Blues de madrugada

La casa mide sesenta metros cuadrados. Puedo oír a una de las muchachas en una de las habitaciones hablar en sueños. A veces grita cosas incoherentes. Sé que tiene una hija que se introduce en sus sueños al igual que una vez lo hizo en su vientre. En otra habitación hay una mujer que llora. Pretende aclararse dentro de la vasta claridad en la que sumerge sus ideas sin encontrar fondo. Mientras tecleo me pregunto si uno es el resultado de esa búsqueda que no conduce a lugar alguno. Quizás las rosas que nacen en este mes saben de qué hablo. Algunas, a medio nacer, les son cortadas el tallo. Me hace recordar que nunca he sido más que de mí mismo semilla, que camino por la calle alejado de la raíz que estas habitaciones representan. En el medio del lugar donde teatro e intensidad se muestran buscamos una coraza en la cual coincidir para fundirnos en un abrazo en el que cada segundo resuma una eternidad. Todos y todas vamos a morir. Quién sabe si a mí me tocará primero. Quién sabe si habré de llevar sus rotas osamentas a un sitio donde sean reducidas a polvo sin que nadie se dé cuenta. Una mujer, dice ser vecina, se queja de los ruidos producidos por el sueño de una amante. Habla para el resto del vecindario. De su boca surgen gritos que van a dar al resto de la puertas del piso. Nosotros, dentro de ser dueños de lo que nunca nos pertenecerá, asistimos a su monólogo de heroína con ínfulas de payaso de cara blanca. Le pedimos, con la caridad que sabemos, que se vaya y no cede a nuestra petición. Su soberbia comienza a talar los troncos que nos mantienen en pie. Finalmente desaparece bajo el agüero de una excusa vaga. Finalmente los grajos invisibles de la casa vienen a comer de mi mano trigo inventado. Alguien ha dibujado una semilla donde debiera haberla plantado y espera que del dibujo brote un árbol repleto de hojas que concedan respiración al bloque entero. Uno se asimila como una mismidad a la que le falta aire. Entiende sus alveolos pulmonares como comida de Cenicientas que regresaron pronto de la fiesta a la que asistieron sin ser invitadas. Uno concede fe a la ventana abierta donde un crepúsculo le mira sin asombrarse de que lo que ve es un muerto. Uno abre esos ojos a los que condenó al cierre durante toda la biografía que le contempla y se dice: Bendito seas, soldado de luz que levanta esta planta cuya raíz sólo es sombra. Bendito el germen del que fue sustituido por un condenado a muerte nada más abrir su llanto al mundo. Uno llora y, durante el llanto, concede a la palabra «dios» significados múltiples. Uno despierta con su cuerpo del revés y las niñas que duermen se crecen como diurnas alegrías que obsequian sentido a todo reloj parado que se precie en la angostura del mundo. El mundo que uno no conoce abre la puerta para invitarle a un sueño consciente de opio. Rechaza la curación en sí. Procura darse al olvido de la manera difícil -pues ya señaló Goethe que el arte consistía en lo difícil y el bien-. Uno habla con la madre María que le dice palabras sabias a través de un muro que no le permite oírlas. Uno se deshace y empieza por un inicio que sólo conoce de oídas. Regresa al primer anfitrión de la locura que le acaeció en el nacimiento, tras perderse en una sucesión natural que da vida a lo que es vida y nada más. Piensa, ese niño, dónde fue eso. Jamás regresó a la casa donde en un cuarto una mujer llora y la otra sueña con imposibles que le hacen decir, entre sueños, sus verdades no conscientes a un mundo que, hoy, se presiente lejano. En esa lejanía quien teclea a deshoras se ve como un ente sin cuerpo ni órganos que justifiquen la función de su ser, la reliquia de apariencia dorada que supuso para un mundo que, a cambio de utopías, le cedió una razón que apenas se sostiene, en unos ramajes repletos de nuevas. Es el discurso que practica con ese dios mencionado en su multiplicidad de ángulos. El caleidoscopio que cede luces sin reparar en verdades ni justicia alguna. Mañana volverá a salir el sol, así acaba este blues, de la peor de las maneras posibles: Tanto ellas como el ente que teclea estarán despiertos y concederán al día la espera necesaria para que ocurra algo.

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