Cien mendigos

(Otro artefacto menor. Pequeño juego en el que una chiquilla con algo de impertinente siempre gana.)

El día de mi nacimiento fui el primer hombre (y también la primera mujer). No hace mucho quise plasmarlo en uno de mis dibujos. Una de esas representaciones que no existen en parte alguna. Pero sí en La Tierra. El resultado fue esto:

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Un hombre al margen de la sociedad, no por ascético, sino porque la sociedad, como a Diógenes (un consciente de sí, como su doble: Sócrates), lo excluye. Un Yo.
Ella me pregunta de qué van mis textos. Digo que de la vida, de la muerte y de lo de enmedio de ambos. ¿Y eso? ¿Ese enmedio? ¿Existe? La miento. Digo que sí, que sin ese enmedio no existiría ningún texto, ni propio, ni ajeno, ni mío, ni de ella. ¿Existiría la nada? Pregunta ella. Es que ese enmedio es nada, añade. No le quito razón. Le digo que en esa nada está ella haciéndome preguntas que no tienen respuesta, ¿Y si la tuvieran? Pregunta. Es usted una chiquilla muy entrometida, le digo. Me dice que ella no tiene la culpa de haber aparecido en medio de un texto mío. Me quedo boquiabierto, y sin palabras.
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Toda mi vida no ha sido más que una sucesión de obsesiones, dice ella. Y añade que yo me limito a reducir esas obsesiones, convirtiéndolas en otra obsesión mucho mayor que, no obstante, añade, no trata acerca de mí ni tampoco de ella y, mucho menos, de ambos juntos. ¿De qué trata la felicidad, querida? De ausentarse de ti, querido. Y añade: Maldita nueva obsesión.
En la fotografía aparecemos abuela, mamá y yo, más vivos cuando abuela vivía. Ahora: Sólo más adormecidos, jubilados y pobres. Y guapos.

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Ella dice que tanto mis dibujos como mis fotografías, al igual que en las que salgo, le son de interés, un interés meramente superficial. Yo le digo que mi abuela se llamó Ciriaca Llorente y que, cuando murió, tanto ella como yo no nos habíamos conocido. Menos mal que estás aquí conmigo, le digo. Eso mismo ¿Se lo dijiste alguna vez a tu abuela? Le digo que no recuerdo, que seguramente no. Que diciéndoselo a ella quizás se lo estoy diciendo a mi abuela. Pero yo no soy tu abuela, dice. Yo tampoco soy tu abuelo, le respondo. Pues lo pareces, me dice. Callo. Repite: Sólo que tú has leído menos Faulkner que mi abuelo.
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El pensador y su botijo:

Anocheceres en un lugar favorito durante mi bien larga estancia en Brunete, el Runaway de Tony Lobón. Otro Jameson de vuelta, viejo amigo. Ahora estoy con Sin de Mahou. (o, a falta de novieta, hombre solo busca camarero).

