Buenos días, nuevo orden del mundo

0 , , Permalink

Pongamos que no he dormido todo lo bien que hubiera deseado. Sobre las cuatro de la madrugada cerré mis ojos con fuerza y procuré imaginar una lluvia lo suficientemente fina como para filtrarse a través de la piel. Finalmente he debido de dormir hora y media y tras levantarme y tomar mi acostumbrado par de cafés, he abierto la ventana. La guardilla de la ciudad me era correspondiente. Apenas se veía sol. Un vecino, enfrente, ha cruzado su mirada con la mía. Debía tener 80 o 90 años y estaba en bata. He estado por invitarle a desayunar, pero todo se ha quedado en una intimidad de tres segundos, una bocanada de humo y un leve giro con la cabeza hacia el lugar donde, supuse, me era necesaria la luz de un sol que aún no había salido. El hombre ha bajado la persiana. Siempre se cuentan historias parecidas. Alguien abre una persiana. Enfrente otra persona cierra un par. Son historias más o menos conocidas por todo aquel que alguna vez en su vida ha sido vecino de alguien. Un par de cigarros más allá de este orden del tiempo he decidido ventilar mi nueva casa. El frío ha entrado dentro de mí, pero la lluvia que he procurado a mi corto sueño, sé, aún no ha sido producida. Dentro del hombre el agua es una playa con numerosos cascos de botella rota. A fin de cuentas, es conocido que hay veces que el universo cabe dentro de una taza vacía, secándose en la pila, recién fregada por unas manos que no son demasiado conscientes de lo que han hecho. He pensado un proyecto. Un jardín donde ver pasar las horas empujando a mis pequeños en un columpio. El columpio, quizás, era una representación de una persiana bajando y otra subiéndose. He procurado figurar la vida del vecino. Me he preguntado si saldrá de casa, si coincidiré con él algún día en el supermercado. A las nueve y doce de esta mañana recién estrenada me he dado cuenta de que en el cenicero había dos cigarrillos encendidos. He buscado información en Internet. A veces me disperso. Es sábado, acto seguido de comprenderlo me he tumbado en el sofá y me he hecho a la idea de que una especie de batín y un trago de agua (a morro, en el fregadero) casaban perfectamente. Ayer noche conocí a Enma:

– Creo que eres un profe cojonudo. Lo único que se te va mazo la olla ¿No?

– Es probable. Puede que sea de familia.

Bebí cerveza sin alcohol haciendo cálculos con el peso del bolsillo donde se encontraba mi monedero. Después vine, abrí y el cielo eran un par de nubes que no iban a juntarse, la noche era una especie de sensación, algo más o menos real, corpóreo incluso, capaz de ser tragado por una noción algo difusa, más o menos personal, de la alegría. He visto un pájaro posarse sobre el tendedero y he estado por darle algo de un pan que, a estas alturas, yace en el congelador a la espera de que lo acompañe con unos macarrones. Pero eso será más tarde. El pájaro se ha ido y yo he padecido una arritmia cardíaca. Me he medicado. Lo hago de vez en cuando, al sobrevenirme males. He visto la duda en su vuelo y me he dedicado a sentarme. La naturaleza es una mesa y una pila de libros más o menos leídos y más o menos sin leer. La vida tiende a imitarlo. La belleza es, simplemente, pasar por ahí y abrir una persiana de vez en vez. Observar una legaña del viejo que pace en una oscuridad provocada por el abismo menor que implican unos setenta y cinco metros. El amor es un pájaro que se ha ido. Y la arritmia un fallo en el orden de las notas. No pasa nada. Todo está bien. Ya no hace frío. Ya la lluvia fina es una broma sobre la que ha dormido el cuerpo inerte de un animal lleno de vida. Son las diez y el guardián de mi nueva casa se dedica a lo que se dedica porque tampoco es que dé demasiado más de sí. Habré de esperar que sea lo suficientemente temprano para tirar la basura.

Comments are closed.