Carta abierta a un pájaro negro (15/05/11)

¿Y ahora qué? (28/02/16)

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No paro de pensar en usted mientras las cucarachas me corren por los brazos. Han encontrado un camino en la señal de mis venas y pronto llegarán a la ciudad que, quizá, sea su cerebro.
Me fascina el corazón de las mujeres. Estoy por adquirir otro en el mercado negro.

En verdad creo que es usted un ángel. Hoy, de nuevo, un pájaro negro se había quedado atrapado en el calefactor. Lo he desmontado ayudado por papá y finalmente ha salido. No ha tardado ni dos segundos en encontrar nuestra ventana, previamente abierta. En otras ocasiones se me han muerto en las manos.
He pensado que ese pájaro negro es usted cuando era niña.

No crea, también tengo otros amores. La soledad genera tantos.
Y el amor genera soledad, claro. Mejor aún, inexistencia, que es eso de no caber en la soledad del cuerpo y rebanarlo tranquilo sin el amparo de un reloj.
El amor es retozarle bien, eyacularle y luego buscar en el paquete blando si queda algún cigarro sin romper. Buscar dónde están sus ojos luego, eso es opcional.

Hoy he soñado que le cantaba a una chica tumbado en las piernas de su novio. Ella reía mi ridículo y yo percibía a través de su boca abierta que le podía ver el cuero cabelludo. Pues estaba vacía.
En usted en cambio percibo un interruptor. Cuando lo pulso, se encienden todas las norias de la ciudad y empieza a correr la cerveza en tabernas donde una nueva juventud perdida canta, como yo durante el sueño, pero a diferencia de ese yo es escuchada, abrazada, amada por usted, fornicada y finalmente eructada sobre una alfombra voladora, feliz.
Hoy me daría a perderme pero sólo se me ocurre escribirle mientras me sumo a las cucarachas del inicio (plaga en la cocina) para ir a su encuentro.
Aquí todo es mucho más sencillo de lo que parece.
Le haré un bombo si quiere y, luego, me pondré de cajero en el corte inglés, sección alimentos.
Si es chico le llamaremos Lucas y, si es chica, Antonia.
Será un perfecto mamarracho.

En ocasiones recuerdo que me dijo usted, ángel mío, que me quería. A continuación he bailado una lambada conmigo mismo en la habitación de los libros. Me he puesto el whisky y encendido la pipa y, después, se ha acabado el día. Hay veces en que no sé quién es y también, al menos una al día, en que me quedo dormido, tieso, sin tapar, en el sofá-estudio-cama desde donde, rodeado de insectos, le estoy escribiendo ahora mismo, quién sabe si a usted o a la persona que creo ser en ese cuerpo que tanto me esfuerzo en ponerle.
Yo estoy con el no y con el sí, así que no sé cuando sé si no.

Añadirle que me trae usted de nuevo a una niña de 15 años, dubitativa y paranoica, cercana, sola. Quiero abrazarla hasta que las campanas del mundo doblen y, sin embargo, termino forjado a la contradicción, limpiándome en su bella carita de Boticelli el esputo con el que premió mi corazón días antes, cuando yo, a muchos kilómetros de distancia, soñaba con acompañarle cada día a cruzar la carretera para comprar pan de hoy y una palmera de chocolate para el camino de vuelta.

Mi amor, como mi amistad hacia mí, como usted misma, está enferma. No conozco a mis padres, y digo esto mientras me están llamando para comer. Hay macarrones, de eso sí me acuerdo. El microondas donde dejamos de volar no cesa de darme trabajo.
Quizás le hablo a un fantasma. Dígame que no es así y perdone que le confíe una parte de mis oscuridades. El pájaro en quien le he supuesto se ha marchado y hoy es domingo. Quién sabe qué día volverá a deslizarse por el hueco donde mi pereza (bendito don de muerto en vida) decide entre su vida, su muerte y mi desaparición.

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Fotograma escogido de Las estaciones de la vida, del surcoreano Kim Ki Duk

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