“¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?” (22/11/07)

 

“Sé como el sándalo que perfuma el hacha que lo va a cortar” (Anónimo)

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Decía Cioran que si una vez has estado triste sin motivo, lo has estado toda la vida sin saberlo. Y de la tristeza que es un apetito que ninguna desgracia satisface.
Leo a Cioran en estas noches que llego a casa y se me antoja que es ya tarde. Tarde para decirle que les quiero a aquellos que ya no están y viven en mí como podrían vivir en cualquier otro, y soy sensible cuando, ante eso, las piernas ya sólo ejercen por mimetismo con lo que queda.

La duda la entiendo como el equivalente del pan que no se ha comido.
Si un libro, un poema, sale mal, eso, o es una cosa de la imprenta o es que ha encontrado, como el tren, una llegada en su hora y a la estación que se dijo. Escribo para encontrarme es una cosa cursi, llorona y yo no o no, al menos, -lo intento- el yo donde permito observar el lugar de cada cosa, quieta o mal informada y, desde un ángulo u otro, dejados ambos al azar, de la habitación, encuentro mi cara, mis brazos o espalda igual de imbéciles, igual de equivalentes al lugar desde donde los veo.
Por eso intento el bien. Mejorar el yo y hasta la vida.
Por eso soy sensible. El sentimentalismo, dijo Umbral, es algo que los hombres dejaban para los poemas de amor veinte y las canciones desesperadas. El ingenio es algo que viene de lo mismo, algo de lo que se hace uso para ser mayor y de lo que se ostenta para devolverse a sí la estatura correspondiente, cuando no una ligera tendencia a la horizontalidad. Uno se pregunta, a todo esto: ¿Con qué cara le escribo a mi familia algo bonito en navidades?

Decía Vallejo al balance falseado de un banquero (de los de hoy o ayer): “¿Con qué cara llorar en el teatro?” (hoy en el teatro han estado hablando de eso con palabras de esas que utilizan en el teatro).

Mi abuela estaba bien, no se quejaba sino de cansancio y pocas veces de estar harta. Viene entonces el poseedor del nicho y luego un cura ¿Procedo a decirles, pues, que en las noches le rezaba a san Antonio? Yo la oía desde mi cuarto. Alguien dice que si las tentaciones… ¿Inicio una conversación sobre la visión de Grünewald? Hace de esto ya un año. Un año de nada.
Mi primo, el más pequeño, calcula mal su moto en menos de lo que a un segundo llega, se le sale el casco y muere con 19 años en un atardecer de este verano ¿Deberé decir: La Mutua, qué opina de esto? Decir que fue un resbalón, la rueda ¿Cualquier cosa, solamente? O que “hay miles de casos”; que hay que luchar, tirar para adelante.

Al igual que lloro una piedra, tampoco quiero abrazos que no entiendo cuando el instante está hablando de otra cosa. Y lo vivo me devuelve una prolongación de un tiempo mismo al acecho, en la casa, sabiendo de la rosa juanramoniana que sólo es ella cuando hiere y alejando la distancia donde procuro la situación de los ojos desde donde veo unos brazos una cara una espalda y los alrededores, acaso, mismamente, para hallar que soy miope. O necio, en el mejor de los casos, -en la “autenticidad” mejor o peor de ellos-.
Que todo era una milonga donde tomo cañas con cualquiera en cualquier rincón del mundo, si es que este existe –el rincón, digo; el mundo me da lo mismo si sí o si no-. Hoy han hablado de eso presentando un libro, yo estaba allí, y a la tarde unos poetas igualmente. Si no han hablado de eso, es que no me he enterado de nada y ya está.
No soy alguien para enterarme, por eso no hay problema; y por eso no hay solución.

Fdo: Me voy a acostar.

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