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Pero no eres un escritor de verdad, así como no eres un lector de verdad. Beckett, Felisberto y Milton duermen en la estantería de tu habitación en casa de tus padres y, de fondo, siempre suena la misma música, jazz americano de los años 30. Ya, pero ¿Entonces? Le pregunto. Entonces… ¿Ves? Lo has conseguido. Eres una buena influencia, sobre todo para ti mismo.
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La pregunto que de qué va. Ella dice ser solamente una lectora. Solamente alguien que se coló enmedio. ¿Pero en medio de qué? De la vida, de la muerte, de tus textos. Es verdad, le digo. Me dice que soy patético. No le quito razón. Me dice que ría, pero no río. Le pregunto si, tras haber sido leído por ella, he logrado haberme convertido ya en un objeto.
Me dice que no vaya tan deprisa.
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Nietecita mía, le digo. Abuelito mío, me dice. ¿Qué pensaste encontrar al abrir ese tratado sobre pintura que veo en la fotografía? ¿El tratado de pintura de Leonardo? Sí. Pensé que encontraría lo necesario para morir personalmente. Ella ríe. Y, mientras ríe, dice que no puede parar de reír. Le digo que pare, si es tan amable, pero dice que no puede y, mientras lo dice, carcajea. Le pregunto si quiere que le traiga un vaso de agua. ¿Se puede ser más patético? Al menos sé que eso es lo que ella, mi nieta, está proyectando decirme, si pudiera hablar, si pudiera parar de reír.
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Un buen día le pregunté qué quería que le trajesen los reyes y me dijo: Sangre. Pero eso no es un regalo, le dije. ¿Y qué es? Me preguntó. Le dije que eso era algo muy barato, incluso para unos reyes tan pobres como los de Oriente.
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Me acaba de preguntar qué estoy leyendo. Le digo que Campos de honor, de Jean Rouaud. Me pregunta que de qué va. Le digo que, al menos, como todas las cosas que leo o releo a mi edad, va sobre la vida, o sobre personas, o sobre una época. Me pregunta si yo soy una vida, una persona o, acaso, una época. Le digo que lo que ella quiera. Me dice que yo no soy ni siquiera una muerte, que soy nada, como todo lo que he escrito y dibujado y fotografiado. También hay fotografías en las que sale ella conmigo, le advierto. Dice que no.
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Sí, repito.
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Ella niega con la cabeza. Eres una nieta muy desagradecida.
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Bebo un poco de Sin alcohol. En el bote aún queda algo. Ella dice: un cuarto. Yo digo que un quinto. Me dice que no calculo lo suficientemente bien. Que soy lo que he leído. Le pregunto qué es ella además de mi nieta. Me dice que es un secreto, que no me lo va a decir nunca. A cambio, dice, sí se lo dirá al resto de la humanidad. O a la humanidad, esto es, a todo eso que no soy yo, que soy NADA.
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En una ocasión le pregunté cuántos años tenía y me dijo que cuatro. Eso es mentira, me espeta hoy. Sé que tiene novio, en fin, varios, un montón de chicos con los que sale y a saber qué hará. Me dice que conmigo ha tenido suerte. Que dejaré todos mis objetos, a mi muerte, al mismo nombre. Le pregunto cuál es su nombre. Ríe. Para, le digo. Un día seré abuelo, me dice ella, y le diré eso mismo a mi nieta. Eso mismo que me acabas de decir tú. Para, le digo. No, me dice.
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A veces he leído tus libros, a escondidas, sin que tú me vieses. Le digo que yo no tengo sus ojos. Me dijo que en ellos me vio a mí, en medio de la vida, de la muerte y de mis textos. Pobre de mí, le digo a mi nietecita, no tengo escapatoria posible. Ella me dice que me recordará, si falto antes que ella, como a una persona triste metida en un texto triste. ¿Será propio al menos? La pregunto. Dice que no, que será de su propiedad, pero que no será nada propio.
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¿Y?
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Me dice que mañana he de ir al banco, a arreglar mis papeles. Le digo que a veces lo olvido. Lo sé, afirma.
Le digo que esta tarde he tenido una conversación del todo fortuita en Twitter, se la resumo:
“¿Qué lees? Me preguntó. Le dije que estaba leyendo las Cartas desde la cárcel, de Céline. ¿Céline? Preguntó. Sí, dije. Odio a Céline, dijo. ¿Por qué? Pregunté. Me dijo: ¿Cómo que por qué? Perdone el señorito que me solidarice con Auswitch. (Menos mal que no dije que, antes de eso, había estado leyendo a Jünger). En fin, sólo le faltó llamarme español.”
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Ya sé que tú nunca has querido ser español, has querido ser británico, o alemán. Le digo que no. Me dice que Hitler levantó una sociedad aburrida. Que entró en la vida de unos cuantos jóvenes que lo habían manoseado todo excepto el protagonismo y aireó sus existencias. Me dice que también algo así hicieron los Beatles. Finaliza su discurso con un suspiro. Le pregunto acerca del Something de George Harrison. Ella dice que mis textos nunca mejorarán la muerte personal de George Harrison. Pues sí que estamos buenos, le digo. Sí, dice, y mira hacia arriba. Bonito y despintado techo, dice. Si no fumaras tanto…
Cita a Trakl, por mí: “Callada, en oscuras cavernas, sangra una humanidad muda / Forjando con durísimos metales el rostro que ha de redimirla.”
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La imagen que encabeza el texto pertenece a la película La juventud, de Paolo Sorrentino

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