Candela

Candela es un nombre que contiene en su sonido el tallo de las amapolas blancas. La niña, en el interior del cuadro, muestra unos ojos (que son también los de su madre), desde una puerta. Tras la puerta uno tiende a figurar juegos de llaves que encuentran la oportuna cerradura en el candor de sus labios. Ayer conocí a Candela, que es traviesa sin serlo y a mi pregunta sobre cuál sería el lugar de este planeta donde más le gustaría ir me dijo que ese lugar era la Warner. Uno figuraba la casa de Jante sin puertas y, resulta, había una de la que se escapaba una nariz de ratoncito que saluda al mundo desde unos inocentes hombros de once años de edad.

Hubo un tiempo en el que en las noches de insomnio, allá en el pueblo, por el camino a Segovia, pasando la ermita se adentraba en una oscuridad donde buscar un cuerpo que la noche hacía desaparecer. Allí, como resiliente amigo de los grillos, que también cantan en soledad, cantaba con voz de perdido, lejos de las cabezas soñadoras de cada paisano, la ranchera Paloma negra. Hoy sabe que esa voz acariciada por los cardos del camino le cantaba a Candelilla. Al asomar el sol, uno regresaba a su cuerpo y, minutos más tarde, saludaba el madrugón de los encargados de labrar la tierra.

Candela es una persona que se asoma desde una puerta que viene a dar al lienzo donde su mamá trabaja. Fabrica Jante, en el lienzo, hermosas nalgas doradas por la primera luz de septiembre. Fabrica alegorías en las que la noche interviene y gritos encerrados en jaulas invisibles. Elabora cuerpos de sí y espejos que nos devuelven al ser primitivo que fuimos al venir del agua. Trabaja el absurdo con la perspicacia, humildad y genio de un Magritte y habla bajito. Uno imagina a esa mujer contando cuentos a la pequeña Candela en voz baja durante la noche. Uno figura la vertiginosa travesía del pensamiento de la niña cediendo a la historia y puede ver esos ojos del cuadro cerrar sus párpados y no abrirlos hasta minuto y medio antes de que suene el despertador, para apagarlo.

Uno hoy, en esta noche en que no canta, es Candela. La niña que se asoma tras todas las puertas del mundo con la curiosidad de un gato en la primera de sus, dicen, siete vidas.

Uno, en esta noche donde regresa al albornoz de lana verde, es una niña que juega a cualquier cosa. Y lo hace simplemente por jugar.

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Retrato de Johana Roldán (Jante)

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