Breves notas de febrero

Uno quisiera redimirse de nuevo mediante el buen hacer de la letra. Uno no quisiera morir, al menos todavía. Uno elige ser esa ola que aparentemente llegó a su destino mientras el mar cavila su sucesión. Uno quisiera resplandecer en esa nadería que son los sueños que no recordamos al despertar e iniciar, a través de la escritura, esa especie de Amén que, paradójicamente, le confirma su supervivencia.

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Lamento las discusiones entre amigos debido a mis irreverencias. No cambiaré y a veces eso me es como temible. He perdido habitualmente el acceso a las chozas cuyas puertas me han sido abiertas debido a la constante provocación con la que mi lengua -impertinente ella- se maneja. Mi corazón os es perteneciente a quienes ya sabéis de ello. Es algo caído. Un monstruo que un día me fue dado, allá, donde ninguna sensación parece relevante. Y sin embargo, aquí estamos, dispuestos a dejarnos la vida por el hecho de que el pan a veces brilla.

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Si bien uno dejó de ver películas, con alguna honrosa, así como deshonrosa excepción, hace lo menos seis años, cabe admitir que empieza a ver sus estanterías, colmadas de grandes joyas literarias, como objetos sobrantes. Uno se dice: mucho leído y, sin embargo, tanto por leer… uno se deja. Uno quisiera que la Quetiapina hiciera su efecto (caray, qué efectos secundarios más traicioneros tiene esta droga) y entrar en un sueño plácido y consciente de catorce horas. Uno quiere olvidar. Sin embargo sabe que esos libros están ahí, y que acechan.

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La Quetiapina, tras cinco días sin tomarla, celebrando un insomnio que diría casi febril, me ha venido como mano de santo a la hora de proporcionarme un sueño de trece horas. Es una droga de botica con la que manejo cierta historia de amor y odio (véase en referencia a la música rock -clásico- que he mamado los Beatles, los Doors o Bob Dylan), pero hoy he despertado avieso de un cocido Litoral, feliz por el regreso chileno de mi amiga Marisa Bou y dispuesto a darlo todo (admito que la ducha nocturna de ayer ayudó también en parte). De momento uno, por hoy, antes de bajar al súper, espera que, al menos, le incluyan en alguna antología de poetas hermosos. Por hoy bastaría para seguir alimentando el sueño de la noche con una buena ración, si la encuentro, de migas extremeñas -plato que me encandila, vaya que sí-.

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Finalmente me he dado un homenaje, perpetuamente envenenado por el síndrome de los amores, y he bajado al gallego a comerme un salpicón y un filetillo de cerdo. Había dos muchachas tomando café. Una era la fea. La otra, la guapa. Pongamos que la fea ha finalizado rápidamente su consumición y se ha largado sin decir nada. La guapa, en cambio, al finalizar lo suyo me ha dicho: hasta luego. A lo que yo he añadido Hasta luego y enhorabuena por el día de los enamorados. Ante su extrañeza he aclarado que yo había padecido un flechazo que venía de parte de Cupido o suya o de la madre que los parió a ambos. Me ha preguntado, simpática ella, cómo de grande había sido el flechazo y he respondido que una barbaridad de grande. Ese otro café que has pedido para llevar, te importaría tomártelo conmigo? Me ha dicho que llevaba prisa. ¿Por qué no lo dijiste antes? ¿Cómo iba a saber yo que no eras una feminazi? No hemos intercambiado números de teléfono. Como mucho me ha preguntado si estaba en facebook, a lo cuál he mentido como un bellaco: ¿Facebook? ¿Qué es eso?

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Bueno, san Valentín fue bien casi únicamente en lo que estuve charlando con Charo Fierro. Lo demás era una penuria de eslabones que quisieron acercarse a la poesía. Yo, desde mi bajeza, intenté jugar con ellas, decirles que era alguien solo. Ellas odiaban a esos hombres que pusieron su amor en los caballos. Ellas desearon luz sobre la sombra que nunca se enciende. Y así se fueron del lugar, marchitas y rotundas, mientras uno acariciaba la melena del más hermoso caballo (que no tenía marca). No ha sido un gran día, pero no ha habido folleteo.

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He de reconocer que en numerosas ocasiones paseo una máscara de «alma de las fiestas» que no me corresponde. Mi intimidad es la de un tipo en pijama que teclea y, a veces, lee. He de reconocer que el alcohol ayuda a que me deje llevar por ese troll interior que corroe mi ánimo. Paseo una vitalidad que termina siendo una botella vacía sin mensaje alguno a la orilla del mar. Uno sólo es uno cuando escribe y se escribe. Uno sólo es uno cuando se quita el disfraz de conquistador y se admite el fracasado que logró medirse en escupitajos con el propio Eros. Uno es alguien solo a quien sostiene una obra de esas que llaman de culto, tan sobrevalorada como todo lo contrario.

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Se levanta uno a teclear pasadas las cuatro y media. Teclea porque no encuentra testigos en el privado. El frío de la noche es impune en algunas noches y, uno adivina, esta es una de ellas. Llevaba dos horas metido en la cama soñando mediante letras el relato de una mujer soñada que finalmente, no podía ser de otra manera -es lo que tiene todo lo que responde a aquel que sueña despierto-, me defraudó. Quería narrar la vez en que no me atreví a besar sus labios. Fue acaso esa injuria a la belleza en los primeros versos de La temporada. No llegué a escupirla. Tragué la baba y me da que, hoy, mientras daba vueltas en la cama aún me era contenida en la garganta. Apenas me permitía decir la innumerable cantidad de cosas que uno, porque así lo ha querido, ha perdido para con su biografía.

