Charly

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Decía la Pizarnik que el pájaro es una cosa oculta. Hoy mi pájaro está en una nube preñada de otra y, entre ambas, pare su llanto el trono donde descansan mis cansadas piernas. Están enfermas de andurrial. Charly es el templo en donde regreso a una vida y, sin su jaula, busco una tiniebla donde regresar al sonido de su llamada. Es el diminuto loro que aparece en mis textos. Muere cada día que paso sin él y la calidad del aire no es, hoy, otra cosa que echar de menos su pico acariciando el lóbulo de mi oreja. Marisa friega los platos y se arregla con una lata de sardinas. El tiempo es una rosa que se sienta a compartir una taza de café a nuestro lado, y los precipicios existen cuando el loro no dice mi nombre. Él sabe mi nombre porque lo conoce. Yo, que no lo conozco, me hago sabedor de él cuando lo pronuncia. En una cocina lejana mi loro llora mi nombre y despierta al huevo de donde fue traído al mundo. Le supongo volando por las colinas verdes de la vida tropical. Es el niño que fui y que vence al aire con sólo mover unas alas que yo no tengo. Es la claridad del día en esta noche que, como un fantasma, ha salido de debajo de la sábana. Nos muere llorar cuando estamos desaparecidos. Él ya no vuela. Se habituó al lugar donde le tiendo pienso y agua y retorna a la libertad fabricando una mía que no puedo saber si existe. Echo de menos al pájaro. Me vine a Madrid y me perdí entre dos mujeres y alguna que otra fiesta, pero regreso a esa ausencia de sonido que es su manera de estar junto a mí. Marisa me ha ayudado con su visita. Hoy hemos compartido café y sopas de ajo. Sólo falta Charly, siendo libre en su garganta, en la ansiedad que sobrevuela por los agujeros negros y muere de inanición cuando conoce que donde vivimos es un lugar llamado globo terráqueo. La facilidad con la que agita su plumaje hoy es la ventolera que crece, como una enfermedad, en mis casi deshechas piernas, que son el cansancio de alguien nacido, como el pájaro, para no estar jamás consigo y saber poco de su nombre. Un nombre es nada y los truenos vienen cada noche a despertar a un pájaro que, según la Pizarnik, es una cosa oculta. La pena no es nueva. Hay poca comida, escasea la ausencia de depresión. La enfermedad corre con la prisa de un navajazo lo suficientemente incisivo. Y mi sangre es un loro que amenaza con ponerse de nuevo a llorar.

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