Borrador sobre el barrio y también sobre la tontería (propia inclusive)

La calle Illescas era un hervidero de merluza y zapaterías cuyo epicentro eran los sándwich mixtos de Chiky. El parque Arias Navarro olía a provincia. Aluche era un puto pueblo. La mayoría de nuestros abuelos habían huído del pueblo para encontrarse con otro, ya ves. Allí todo el mundo era de todo el mundo, más y/o menos. Allí todo era de una alegría que parecía diminuta, en parte porque lo era (también en parte, claro, porque la alegría, cuando es alegría, es así, efectivamente, diminuta, una cosa como tonta de la que te das cuenta cuando el Yo se torna en grande y lo que hace de la vida, vida, pasa a ser sólo recuerdo -una ausencia recuperable, vaya, cuando uno se da cuenta de que, efectivamente, es recuperable, «dicen»-). Keats lo dijo, Stevenson lo dijo, Kafka lo dijo (e incluso, antes de decirlo, una vez o dos, lo escribió saliendo de la voz de esa chiquita, muy de pueblo ella, como yo, Milena Jesenská, profa luego de checo de Hermann Broch, que también lo dijo: Léase Autobiografía psíquica), joder, hasta Nietzsche lo dijo. Y hoy, que son las ocho y media de la mañana en Brunete, lo digo yo, que acabo de venir de comprar tabaco, tengo 39 de fiebre y hiedo algo a pijama de abuelona con un constipado que no se le pasa nunca.

El barrio era una prolongación de la familia y, luego, estaba el cole. Dos patios mínimos en cuyas canastas -oxidadas y sin aro- nos contábamos los capítulos de David el Gnomo los niños de la generación del pan de molde. Las porterías las hacíamos con abrigos y jerséis, jugábamos a las chapas (Álvaro Pino y Perico Delgado) en los bordes de una acera señalada con la misma tiza que habíamos chupado el día antes para ponernos malitos y no acabar otro día allí haciendo nada y lo mismo. Con el tiempo, tres videoclubs abrieron en la calle Illescas, que llamaban la Gran Vía del barrio. Las luces estaban encendidas y se alternaba en los bares. Mi abuelo se llamaba Nicolás (no, no sale en la wikipedia, joder). Bebía tinto y ganaba al dominó. Murió, dicen, de mucho vivir. Un día vino a casa y nos dijo que el médico le había dicho que para qué se iba a operar, que le quedaban tres meses de vida (cáncer de pulmón). Recuerdo que había cocido. Fue mi primer encuentro serio con la desaparición y se me enfrió la sopa de fideos. Hubo mucho silencio durante mucho tiempo en ese mediodía. Lo rompió mi propio abuelo. Dijo algo así como: Vamos a comer, ostias, Ciriaca (que era mi abuela). Y comimos, creo. No recuerdo exactamente si eso fue exactamente así. Si comimos y ya está pero, efectivamente, comimos y ya está. Y mi abuelo murió, efectivamente, si no tres meses después, tres y medio.

Llueve esta mañana en este pueblo (ayer día de las Dolores y mañana domingo de ramos) en lo que avanzo en un escrito en el que se me mezcla salir a comprar el pan con la tarde (trece y martes), al salir del cole, en que mi vecino de abajo, Manolo (DEP) -la última vez que lo vi fue en el entierro de mi abuela-, me dijo que se había muerto mi abuelo, tan querido en el barrio, decían esos taberneros que, cuando yo conté unos diecisiete años de edad, me señalaban y reían: Si lo viera su abuelo, con lo elegante e inteligente que era y lo que le quería y mira cómo va el muy gilipollas, el barrio, las drogas… ya no puede ser esto. Yo les enseñaba el dedo corazón como había visto hacía Syd Vicious. Yo lo único que quería ser era ser guapo, joder. O, al menos, inteligente, como decían que era mi abuelo.

El bar de Miguel. Las aceitunas del pueblo de su mujer, Pilar. Una vez su hermano pequeño, dijeron, entró con otro par en ese rincón (apenas una máquina tragaperras y un par de mesas con cuatro sillas cada una, aparte una pequeña barra) y el propio hermano la puso una cheira en la oreja, decían, bajo amenaza de cortársela si no le daba los pendientes. Se llevaron lo de la caja (quizás trescientas pesetas del 83) y no sé si lo de la máquina. Y los pendientes de Pilar. Puede ser también que las aceitunas, que eran un planeta oblongo de color verde oscuro (rozando el negro) y sabor amargo (como, es sabido, saben todos los planetas oblongos de color verde oscuro).

Recuerdo que, más o menos, en el año 88, yo ya había cometido muchos pecados (y luego, sólo un poco más tarde, hasta la masturbación, incluso). Había escrito con edding -y una vez hasta con spray- en las paredes (cambié muchas veces de firma) de, ojo, la sede del Banco Central y, sobre todo, de en ca Gamo, un pequeño mercado con provisiones, pan -que llamaban «de bandeja»-, palmeras de chocolate y no recuerdo qué más. Nuestros ídolos, los de los chicos que jugábamos al futbolín en el bar El Cocinero, eran Muelle -sobre todo Muelle, Juan Carlos Argüello- y Snow (dos mentes que debían ser maravillosas, suponemos). Por las noches, dormía en la cama de la abuela (ella en el lado que había dejado abuelo y yo en el que antes fue el suyo). Yo siempre creía que nos iban a entrar a robar o algo.

Menuda mierda. Acabé un poco paranoico. Una tarde un psicólogo (se empezaba, parece, a llevar esa profesión), amigo de mamá, me preguntó si yo creía que la gente hablaba de mí y yo le dije que no. Pensé que la gente psicóloga era tonta. ¿Qué tipo de pregunta es esa? Joder, macho, si te interesa eso, no sé, aparte de tonto del culo, no me preguntes a mí sino a la gente esa a la que te refieres, pedazo de capullo. Eso de creer trae tonterías. Creer, en general. Pero, claro… como hay que vivir y eso pues… Nadie puede saber si es creyente o no. Es así, ostias. Parece ser que un día uno se muere (vemos que lo hacen otros) y, no sé, pedazo de psicólogo capullo, solemne idiota, si no te enteras, pues… mejor ¿No?

Bueno, que el barrio dejó de ser lo que era, dicen. (Pues yo estoy seguro de que mucha culpa fue de señores como el psicólogo ese, amigo de mamá, así como de los ladrones que finalmente no entraban a robar en casa, y también de eso que llaman la gente, porque eso que llaman la gente, creemos, es todo y es ninguna cosa a la vez). Tengo hambre. ¿Otra Coca-Cola? La verdad, no sé si hay (Tenía que haber comprado un par de cajetillas en vez de una).

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En la foto: Estación de Empalme

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