El doble filo de la lucidez (y eso de dar las gracias)

Poco sé y, en los momentos en los que una especie de antorcha se enciende en el interior de mi cráneo, me desconcierta. Juega conmigo a hacer de ella, en lugar de luz, objeto. Algo inasible que causa la ilusión de ser cogido, cazado por las zarpas del gato viejo que uno es. A veces soy el desierto / y vivo dentro de una cantimplora vacía. Los astros, así como ese fenómeno que oscurece el alba dado en denominarse el vecindario, juegan a la comba al compás de una canción antigua. Debía vivirse bien en el filo de la adolescencia, en la tremebunda trampa de la edad en que le pica a uno la gallinácea. Debe ser feliz resultar sólo tierra una vez desaparecido. Debe regresar la flor a ser alondra, belleza dentro de la Obertura de un festival académico de Brahms donde uno no es Brahms (ni tampoco Wagner). En cuanto a los estilos… son la vida. Uno acaba optando por cambiarlos por la vida y sólo recibe a cambio más estilo, que es más nada. La figuración de un ángel sobre falsos amigos, que no es que no lo sean, sino que es que… pues también tienen su vida (sea falsa o no). La realidad es, en ocasiones, un salto. La vida, y con ella la mía, ha ganado en dignidad sólo tiempo, que es un vuelo ligero sobre cualquier hastío. Uno recuerda su primer suicidio y no puede evitar que le venga a la cabeza el final de la magnífica película de género negro Ángeles con caras sucias. Percibe la última actuación en favor de lo que quiere para sí, que es sólo paz y descanso. ¿Saben ustedes lo que daría en este momento por poseer el ronroneo de un gato en mis rodillas? Sé que no. No pasa cosa alguna. Tampoco yo tengo respuesta para ello. Se trataba, quizás, de hacerse dueño de ese holograma que es la luz, fábrica de cientos, de miles, de millones de ilusiones que culminan en la sombra, tapadas por la ola que inició el resto, en una vida microscópica donde eso que llaman los duendes hacen travesuras a sus anchas. Hoy me duele la verdad. Es muy sencillo. El salto es una quimera y mis pobres pasos los da por mí una nube que nunca es consciente de la forma que adopta. Perdón por esto. Sepan disculpar la tristeza que proviene de una lucidez absolutamente momentánea que sólo sabe brillar por escrito (a veces ni eso).

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PD: Mi lista de agradecimientos generaría algún olvido que me sería imperdonable. Gracias a los que sabéis quiénes sois y a los numerosos apoyos que, en días difíciles, estoy recibiendo.

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