Dos veranos (15/07/09)

1981:

En la consulta de mi psicoanalista hay un muñeco que dice el futuro junto a una foto de un páncreas. Hay una caseta de perro hecha con cajetillas de medicamentos abiertas y un tambor que se toca para olvidarse de que hay que llamar a la policía. Hay un árbol postrado ante un felpudo en el que pone Welcome y una niña con oro en las cuevas de la nariz que informa de los cambios de temperatura que se producen afuera. Hay una frente metida en cada bolsillo de la bata y un extraterrestre que se llama Abraham sentado en una silla eléctrica.

Mi psicoanalista usa como diván el ataúd donde se echa la siesta. Tiene atados unos hilos que salen del techo en los fines de los labios y, cuando se agacha, sonríe. Se llama Pedro pero todos sus pacientes le llamamos Pedrín.
En la consulta de Pete hay una vaca lechera que padece insomnio y una réplica a escala del planeta Xena, es fácil ver deambular a un hombre de La China que vende flores o a un notario cansado de dar abrazos a la gente.

La mesa a la que le digo que he soñado con una mariposa yéndose tiene un cenicero lleno de cabezas de aves y a una familia pidiendo auxilio al cajón vecino. Hay un trapo con cara de loco que sirve para secarse las lágrimas y un interruptor que se llama Dos personas. Hay gente rezándole a un túnel y una vía de tren con pares de remos atados a cada lado.

La niña de la temperatura dice 26, 28, 12… Las paredes que dan a la consulta han sido barnizadas con sangre de gamusino.
A la puerta un mocito, que es una luciérnaga que ha inventado el mundo, afila un puñal en la espalda. Dice si la cita ha caducado.
Al pasar tienes que cerrar los ojos y aguantar la respiración debido al napalm.

El oficio del hombre es sostener los signos de interrogación en la cabeza del otro. Yo sólo le cuento lo que le contaría sentado en un columpio a una chiquita con el pelo rizado que conocí al sur de Bioko en el verano de 1981.

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2009:

Aquí hay una simetría de coches quietos, un bar con un tejado rojo y unos colegiales corriendo como el granizo. Hay un ruido de máquinas taladradoras cuando ese granizo martillea los cristales, una mosca que dibuja labios en el aire y un niño que ronca. Hay sábados en los que hay la alegría de esta casa. La casa es un montón de casas que están hechas de ladrillo. Hay perros que, cuando pasas, saludan a otro; niños que, al ser verano, juegan a la petanca. Hay cardos al salir a la carretera y, enfrente, un desvío con un planeta en medio.

Hay una fosa de animales y un jardín repleto de aire. En el bar, sobre las cinco y media, un señor con gafas oscuras entra a vender lotería.
Hay un dragón de juguete que pelea con Marte, una sirena que canta todo su repertorio a un espejo roto y una navidad abierta en el centro de una mesa.

El porche es una fachada de calendarios. Las hojas que hay por el suelo son orejas de un asno que mueve la cola con la que se barre el patio y que da coces a lo que entiende.
No pasa nada porque le vuelven a crecer.
Es un asno tranquilo que son los burros que no han hecho daño a nadie. Al lado hay una mecedora y sauces. Hay una fuente de agua inventada llena de retratos de gente que no está y la medalla de un perro dorándose al lado. También se ve una isla en la que siempre es martes y gente llamando por teléfono. Hay un patatal rodeando un vidrio y un espantapájaros haciendo tiempo en una cola. Hay la tarde de un niño secándose en agosto y una piscina con gente ciega haciendo largos.
Es mañana un extraño enjambre que cuelga de la partitura de voces que están saliendo de él.

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Fotografía de autor anónimo

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