de invierno no se cansa de dar vueltas. El resto (lo que queda de esas cuencas) es un pozo seco, el sincero abrazo a unos queridísimos amigos que no conoces de nada, allí, al lado de centros de rosas donde se lee que uno fue nada menos que una bestia en lo suyo, que era teclear o no era nada, aparte de los consabidos trabajos de monitor de cocina, bedel, repartidor, cablista y maestro de literatura balcánica.

En el poeta, los hocicos de una vaca tendida sangraban al cielo. Los maestros se matan de risa ante sus pobres palabras. Una señora de setenta años dice que un animal le roe por dentro. De su casa fulgura la ilusión óptica de unas llamas. ¿Qué puedo hacer, madre? ¿Qué… si apenas me quedan dos cigarros para pasar la noche? Jaim es el único que lo entiende. Que ha abogado por el cambio. Que ha concedido a las cosas la naturaleza ausente de fiebre que les es debida. Esta es mi carta al vidente. Aquella sima donde crecían dos pequeñas margaritas que arranqué para regalárselas a mi tía Pepita. La habían operado en el hospital y estaba malita, me dijeron, con fiebre. La fiebre para mí tenía el sabor de una tortilla francesa sin sal, un montón de trozos aduciendo la generosidad de un paladar que ha perdido toda opción de saborear algo.

Dentro de mi esófago una mujer llora. Mamá ha entrado en la habitación del suicida y el suicida le ha dicho que alguien dijo que sin la intimidad uno es nada.

La bestia sólo escribe su intimidad. Es una carta de amor hacia un mundo que, como la fiebre, no sabe más que a la semilla seca de un sabio bautizado con un generoso chorro de litio ante unos familiares que nacieron, y siguen naciendo, mudos, dorados por un sol que hoy no ha salido.

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Fotografía: Un nuevo chiste del eternamente casi genial Alberto Masa.

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