Día uno de enero de 2016

«Lo que Targuino el Soberbio daba a entender con las amapolas de su jardín, su hijo lo comprendió, pero no el mensajero.» (Un sabio con nombre de cuando los egipcios o así, Hamann, que le gustaba mucho al influyente filósofo Sören Kierkegaard, en cuya frase, a su vez representada aquí, trató de representar su amor por el mundo que, parece ser, residía en una señora, propia o ajena, o señorita -no recuerdo- que no sale en la wikipedia)

Acabo de recibir el siguiente mensaje en mi blog o página web, donde escribo (y reescribo) muy a menudo, como es sabido entre unas cuantas personas de España:

«Black is easily the most popular number of granite although
a pure solid black bit of granite is hard to achieve.
In any room with darker walls and floors the light source colored granite counter is a superb replacement for help
lighten things up and offer the surrounding a open feel.
Marble and granite are undoubtedly the most wonderful natural stones which serve dual needs including beauty and durability.»

El mensaje lo firma Kansas city Granite. El mundo es un poco peor desde que existe Kansas city Granite y otras entidades, corporativas o fantasmáticas, muy similares ¿Saben?

Ya nos dijeron, mucho antes de que naciera Matusalén y, por supuesto, Jesús de Nazaret, que tarde o pronto (¿Qué será tarde o pronto?) había que elegir entre dios o el dinero. El fenómeno más antiguo que conozco de esto fue acogido bajo el nombre de Mammon y se puede mirar en la enciclopedia amiga. Sabemos que el dinero existe y que, incluso, evita cosas como el hambre y la sed. El amor existe, probablemente, y, según algunas mitologías, es dios (con o sin mayúscula). Bien, pues la Kansas city Granite para mí no existe desde las 16:30 de este día en el que voy a bajar a la nevera ahora mismo porque, según me han dicho, hay pan. Y en la cocina está Charly, mi loro, y me apetece, no puedo saber por qué, felicitarle de nuevo el nuevo año.

El otro día, caminando con mi tocayo, fui a una tienda de libros. Todos eran bellos y baratos y, hoy, me acabo de levantar. Caí a plomo. Cené unas pocas patatas fritas con cerveza sin alcohol (tres latas) y, como siempre hago desde aproximadamente hace diez años, no comí las uvas, porque no me gustan y a mi ahijado tampoco. Es sencillo, él dice: no guta. Hoy no hemos quedado para comer porque «ya somos viejos» y eso me ha dado que pensar un poco, aunque ya se me ha pasado. He practicado mi derecho como ciudadano demócrata a seleccionar la primera canción del spotify que escucharía en 2016. Un piano solo. Porque mola un solo de piano. Es más, ese ha sido mi primer sueño de 2016: Un solo de piano. Es más, eso soy yo, Alberto, un solo de piano. Y me llena de orgullo y satisfacción ser un solo de piano a día de hoy, creedme. Y también me da igual si el intérprete de ese solo ha estudiado mucho o poco o somos mi sobrino o yo mismo, el propio solo de piano interpretado por un solo de piano. Los pianos son estupendos. Mi tía tiene uno al que no le funcionan tres teclas. Hoy he soñado con mis peores enemigos cuando eran mis mejores amigos, y nos queríamos. Nos queríamos mucho. El otro día, caminando con mi tocayo, fui a una tienda de libros bellos y baratos, y quise recordar buenos tiempos adquiriendo uno del autor austriaco Peter Handke, que es un auténtico coñazo lo abras por donde lo abras, al igual que sus sesudísimas novelas con narradores-cámara, como El miedo del portero ante el penalty o La mujer zurda, en las que la imaginación concede una película de Eric Rohmer que no se acaba nunca. Bien, pues me dispongo a abrir estos diarios por cualquier página y leo: «Para escribir tengo que haber sentido previamente una autoridad». Ayer me pasó lo mismo con otra de las frases encontradas en Historia del lápiz. Este tío, Peter Handke, es un poco gilipollas, caso de que el gilipollismo pueda ser medido. Yo creo que no. El gilipollismo es directamente proporcional al gilipollas y directamente proporcional a Peter Handke, autor, sin embargo, de sesudas novelas mucho más aburridas que Kant o Maquiavelo. Mi puta autoridad es mi puta autoridad y creo, alegremente, en mi puta autoridad que, si lo miro bien, no existe salvo por mi necesidad de, a veces, comer patatas o, incluso, pizza o, incluso, para escribir. Esto u otra cosa. Abro el libro por otra página, la 200 y leo: «Cuando alguien contó que cada mañana se levantaba profundamente feliz, tuve la impresión de que hablaba sin que nadie le hubiese preguntado». Es siempre lo mismo esta gilipollez de libro llamado Historia del lápiz, al igual que aquel otro de Peter Handke que se llamaba El peso del mundo y que me costó un 300% más caro, allá por 2002. No necesito autoridad, propia o ajena, para escribir. Y no necesito autoridad, propia o ajena, para decir: Hoy, día uno de 2016, me he levantado muy feliz. Soy un precioso solo de piano en un niño que intenta sacar And I lover, de los Beatles, en el organito que le regalaron por su primera comunión. Gracias, tía Pepita, por ese sensacional regalo. Y qué pena que estemos ya «tan viejos». Feliz año, de nuevo, nuevo. No llevo reloj de pulsera y el día es gris. Quiero dinero para comprarme un búnker. La vida es tan feliz que voy a teclear alegremente instrucciones para comer patatas y no encender mucho la luz, porque cuesta un millón de euros a fin de mes. Qué bonito es 2016, joder. Y estamos vivos, y en el Facebook también. Y hay café con leche en casa, y libros, y spotify. Y el libro de Peter Handke es maravilloso para ser destruido por un precio módico, como la televisión y el viejo 2015, donde dejé los antipsicóticos y me fue recuperada la cordura. La cordura sin dinero es nociva, pero lee, coño, lee. Y leer mola, para aprender y para divertirse. Ojalá podamos seguir todos leyendo más y mejor en este año llamado 2016 de nuestra era, muy anterior a Jesús. Un abrazo muy grande a mis familiares, estén aquí o allá, y a mis amigos, estén aquí o allá. Feliz año y menos odio, más motivación, mejor amor. Sinceramente deseo que nos desnudemos todos mucho más a menudo, hasta yo.

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En la fotografía, tirada por mi prima Arantxa, aparece Marco Rodríguez Iglesias, mi ahijado, aprendiendo muchas cosas en la guardería. Todo lo que tengo o tuve es para él, por amor, esa cosa tan extraña y antigua.

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