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No hace mucho tres follamigos míos (tres de mis cuatro obras) fueron exhibidas en el muro de un exitoso bloguero (hay que reconocerle, en su defecto, más gracia que ese amante de las boutades sin estilo metido a editor que maneja el blog Lector-malherido) en una pila de libros perfectamente desdeñables. En mi favor hay que decir que mi oficio ha sido el esclavismo (entiéndase: en el papel de esclavo) y mi mayor suerte es que por mi boca salen las verdades de estas malogradas figuras. Dicen simplemente lo que hubo y lo que hay. Allí vi las jocosas palabras de un aficionado resueltas bajo el agüero del prejuicio: qué pocas ganas. Fue divertido, en parte. También resultó que una amiga colocó mi obra al lado de una de un más o menos brillante pensador y mediocre cuentista, nuestro famoso y querido Vila-Matas bajo la pregunta cuál os leeríais primero. Efectivamente fui degollado, aunque en esa ocasión no me corté de darle a cada fiel comentarista su «medicina». En resumidas cuentas y a lo que voy finalmente, en España la poesía es definitivamente de un mediocre que la extranjería no cuenta con ella (salvando quizá en la actualidad a Mestre para hacerla figurar allá por sus lares). Parece ser que es un objeto que se valora en exceso en el ambiente donde hoy vivo, y leo (conste que hablo de personas cuya obra yo adquiero bajo un precio sin informarles de que yo tengo también objetos de esos en el mercado, figurados en una distribución pobre -y con bastante de inepta-). Les diré que vomito al ver sacar de sus brazos a estos galanes mujeronas de tres noches y, qué le voy a hacer, ser solamente aceptado como un tipo que, a veces, bajo efectos del alcohol, se permite la socarronería sin ser ningún Adán. Viene al caso que uno se plantea dejar de hablar como un pueblerino la mar de amable bajo juicio de que le digan lo auténtico que es, abandonar por momentos los licores y decirle a todos estos presumidos: Aquí estoy yo, añadiendo que mi pan lo llevo bajo el brazo. Y poco más, acabo de salir de la ducha y, en breve, a dar un paseo por esta ciudad que algo tiene de escaparate de la subnormalidad que es Madrid, a la que adoro.

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Os confieso que ligo mucho más cuando salgo duchadito y con ropa limpia (añadir que también tengo más cuidado con el alcohol) que cuando era una especie de mendigo a quien la gente confundía con un yonki por la calle.

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Ayer salí con ella a tomar algo por ahí. No se trata solamente de una artista, aunque lo sea, y grande. Se trata de la mujer que escucha y pone su corazón en todo lo que hace, la mujer que confunde algunas rotondas para regalar, una vez aparecida, la sonrisa definitiva del que se busca a sí mismo en un paseo rodeado por monstruos de luz.

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Una lectura de Murakami (dedicada a mi caro Justo Sotelo): Avanzo el pájaro ese que da cuerda al mundo. Todo es tan guay. Me siento enormemente enganchado. Sin darme cuenta, no debe haber pasado demasiado tiempo, me encuentro, a mis anchas, en la página 80. Bueno… todo está bien, aunque hay una cosa de la que no me cabe ninguna duda: El autor (este tal Murakami) es, como mínimo, bastante tonto.

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Llego a casa. Todo el camino ideando unos cuantos temas que desarrollar en mi página web, a quien, a menudo, tiendo a olvidar. Una presentación en donde se ha recitado (intentona en cuanto a la forma y pretencioso -y vacuo- en cuanto al fondo). Lo lamento. Estaba deseando que la cosa me gustase y para eso he ido. Tampoco soy nadie para evitar por mi cuenta la ilusión de quien empieza. Pero sí, en general, creo que hay que meter caña a la gente. Escribir es una vanidad que nace contigo, estate a su altura, es ese mi lema. Borrachería en un bar donde suele haber bastante marcha. No era el caso de hoy. He llamado guapas a guapas y feas y, finalmente, uno sabe que ayer alcanzó su cota reflejándose en los elocuentes ojos de una preciosidad que escuchaba. Ahora toca pillar cama.

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En hondas noches de días en los que uno, tras achucharse el fin de semana, ha andado flojo, opto por un miligramo de Quetiapina. Es un atípico (tranquilizantes mayores) que funciona, a no ser que se use prolongadamente. Cierto que uno de los efectos secundarios que más acuso de esta droga es la llegada de arritmias cardíacas mientras empiezo a coger el sueño. Por mi parte, (ese yo suicida que cada uno guarda) merece, como cada exceso (no me creo eso de que conduzcan al palacio de la sabiduría), la pena cuando uno nota el placer que proporciona a cambio. La posibilidad del sueño consciente es algo que ninguna otra droga (y menos de botica) me había provocado. Espero el asomo de sus efectos como el médico de la tribu mexicana mientras mira ver caer el agua del chorro del acantilado tras ingerir las sustancias que generan su poder.

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A estas horas de la tarde uno comprueba, debido a pasiones medio despiertas y a veces no tan encendidas como lo que le era de esperar, que se le tiene por mujeriego (siempre, a pesar mío, pues jamás fui correspondido en ello, fui fiel) o, como mucho, esto es admisible aunque voy a negarlo, enamoradizo (acepto, sin embargo, admirador de la belleza, incluso si esta tiene algo de temerario). Uno es, simplemente, adicto a la mujer que le quiere, esto es: le ofrece su saber, empatía y, del carácter que sean, vívidos momentos, a cambio de lo mismo. Esto es: no confundirse. Nada nuevo en el jardín.

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